En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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lunes, 14 de septiembre de 2026

El este del Edén - John Steinbeck

 


Comienzo reiterando una confidencia: casi todos los veranos aprovecho las vacaciones para leer con tranquilidad un clásico largo. La novela prevista para 2023 fue «Al este del Edén». Pero por una triste razón que no viene al caso, ni la empecé. Luego, en 2024 y 2025 no me sentí con ganas ni de tocarla. Sin embargo, ahora, en 2026, este libro ha venido a mí como caído directamente del cielo. Y me alegro, porque en los meses inmediatamente anteriores a su lectura he tenido ocasión de ser espectador de comportamientos como alguno a los que luego aludiré.

    Y ahora, la reseña.

A Adan y Eva se les regaló el Edén, pero en lugar de aprovechar tamaña donación para vivir pacífica y agradecidamente, la liaron y fueron expulsados de él. O, simplemente, su ambición hizo que el Edén dejara de serlo. Más tarde uno de sus hijos, Caín, mató a su hermano Abel. Dios no se lo tomó precisamente bien y, permitidme la broma, debió decir algo así como «a este que le den», que bien pudo traducirse piadosamente como que lo envió «Al este del Edén», pues Caín fue largado aún más lejos del paraíso de lo que ya estaba, a la tierra de Nod, al este del Edén. Y, si no, el mensaje fue «a este que le den al este del Edén».

Hasta aquí la broma para explicar un título que responde al contenido de la novela con exactitud y dura poesía al menos por dos motivos:

Primero: tan repugnante es traicionar a los hermanos que el nombre de Caín ha sido maldito desde hace siglos. Aún así, de los casi 50 millones de personas censadas en España aún hay 112 que lo llevan. Se concentran en las provincias de Sevilla, Málaga y, vaya por Dios, Zaragoza. Tierras de Caínes, parece ser, aunque seguro que todos conocemos algún Caín con otro nombre en el DNI.

Dicho esto y explicado el título, ya podéis intuir que en «Al este del Edén» pululan varios personajes capaces de traicionar, con acciones esporádicas pero determinantes, todas sus buenas intenciones y todo amor filial y fraterno.

    Segundo: en toda la novela el territorio juega también un papel relevante. Cada personaje tiene su Edén, o lo que cree serlo, o lo que quiere que lo sea, pero apenas ninguno es capaz de construirlo o, si lo alcanza, de conservarlo. Casi todos se las apañan para que su vida no sea el remanso que desean, para acabar a disgusto donde podían haber estado a gusto. Para transformar el Edén en Nod por los motivos por los que la gente acaba allí: la traición a los suyos.

Dicho esto, «Al este del Edén» es la historia de varias generaciones de las familias Hamilton y Trask. Escribe en primera persona Steinbeck (1902 - 1968), que nació en Salinas, hijo de John Ernest Steinbeck y Olive Hamilton, la cual es hija de uno de los personajes más importantes de esta historia, Samuel Hamilton. Pero esta novela es, sobre todo, la historia de la familia Trask, y transcurre entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, periodo en el que culmina la colonización, en California, del valle de Salinas, que desemboca en la bahía de Monterrey. Casi todo transcurre en las proximidades de la localidad de King City, si bien la primera parte de la novela, la más vinculada al origen de la familia Trask, transcurre en el otro extremo del país, en Connecticut, donde el patriarca de la familia, un tipo obsesionado con el ejército, pero pésimo y fugaz soldado, lleva una existencia sorprendente, capaz de transformar la obsesión en ocasión, dejando demasiado de lado a sus dos hijos, Adam (¿será casualidad el nombre, o evoca intencionadamente a Adán, dado que más tarde sus dos hijos representarán el mito de Caín y Abel?) y Charles. Ambos tienen distintas madres. También uno es más Caín y el otro es más Abel. Adam es el mayor, por poco, y el Abel de la pareja, y es más pusilánime que Charles. Nótese que las iniciales de los dos hermanos son las mismas que las de Caín y Abel, porque en esta novela, que bucea en la influencia de la herencia espiritual, hay más cainismo que el de los hijos de Adam. Las relaciones entre Adam y Charles son a un tiempo cordiales y tensas; y a medida que pasa el tiempo la ruptura es más lógica e inevitable aunque, paradójicamente, los motivos se reducen y, sobre todo, se aclaran. ¿Cuáles son? Tienen que ver con los sentimientos de cada cual, aunque quien provoca la ruptura, en esta relación, en casi todas las de la novela y en casi todas en la vida es quien se reivindica por lo que cree merecer, lo que implica que siempre está comparándose. Los «yo soy más»¸ «yo merezco más», «yo he hecho más» conducen inevitablemente a la ruptura, porque ninguna vida puede tasarse al peso y compararse con otras: hay demasiadas diferencias entre las personas: de edad, de circunstancias, de carácter, de valores, de vivencias…

Más en concreto, «Al este del Edén» es la historia de Adam Trask, más que de su familia, de por qué Adam fue como fue (ahí está su padre para que averigüemos sus primeros traumas), cómo su vida se moduló (ahí está Samuel Hamilton para ejercer de apoyo y conciencia) y qué consecuencias tuvo más allá de él a través de sus dos hijos, Cal (nombre que tanto recuerda a Caín) y Aaron (que suena a Abel). ¿Otra vez casualidad el juego de las inciales?

Los capítulos son relativamente cortos y divididos en tres, cuatro o cinco apartados. La riqueza expresiva es enorme, como también el vocabulario, y la capacidad de descripción del entorno es fantástica. El dominio del lenguaje es tal que hasta lo más duro y sórdido se lee con conciencia de que lo es, pero sin repugnancia.

La historia es famosa: tras conocer la infancia y juventud de Adam, marcadas por los traumas y una azarosa huida hacia adelante, Adam sienta cabeza, emigra a California con el riñón bien cubierto y casado con cierta dama que, vamos a decirlo así, también tiene sus traumas -o sus carencias- y la cosa, con ocasión del parto de sus dos hijos, mellizos, acaba entre mal y horrible, lo cual abre para Adam una larga etapa desastrosa en la que el apoyo de su criado chino, Lee, es crucial. Este personaje es esencial, pues lo mismo sirve de contrapunto a Adam y sus hijos como de pivote en torno al que convergen las familias Trask y Hamilton. También sirve para dar una visión social más amplia de la que permite el resto de personajes: la del inmigrante de etnia distinta a la dominante, siempre despreciado y relegado. Cal y Aaron, los hijos de Adam, crecen en la ignorancia total sobre su madre. Y más les vale. O no. 

O no. Esta intencionada duda da idea del gran valor que a lo largo de la novela se da a la verdad. Lo explico. Ni por asomo Adam concede valor alguno a la mentira, que siempre es considerada despreciable, en especial cuando consiste en omitir datos clave. La cuestión se plantea en relación a la oposición entre verdad y silencio, o entre verdad y mentira piadosa. Dado que hay situaciones límite, las reflexiones son muy interesantes. Los personajes que sirven de referencia ética siempre se pronuncian favor de la verdad, pero al final comprendemos que en realidad no es así, sino que se pronuncian a favor de una verdad éticamente expuesta y con motivos éticos para exponerla, como queda claro en contraposición a la cruel verdad que cuenta Cal, y que nadie puede defender por más que sea verdad. Es decir, la verdad no tiene un valor ético por sí misma; es cómo se usa lo que la transforma en un instrumento de paz, de reequilibrio o de crueldad, incluso de venganza. Lo que legitima a quien usa la verdad no es el hecho de usarla, sino cómo lo hace y, especialmente, sus intenciones al usarla.

Y es que no solo hay verdades molestas. También las hay peligrosas. Ahora mismo soy especialmente consciente porque, por ejemplo, servidor de ustedes entró en conocimiento de una vieja verdad con capacidad para destruir a un pequeño mediocre que está acosando injusta y abusivamente a personas honestas a las que admiro y aprecio. El individuo hizo, hace años, algo que repugnará hasta a sus hijas. Durante años le ha protegido el temeroso y pragmático silencio de su víctima. ¿Pero ahora debe salir la verdad a la luz como acción de defensa? ¿O para restaurar los equilibrios produciendo un daño que evite o castigue los que él está provocando? Cada cuál tendrá una respuesta. No hay ninguna mejor que otra porque, como he dicho, lo importante es el ánimo de justicia con que se usa la verdad. 

El descubrimiento de diversas verdades complicadas de digerir para quien las ignora es uno de los motores de la novela debido al interés emocional que suscitan. ¿Cómo reaccionará Fulano cuando se entere de que Mengana…? En estas casi setecientas páginas hay una verdad peligrosa detrás de otra.


El otro motor de la obra opera a más largo plazo: cómo acabará una familia en la que el padre y la madre han tomado rumbos distintos e incompatibles, cómo conciliar ambos en la figura de unos hijos que inevitablemente son el resultado de esas dos fuerzas dispares. Qué ha de salir de la unión de todo eso. ¿Una conciliación o una bomba?

A lo largo de las generaciones Trask se reproduce cierto patrón: quien dentro de una generación cree merecer más acaba amargando la vida al resto, al que intenta provocar un sentimiento de culpa (injusto, pero que acaba existiendo). El gran pecado de cada padre es no saber trasladar a sus hijos la convicción de que son iguales en derechos y afectos aunque no hagan lo mismo (entre otras cosas porque es imposible, ya que cada uno tiene una edad y se enfrenta a unas circunstancias vitales distintas) ni se comporten igual, aunque sean el día y la noche. No luchar por darles esa convicción produce en los hijos una errónea percepción de favoritismo o discriminación, y esto, a la larga, origina reivindicaciones del yo, del, como he apuntado antes, «yo soy más»¸ «merezco más» o «he hecho más». Y de ahí al enfrentamiento en la edad adulta. Los errores de cada generación se perpetúan así en las siguientes, que, salvo la gente brillante, no saben hacer sino aquello que han hecho con ellas.

Aunque luego, cuando se aproxima el final de vida y los caminos son ya por completo individuales, todo el mundo acaba haciendo balance. El que sintió de forma injusta un sentimiento de culpa debe aprender a vencerlo para liberarse y sentirse en paz; y, quien lo causó, a menudo acaba sufriéndolo con el agravante de que este sentimiento, este sí, está justificado. Que se joda, claro. Así es como en las postrimerías de la vida los injustamente tratados a veces se liberan y los que han provocado la opresión a menudo acaban sufriendo las consecuencias de su propia conducta, buscando, a la vejez, excusas para justificarse. Todo lo que en esta obra se muestra, para bien y para mal, también es espectacular, emocionalmente hablando. También todo esto muestra «Al este del Edén», la novela que este año, por algún motivo, me ha caído del cielo.

Por todo esto posiblemente esta sea una de las mejores novelas de la historia sobre el sentimiento de culpa, y de ahí que su final, inesperado y grandioso sin salir de algo tan pequeño como un ser humano concreto, tenga una fuerza enorme: después de todo lo que ha mostrado, John Steinbeck nos recuerda que nadie tiene por qué ser prisionero de nada ni de nadie, ni de su familia ni de su pasado, ni siquiera de su futuro previsible. Todos tenemos libertad de elección. Timshel.


miércoles, 27 de julio de 2016

La Perla - John Steinbeck




            Hace ya bastantes años, en Barcelona, en verano, paseando por el Paralelo cerca del anochecer, vi junto a unos contenedores de basura un montón de cartones y, sobre ellos, veinte o treinta libritos nuevos que en algún momento se habían puesto a la venta de oferta junto con El Periódico. Con toda probabilidad habían sido abandonados por el propietario del quiosco de prensa situado al lado. La forma en que estaban desparramados atestiguaba que no se encontraban allí por error. Estaban a merced de cualquiera, sin embargo todo el mundo pasaba de largo como si fueran la misma basura que apestaba en el contenedor, y esa es otra de las cosas que me sorprendió e hizo dudar de si lo que estaba viendo era como parecía.

            Debí haber examinado con detenimiento todos los libros y haber cogido los que me gustaran y los que hubiera podido regalar a quien los hubiera sabido apreciar, pero lo impidió un asomo de pudor: se me hacía extraño revolver en la basura -lo cual era un decir porque estaban tan a mano que no había que revolver nada-  y, también, me sentía casi un ladrón, por verme beneficiado de una suerte que yo no necesitaba para leer y que a otro le podía venir mejor que a mí. Tras un rápido examen visual hice las cosas a medias –o sea, mal- y me llevé los dos ejemplares más a mano. Un libro de Heinrich Böll y La Perla, de John Steinbeck. Dos premios Nobel por los suelos. No recuerdo quién más los acompañaba.

            Leí primero La Perla. Si la historia hace sentir pena, rabia e impotencia,  recordarla convertida en basura en una avenida decadente de una ciudad que entonces lo tenía todo, recordarla abandonada ante la indiferencia de los transeúntes como una metáfora de la suerte de sus protagonistas, me hace sentir aún peor.

            Las noticias dan muchas ocasiones para recordar esta magnífica obra, y también he recordado con frecuencia la anécdota que acabo de contar. Por eso he vuelto a leer ahora La Perla, para hacer esta reseña casi como un pequeño acto de reparación hacia todos los Kinos y Juanas, hacia todas esas personas que, sufriendo el máximo desprecio, ni siquiera la historia de su dignidad pisoteada interesa a nadie.

            Kino y Juana, nos dice la novela, eran un matrimonio que apenas tenían una choza, un cuchillo, la ropa que vestían y unos pocos útiles más: su joya, la canoa, hecha por el abuelo de Kino; con ella se hacían al mar en busca de ostras y perlas; siempre escasas, pequeñas y deformes. Las malvendían en el mercado local donde ya se producía la primera humillación para todos los pescadores indígenas: la ignorancia y la falta de medios les hacía soportar la manipulación. ¿En qué consistía? En la falta de competencia entre compradores, porque todos se fingían independientes pero seguían el dictado de una sola persona que abusaba de su posición de dominio impidiendo que los pescadores salieran de la miseria y garantizándose así, además de un beneficio enorme, una mano de obra esclavizada.

          La historia comienza cuando un escorpión pica a Coyotito, el bebé de los protagonistas. Juana reacciona con rapidez y trata de succionar el veneno, pero nadie puede asegurar si lo ha conseguido, si el niño sobrevivirá. Y allá se van los dos, con su hijo en brazos, a la ciudad, a casa del médico.

        Pero el médico, ocupado en echar de menos su juventud y la vida en la gran urbe europea, ni siquiera se molesta en hacerse visible. ¿Para qué, si esos desarrapados no tiene dinero con qué pagarle? Es la primera ocasión en que Steinbeck hace presente lo que luego veremos a cada momento: la humillación de hacerle ver a una persona que ni su vida ni sus sentimientos valen nada. Ni el esfuerzo de salir de la cama. Hay quien puede dejarte morir, como a Coyotito, o desesperar, como a sus padres, solo por no dedicarte cinco minutos que va a dedicar a la holganza o a la diversión.

            En el prólogo Steinbeck advierte que el libro tiene muchas interpretaciones. La que he hecho hasta ahora es la más evidente. Pero pensad que todo esto ocurre a menudo de forma más sibilina y entre iguales; solo que entonces ya no es la riqueza lo que marca la diferencia, sino la necesidad de colaboración, de afecto, de atención, de mil cosas que solo tienen una en común: el abuso de quien está en posesión de la fuerza sobre quien padece necesidad.

            Humillados, Kino y Juana hacen lo único que pueden hacer: irse a pescar con Coyotito en la canoa mientras esperan si muere o no. Justo entonces ocurre lo que ellos y sus vecinos, y los padres y abuelos de todos ellos, han soñado durante esas décadas de explotación y miseria: Kino se sumerge y encuentra una perla enorme y perfecta. «La perla del Mundo» la llaman a veces. Kino, que se embarcó pobre en la canoa, desembarca rico, sabiendo que su vida ha cambiado, que podrá curar a su hijo, que podrá darle educación para que aprenda a leer y nadie le pueda engañar. Y además, para colmo de dicha, la inflamación ha bajado: Coyotito se está recuperando. Juana succionó y escupió el veneno. Van a ser ricos. Tendrá una casa y su hijo sabrá leer.

            En ese punto se abre la parte más dura de la novela, crueldad que evoluciona con la degradación a que se ve sometida la pareja. Crueldad por los hechos, pero sobre todo por su significado.

           Al anochecer, enterado del hallazgo, el médico aparece e intenta burlar a Kino poniendo en riesgo al vida de Coyotito para atribuirse (y cobrar) la posterior sanación. Luego, ya de noche, unos desconocidos intentan robar la Perla sin dudar en matar a Kino y a Juana si es preciso. Más tarde los mercaderes intentan estafar al matrimonio y, cuando no encuentra otra opción que abandonarlo todo e irse a vender la Perla a otro lugar, son perseguidos como alimañas y se ven obligados a practicar la violencia para defenderse. Incluso Kino se ve forzado a matar. La Perla, para entonces, es ya una maldición: ha trastornado su vida, les ha quitado hasta la posibilidad de dormir porque alguien los puede matar mientras lo hacen. Les ha quitado incluso la tranquilidad de conciencia. El final es conocido: en la huida muere Coyotito de la peor forma posible. Kino y Juana regresan a la aldea con el cadáver, y lanzan la Perla al mar.

            Pensad en lo que simboliza ese gesto.

       Son muchas las reflexiones que inspira esta historia: la primera, que quien te ha despojado de tu dignidad por ser pobre o por cualquier otro motivo, ya no te la reconoce jamás. Es la ausencia de ese reconocimiento la que provoca que los «ricos» se sientan legitimados para robar, estafar e incluso matar. El desprecio es la consecuencia de no reconocer la dignidad. Ese desprecio ancestral todavía se huele a diario en la prensa de cualquier país, un desprecio que consentimos y practicamos con nuestra insensibilidad e indiferencia hacia las desgracias de quienes consideramos condenados a sufrirlas como si fueran ajenas a nosotros. La Perla no es una historia de «ricos y pobres», sino de dignidad e indignidad, como tantas obras de Steinbeck. No es el dinero. No es la riqueza. Es la forma en que la fuerza se impone a la necesidad. Es, en resumen, la lucha por la dignidad. Es, también, la confusión entre dignidad y cualquier forma de poder, sea económico, político, intelectual, emocional, afectivo... No es la denuncia del «ande yo caliente ríase la gente», sino del «como yo ando caliente, me río de la gente».

            Robarle a una persona su dignidad es negarle su esencia, es negar aquello que la individualiza. No creo que ningún sentimiento genere tanta impotencia, rabia y humillación como verte tratado sin dignidad. Luchar por recobrarla suele ser empeño vano: quien se puede permitir el lujo de prescindir de nosotros hasta el extremo de hundirnos sin que le importe, ni siquiera se va a molestar en acudir al combate. Y si quien se siente despojado de su dignidad necesita de esa persona, como ocurre tantas veces entre ricos y pobres, entonces el sentimiento de humillación no hace sino aumentar. Nada lo acrecienta tanto como la indiferencia ante su evidencia. Hay quienes, como Kino en un primer momento, luchan por su dignidad convirtiéndose sin darse cuenta en lo mismo que aquellos a quienes detesta; y hay quienes, como Kino al final, renuncian a luchar para buscar la dignidad en un sentimiento de humillación que existe precisamente porque Kino todavía se considera digno a sí mismo.

          Escrito de forma concisa, directa, con capítulos breves. Me ha gustado especialmente la forma en que Steinbeck muestra los estados de ánimo de Kino no dejando ver sentimientos o pensamientos, sino hablando de que en la cabeza de Kino suena «la canción de la familia» o la «canción del mal» o «la canción del bien»; es la forma más sensible de decir que Kino no tiene cultura suficiente ni por tanto capacidad de racionalizar sus sentimientos, pero que los tiene todos.

            El lunes, comentando las últimas lecturas, cuando dije que acaba de leer La Perla, un amigo me dijo: «Fantástico libro. En él está recogido todo lo que es el ser humano».

            Leed La Perla. A su fin en vuestra cabeza sonará «la canción de la dignidad».


John Steinbeck (1902-1968)



jueves, 21 de febrero de 2013

De ratones y hombres – John Steinbeck



     Merece la pena leer a Steinbeck solo por los finales. Es difícil saber hacerlos tan impactantes. Aunque, por suerte, también merece la pena por todo lo que hay antes.
     De ratones y hombres cuenta la historia de dos jornaleros que van de acá para allá buscando trabajo. Uno es un tipo grandullón, hercúleo, y con el cerebro de un mosquito; es incapaz de distinguir el bien del mal, y aunque es de naturaleza bondadosa, apenas tiene capacidad de recordar las cosas, y cualquier discusión bloquea su mente. El otro, su acompañante, es un tipo normal que lo cuida protegiéndolo de sí mismo. Así que es algo más que un tipo normal: es un hombre generoso, que ha sacrificado su vida por no abandonar a su suerte a un pobre diablo. La historia comienza cuando, huyendo del último problema, entran a trabajan en un rancho aislado, donde solo hay otros jornaleros, el dueño, su caprichoso hijo, y la peculiar y provocativa esposa de este.
      Ambos hombres solo desean una cosa: ahorrar un puñado de dólares para comprarse una casita donde vivir el resto de sus días criando conejos y cultivando lo que sea. Y para conseguirlo no les queda sino trabajar como asnos, pero el trabajo no es lo más duro. Lo peor, lo más difícil, es por una parte controlar al grandullón y, por otra, soportar la miseria renunciando al consuelo de gastarse el jornal en las juerguecillas que el resto de jornaleros se permiten, y en las que dilapidan cuanto tienen, haciendo de su vida un círculo vicioso de trabajo duro, pobreza y gastar en consolarse. En ese ambiente es fácil suponer que la presencia de la mujer resulta muy perturbadora. Y más si encima provoca.
     El lector se encariña pronto con los personajes, en una historia donde comparten protagonismo la generosidad, la esperanza, el miedo, la injusticia, la arbitrariedad, la debilidad en la que siempre está el pobre, y donde la tensión se percibe a cada página, porque cualquier cosa puede ocurrir en cualquier momento. Por eso, precisamente, el final es tan sorprendente. Porque cualquier cosa es cualquier cosa.


lunes, 15 de octubre de 2012

Las uvas de la ira - John Steinbeck



     Hay libros pésimos, otros que simplemente entretienen, otros que te hacen aprender, y algunos, pocos, que además te hacen mejor. Las uvas de la ira es una de esas novelas que perduran no solo por servir de testigo de una época, sino por la forma en que reflejan lo mejor y lo peor del ser humano. Seguramente es una novela que durará siglos.
     El argumento es muy sencillo. Primer cuarto del siglo XX: la familia Joad, arrendatarios de unas pequeñas tierras en Oklahoma, se ve desplazada de ellas por la llegada de los tractores, y es lanzada, de un día para otro, a la indigencia. No es un cambio más debido a los avances tecnológicos, a los que ahora ya estamos acostumbrados: es un cambio incomprensible para quienes lo sufrieron, porque puso patas arriba la relación del ser humano con el campo mantenida desde los inicios de la agricultura. El único tipo de trabajo que habían tenido casi todas las comunidades durante milenios se volatilizó en pocos meses. Se volatilizó, en definitiva, el mundo de millones de personas, que no podían tener una sensación muy diferente a la de las víctimas de un huracán, de un terremoto, o de  cualquier otra catrástrofe: el cambio era una fatalidad contra la que no se podía luchar, pero, al provenir de otros seres humanos, era vivida como una profunda injusticia y con una infinita impotencia. Como los Joad, millares de pequeños agricultores se vieron obligados a emigrar por vía de urgencia a California en busca de trabajo. Básicamente, para trabajar en la recogida de fruta.
     Y a partir de aquí, la saña con que el ser humano se aprovecha de los débiles, y la forma en que el poderoso rechaza al débil por la debilidad que el mismo poderoso se empecina en provocarle: desde los cazagangas que ofrecen cuatro chavos por las pertenencias de toda una vida, hasta los que alzan los precios aprovechándose de la necesidad, pasando por todo tipo de especuladores, incluidos los grandes. Vemos también cómo se maltrata al inmigrante, cómo se le impide acceder a todo y luego se le acusa de ser marginal. Vemos cómo se manipula la realidad, cómo basta la acusación de ser “un rojo” para hacer de uno un delincuente, aunque el acusador ni siquiera sepa lo que es ser “un rojo”, y aunque el supuesto “rojo” solo haya expresado su deseo de tener una retribución que le permita comer. Vemos cómo incluso se trata mejor a los caballos que se usan en la tierra que a los recolectores de esa misma tierra.
     Pero lo peor, sin duda, es que en nada hemos avanzado en casi un siglo: la peregrinación de los Joad es un paseo comparada con las odiseas de muchos de los inmigrantes africanos que llegan a Europa huyendo, como los Joad, del hambre acuciante. Nada más y nada menos que del hambre. Como los Joad tuvieron que pagar un dineral por un coche destartalado, los emigrantes actuales son sangrados para jugarse la vida cruzando el estrecho en una cáscara de nuez o hacinados hasta la asfixia en un contenedor. Como los Joad no tenían dónde meterse, a muchos inmigrantes actuales se les cierra el mercado del alquiler de vivienda, o se les exige precios exorbitados; como los Joad, muchos emigrantes se ven obligados a participar en “subastas a la baja” en la recolección de fruta, a ponerse en venta en plazas donde un señor en una furgoneta decide, cada mañana, quien tiene resueltos los dos próximos días de vida y quién no; como los Joad, muchos se ven obligados a vivir sin las más mínimas comodidades, sin agua corriente, sin luz, sin nada. Y, como los Joad, casi todos reciben el desprecio de los naturales de la zona: son explotados y humillados, y tras maltratarlos así para colmo se les considera invasores; llegando, a veces, hasta a provocarles solo para tener una excusa para ir contra ellos.
     Un libro que hace pensar, y que hay que leer. Porque, se diga lo que se diga, el racismo y la xenofobia, apoyados en una colosal ignorancia, siempre han campado a sus anchas en España y en todas partes. Un libro que también hace pensar que nada hace tan insolidario e egoísta como el bienestar material.
     Y termino haciendo una referencia al final: uno de los más bonitos que haya leído nunca y, también, un final con una enorme carga simbólica. Cuando uno no tiene nada, cuando ni siquiera tiene ropa con la que vestirse ni nada que llevarse a la boca, todavía se tiene a sí mismo. Un grito proclamando la dignidad de todo ser humano.