El título, «Morir en la arena», hace alusión a los emigrantes cubanos que pueden ser rechazados en Estados Unidos mientras no pongan un pie en el país. No sé si esa normativa sigue vigente, pero hace unos años todos pudimos ver imágenes de policías fronterizos tratando de impedir a balseros que pisaran la arena en las playas a las que llegaban. Pisar la arena se convertía así en sinónimo de libertad. Y morir en ella, en sinónimo de palmarla justo al alcanzar la tierra prometida. Un doble drama: el que te ha conducido hasta allí y que vencer en la lucha sin conocer el éxito la haga absurda.
Sea como sea, esta es la cuarta novela que leo de Leonardo Padura y, la verdad, me ha producido la sensación de que siempre cuenta la misma historia. La que rodea a un argumento que sirve de excusa para contar una y otra vez las mismas cosas sobre Cuba.
En cuanto al argumento en sí, no es repetitivo: una pareja de sesentones, él recién jubilado, viven frente a frente, separados por un patio en lo que fue una única propiedad. Fueron novios de adolescentes, pero una tontada los separó de facto más que de corazón: él tuvo una hija con otra y ella se casó con el hermano de él, con quien tuvo otra hija. Ambas muchachas emigraron porque Cuba era una ruina sin futuro. Ahora hace treinta años el hermano de él y esposo de ella cometió un ligero, ejem, desliz: mató a su propio padre. Todos lo repudiaron.
La novela cuenta, yendo y viniendo en el tiempo, la historia de la familia, aunque siempre con un misterio de fondo: las razones de aquel crimen. Pero hay más cosillas, porque cada cual arrastra su pasado. Así es como el texto permite reflexionar sobre la reconciliación con uno mismo o las huidas hacia delante, sobre el modo de enfocar la vida, de atreverse o no a hacer lo que uno desea, sobre hacer balance a la vejez, sobre las posibilidades de rectificar, sobre hasta qué punto somos capaces de ponernos en el pellejo de los demás o, lo que es lo mismo, lo justo e injusto de nuestras decisiones hacia el resto… Mil cosas.
Todas ellas son interesantísimas, pero acaban eclipsadas por el permanente sonsonete de la miseria en que viven la mayoría de los cubanos. La novela es un muestrario constante de escasez y penurias y, de resultas, una crítica al régimen cubano, al que se achaca la culpa de todo con solo alguna leve mención a los setenta años de bloqueo norteamericano. Y, sin embargo, es una crítica que no acaba de serlo, porque aunque todos los personajes reconocen que el régimen es inviable y es también una fuente de injusticias porque los mejor relacionados viven bien a costa de una masa paupérrima, no hay ningún llamamiento al cambio (y no digamos ya a la rebelión). Se habla del régimen como de una fatalidad contra la que solo es posible hacer una cosa: emigrar. A nadie se le pasa por la cabeza mover un dedo para cambiar nada, con lo que aquello parece una especie de limbo, una dictadura sin oposición ni siquiera cobarde y por completo clandestina, sin nadie que la cuestione. Esta exposición de miserias embadurna hasta tal punto todas y cada una de las páginas que se impone al argumento, dejándolo en segundo plano y causando, como ya he dicho al principio, la sensación de que todas sus novelas son la misma, porque todo argumento lo sostiene en el cemento de la lamentable situación económica. Es una pena, porque Leonardo Padura escribe fenomenal.
Las reflexiones a las que he aludido serán cosa del lector. Padura da los mimbres, muestra las situaciones y las acciones de los personajes, pero sin emitir otros juicios que los de los implicados. Algo parecido sucede con el misterio en torno al crimen: la luz que sobre él se hace se desprende de acciones, no de confesiones. Es al lector al que le toca juzgar, aunque yo diría que lo ocurrido, que nunca se cuenta, queda claro y obliga a revisar las ideas de todos, lo cual, por cierto, puede hacer que sus vidas se hayan desarrollado sobre premisas falsas. O no. ¿O acaso lo falso era la vida que tomaron?

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