En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 24 de enero de 2013

Cuatrocientos años de humor



He aquí una muestra del humor de Quevedo, que ha sobrevivido ya algo menos de cuatro siglos. Casi nada. Catorce líneas de chanza que seguirán siendo conocidas cuando todo el mundo haya olvidado las cincuenta próximas listas de best sellers.

SONETO
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado;
era un reloj de sol mal encarado.
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mal narigado.
Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egito,
los doce tribus de narices era;
érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.

jueves, 18 de octubre de 2012

¿Dónde nace el humor?



Desde que publiqué La terrible historia de los vibradores asesinos he debido opinar con cierta frecuencia sobre el humor (*), o sobre algunos aspectos concretos de él. No es que sea yo un experto ni la alegría de la huerta, pero, buenas o malas, algunas reflexiones he hecho al respecto, porque es un tema que me interesa. Así que me permito ponerlas aquí, donde las leerá quien quiera, y quien no las dejará correr. La primera, hoy, necesariamente ha de ser sobre mi concepción del humor. ¿De dónde sale? ¿Por qué? ¿Para qué?

En mi opinión el humor nace de los errores. De todos los errores. Pero los que a mí me importan, los que dan sentido al humor, son los que afectan a la percepción de las personas, incluidos, por supuesto, nosotros mismos. ¿Seré capaz de explicarlo?

Lo intentaré.

Todos, incluso los más modestos (o los menos vanidosos) nos otorgamos una importancia que no tenemos. La causa probablemente sea nuestra incapacidad para asimilar que el mundo puede prescindir de nuestra existencia, que no nos necesita ni como abono; incapacidad debida a que solo le encontramos sentido en la medida en que existimos en él. Dicho de otra manera: somos vara de medir porque no sabemos hacer más; no por soberbia, sino por ignorancia; aunque el resultado acaba siendo el mismo, porque tendemos a creer que hacemos lo que queremos, cuando solo hacemos lo que podemos. Y al sentirnos más importantes de lo que somos incurrimos en una profunda equivocación. La prueba es que si todos fuéramos el Rey del Mambo, nuestro empecinamiento en morirnos no dejaría de cambiar el mundo a cada instante. O, al menos, el mundo del mambo. Sin embargo la machacona realidad es que caiga quien caiga, nada cambia. Como tuve ocasión de opinar en casi todas las presentaciones de La terrible historia…, cuando las circunstancias nos hacen conscientes de ese tremendo error solo caben dos alternativas: engañarse a uno mismo y vivir en la inopia creyendo ser quien no se es (cómoda y anestésica fórmula utilizada por una ingente cantidad de personas, y a menudo el camino más seguro para convertirse en un idiota insoportable), o aceptar nuestra pequeñez. El problema de la segunda opción es que conduce al desencanto, cuando no de cabeza a la depresión, a no ser que recurramos a la única fórmula existente para asumir con realismo y cierta alegría la sideral distancia que nos separa de nuestras aspiraciones. Me refiero al humor. Porque cuando algo o alguien, nosotros, no es lo que parece, si no llega la decepción o el enfado es porque los desplaza una sonrisa.

Pero el humor, que visto así es una reacción, puede y debe usarse también en sentido contrario: como una acción para descubrir las realidades que las apariencias esconden. El uso del humor tiene entonces algo de indecente, porque desnuda, porque descubre las vergüenzas propias o ajenas.

Restarnos importancia a nosotros y a cuantos nos rodean nos permite además el lujo de ser más realista que el resto de mortales. Quien menos ha de temer a la realidad es quien en última instancia se sabe capaz de acabar sonriendo ante ella. Cosa distinta es, por supuesto, reírse sin analizar, reírse porque sí, reírse de una cosa y de su opuesta, para lo cual no hace falta ser inteligente, sino un formidable majadero (especie también muy nutrida). Porque la risa no hace bueno ni inofensivo a su objeto; el humor, cuando no es un mecanismo de defensa (Cervantes), lo es de ataque (Quevedo). Es decir, siempre hay un problema de base; una discrepancia entre lo que esperábamos o vemos y lo que hay o encontramos; el humor no la elimina, solo nos permite descubrirla o afrontarla. El humor es cualquier mecanismo que nos permite separar realidades y apariencias sin caer en el desánimo o el enojo.

Y esto es cuanto quería decir hoy. Me da en la nariz que esta primera perorata ha salido algo sabihonda, pero por fortuna tengo la excusa de que es difícil evitarlo cuando se habla en serio de la broma.  Y si he sido pelmazo, permítanme congraciarme con ustedes ahorrándoles el trabajo de hacer un resumen: el humor es fuente de sentido común y estabilizador mental. Y, por suerte, sin receta médica.

Aunque, ahora que lo pienso, si este artículo no ha sido lo que ustedes esperaban, no protesten ni se lamenten: tómenselo con humor: ¿cómo han podido ser tan pardillos de ir a parar a mis manos?

Y termino con un cotilleo: de esta concepción del humor partirá la próxima reflexión: la relación entre humor y solemnidad.



(*) Permítaseme un aviso para horripilación de puristas: ya sé que debería usar el  término “humorismo”, y no “humor”. Si no lo hago es porque no me da la gana.

martes, 15 de mayo de 2012

Literatura de humor y libros de humor


Quienes de vez en cuando escribimos literatura de humor nos topamos con un problemilla desconocido para el resto de los mortales:  las clasificaciones de las librerías no distinguen entre literatura de humor y libros de humor. Y así, como cualquiera puede comprobar en Amazon, FNAC o donde se le antoje, ocurre que bajo el epígrafe “humor” Cervantes o Quevedo, u otros más recientes como Sharpe, Wodehouse o Mendoza, por citar autores consagrados, conviven con creaciones humorísticas que nada tienen que ver con la literatura, por más que estén impresas o puedan llegar a ser muy divertidas. Una mezcla comprensible por razones de exposición, pero que en nada beneficia al humor como género literario.