En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 3 de octubre de 2024

Cumplas compartidas – Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt

 



Serie Sebastian Bergman, 8


Creo que cada vez que he hablado de esta saga he dicho lo que voy a repetir ahora: escribir a cuatro manos suele estar abocado al desastre (¿verdad, Camilleri y Lucarelli?) salvo en los contados casos en que la compenetración, el buen hacer, la implicación sin reservas y la fe en el proyecto común es de tal intensidad que las ideas, más que sumarse, se multiplican. 

Es extraño encontrar algo así en literatura. Sin embargo, es el método de trabajo habitual entre guionistas, sobre todo en el caso de series, que por su longitud y premura (en caso de éxito) requieren un manantial de ideas de caudal regular. Es lo que son Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt, guionistas, y hay que reconocer que saben hacer su trabajo y que este se nota en sus novelas: son muy televisivas, o cinematográficas.

Dicho lo cual no me queda mucho más que añadir sin volver a repetirme, la verdad, porque Culpas compartidas, la octava entrega de la serie del psiquiatra forense Sebastian Bergman, tiene todo en común con las anteriores: la escritura absolutamente correcta, sin excesos, ni divagaciones, ni ineficacias ni fallos pero también sin alardes, en la que la eficacia comunicativa prima sobre cualquier aspecto parecido al arte, que ni se busca ni se encuentra tampoco por casualidad. Y esa escritura simplemente eficaz, pero muy eficaz, sustenta una historia ágil, dividida en capítulos cortos que animan a leer más y más, construida entrecruzando varias otras historias agitadas y emocionalmente intensas, de modo que no hay capítulo que termine sin dejar al lector con la miel en los labios y la promesa de saciar su apetito si sigue leyendo.

¿Qué historias se entrecruzan?

La primera, la de un nuevo asesino en serie. ¡Qué socorridos son en la literatura pese a ser casi inexistentes en la realidad! Un asesino que, nuevamente, reta a Bergman. Un duelo peliculero en el que parece que siempre gana el bueno, pero en realidad nunca es así, porque el bueno suele ser lo bastante incompetente como para que el malo, que muy listo no parece, deba reincidir para ir dejando nuevas pistas. A fin de cuentas, si no lo identifican ¿cómo va a presumir de haber ganado nada a nadie? ¡Ay, la vanidad! ¡Hasta los locos ficticios la tienen!

La segunda, que es mollar a estas alturas de la saga porque Bergman lleva penando 2400 páginas la muerte de su hija Sabine, de tres años, en el tsumani de Tailandia en 2003, es qué pasó realmente entonces. Quedó apuntando al final de la séptima novela de la saga y, lógicamente, quienes habíamos llegado hasta ella no nos íbamos a quedar sin saber más. Y aquí hay más aunque no cuente qué para no reventar nada a nadie.

La tercera tiene que ver con personajes bastante chiflados que vuelven, como también quedó apuntando al final de la anterior novela. ¿Verdad, Elinor? El papel que juega este personaje en esta entrega es brillante. Para felicitar a los autores. Me pregunto desde cuándo lo tendrían previsto. Si reapareció para hacer lo que hace en esta novela o si primero decidieron traerla de vuelta a la escena y luego pensaron en cuál podía ser su papel.

Y, finalmente, Billy. O, por ser fiel a este libro, «el puto Billy», que anda penando por las consecuencias de ser un matarife y está dispuesto a asumirlas todas… Menos una.

De fondo, claro, la verdadera historia, que como siempre no es la del caso concreto resuelto en la novela sino la de los personajes que la pueblan: Bergman, Vanja, Úrsula, Torkel, Billy, My, Carlos… El final queda abierto a nuevas emociones. En teoría, no tan potentes como las que prometió el final de la séptima novela, pero a saber.

Soy adicto. Lo reconozco. Me parece increíble cómo las autores han sabido mantener el nivel a lo largo de ya ocho novelas y hacer de todas ellas, en conjunto, una sola y apasionante historia.




jueves, 11 de julio de 2024

La inquilina silenciosa – Clémence Michallon

 



Literariamente, La inquilina silenciosa es fast food. No creo que nadie pueda dudar de que la aspiración de la autora ha sido vender entreteniendo, y no alumbrar pretensión artística alguna.

Lo anterior no es malo, que conste. Entretener es una de las misiones de la literatura, entre otras cosas porque los lectores no podemos estar todo el día con ánimo trascendente, sibarita o estudioso. Hay que ventilar las neuronas. Por lo tanto, la cuestión con el fast food es si se trata de buen fast food, y la respuesta, en este caso, es que no es malo, pero que los hay mucho mejores.

La inquilina silenciosa tiene el mérito de una limitada originalidad y el pecado de la falta de verosimilitud, además de un ritmo que, aunque ágil, se hace lento porque el camino resulta previsible: la autora va a alargar la cosa porque debe rellenar las más de cuatrocientas páginas que justifican cobrar 21 euros por la joya.

¿Y qué es «la cosa»? El encierro de la protagonista, una chica innominada, que está presa de un zumbado. Primero en un cobertizo aislado, y luego en… En donde verá quien lea la novela.




La cuestión es que pasar años y años con menos radio de movimiento que un perro encadenado, sin volverte majareta y sin que tenga consecuencias físicas incapacitantes, es tan poco probable como que sin solución de continuidad esa presa pueda seguir siéndolo conviviendo con gente normal que entra y sale sin saber que la silenciosa inquilina que tienen enfrente en la mesa de la cocina está cautiva. Si además unimos los innecesarios capítulos (por fortuna, breves) en los que diversas muertas se dirigen desde el más allá al lector para contarle que están muertas porque el protagonista es muy malo, capítulos con los que la autora fracasa en el intento de crear tensión porque el lector ya sabe desde el primer instante que el protagonista muy buena persona no es, el resultado de todo esto, digo, hace previsible la evolución de la novela, basada en el principio de que «tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe». Es decir, que tanto tienta la suerte el malo que al final la pifia. En resumen, la novela se limita a esperar el momento en el que la prisionera va a poder salir pitando, si es que el malvado no se la carga con motivo de alguna de las ocasiones fallidas (que ya sabemos que no, porque, como he dicho, en ese punto se acabaría la historia).

No es lo único endeble: por qué el malo no liquida a la víctima, cuando apiolar damiselas no es extraño para él, sugiere cierta relación especial, indica que algo ha visto él en ella para «respetarla» hasta el extremo de no darle matarile y complicarse el día a día de padre y marido durante más de un lustro, porque las presas encadenadas y ocultas al mundo mantienen la costumbre de comer, beber y experimentar las consecuencias de comer y beber. Sugiere esa relación, digo, pero nada se aclara al respecto. Algo habrá visto el animalico en la heroína del cuento, pero eso se lo guarda para sí.

Ocurre, también, que una parte de los recursos para «solucionar» la novela son tan tópicos que abochornan. Por ejemplo, crear artificiosamente situaciones que dejan la escena al borde del abismo… para no caer, porque se acabaría la novela. Por ejemplo, hacer pender la vida de alguien de un hilo que a cada capítulo puede romperse, y aún mejor si ese alguien es una persona incauta que no sabe dónde se mete. Por ejemplo, ¿cuántas películas o libros no ha visto o leído el personal en la que alguien se mete a cotillear donde no debe y estaba bien cerrado y acaba descubriendo un pastel de cartas, fotos, documentación y cosillas así? ¡Qué sería de los autores sin imaginación sin los malos con vocación de archiveros!

En resumen, fast food del montón. Ni bueno, ni especialmente malo. Del que uno olvida sin remordimientos.


jueves, 9 de mayo de 2024

Tiempo de venganza – Francisco González Ledesma


Francisco González Ledesma (1927-2015), sin ser Juan Marsé, a quien contempla a bastante distancia, es memoria de la posguerra en Barcelona. Y también memoria literaria de calidad, siempre, eso sí, a través de ese «género menor» que es la novela negra y con el mérito y demérito simultáneos de que su doliente tono melancólico y su estilo es casi idéntico en todas sus novelas, sean cuales sean las tramas y los personajes.

Tiempo de venganza fue publicada en 2003, y transcurre, en parte, en el presente, lo cual señalo por ser unos años de «transición tecnológica» donde había móviles, pero no tantos como ahora, y los que había no tenían conexión a internet, y… Toda una serie de cosillas que han alterado las costumbres de un tiempo muy cercano con un rotundo antes y después; tan cercano y tan distinto que varias escenas transcurridas en la actualidad hubieran podido reescribirse poco después, aunque esto es anecdótico. Porque lo importante, como es habitual en el autor, es ese presente que mira al pasado con una mezcla de impotencia, nostalgia y rabia por la paulatina y casi definitiva evaporación de personas y lugares, de la ciudad entera que fue y nunca volverá a ser, como si la Barcelona de los años cuarenta y cincuenta (en la que fue joven el autor) fuera el compendio de todas las esencias.

Dos abogados ya jubilados y razonablemente adinerados andan, a comienzos del siglo XXI, decididos, por fin, a hacer justicia con un viejo crimen de posguerra: el cometido por un antiguo compañero de facultad, falangista y bien relacionado con el régimen (y, por tanto, impune), cuya víctima fue la joven universitaria de la que, quien más y quién menos, todos andaban enamoriscados. Queda clara la razón del título, ¿verdad?

Ciertamente, los caballeros se han tomado con calma su venganza, pero el plan que han diseñado para ejecutarla parece, a priori, inatacable. Las cosas, no obstante, se complican por varios motivos: por el suicidio de cierto caballero, por los problemillas del hijo de uno de los «vengadores», por… Por mil motivos que permiten ir viajando entre el presente y el pasado, entre la explicación de qué sucedió, de qué puede suceder y jugando, sin cesar, con una doble idea de justicia: si habrá o no justicia por el pasado hasta ahora impune, y si habrá o no justicia, o si lo será lo que haya, por el ajuste de cuentas del presente. 

Todo se complica un poco más, si cabe, porque la información de todos es fragmentaria. En unos casos, porque no se conocen todos los detalles y, en otros, porque alguien ha jugado al despiste, ya que una de las características del mundo que refleja González Ledesma es el papel que juegan las diferencias entre lo que los de abajo son y lo que quieren aparentar ser los de arriba. No olvidemos, tampoco, que de lo que cree el personal a lo que es o fue, suelen mediar trechos que son mundos.

El resultado de este cóctel lo sabrá quien lea la novela, que me ha gustado mucho, salvo por la resolución final, demasiado peliculera a mi juicio, pero no me resisto a recordar el papel que en la obra de González Ledesma juega la justicia poética y, también, esa otra justicia implacable que es la decadencia y la decrepitud; una justicia que alcanza a todos. Hasta a los impunes. Hasta a los que se pasan la vida eludiendo algo, evitando mostrarse como son, para toparse un día con la muerte y quedarse con la cara de idiota que se le queda a todo el que, en el instante en que ya nada tiene remedio, se da cuenta de que ha dejado pasar su existencia fingiendo ser otro.




martes, 4 de abril de 2023

La ladrona de huesos – Manel Loureiro

 


     Dice la sinopsis: «Tras ser víctima de un salvaje atentado, Laura pierde completamente la memoria. Solo el cariño de Carlos, el hombre del que se ha enamorado, le ayuda a percibir destellos de su misterioso pasado. Pero ¿quién es Laura? ¿Qué le sucedió? Durante una cena romántica, Carlos desaparece de forma inexplicable y sin dejar rastro. Una llamada al móvil de la joven le anuncia que, si quiere volver a ver con vida a su pareja, tendrá que aceptar un peligroso reto de insospechadas consecuencias: robar las reliquias del Apóstol en la catedral de Santiago.» 

Y así es el inicio de la novela, cuyo desarrollo alterna los sucesos derivados de este comienzo con saltos en el tiempo y el espacio para conocer la historia de Laura; una historia peculiar, basada en una muy libre versión de ciertas historias sobre la extinta Unión Soviética que también han sido aprovechadas literariamente por autores como Sandrone Dazieri en su trilogía sobre Colomba Caselli y Dante Torre.

Aunque veo que la novela tiene muchas y muy altas valoraciones de los lectores, mi impresión se ha quedado en un «así, asá». Es cierto que el tercio final es trepidante (algo así como una película de acción llevada al papel, y hago esta comparación porque la influencia de ese tipo de cine en el autor es tan evidente que bien puede decirse que esta es una novela «peliculera»), pero también lo es que la primera mitad del libro es demasiado lenta.

El argumento no es realista, lo cual no es un problema cuando es verosímil. El problema es que para hacer creíble lo increíble la historia debe tener coherencia interna, y la actuación de cada personaje debe ajustarse al marco (real o irreal) que se ha dado. No es el caso: la coherencia interna se sacrifica constantemente al espectáculo del más difícil todavía. No pongo ejemplos para no chafar sorpresas.

Los ingredientes han sido cocinados como he dicho, pero además la mayoría resultan, de tan conocidos, tópicos: delincuentes infalibles porque «son los mejores», tipos omnipresentes y listísimos capaces de anticipar con siglos de antelación los más leves movimientos de docenas de personas interactuando, capaces de planificar al segundo las más rocambolescas reacciones del personal, capaces de realizar, sobrados, jugadas que exigen las más complicadas y retorcidas carambolas espacio-temporales-personales, malos malísimos obsesionados hasta la paranoia con liquidar a los buenos, traidores y, por todas partes, sorpresas respecto a la catadura de cada cual.

No son los únicos recursos tópicos. El camino de Santiago, la catedral… Un entorno conocido facilita la ambientación al lector, porque su memoria completa sin esfuerzo lo que los textos solo apuntan o mencionan. Y unamos que el robo de las reliquias del apóstol excita el morbo del personal por lo que tiene de sacrílego, de simbólico, de escandaloso, y veremos que todos estos factores, unidos a los anteriores, demuestran la voluntad del autor: atrapar al lector con muchos más anzuelos que lirismos.

El resultado es una historia que va de menos a más no en lo formal (está correctamente escrita, pero nada más, porque no busca hacer del lenguaje un elemento que inspire nada), una historia entretenida, para pasar el rato, que cumple su papel si lo que busca es ofrecer al lector unas horas de acción donde todo es posible porque, como digo, ni siquiera es fiel a la lógica interna del planteamiento, con lo cual todo puede suceder en cualquier momento y en cualquier situación y vete a saber quién es quién en realidad.

A muchos lectores les encantan estas cosas. A mí, qué le vamos a hacer, las historias que no respetan la lógica de su propio planteamiento me acaban pareciendo una exhibición de conejos en la chistera en la que el truco está a la vista de todos: muestra la imaginación del autor, pero evidencia claramente sus límites para trabajarla.

        Y, además, la imaginación tampoco ha sido tanta, dada la acumulación de situaciones tipo.


lunes, 10 de diciembre de 2018

Los corruptores – Jorge Zepeda Petterson





              México.

              La política está podrida por una corrupción que mezcla la economía y la violencia, y en el país campan a sus anchas dos cárteles de narcotraficantes, los Zetas, que además se dedican a otros «negocios» como el secuestro y la extorsión, y el cártel de Sinaloa, dirigido por el Chapo Guzmán. Cárteles que, en paralelo a los negocios ilegales tienen una fachada «legal» que utilizan para blanquear el dinero del crimen, blanqueo que, a su vez, les proporciona una notable influencia política y social.

              Una bella y famosa actriz, Pamela Dosantos, aparece asesinada. Un periodista, por pereza, da por bueno un chivatazo acerca del lugar donde el cuerpo fue encontrado, sin caer en la cuenta de que eso involucra directamente a Salazar, un poderoso miembro del Gobierno. Un Gobierno que, además, se encuentra en plena lucha para recentralizar poder y que, por tanto, tiene enfrente a los gobernadores-caciques fortalecidos por la previa descentralización, un proceso en el que conocemos una parte de la deriva política de México en las últimas décadas.

              El periodista, Tomás, es un tipo separado con una hija joven que inmediatamente se da cuenta del lío en que se metido y comienza a temer por su vida, porque ciertos políticos no ejercen el poder solo con la fuerza de la ley, sino también con la ley de la fuerza. Pero ahí están para ayudarlo sus amigos de la infancia: Mario, un tipo de lo más normalito casado con una mujer que no quiere ningún problema y con un hijo que sabe mucho de informática; Jaime, de familia influyente con la que anda reñido ya sabrán ustedes por qué y que terminó primero en los servicios de inteligencia y, todavía bien relacionado con la DEA y con numerosas personas del mundo de la policía y la seguridad, es una especie de James Bond titular de una empresa de ciberseguridad; y Amelia, inteligente y guapa, la chica por la que todos suspiraban y que desde su puesto de activista ha terminado como cuestionada líder de uno de los principales partidos de oposición. Se hacían llamar «los Azules» porque era el color de los cuadernos que llevaban.

              El interés de Mario por salvar el pescuezo sin renunciar a su vocación periodista que llevaba cierto tiempo adormilada tiene puntos en común con el de Amelia de evitar a México el retorno al autoritarismo. Jaime -cuya vida corre peligro por dedicarse a lo que se dedica- y Mario echan una mano, y en la de este último colabora su hijo, de lo que devienen problemas para la familia.

              La novela narra el proceso de descubrir quién ordenó el asesinato de Pamela Dosantos, lo cual implica saber más sobre ella al tiempo que se serpentea evitando los peligros que acechan por doquier sin que se sepa a ciencia cierta de dónde provienen, porque lo único seguro es que la violencia lo mismo puede proceder de los cárteles del narco como de la corrupción institucionalizada. De cualquiera que vea peligrar su situación, que es lo mismo que decir de casi todos cuando casi nadie está limpio.

              Una buena novela de intriga, con cierta dosis de acción y de violencia, escriba con cierta perspectiva televisiva, que el autor reconoce que en parte se basa en hechos reales, una novela que permite hacerse una idea bastante cabal de cómo «funcionan» algunas cosas cuando la corrupción se adueña de los estados. La ley del más fuerte, cuya aplicación siempre implica algún tipo de violencia o coacción.

              El realismo de las situaciones vinculadas a las circunstancias sociales y al análisis político contrasta con lo peliculero de la figura de Jaime y, de algún modo, con las concesiones a lo sentimental que provoca el reencuentro de los Azules, a lo que pudo ser y no fue, a los enamoramientos pasados y nunca confesados, a las rivalidades que ello implica, a la vuelta atrás que tantas veces se produce a los cuarenta años, etc.

              Una buena y entretenida novela de la que lo peor que puedo decir es que a veces parece transcurrir de modo demasiado lento.


              

miércoles, 16 de mayo de 2018

Muertos prescindibles - Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt



Serie Sebastian Bergman, 3



                Cuando dos personas competentes son capaces de formar un equipo compenetrado, los resultados son excelentes. Es lo que sucede con Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt. Sus novelas carecen de cualquier complicación estilística y de todo atisbo de belleza, pero, sin embargo, la acción está narrada de tal manera y la información distribuida de tal modo que hacen disfrutar al lector excitando continuamente su curiosidad y, con ella, el deseo de leer.

                Únase a eso que, junto a la trama que justifica cada novela, existe otra, paralela, que afecta a los protagonistas y provoca el deseo de leer de inmediato la siguiente novela de la saga, porque las vicisitudes personales de Sebastian Bergman y el resto de los personajes de la unidad de homicidios son de una virulencia emocional como no recuerdo haber leído, hasta el punto de que su interés supera, con mucho, el de cada caso concreto.

                Se nota que Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt son guionistas. Y buenos.

                En Muertos prescindibles el lector disfruta de una historia de historias que acaban convergiendo. Nada original, pero qué bien organizado. Por una parte, el hallazgo en mitad de la montaña de una fosa con media docena de cadáveres. Por otra, las desventuras de una inmigrante afgana, víctima de todo machismo, en su lucha por averiguar qué sucedió con su marido desaparecido muchos años antes. En tercer lugar, las actuaciones de unos oscuros caballeros y, finalmente y por supuesto, el modo en que el trabajo de la unidad de homicidios da ocasión a que evolucionen las relaciones entre sus integrantes; relaciones que, aunque muchos de ellos lo ignoran, transcurren siempre al borde del más profundo precipicio. Y además, el modo en que los pequeños detalles de la historia acaban dotados de sentido más adelante hacen aún más evidente el diseño de la novela como una maquinaria de precisión.

                Este planteamiento permite que en Muertos prescindibles, a diferencia de en las anteriores novelas, el insoportable Sebastian Bergman tenga un papel testimonial en la investigación aunque, en cambio, ocupa el centro de la historia que trasciende la novela haciendo algo pintoresco y atractivo: por una vez obtiene –en gran medida gracias a su capacidad de análisis psicológico- buena parte de lo que desea –siempre a costa de que otros vivan engañados- pero, a la vez, su egoísmo y su miedo lo conducen a cometer alguna que otra canallada que, de descubrirse, aniquilarían sus trabajados éxitos.

                Ahí radica también parte del éxito del personaje: en cómo de un modo innoble persigue fines nobles o al menos comprensibles. Esa contradicción lo hace atractivo, porque el deseo de justicia del lector oscila constantemente y lee y lee no solo para conocer el desenlace, sino para poder posicionarse. 

                En definitiva: un excelente trabajo que solo traslada ciertas enseñanzas evidentes acerca de la interpretación psicológica de actos cotidianos, pero que hace disfrutar de la lectura como entretenimiento, y todo haciendo surgir en el lector la pizca de humor necesaria para sentir cierta simpatía por el impresentable protagonista.


                

lunes, 19 de febrero de 2018

Crímenes duplicados - Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt



Serie Sebastian Bergman, 2

Ya escribí aquí, al comentar la primera novela de la saga Bergman, que Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt  estaban más por la elaboración de best sellers que por el genio, pero que habían sido capaces de hacerlo muy bien y que el resultado había sido espectacular. De ahí su éxito. Es lo exigible, porque también en la «técnica del best seller» hay que buscar la excelencia, y da la sensación de que la escritura a dúo entre estos dos autores funciona así de bien porque lo que buscan es precisamente la eficacia y no el arte; más parecen un equipo de guionistas conscientes de cómo se capta audiencia que escritores, lo cual no es una crítica. En esta segunda novela tampoco nadie encontrará florituras literarias ni un solo pasaje que llame la atención por su belleza, pero sí una historia bien diseñada para captar y mantener la atención del lector. ¿Cómo? Con un argumento que permite enlazar las situaciones de tensión de la trama principal –los crímenes duplicados a que alude el título- con los follones que hilan la saga: las circunstancias personajes de Sebastian Bergman y su complicado carácter.

                Esto último hace más que aconsejable haber leído la primera novela. O, más que aconsejable, creo que ambas se disfrutarán más leídas en orden. En cuando al argumento en sí, es sencillo pero de desarrollo complejo: un asesino en serie comienza a actuar siguiendo el mismo ritual que hace años siguió otro asesino ahora encarcelado; la exactitud con que los crímenes actuales replican los pretéritos hace temer que el preso tiene algo que ver, pero, ¿cómo, si de verdad está preso?

                Crímenes duplicados recupera los personajes del mundo policial de la primera novela, Secretos imperfectos, incluidos los secundarios, pero se diferencia en que el quién y el cómo están mucho más claros y la tensión se logra mediante otros efectos: hasta dónde va a poder llegar el criminal y, también, en qué van a quedar los secretos de Sebastian Bergman. Es esto último lo realmente brillante porque, respecto al caso policial en sí, se produce un ligero bajón respecto a la primera novela debido a un par de situaciones demasiado forzadas: quien lea la novela sabrá a qué me refiero cuando digo que el realismo mínimo es incompatible con que personas con ciertas responsabilidades lleguen a ser tan tontos, en momentos concretos, como aquí ha sido necesario para sacar adelante el argumento. Paralelamente, el malo malísimo es tan frío y calculador que resulta imposible tener por reales ciertas carambolas.

                Los crímenes cometidos y perseguidos en esta novela son, en realidad, un argumento poco llamativo en el sentido de que hay muchas novelas similares (me vienen a la cabeza algunas de Craig Russell) que juegan con el horror del lector a que se vuelva a perpetrar un asesinato especialmente repugnante, pero el mérito de los autores es que, en realidad, ese argumento es la excusa para una pretensión de fondo que es la que en realidad ha de atraer a su público: seguir desarrollando la complicada existencia de ese egoísta maleducado llamado Sebastian Bergman, en la que los líos afectivo-familiares son de tal magnitud que, a su lado, un asesinatillo más o menos apenas importa, y en torno  esta idea el final es magistral por el modo en que utiliza unos cuantos cabos –dejados intencionadamente sueltos de antemano- para lanzar al lector a por la tercera novela (que, por cierto, ya tengo). 

                Pero todo esto no bastaría para construir un éxito si no existiera una «marca de la casa» para el protagonista que lo distingue de otros y a la que el lector es sensible: la claridad y al mismo tiempo profundidad con las que se juzga, con acierto, la personalidad de la gente a partir de hechos cotidianos y conductas espontáneas.  Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt apelan al conocimiento de uno mismo y de los demás a través de reflexiones sencillas que casi siempre se nos pasan por alto por falta de frialdad o de interés para realizarlas. Esta es buena parte del secreto.




lunes, 20 de noviembre de 2017

Secretos imperfectos - Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt



Serie Sebastian Bergman, 1

                               Escribir a dúo es tan complicado que suele estar abocado al fracaso en la mayoría de las ocasiones, pero, cuando las cosas se hacen bien, como en el caso de este libro, el éxito no suele andar lejos.

                Secretos imperfectos no es un novelón por nada que tenga que ver con el modo de expresión, pero sí una novela de trama cuidadosamente elaborada y de personajes también mimados por los autores. El objetivo, a la vista de lo que los propios autores señalan, no era solo escribir una novela de éxito sino también iniciar una saga de éxito, la del psiquiatra criminal Sebastian Bergman. Van camino de lograrlo.

                El motivo es lo equilibrado e interesante de los dos mundos que corren paralelos y el modo en que se mantiene el interés alternando las narraciones de cada mundo de forma que la dosificación de información no resulte forzada. El primer mundo es el del caso a resolver. El segundo, la presentación de los personajes principales, mundo, a su vez, dividido entre el de «la gente normal» y el de Sebastian Bergman.

                Este personaje está claramente inspirado en la caterva de gruñones desagradables que tiene por más famoso representante a un personaje televisivo: el doctor House. Bergman, que arrastra un pasado traumático en lo familiar tanto con sus padres como con su esposa y su hija, está solo en el mundo, pero si es patológicamente egoísta e incluso tiene un notable punto maligno, no se debe tanto a ese pasado como a algo que no es posible determinar, pero que se reduce a «Bergman es así». Estos personajes son muy agradecidos lo mismo para la literatura que para el cine o la televisión, pues no hay escena donde no puedan lucirse insultando, humillando o tocando las narices al más pintado. Es más: cuanto menos motivo haya para hacerlo, más atrae que lo hagan. Unamos a eso que al caballero, sin ser un Adonis pues ya tiene unos añitos, sobrepeso y una figura anodina, se le da muy bien la seducción y dispara a todo lo que se pone a tiro, y con este panorama comprenderemos la vidilla que da Bergman a cada página donde aparece y las aventuras de sus compañeros de historia para desenvolverse con normalidad en el caos que Bergman genera. Además, claro está, el «loco» debe tener una pizca de genialidad para ser soportable pues, de otro modo, todos lo mandarían al diablo y allí se terminaría la historia.

                ¿Y de qué trata esta novela?

                Del asesinato de un adolescente en la ciudad sueca de Vasteras. Un asesinato que parece una cosa y acaba siendo otra sin que la evolución resulte artificiosa, porque son los datos que van obteniendo los investigadores los que hacen evolucionar las cosas de forma constante a lo largo de la novela en un proceso en que el lector, como un investigador más, va reconstruyendo la realidad con los fragmentos de información que van llegando, y haciendo elucubraciones y cometiendo errores similares a los que terminan cometiendo los personajes. De esta forma evolucionamos desde un comienzo interesante a un final buenísimo, pasando por algunas páginas en las que se tiene la sensación de que todo está estancado, lo cual posiblemente sea un mérito, porque eso es también lo que sienten los personajes.

                No voy a comentar la trama en sí, porque anticipar cualquier cosa de lo que sí o de lo que no puede hacer perder interés en esta novela, y en ella el qué tiene una importancia superior a la habitual por lo que he dicho al principio sobre el cómo. Solo diré que, en consonancia con la profesión del protagonista, son claves para la evolución de la investigación las reflexiones acerca del modo de actuar de las personas, reflexiones todas ellas certeras y sencillas, lo que las dota de un realismo innegable y ayudan a que el lector se meta en la historia, porque son tantas las cosas que no sabemos que sabemos... 

          Una lectura interesante, entretenida, sin alardes psicológicos más allá de las reflexiones del protagonista sobre la motivación de las personas, una novela en la que no se nota la frescura del genio, pero sí los resultados de un trabajo concienzudo y bien hecho con un fin principal: crear un producto literario comercialmente digno.

Nota: he leído la primera edición, en Planeta. Un tocho de más de quinientas páginas. Veo en Amazon que a partir del nueve de enero de 2018 estará en edición de bolsillo en Booket por 9,45 euros. De esta última pongo el enlace.




lunes, 2 de junio de 2014

La muerte del Decano – Gonzalo Torrente Ballester



La muerte del Decano se publicó en 1992, cuando Torrente Ballester tenía ya 82 años. La acción se sitúa en algún lugar de Galicia, en algún momento no muy lejano a los años cuarenta o cincuenta del siglo XX, según se deduce de las referencias a la guerra y a la edad del Decano.

El Decano, experto y prestigioso historiador, comienza la novela haciendo una confidencia a un fraile amigo suyo: esa noche va a ser asesinado, pero él ha tomado una cautela: enviar a la Academia de la Historia un sobre cerrado que debe ser abierto dentro de veinte años; entonces pondrá de manifiesto un enorme plagio. Después queda para cenar con su ayudante, Enrique, un hombre cultísimo que adora intelectualmente al Decano, de quien es íntimo colaborador, y con quien está escribiendo a dúo un libro que el Decano se niega a firmar, aunque está dispuesto a hacer el prólogo. En la cena el Decano se pone las botas; luego acude al colegio donde vive, se toma una copita con Enrique y este se va a su casa, no sin que antes el Decano le dé una caja de bombones para su esposa. Poco después, el Decano aparece muerto.

Qué ha ocurrido, no es fácil saberlo. El Decano puede haberse suicidado, como piensan unos, o puede haber sido asesinado, como piensan otros entre los cuales se encuentra el comisario.

A través de los claros y elevados diálogos entre el comisario, el fraile, Francisca (la esposa de Enrique), el juez de instrucción, el fiscal y el abogado defensor, el lector intenta salir de la duda sobre qué es lo que ocurrió, para llegar a la conclusión de que la realidad que aceptamos depende, en última instancia, de la aceptación de una palabra o su contraria, aunque, objetivamente, ninguna de ellas merezca más confianza que la otra.

Durante toda la novela sobrevuelan varias sospechas, que son las que animan al lector a seguir leyendo: ¿Mató Enrique al Decano? Y si es así, ¿por rivalidad académica o por celos? ¿O se suicidó el Decano? Y si lo hizo, ¿fue por verse superado académicamente por un discípulo cuyo prestigio está dispuesto a destruir desde la tumba, o por despecho amoroso? Dos posibles “criminales” y para cada uno de ellos dos posibles causas. La solución, leyendo La muerte del Decano, que es una novela bien breve.

Esa brevedad es, junto con la claridad y nivel intelectual de los diálogos, lo mejor de una novela que no está entre lo mejor de Torrente Ballester –aunque sí sea mejor que la mayoría de best sellers, dicho sea de paso-. Entre lo malo, demasiadas reiteraciones de información ya sabida (claro que al fin y al cabo los personajes no dejan de rumiar una y otra vez sobre los mismos datos), y la falta de algo de chispa, debida probablemente al fatalismo y sangre fría con que todos los personajes asumen su destino. Lo que más se echa de menos, el peculiar humor de Torrente Ballester, del cual prescinde por completo en La muerte del Decano.



lunes, 31 de marzo de 2014

La muchacha de las bragas de oro – Juan Marsé



La muchacha de las bragas de oro (1978) es una gran novela cuyo mérito el lector apreciará mejor si es capaz de situarse en el momento de su escritura y publicación.  Si en 1978 dos cosas impactaban en España, eran la política y el sexo. Ambas eran dos formas de alejarse del régimen franquista; la primera, la más obvia por los cambios institucionales en marcha; el segundo, por lo que tenía de oposición a la moral impuesta. De hecho, ya solo el título resultó escandaloso a mucha gente. Aunque esta novela es mucho más.

El protagonista, Luys Forest, es un falangista que en su día se dedicó a glosar las glorias del franquismo; luego se atrevió con algunos libros de éxito relativo, pero llegados los años 70 nadie se acuerda de él. En ese momento, ya sexagenario, se marcha a Calafell, el pueblo de Tarragona donde está situada una vieja casita familiar, un pueblo pequeño donde conviven los primeros turistas y los últimos pescadores. En él pretende escribir sus memorias.

Aunque ha ido buscando soledad, en la casa se aloja otra persona: su sobrina Mariana, la muchacha de las bragas de oro. Está allí para hacer una suerte de reportaje sobre su tío para la revista en la que trabaja su madre. Sin embargo, el encargo es una excusa. Mariana ha sido enviada allí para ver si, ayudando a su tío, sienta la cabeza.

Pronto ve el lector que durante ese verano Luys Forest no pretende en realidad escribir unas memorias fidelignas, sino maquillar su pasado para reconvertirse en un demócrata. Quien en su día buscó su propia gloria echándose entusiastamente en brazos del bando del ganador, trata de seguir manteniéndola haciéndose seguidor del nuevo poder. Se trata de una figura muy en boga en esa época, el “demócrata de toda la vida” que había prosperado en la dictadura “pese a la dictadura”, y que no quería perder su estatus en la democracia. El maquillaje implica, sin embargo, imaginación y falsedad. Y al mismo tiempo nos introduce de lleno en la miseria moral y la vanidad. El interés del protagonista en mostrar su vida como algo digno de ser respetado e incluso admirado en los tiempos venideros choca con su completa soledad, con el olvido en el que está sumergido. Aunque de cara a sí mismo se mantiene con cierta dignidad, pese a su porte podríamos decir que elegante y sereno, el espectáculo de un hombre que trata de engañar a todos y ni siquiera encuentra a nadie a quien engañar, es patético. 

Juan Marsé
Mariana, por su parte, juega un papel múltiple: con su osadía sexual (no hace ascos a la bisexualidad, ni a la promiscuidad, ni siquiera a la idea de seducir a su tío) es un formidable elemento de provocación para el lector de la época, poco habituado a tanta naturalidad frente al sexo como la de Mariana, pero sobre todo es una provocación para su tío. Pero si la provocación es dolorosa no es por ser una tentación, sino porque la facilidad con la que Luys la evita implica el reconocimiento de dos derrotas: la de la edad y la de su propio pasado, pues su moralidad, pese a ser un defensor de la moral oficial, no fue nunca la que cabría atribuir en un cronista y censor del franquismo; dicho de otro modo, la sexualidad de Mariana saca a relucir que la falta de compromiso con la verdad del viejo escritor respecto a sí mismo ya venía de antiguo.

Pero además Mariana juega otro papel más importante: el de enfrentar a Forest a sus propias mentiras. Porque Mariana es de la familia, y sabe unas cosas, ha oído hablar de otras, y por aquí o por allá siempre hubiera podido sacar los colores a su tío, si es que este se dignara en ruborizarse, porque ante el descubrimiento de la mentira reacciona con la misma falsedad con la que ha vivido: tratando de hacer ver que la mentira forma parte de la realidad y que, en consecuencia, tan realidad es la deformación de la mentira como la propia realidad.

Con lo cual entramos de lleno en un tema clásico de la literatura: hasta qué punto la ficción puede sustituir a al mundo real.

Esto lo hace el personaje rememorando y recomponiendo su propia vida y la de su entorno más próximo: su esposa, su cuñada y madre de Mariana (también llamada Mariana) y los dos hombres que pulularon alrededor, todo en un entorno de posguerra donde la afiliación al régimen y la participación activa en él otorgaban un protagonismo y un sentimiento de superioridad moral que, con los años, terminó por venirse abajo dejando a muchos completamente desorientados. 

     La novela se construye, por tanto, mirando al ayer hasta alcanzar el presente. En ese recorrido vemos las triquiñuelas del protagonista para inventar el pasado (es la presencia de Mariana, con su conocimiento y sus observaciones descaradas, lo que permite que Luys Forest no engañe al lector). El personaje aprovecha no solo para decir que hizo lo que hizo muy a su pesar (es decir, aprovecha para “democratizarse” un poco) sino para, ya puesto, incluir en su vida algunos episodios con los que siempre soñó, esos sueños que todo el mundo tiene y que nunca se hacen realidad.

      Y es así, conforme la presencia de los sueños va ganando peso, como se llega a un final sorprendente, genial incluso, en el que la ficción y la realidad se han mezclado de tal manera en la cabeza del protagonista que cuando tanto él como el lector llegan, súbitamente, a la verdadera realidad, todos, lector y personaje, quedan anonadados.

       Una novela excelente, comprometida con su tiempo y a la vez intemporal, con un dominio del lenguaje y la estructura que justifican que su autor, Juan Marsé, que la publicó con 45 años, sea considerado hoy uno de los grandes. Y una novela que también nos recuerda, permítase la anécdota, que los grandes premios literarios de la actualidad tuvieron épocas bastante mejores.


jueves, 6 de febrero de 2014

Peores maneras de morir – Francisco González Ledesma



                Hace unos meses creí haber leído, muy a mi pesar, la última novela del inspector Méndez. Era lógico: no había más y un amigo, experto en las lides de la novela negra y policíaca, me comentó que Francisco González Ledesma (1927) incluso había llegado a hacer algo así como despedirse de sus lectores.

                Pero no. Méndez ha vuelto con Peores maneras de morir (2013). Aunque las vicisitudes del autor, con un ictus de por medio, hacen pensar que esta novela ha tenido un parto especial. Y lo cierto es que durante buena parte de la novela Méndez es menos Méndez. Le falta la ácida poesía de otras veces (o, mejor dicho, hay más acidez que poesía, como si la cosa se hubiera trabajado menos, como demuestra la insólita repetición del “rayo de sol” como elemento definitorio, por presencia o ausencia, de tantas cosas); la forma de investigar, de relacionar unas cosas con otras, es más corriente (por más que Méndez siga actuando a su aire); los personajes son mucho más blancos o negros en comparación con el gris habitual, e incluso se da un exceso de truculencia mezclado con un número de escenas de acción poco habitual.

                Además Méndez está fuera de su hábitat... en su hábitat. La Barcelona antigua ha cambiado (ya había cambiado antes, pero entonces Méndez al menos parecía vivir en sus recuerdos) y parece como si a Méndez le costara ejercer su especialidad: evocar.

                En cuanto a la trama, sigue uno de los mecanismo tradicionales. El lector sabe desde el principio quiénes son “los buenos” y quiénes “los malos”, con lo que la acción desplaza a la intriga, ya que todo se reduce a saber qué malos se saldrán con la suya y qué buenos se quedarán en el camino, así como el modo en que una y otra cosa sucederán. Cierto es, no obstante, que la idiosincrasia de Méndez está presente en cada página, hasta el punto de que su nostálgica visión del mundo que el narrador siempre ha hecho suya, en esta ocasión se traslada punto por punto a muchos de los personajes, que se expresan en la misma forma que ese narrador que siempre nos ha hablado desde la perspectiva de Méndez.

Francisco
González Ledesma
                El argumento es sencillo: dos muchachas, víctimas de un grupo dedicado al tráfico de mujeres para dedicarlas a la prostitución, consiguen escapar. La organización lanza un matón en su búsqueda, el cual consigue matar a una y, de paso, a otra muchacha que nada tenía que ver. A Méndez, cuando se topa con el problema, le dicen que ni acercarse, pero él, como siempre, actúa por su cuenta.  A quiénes debe enfrentarse lo sabe el lector mucho antes que el inspector, pero los criminales también deben enfrentarse a la “ley de la calle” de que tanto gusta Méndez, y que en esta ocasión se ejecuta a través de la muchacha que logró escapar. Esta chica es el enlace con los bajos fondos que precisa toda novela de Méndez, pero, como siempre, también hay un enlace a las altas esferas, porque quien está al frente de una mafia de esa naturaleza siempre acaba teniendo mucho dinero y, normalmente, buscando la respetabilidad. Por si algo faltara, una afortunada casualidad cierra el círculo de relaciones. De esta forma nos encontramos con una mafia persiguiendo a la fugada, con la fugada persiguiendo a la mafia, y con Méndez persiguiendo a todos aunque con el deseo de proteger solo a la parte más débil. El interés, como ya he apuntado, es la acción, porque intriga, repito, no la hay por decisión del autor.

                No estando a la altura de muchas de sus predecesoras, lo cierto es que esta novela se lee bien, por más que las diferencias apuntadas (que se mitigan hacia el final) no dejen de chirriar un poco, y quizá los más fervientes seguidores de Méndez echen a faltar la chispa de otras veces.

                Ojalá haya más novelas de Méndez. Pero quizá, acosado por la edad y la enfermedad, esta sea la última de la meritoria trayectoria de Francisco González Ledesma, uno de los grandes de este género en España. En cuyo caso habrá que preguntarse, por desgracia, y a la vista de su novela y de su final, si Méndez no hubiera podido tener mejores maneras de morir.


jueves, 3 de octubre de 2013

Los días del arcoíris – Antonio Skármeta




   El 5 de octubre de 1988, hace veinticinco años, en Chile se celebró un plebiscito en el cual, de haber ganado el “sí,” el dictador Augusto Pinochet hubiera seguido en el poder hasta 1997. Llevaba en él desde 1973. Para ganar la votación Pinochet designó como Ministro del Interior a Sergio Fernández. Pero ese plebiscito tenía algo especial: para disfrazar de democracia a la dictadura, se consintió cierta campaña por el “no”.
   Los días del arcoíris cuenta la historia de una parte de esa campaña. Por primera vez la oposición democrática va a disponer de un espacio en televisión –quince minutos-, y lo va a utilizar para solicitar el no. Superar quince años en quince minutos, ese es el objetivo. Nada más y nada menos. David contra Goliat, se dice varias veces en la novela.
   El Ministro del Interior, como es obvio no quiere sorpresas, y decide encargar la campaña por el "sí" al mejor publicista chileno, Adrián Bettini, el cual lleva tiempo viviendo con lo puesto, porque debido a su oposición a la dictadura ha sido vetado en todas partes. Bettini, por principios, termina rechazando la jugosa oferta. Pero es más, pese a la petición del Ministro de que no lo haga, acaba responsabilizándose de los quince minutos de televisión con los que los demócratas –dieciséis partidos y partidetes revueltos a la desesperada  en una misma opción- aspiran a derrocar a la dictadura. El problema, su problema, es lo complicado que resulta explicar, en una sociedad donde impera el temor y donde tantas personas se saben víctimas, que el futuro se construye con esperanza. Y todavía lo hace más complicado la represión, porque quien más y quien menos, Bettini incluido, teme “desaparecer” a manos de las fuerzas del “orden”.
   De hecho, quien ha “desaparecido”, arrestado en plena clase, es un profesor de filosofía, el profesor Santos. Ha sido detenido delante de su propio hijo y de una treintena de alumnos. Nico Santos, el hijo, es novio de la hija de Bettini, Patricia. Tienen dieciocho años y poca experiencia en la política y en el amor. Nico, al haber sido detenido su padre ante testigos, trata de hacer vida normal –siguiendo las indicaciones que al respecto le había dado su padre. Alternando la vida de Nico y la de Adrián va avanzando la novela, entre el temor a la represión más violenta y la esperanza del cambio que simboliza el arcoíris.
   El arriesgado trabajo de Bettini desemboca enseguida en un charco tan cómico como dramático: debido a las prisas y a lo inusual del proyecto, el publicista cede a la idea de un pobre hombre, canijo y amanerado, al que sus amigos llaman Florcita Motuda. La idea es, en el programa a favor del "no", poner letra al vals de El Danubio azul. ¡Y qué letra! Los quince minutos clave para cambiar el rumbo de la historia amenazan con convertirse en un ridículo histórico que se llevará por delante la vida de muchos, la libertad de casi todos, y sumirá a Bettini en la ignominia por el resto de sus días.
   La forma en la que está escrita la novela es, de alguna manera, típica en Skármeta: se nota el cariño que siente por sus personajes, que además se contagia al lector. Ese cariño es indiscutible en el caso de los personajes “de oposición”, e incluso llega a reflejarse en alguno de los “malos”. Por ejemplo, en el Ministro del Interior, un tipo que oscila entre la brutalidad y el saber perder, que lo mismo produce miedo por su poder que alivio cuando asume el cambio de las cosa; o el militar que controla el colegio, que en algunos momentos representa a quienes´, pese a su voluntad, se ven arrastrados a hacerse cómplices del poder. También aparecen, con una parte importante de protagonismo, Nico y Patricia, recién salidos de la adolescencia; ese tipo de personajes que amparados en su falta de experiencia actúan a menudo desde la ingenuidad, y que son tal del gusto de Skármeta.
   Y, sobre todo, pese a la brutalidad de algún episodio, la historia rezuma el humor que genera ese cariño a los personajes, porque es imposible hablar con cariño de alguien sin ponerse de buen humor, y el humor de Skármeta se traslada al lector. A ello ayuda, además, que el fin de la historia es conocido de antemano.