En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 28 de febrero de 2013

El martirio del obeso - Henri Béraud




          Más de noventa añitos tiene ya “el buen gordo” que protagoniza esta novela, porque fue publicada en 1922. Y va camino de hacerse centenario.

          El argumento es simple, pero útil para los propósitos de la novela: “el gordo” es amigo de un matrimonio; el marido es sorprendido en plena infidelidad, y la esposa lo abandona. ¿Cómo? Escapando junto con su amigo, “el gordo”; pero como el marido les sigue la pista, se ven obligados a trotar de un país a otro. Sin embargo, no es la fuga de una pareja de enamorados, porque para la mujer el gordo solo es un acompañante, mientras que él aspira a convertirse en su amante. En resumen, la típica relación entre “el feo” prendado de “la guapa” y “la guapa” que no repara en “el feo” más que “como amigo”.

          Narrado como una conversación entre el gordo y el lector donde el primero no para de hablar, las peripecias de la pareja y su perseguidor son enfocadas desde la perspectiva de un obeso que ve en su panza la causa de todas sus virtudes y la fuente de todos sus problemas. Los gordos, como raza singular, son dibujados como el colmo de las esencias, pero también como seres incomprendidos en un mundo de flacos, raquíticos y descarnados resentidos. El desdén con que describe a los delgados mueve en numerosas ocasiones a la risa, dando lugar pasajes buenísimos en los que no se sabe qué es mejor, si la forma en que presenta como censurable algo tan normal como no estar hecho una vaca, o el ingenio agresivo cuajado de imágenes grotescas.

          El tono de la narración lo da la perspectiva de superioridad moral  “del gordo”, unida a una labia tan cortés y educada que a veces es amanerada y grandilocuente. Porque el gordo de esta historia no es un vulgar glotón, es un tipo selecto y satisfecho de sí mismo, y por eso considera barriga y lorzas más un logro que una consecuencia. Resulta complicado leerlo sin pensar en otro excelso gordo: Ignatius J. Reilly, de La conjura de los necios (1962). Pero si Ignatius es un loco que anda preocupado de las cuestiones estéticas (hasta el punto de confundir estética y moral) que intenta reconducir el mundo a sus estrafalarias teorías, el gordo de Béraud es un obseso de sí mismo que trata de encajar su propia condición en un mundo que lo ve como un bicho raro; su objetivo no es cambiar el mundo sino ser aceptado y respetado tal cual es, aunque comparte con Ignatius una excelente opinión sobre sí mismo. Por eso su elaborada teoría sobre las ventajas e inconvenientes de la obesidad podría aplicarla a la delgadez, si es que hubiera nacido  llamativamente escuchimizado, o a la alopecia, si es que hubiera sido calvo. Su teoría se resume en que los gordos atesoran una serie de cualidades invisibles al resto de los mortales, probablemente por quedar ocultas bajo una capa de grasa, y ahí nacen una serie de prejuicios que los hace propensos a ser víctimas del abuso, especialmente del abuso emocional, con lo cual queda redimido cuanto pueda achacárseles: todo en los gordos está bien y es digno de admiración, y lo que de malo les ocurre trae por causa la inquina, la envidia, la incomprensión y la ignorancia ajena, horrores todos ellos nacidos en el mundo de los escuálidos.

Henri Béraud (1885-1958)
          Como se aprecia por lo que llevo dicho, la historia es solo la excusa para que el elocuente gordo narrador regale algo más de un centenar de páginas de certeras reflexiones, breves casi todas, profundas algunas, ingeniosas muchas, hechas desde una superioridad tan desdeñosa que hace sonreír. Pero que El martirio del obeso pueda ser considerado un libro de humor, no impide, al rascar, encontrar la amarga queja de quienes son tratados de una forma u otra por el prejuicio que su físico, como tarjeta de presentación, supone para el resto. Poco habría que cambiar para que este libro pudiera ser “El martirio del bajito”, “El martirio del orejudo” o “El martirio del narizón”. Y esa queja queda de manifiesto en el desarrollo de la novela (la superioridad que adopta el innominado gordo no deja de ser una estrategia de defensa) y, sobre todo, en el final, donde el orgullo prevalece.

          Termino señalando que el gordo hace partícipe de sus confidencias al lector, pero que este no pueda contestar no afecta a la comunicación entre ambos, pues tal es la verborrea del personaje que el lector no podría meter baza ni aun siendo posible; como quien está con un amigo parlanchín y sabelotodo, que siente respaldadas todas sus teorías solo porque estás a su lado.

          Un libro que gustará a casi todos los lectores, lo bastante bueno para ser mucho más que un entretenimiento, y que acomplejará a casi todos los escritores, pues Henri Béraud lo escribió en solo dos semanas.

          El martirio del obeso, premio Goncourt en 1922, ha visto un sinfín de ediciones. Más de doscientas, dice la publicidad. Y ahora renace en español en Tropo Editores.


lunes, 25 de febrero de 2013

Un trago antes de la guerra – Dennis Lehane



Boston. Años noventa... antes de que existieran teléfonos móviles. Un senador contrata al detective Patrick Kenzie para que localice a una empleada de la limpieza que ha desaparecido llevándose consigo ciertos documentos. Y aunque no le pagan para más, el hombre no deja de preguntarse qué demonios tendrán esos documentos para ser tan importantes. A partir de ahí, se abre una frenética aventura donde la rivalidad entre las bandas callejeras se mezcla con el racismo, los miedos de todos, la corrupción o la prostitución infantil.
No obstante, se trata más de una novela de acción que de intriga en sentido estricto, porque lo que puede haber en los “papeles” es relativamente sencillo de intuir (obviamente, algo comprometedor para quien lo busca, así que da igual lo que sea). Y acción tiene, y mucha.
Claro que un detective es algo limitado para desarrollar una novela. Un personaje da de sí lo que da: introspección. Por eso Patrick Kenzie tiene una ayudante (como es costumbre, guapa) para dar agilidad a la novela. Se llama Ángela Gennaro. Patrick le echa los tejos, como también es tradicional; ella, como también es esperable, duda y no cae en sus redes, y además está casada con un energúmeno que la maltrata.
Aunque el detective se supone que es de lo mejorcito de Boston, lo cierto es que no nada en la abundancia. Por eso tiene el despacho en un lugar insólito: en lo alto de un antiguo campanario, sobre una iglesia de barrio. Un barrio dividido por razas y esperanzas.
Es una novela que engaña. Al principio el protagonista no acaba de caer bien: demasiado fanfarrón, demasiado recrearse en reírse de sí mismo con suficiencia. Pero conforme pasan las páginas la cosa cambia y el caballero se sigue tomando con humor toda la serie de calamidades que protagoniza, y que lo tienen a cada momento con un pie en la tumba. No es que esa falta de preocupación sea realista, pero en cierta medida los problemas humanizan a los fanfarrones.
Fruto de esta forma de expresarse, entre irónica y exagerada, la novela, pese a la violencia de muchas de sus situaciones, a menudo nacida del racismo, se traslada al lector en un tono desenfadado, que sin llegar a hacerla humorística sí le quita buena parte del horror.
Una novela que va de menos a más, y que resulta muy entretenida. Con mucha violencia, pero sin perder el sentido el humor.


jueves, 21 de febrero de 2013

De ratones y hombres – John Steinbeck



     Merece la pena leer a Steinbeck solo por los finales. Es difícil saber hacerlos tan impactantes. Aunque, por suerte, también merece la pena por todo lo que hay antes.
     De ratones y hombres cuenta la historia de dos jornaleros que van de acá para allá buscando trabajo. Uno es un tipo grandullón, hercúleo, y con el cerebro de un mosquito; es incapaz de distinguir el bien del mal, y aunque es de naturaleza bondadosa, apenas tiene capacidad de recordar las cosas, y cualquier discusión bloquea su mente. El otro, su acompañante, es un tipo normal que lo cuida protegiéndolo de sí mismo. Así que es algo más que un tipo normal: es un hombre generoso, que ha sacrificado su vida por no abandonar a su suerte a un pobre diablo. La historia comienza cuando, huyendo del último problema, entran a trabajan en un rancho aislado, donde solo hay otros jornaleros, el dueño, su caprichoso hijo, y la peculiar y provocativa esposa de este.
      Ambos hombres solo desean una cosa: ahorrar un puñado de dólares para comprarse una casita donde vivir el resto de sus días criando conejos y cultivando lo que sea. Y para conseguirlo no les queda sino trabajar como asnos, pero el trabajo no es lo más duro. Lo peor, lo más difícil, es por una parte controlar al grandullón y, por otra, soportar la miseria renunciando al consuelo de gastarse el jornal en las juerguecillas que el resto de jornaleros se permiten, y en las que dilapidan cuanto tienen, haciendo de su vida un círculo vicioso de trabajo duro, pobreza y gastar en consolarse. En ese ambiente es fácil suponer que la presencia de la mujer resulta muy perturbadora. Y más si encima provoca.
     El lector se encariña pronto con los personajes, en una historia donde comparten protagonismo la generosidad, la esperanza, el miedo, la injusticia, la arbitrariedad, la debilidad en la que siempre está el pobre, y donde la tensión se percibe a cada página, porque cualquier cosa puede ocurrir en cualquier momento. Por eso, precisamente, el final es tan sorprendente. Porque cualquier cosa es cualquier cosa.


lunes, 18 de febrero de 2013

Brooklyn follies – Paul Auster



     He leído pocos libros de Auster y este (que vuelve a desenvolverse en Nueva York) es el que más me ha gustado.

     El protagonista, un agente de seguros jubilado y separado que acaba de superar un cáncer, regresa a Brooklyn, donde vivió de pequeño, y allí entabla contacto con un sobrino que, de prometedor cerebrillo, ha quedado en empleado de una librería de lance regentada por un pintoresco homosexual. Y en esas estamos cuando, además, aparece la sobrina de pocos años del sobrino, la cual, para colmo, se niega a articular palabra durante los primeros días. A partir de aquí transcurre la historia de toda esta tropa y de cierto número de familiares y seres que se van añadiendo y desapareciendo según pasan las páginas; transcurre en contar la extraña vida que han llevado todos, ninguno de los cuales llegó a ser lo que el resto esperaba, en aventurar lo que espera a unos y a otros (que puede acercarlos, o no, a eso que una vez pensaron que llegarían a ser), en cómo se pueden aprovechar (o no) las oportunidades que da la vida, en por qué las desaprovechamos (incluyendo el miedo al éxito), y en llegar a conocer la solución a los numerosos enigmas y enigmitas que pueblan la novela y que poco o nada tienen que ver entre sí, aunque el conjunto es, dentro de lo insólito de muchas de las vidas y situaciones, armonioso.

     Algo en común tienen todos los personajes: quien más y quien menos, todos han fracasado. O, al menos, no han llegado donde cada uno, o el resto, preveía. Todos, de una u otra forma, se enfrentan a una sensación de fracaso vital, aunque también todos han sabido adaptarse a su pequeñez y evitan los sueños, aunque a veces se hayan zambullido en la soledad necesaria para no dar explicaciones.

     Lo más curioso es que pese a la actividad que puebla la novela, pese a ocurrir una serie de hechos “movidos”, en Brooklyn follies, como en las otras novelas que he leído de Auster, el tono es íntimo, casi confidencial, como si el narrador estuviera haciendo una confesión en un bar oscuro, mirando a los ojos al lector. Es decir, el autor más hace del lector alguien que escucha que alguien que se informa, lo cual crea una sensación de complicidad que sin duda justifica en gran medida el éxito de Auster.


jueves, 14 de febrero de 2013

Los ladrones somos gente honrada – Enrique Jardiel Poncela



             Lo mejor de esta obra de teatro en la edición que he leído es la introducción del autor, contando cómo fue escrita; y, en especial, su versión de las aventuras que le tocó vivir en la Guerra Civil. Es una introducción curiosa, en la que Jardiel Poncela alardea del éxito que en su día tuvo la pieza hasta el punto de informar del dinero que ganó. Por una parte resulta divertida, aunque por otra repele la inmodestia. Esto, respecto a la introducción. La obra en sí es otra cosa, aunque ya se sabe que el teatro leído no tiene nada que ver con lo que se ve desde el patio de butacas.
            La obra comienza cuando una pandilla de ladrones se dispone a dar un golpe. Justo en el momento clave aparece la hija de las víctimas, y el jefe de la banda queda prendado. La operación se suspende, y la pareja pronto se casa.
            Pero el problema de este matrimonio es doble: por una parte, él ha ocultado su pasado delictivo; por otra, sus compinches se quieren vengar por aquel golpe fallido y por haberlos dejado después en la estacada, y se aprestan a robar en la casa del que fue su compañero, que mantiene a uno de la banda como hombre de confianza (“El pelirrojo”, nombre debido a que fue Fernando Fernán Gómez quien interpretó por primera vez al personaje). Sin embargo todo se complica, porque los personajes proliferan como champiñones en un escenario complicado de imaginar, con demasiadas puertas y recovecos, y todos tienen algo que ocultar.
            No hace falta decir mucho más: es una obra de enredo más que de absurdo, que la abundancia de personajes hace complicada de leer (qué remedio queda, sino leerla, cuando no se puede ver ya en ningún sitio), con un humor para mi gusto demasiado inocente, hecha para entretener más que para criticar o desahogarse.
            La satisfacción del autor con esta obra es, sin embargo, comprensible. Como él mismo dice, “Nunca es más difícil conseguir un éxito como después de haber padecido un fracaso”.  Concepto de éxito cuando menos curioso, que equipara éxito a ventas o audiencia, aunque el propio autor se refiere a Los ladrones somos gente honrada como una obra más comercial que meritoria. Sea como sea, sospecho que la posterior adaptación cinematográfica ha contribuido bastante a mantener el nombre de una obra que, de otra manera, hubiera caído tan en el olvido como otras del mismo autor; algunas mucho mejores e injustamente olvidadas.




lunes, 11 de febrero de 2013

Un mes con Montalbano – Andrea Camilleri



Un mes con Montalbano (Serie Montalbano, 5)


          Soy sincero si digo que cogí este libro con cierto repelús. Condicionado por las anteriores novelas de Montalbano, quería “más de lo mismo”, lo que me hacía dudar de que una secuencia de relatos breves pudiera ser comparable. Bueno, pues Un mes con Montalbano no es lo mismo pero está tan bien o mejor que los anteriores títulos de la serie.

          El “mes” se refiere a una treintena de historias, y nada más, porque no guardan un orden cronológico y transcurren en momentos muy diversos. Tampoco hay mucho que decir de las historias (demasiadas para hacer un análisis pormenorizado), excepto que todas tienen el sello del autor, y el sello del humor propio del personaje: un tipo que convive con los problemas y las amenazas como si la vida fuera una partida de ajedrez y uno jugara por el placer de jugar.  También hay que decir que las temáticas son de lo más variadas: desde el crimen hasta su apariencia, pasando por todo tipo de delincuentes y métodos de desenmascararlos (de la casualidad a la deducción). Lo mejor, sin duda, es que se lee de una forma rapidísima y amena, porque todos los relatos tienen la extensión justa para no hacerse largos, sin que parezcan breves (excepto, quizá, los primeros, que son los que menos me han gustado). Baste decir que es muy difícil acabar uno sin sentir el deseo de comenzar el siguiente.

          Los aficionados a Camilleri disfrutarán, además, de ir topando a lo largo de las páginas, ora en un sitio, ora en otro, con personajes procedentes de las anteriores novelas, lo que produce la curiosa sensación de reforzar no solo el relato concreto, sino la novela pasada, como si al ver al personaje llevando una vida fuera de aquello para lo que fue creado, adquiriera consistencia y realismo.

          Una última reflexión, referida al prólogo firmado por el ya fallecido Manuel Vázquez Montalbán: es muy interesante lo que indica sobre el oficio de escritor, habida cuenta del tardío éxito de Camilleri y de la prisa con que todos los escritores quieren prosperar. Solo un “pero” le pongo: no estoy de acuerdo en que Un mes con Montalbano sea la mejor manera de acercarse al personaje para quien no lo conozca; lo mejor, creo yo, es leer las diferentes novelas siguiendo el orden de aparición. 


jueves, 7 de febrero de 2013

La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria – José Donoso



          La marquesita en cuestión es la hija de un diplomático latinoamericano, que se casa en el Madrid de principios del siglo XX con un muchacho de posibles, marqués, cuya viuda madre todavía está de buen ver y tiene un amante con unos escrúpulos relativos. Pero el marido de la marquesita tiene un problema: el sexo no es lo suyo, y solo cierto exhibicionismo parece animar al muchacho.
          Este es el planteamiento que permite a la marquesita protagonizar, normalmente sin pretenderlo, una serie de aventuras amorosas desde lo lógico a lo insólito, pasando por lo inesperado, que constituyen su aprendizaje. Una historia que no deja de ser una de tantas de bellas e inocentes muchachas que, buscándose a sí mismas, acaban de cama en cama, partiendo de su perturbadora inocencia para llegar a conocer y dominar el poder de la seducción. Como en muchas de estas historias, lo que de sórdido o retador pueda haber (tomándolos como los dos extremos posibles) queda anulado por el tono irónico y burlón del narrador, que transforma así la historia en una comedia ligera con unos toques de fantasía que se adueñan de la novela al final, produciendo una sensación confusa, pero intensa y bienvenida.
          Lógicamente, el resto de personajes no desentona en ese marco de sutil humor: los hay de lo más normalitos, y los hay depravados sin maldad.
          Esta novela causa la sensación de estar ante un experimento, ante un capricho del autor, ante una de esas obras más escritas para sí mismo que para el público. Por lo demás, la frecuente calificación de “erótica” más se debe a que el único motor de la acción es la seducción que a la profusión de pormenores en las aventuras de la marquesita.

lunes, 4 de febrero de 2013

La isla inaudita - Eduardo Mendoza


Cuando cayó en mis manos en primer libro de Eduardo Mendoza, enseguida siguieron unos cuantos más. A día de hoy, son pocos los libros suyos que no he leído. Este era uno de ellos, aunque lo compré hace ya tiempo.

El argumento es sencillo y, a la vez, complicado: Fábregas es un empresario catalán cuya empresa hace aguas, pero él ha decidido escapar de ese problema y de todos los demás poniendo tierra por medio. Así es como llega a Venecia, un lugar tan bueno como cualquier otro para perder el tiempo escapando de sí mismo. Pero allí Fábregas conoce a una mujer, María Clara, que, sin que medie motivo aparente, se le une para enseñarle la ciudad, antes de largarse durante una temporada. Y esta ausencia de motivos da al personaje cierto halo de misterio. Animado por tener compañía, la estancia de Fábregas, que era solo temporal, se va prolongando. Y así ocurre que va conociendo algunos rincones de Venecia, que se va obsesionado y quizá enamorando, y, finalmente, conoce también a la peculiar familia de María Clara; familia en la que las apariencias (nótese que no digo cuáles) juegan un papel fundamental. Lo curioso es que esa familia cree haber escapado de lo que era, aunque nunca ha dejado de serlo, pero, dentro de lo que cabe, viven y dejan vivir. Fábregas, en cambio, está en pleno proceso de autodestrucción: si ha llegado a Venecia huyendo de sí mismo, termina medio loco por no ser capaz de saber qué quiere encontrar dentro de su propio pellejo. Quizá, incluso, necesita de Maria Clara para saber quién es él verdaderamente. ¿Y cómo termina la cosa? Lo sabrá quien lo lea.

El nivel literario es muy elevado. La isla inaudita está muy bien escrita. Es una de esas novelas solo al alcance de pocos escritores. Sin embargo hay algo que falla (no por la forma en que está escrito, sino por el contenido): el lector tiene la sensación, durante bastante tiempo, de estar deambulando tan sin rumbo como el protagonista (lo cual, según se mire, es un mérito), y eso hace que le cueste meterse en la historia e interesarse con unos personajes a los que nunca se sabe muy bien si les sucede algo o es que, sencillamente, están así de desequilibrados. Además, pocos hay que caigan simpáticos, porque todos son o demasiado misteriosos o demasiado egoístas.

En resumen: una muy buena novela de reflexión, no de acción, que hay que leer sin prisa.

Y termino con una anécdota: si inaudita es la isla del título, no menos lo han sido las circunstancias en que he leído este libro: en una semana, pero en cuatro lugares muy diferentes; y uno de ellos, durante una noche en blanco tan inaudita como cierta isla, mientras esperaba el desenlace de un rescate en la montaña.



jueves, 31 de enero de 2013

El ardor de la sangre – Irene Némirovski


     
          Recupero la reseña de esta breve historia de infidelidades que leí hace ya tiempo.

          La acción se sitúa en un pequeño pueblecito francés donde todos andan ocupados de sí mismos, de sus patrimonios y, por supuesto, del qué dirán. Pero como siempre ocurre, bajo la superficie de educación, buenas maneras y buenas costumbres palpita el mundo oculto, más real que el visible, el mundo de lo que cada uno verdaderamente es. El mundo de las pasiones. “El ardor de la sangre”, en ese mundo, es el motor y el detonante, es aquello que nos impulsa a entregarnos aun asumiendo enormes riesgos, aquello que nos hace renunciar la tranquilidad de un término medio seguro para buscar el todo arriesgándonos a la nada.

          ¿Y de dónde sale ese impulso? Por una parte, de la constatación de que el día a día de la existencia ceñida a “las buenas costumbres” tiene una inercia, una rutina, algo de impuesto, de extraño a uno mismo, un conjunto de cosas que permiten vivir la vida con “tranquilidad” (el valor supremo para muchos). Pero además, por otra parte, hay momentos en la vida en que el corazón exige latir con más fuerza, y si no se atiende su llamada siempre queda la duda de lo que pudo ser y no fue o, peor aún, uno se pervierte a sí mismo: deja de ser quien es para convertirse en lo que cree que debe ser. ¿Qué vida lleva entonces? ¿La suya? ¿O la de quién? Por eso el narrador llega a decir, refiriéndose a la que una vez fue su amante y ahora lleva muchos años viviendo ejemplarmente, que ya no la reconoce, que es una muerta en vida, que quien no desea decir “te quiero” no lleva una vida digna de ser vivida porque, seguramente, no está viviendo su propia vida. Quienes en cambio atienden a la llamada del ardor de la sangre viven con enorme intensidad: aman con intensidad, gozan con intensidad, sus miedos son grandes, sus temores inmensos, sus alegrías desbordantes, cada uno de sus placeres irrepetible... Se juegan mucho, pero no pueden dejar de hacerlo. Para ellos nada hay rutinario, frío o gris. Todo es excepcional, cálido, colorido, feliz o trágico, espléndido y peligroso, anhelado e inolvidable...

          Por medio de algunos personajes se ve también cómo el paso de los años influye en la percepción de estos temas. Hay quien se arrepiente de no haber porfiado cuando pudo, y quien se arrepiente de haber caído en la tentación. Es contradictorio, pero la vida es contradictoria. Aunque quizá sea contradictorio sólo aparentemente, porque el arrepentimiento a menudo aparece ligado al fracaso.

        Pero, en cualquier caso, los “implicados” son culpables ante la sociedad. No ante ellos mismos ni, creo yo, ante el lector, porque a ninguno lo mueve un ánimo distinto que el de disfrutar de la vida, del amor... La autora da todos los datos, pero no juzga. Es mera notaria de algo que ha existido siempre –el ardor de la sangre- frente lo que siempre lo ha reprimido: las “buenas costumbres”. Solo el final, la frase final, introduce una enorme duda respecto a los motivos de uno de los personajes (el narrador): ¿Qué es para él el ardor de la sangre? ¿Todo lo que he dicho o el amor propio, la necesidad de sentirse por encima, de conquistar...? Esa última frase es contradictoria con los sentimientos que expresa páginas atrás, pero plenamente consistente con la historia personal del narrador: su sangre ardió por motivos distintos a los que ardió la de su amante. Por eso él, ahora, aún siente el ardor de sus propias brasas; pero ella, me temo, vive sobre sus propias cenizas.




lunes, 28 de enero de 2013

Ya no somos niñas – Vicente Marco



   Hay que leer Ya no somos niñas. Es un libro excelente, maduro, de una categoría superior a casi todo lo que se publica, lo cual es muy serio, aunque el argumento, de entrada, parezca festivo.

   Nos encontramos en el futuro. En algún momento del siglo XXII o siguientes. Un mafioso malvadísimo, O. Brayan, controla todo lo controlable en la ciudad donde discurre parte de la acción. Una serie de mujeres se echa al monte (casi literalmente), comenzando por la que se dedica a hacer masturbaciones piadosas a impedidos, y siguiendo por un puñado más que sería largo enumerar, entre las que se encuentran “renunciantes a la monogamia”, una chica mona y con pocas luces o una prostituta de belleza legendaria. Todas estas señoras están unidas por la necesidad de escapar de O. Brayan. Algunas por ser sospechosas de proteger o esconder al “niño de Alburquerque”, al que O. Brayan quiere capturar no se sabe por qué (se sabe, pero al final, y no pienso destriparlo); y otras, por ejemplo, por haber “perdido” un paquetito de droga o por su disidencia en el club “monógamo” controlado por el mafioso. Si el dicho indica que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, en Ya no somos niñas detrás de casi cada una de estas grandes mujeres corretea un pequeño desgraciado. Pero en cualquier caso, la conducta de este grupo es interpretado por el mundo como una “revolución femenina”, lo que le otorga un halo épico que refuerza la narración en forma de “investigación periodística” sobre “qué pasó realmente en...” que contribuye a hacer más interesante e intensa cada una de las líneas.

   Sin embargo, el argumento no es el fin de esta novela, sino el medio del que se sirve el autor para bombardearnos con un sinfín de críticas al mundo actual. Un mundo que, desde el futuro, aparece ridiculizado; los avances de los que ahora nos sentimos orgullosos aunque no tengamos ni idea de cómo funcionan, son las antiguallas que harán reír a nuestros igualmente ignorantes nietos. No deja de ser divertido que nos creamos tan serios e importantes cuando sabemos que alguien igual que nosotros, en algún momento, nos verá solo como pobres pringadillos que se creían los reyes del mambo. Al mismo tiempo, el mundo de las Ya no somos ha superado la religión y buena parte de las convenciones sociales, de las que apenas quedan vagos restos; incluso la política parece haber desaparecido del mapa por innecesaria, aunque algún vestigio queda. Lo que sí ha pervivido, en cambio, es el interés y el miedo, como si el mundo viviera en la “paz de la corrupción”.

   Con esos mimbres, las situaciones son tan increíbles que incluso las más violentas se hacen divertidas, y ese humor constante y en segundo plano es el que hace digerir sin esfuerzo la crítica y la enorme carga de violencia que el ser humano genera incluso cuando todo “va bien”, porque no hay mayor violencia que cuando nadie disiente de nada.

   En ese avance al “todo vale” hasta hacer normalidad de lo que hoy es excepción, el sexo ha evolucionado de igual manera. Está presente a cada momento. En unos casos, como las “exmonógamas”, es la forma de afirmar su “liberación”; en otros, como en el del estrafalario exceso programado por O. Brayan parece una forma de canalizar la frustración, la insatisfacción permanente del ser humano que le obliga a buscar la solución a todos sus males dando siempre un paso más allá. En el caso de la “masturbadora piadosa” es su manera de socorrer al desdichado, de acercarlo a quien no lo es. Aunque quizá lo más curioso sean los motivos de “la Diosa”, que se descubren al final, y que no dejan de ser chocantes a la vista de todo lo anterior. No me resisto a señalar, como culminación del proceso de “siempre un paso más” a que conduce la permanente insatisfacción con el presente, que el club de referencia para el despendole femenino lleva por nombre “Black and black and black and more black”.

   Como ya he dicho, el libro está escrito en plan “investigación periodística”, alternando hechos y “declaraciones” de algunos de los personajes. Utiliza también, como recurso humorístico, las notas a pie de página dirigidas a un lector del futuro para explicarle las rarezas de la vida en el siglo XXI. Esta forma de escribir da mucho dinamismo, y permite el efecto, siempre cómico, del contraste de pareceres, y la relación directa entre autor y lector. Además, la redacción es excelente y proporcionada; si hay algo que me haya llamado la atención es precisamente la sensación de proporcionalidad, de solidez. Y no es poca cosa, porque en un mundo tan estrafalario como el de las Ya no somos, hubiera sido fácil acabar desbarrando, recreándose en lo anecdótico hasta acabar perdiendo el hilo conductor.

            En resumen, un libro que nadie se arrepentirá de leer.



jueves, 24 de enero de 2013

Cuatrocientos años de humor



He aquí una muestra del humor de Quevedo, que ha sobrevivido ya algo menos de cuatro siglos. Casi nada. Catorce líneas de chanza que seguirán siendo conocidas cuando todo el mundo haya olvidado las cincuenta próximas listas de best sellers.

SONETO
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado;
era un reloj de sol mal encarado.
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mal narigado.
Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egito,
los doce tribus de narices era;
érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.

lunes, 21 de enero de 2013

Un frío de muerte - Fedra Egea




He aquí un libro para leer en invierno, con mucho frío, cuanto más mejor, para que así sea más sencillo ambientarse. Y en que en Un frío de muerte hace mucho. Hasta 19 bajo cero llegan a marcar los termómetros en la imaginaria estación de esquí española donde transcurre casi toda la acción; una estación peculiar, por su cercanía al mar, aunque todos los escenarios son ficticios.
La historia comienza con una protagonista, médico de profesión, hasta las narices de su pareja, un conocido periodista. Tan harta está que se marcha a la ciudad pensando en la separación, pero en pleno viaje se topa en la carretera a un tipo de lo más maltrecho. Lo sube al coche, y acaba curándolo en casa. El hombre es un jugador de baloncesto ruso que milita en el equipo de la ciudad, también imaginaria, que completa el marco de la novela. Y ocurre, además, que uno o dos días después es asesinado un directivo del club de baloncesto. Tanto el jugador como la médico deciden entonces hacer de detectives.

Este es el planteamiento. El desarrollo transcurre entre las idas y venidas de la ciudad a la estación, y en medio de los intereses de los aspirantes a presidir el club, lo que facilita la aparición de un buen número de personajes bien posicionados socialmente; algunos de ellos, incluso, viajan habitualmente en helicóptero. La trama principal se mezcla con las cuestiones afectivas (¿qué ocurre con la protagonista, su pareja, el jugador y la novia de este?) y con hechos que pueden ser interpretados de diversas formas con consecuencias muy distintas. ¿Cómo acaba todo? Lo sabrá quien lea esta original historia. 

Y ya que la cito, la originalidad se basa en tres elementos:

-Lo pintoresco de los detectives: un jugador de baloncesto ruso y una médico española. Ni que decir tiene que sus posibilidades de investigación se basan en la observación, los “interrogatorios disimulados” y, sobre todo, en darle muchas vueltas a la cabeza, amén de alguna que otra aventurilla arriesgada. Esto, en algún momento, genera cierta reiteración, aunque perfectamente asumible. Eso sí: el jugador no es el deportista al uso; se trata de un hombre más cultivado de lo normal; además, tiene una osadía un tanto inconsciente que viene bien a la novela y que da encanto al personaje, haciendo de él un tipo tan afable como desconcertante.

-Lo poco habitual del entorno. Ni las estaciones de esquí ni los equipos de baloncesto (y menos todo mezclado) son paisaje frecuente en las novelas negras. El conjunto ofrece una “estética” atractiva y difícil de olvidar: paisajes blancos y tipos largiruchos. Parece una cuestión menor, pero no es ninguna tontería. Hay novelas que se recuerdan por sus paisajes (se me ocurre, por ejemplo, Zapatos italianos, de Mankell), y esta es una de ellas.
-La adaptación de la acción al entorno. Es quizá lo más complicado de explicar, porque no hay dos estaciones de esquí iguales y, por tanto, a veces resulta complicado imaginar cómo pueden darse según qué situaciones. Esto me ha despistado un poco, pero no porque interfiera en el desarrollo de los acontecimientos, que en una novela son los que dice el autor y no otros, sino porque (mea culpa) siendo muchas estaciones de esquí entornos muy atípicos y con circunstancias tan cambiantes que pueden pasar de lugar idílico a infierno en cuestión de pocos minutos, o de pocas horas, no he podido dejar de preguntarme, condicionado por poco que sé de estos sitios, hasta qué punto pueden hacerse o no, o en qué condiciones, ciertas cosas. Y estas reflexiones despistan un poco, aunque también es cierto que por otro lado ayudan a meterte en la historia, pues no dejas de preguntarte cómo pueden haber ocurrido ciertas cosas y, de alguna manera, comienza uno a darle vueltas a la cabeza tal y como hacen los protagonistas. Dicho de otra forma, el lector se enfrenta a dos problemas: lo que sabe o no sabe sobre estaciones de esquí (que condiciona su visión), y (de esto seguramente el lector es menos consciente) lo que saben o no saben de ese tema los protagonistas cuando se ponen a elucubrar en voz alta.
La primera mitad de la novela (el 45% en concreto, porque está en formato electrónico), me la ventilé muy rápidamente, lo que prueba el interés que despierta. Luego sufrí un pequeño parón de un día o dos debido al poco tiempo que pude dedicar a leer, pero cuando enfilé el último tercio ya no la dejé. Y es que Un frío de muerte mantiene hasta el final la incógnita. Y no solo eso, la autora, poco antes de acabar, se permite una pirueta (que no voy a desvelar para no chafar la historia) que opera en el lector como una montaña rusa.
En resumen, una novela negra original y entretenida, de las que dejan huella tanto por lo peculiar de los personajes (sobre todo el jugador) como por el paisaje, y que además solo me costó algo más de dos euros y medio en Amazon.

jueves, 17 de enero de 2013

Balada de Perros Muertos - Gregorio León



          Balada de Perros Muertos es una novela centrada, aunque no se dice, en la frontera entre Méjico y Estados Unidos, inspirada en la violencia de Juárez. Antes de leerla me permito aconsejar echar un vistazo en Google al mapa de la zona, a la fina línea que separa la violencia de Juárez de la “civilización” de El Paso, ya en territorio estadounidense; será una buena forma de comprender lo irracional de la violencia, y de la impotencia que pueden llegar a sentir las víctimas, que lo son por la arbitrariedad de las fronteras y de las personas.


          La trama es sencilla: varias muchachas aparecen muertas, con indicios sobrados para pensar que han sido asesinadas por un mismo criminal. El comisario Padura es el encargado de la investigación, pero su interés por avanzar es equiparable al que tiene por perder la vida, que es lo que le puede pasar si los caminos del crimen, como es esperable en esa zona, conducen al narcotráfico. Como además su propia hija murió en circunstancias extrañas que no han sido aclaradas, el comisario asume la investigación de estos crímenes rendido de antemano a la fatalidad de dejarlos impunes.

          Pero algo mueve a Padura en contra de él mismo: su irracional enamoramiento de una pintora empeñada en echar luz sobre el asunto. Y así transcurre la historia: con el protagonista sin querer investigar mucho para evitar problemas, pero sí lo bastante como para que la pintora no lo mande al diablo. Entre medio, el capo local del narcotráfico, cuyo poder no se limita a su propia mafia, sino que se extiende por las instituciones, y que, acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo, el único límite para satisfacer sus caprichos lo marca su propia y trastornada imaginación. A su servicio, además, cuenta con un antiguo policía que trabajó con el comisario.
          Basta esto para descubrir los ingredientes que hacen mantener la tensión al lector, incluso hasta exasperarlo: la injusticia de la violencia por una parte y, por otra, la indolencia de los poderes públicos, incluso de las funcionarios honestos, cuando el miedo y la corrupción se ha adueñado de la vida de todos.

          Una novela dura, bien narrada aunque con algunos pasajes algo confusos, que fue premio Alfonso en Magnánimo en 2008. 


lunes, 14 de enero de 2013

Un náufrago en la sopa – Álvaro de Laiglesia



     Da pena que libros de humor tan buenos como este no sean reeditados con asiduidad. Me temo que encontrar Un náufrago en la sopa es hoy tarea complicada incluso en formato electrónico. O, al menos, yo no he sido capaz de encontrarlo tras leer la vieja edición que ahora comento.

     Un náufrago en la sopa es, de alguna manera, pariente de Amor se escribe sin hache, de Enrique Jardiel Poncela. Comparten hilo argumental (el amor como “recursos supremo de los ociosos”) y gusto por el absurdo. Aunque en el caso de Un náufrago en la sopa el absurdo adopta la forma de cierto “gamberrismo literario”, de travesura del autor, de ingenio constante, a cada párrafo. Un humor así se dirige tan directamente al lector que le fuerza a reaccionar: o le gusta o lo detesta. Y a mí me ha gustado. Y mucho.

     El argumento no es para tirar cohetes: Hugo, aburrido, hastiado de la vida, está a punto de morir de pura ociosidad, pero conoce a Palmira y se enamora como un tonto. Luego sufre un desengaño, trata de olvidarla pero, por fin, vuelve a la carga con un éxito que verá quien lea la historia, aunque como lo importante no es el qué sino el cómo, tampoco es gran problema desvelar lo ya sabido: que las personas solo sueñan con lo que no tienen. Pero si he dicho que el argumento no es original, ¿por qué estamos ante un magnífico libro de humor? Por la inaudita cantidad de disparates que el autor es capaz de hilar, uno tras otro, sin dar tiempo a reponerse de uno cuando ya llega el siguiente. El argumento es, en realidad, una excusa para encadenar ideas tan graciosas como ingeniosas.

    Junto al absurdo se dan otras muchas formas de humor, como por ejemplo ciertas repeticiones, perfectamente dosificada, que generan un efecto muy gracioso (y si no que se lo digan a don Roberto Fropp, don Carolito Massip, don José Primavera y hasta al propio Lupo), también son frecuentes las calificaciones chocantes atribuyendo relevancia a hechos circunstanciales ajenos a toda acción (como lo de “enana madre”), que mezcla lo importante con lo accesorio, haciendo que no sé sepa en realidad qué es lo importante y qué lo accesorio;  hay confusiones entre la realidad y la fantasía, como el asunto del tatuaje, y personajes tan delirantes y divertidos que su sola aparición ya mueve a la sonrisa (como el doctor Valière o Zezé, el amigo de Hugo, cuya desaparición, por cierto, se cierra con un colofón magistral que culmina al personaje y mueve a la carcajada)

     Literatura de humor imprescindible, pero, por desgracia, prescindible para las editoriales. 



jueves, 10 de enero de 2013

Arqueología en Internet


     Recuerdo haber hecho un gran descubrimiento siendo renacuajo: una casete, en una caja con papel blanco, gris oscuro y grandes puntos rojos que una vecina, años antes, había grabado supongo que directamente de la tele (esas cosas que se hacían entonces) y había regalado a sus alegres vecinitos (quizá para que se callaran) bastante antes de que yo la descubriera en casa como quien descubre un tesoro olvidado. Ha pasado mucho tiempo y de aquella cinta solo recordaba una canción (que entonces me llamaba la atención porque hablaba de "un cohete de vapor"), pero no tenía ni idea de cómo se titulaba ni de quién la cantaba (aunque hubiera apostado a que era alguien con acento sudamericano). Lo único que tenía claro es que la letra no era muy seria. 

     Hoy me ha venido a la cabeza igual que vienen otros recuerdos infantiles: sin que uno sepa por qué, y me he puesto a hacer arqueología en Internet. A partir de la frasecita "en un cohete de vapor" no me ha costado mucho averiguar que la canción original se titulaba "Mama" y ganó el festival de Eurovisión en 1969 interpretada por Jean Jacques, que hizo también la versión en español que encabeza este articulillo. Pero la versión que alguien grabó en aquella cinta y que yo recordaba era de Emilio el Moro (1924-1987), humorista, guitarrista y cantaor melillense ya caído en el olvido, y que vivió su momento de gloria a mediados del siglo XX. De hecho es la versión humorística la primera que he localizado, porque la original habla de "un gran barco de vapor", y no de un cohete. Ciertamente, ejem, mis gustos infantiles no eran muy selectos musicalmente hablando, pero como me ha hecho gracia recuperar estos sonidos, aquí quedan: original y versión humorística.

     Solo espero no haber hecho esto porque de aquella vieja versión quedara grabada en mi subconsciente una de las frases finales: "un gran lunático seré". Ejem.






lunes, 7 de enero de 2013

Becas flacas - Tom Sharpe



     No hay que leer Becas Flacas sin haber leído Zafarrancho en Cambridge. En esta última conocemos el colegio de Porterhouse, en Cambrigde, y lo chapado a la antigua de sus responsables. Y también nos da el punto de partida de Becas flacas: la suerte del Rector, que pretendía modernizar Portherhouse.
     Becas flacas comienza cuando la esposa del Rector decide crear una cátedra con su nombre y poner al frente a alguien que pueda esclarecer qué ocurrió (cosa de la que el lector de Zafarrancho en Cambridge está completamente informado). La selección del candidato queda en manos de unos pintorescos abogados y de su secretaria, la cual acaba eligiendo a su primo, que mantiene grotescas teorías sobre la culpabilidad del criminal y, además, está locamente enamorado de una tal Madame Ma´Ndangas, que se gana la vida dando conferencias sobre técnicas masturbatorias e informando a quien quiera escucharla sobre cómo Idi Amín se papeó a su esposo.
     La cátedra viene de perlas a Porterhouse, porque no tiene un penique; y todavía les viene mejor otra cosa: la posibilidad de sangrar a una cadena de televisión por los destrozos causados en la capilla. Al frente de la cadena está un lunático estrafalario, pero no tan loco como para haber entrado en contacto con Porterhouse casualmente.
     El Decano, por su parte, anda buscando candidato al rectorado entre los antiguos alumnos acaudalados. Acaudalados económicamente, claro está, porque intelectualmente son dignos discípulos de Porterhouse. Skullion, el antiguo portero y actual Rector, está en silla de ruedas pero ha recuperado el habla, y el pintoresco General, con su mezcla de conservadurismo y amor al vicio, es otro de los apoyos que sirven para mezclar todo y construir una historia divertidísima.
     Es más: una historia magníficamente hilvanada, porque no es nada sencillo unir tantas cosas tan alejadas y disparatadas y hacerlas avanzar de forma fluida, sin desajustes, con el ritmo justo. Cierto es que para que la historia avance alguien, desde dentro, debe tomar la batuta. En esta ocasión el personaje elegido ha sido el Praelector, lo cual no lo transforma en protagonista. Toda una muestra de buen hacer en una de las cosas más complicadas a la hora de escribir una historia como esta: guardar las proporciones, que todo vaya en la misma dirección, que todo concuerde, que todo tenga su razón de ser.
     El humor, como es habitual en Sharpe surge de los malos entendidos, de lo ridículo de muchas personas y de sus comportamientos, de la opinión y prejuicios sobre los americanos, a quienes algunos personajes consideran poco menos que seres intelectualmente inferiores debido a la modernidad de sus costumbres, en la exageración a que conduce la inamovilidad de los principios y, sobre todo, en los irónicos comentarios que completan la información que Sharpe da sobre cada personaje. Habitual en Sharpe es también presentar una caterva de individuos con extravagancias muy diferentes, incluso opuestas entre sí, y cada uno, a su manera, un poco monomaníaco. Las referencias a Madame Ma´Ndangas, por ejemplo, son muy divertidas (más que el desenvolvimiento del personaje cuando aparece); la prostituta de baja estofa que contrata el General es también un secundario impagable, y así hay unos cuantos, además del Decano, que gana peso y personalidad. Solo chirría, creo yo, la loca estética de los miembros de la cadena de televisión y la locura delirante de sus responsables: demasiado irreal para encajar, y demasiado chocante en el ambiente casi medievalesco de Portherouse, porque hubiera sido chocante incluso en un ambiente normal.
     Un par de “peros”, para que no todo sean elogios. Hay algunos “trucos” que Sharpe repite aquí de otras novelas, como por ejemplo el de la administración de fármacos cuyo efecto secundario es trastornar la personalidad. No es que me parezca mal, pero parece una solución demasiado fácil (aunque aquí es más recurso humorístico que solución literaria). Y, el mayor “pero”, se lo doy al final de la novela: es un desenlace demasiado simple e inofensivo, como si Sharpe fuera consciente de que la chicha de la novela está en su desarrollo, y, una vez hecho lo difícil, se hubiera relajado.
     Y termino con una anécdota: uno de los “golpes” del libro ha hecho reír a carcajada limpia como no recuerdo haber reído nunca con un libro.