En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 14 de abril de 2014

Botchan - Natsume Soseki



          Botchan (cuya traducción es algo así como “muchacho”) es la forma en la mujer que lo cuidaba llama a un chico algo gamberrete, originario de Tokio que, a principios del siglo XX (la novela fue publicada en 1906), tras unas relaciones familiares desapegadas que terminan con la separación de los hermanos huérfanos y una muy buena relación con la mujer antes citada, emplea su escasa herencia en sacar sus estudios adelante, y termina como profesor de matemáticas en un instituto situado un poco más allá del quinto pino, dados los transportes de la época.

          Una vez en su destino, dos son las preocupaciones del protagonista: encontrar a alojamiento e ir trabajando, lo cual implica relacionarse con el resto de sus colegas y con los alumnos.

          Pese a los sobresaltos de la adolescencia, a sus poco más de veinte años y comenzando a ganarse la vida, es un hombre orgulloso, honrado, idealista y poco versado en el trato con sus semejantes. Por eso choca de inmediato con la experiencia de sus colegas, mucho más pragmáticos. Botchan  habla de ellos desde la superioridad moral de quien cree saber distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, y además se mueve con rectitud. A mostrar esa superioridad a menudo desdeñosa ayuda el que se refiera a todos a través de motes. Lo que ignora es que los demás se valen de su ingenuidad y falta de experiencia para divertirse a su costa, o para manipularlo y ponerlo a favor o en contra de unos y otros en el pequeño mundo de camarillas y rivalidades creado por los profesores. Creyendo tener el timón de su vida, en realidad va orgullosamente a la deriva.

Natsume Sōseki (1867-1916)
          Las vivencias de Botchan, no obstante, se agotan pronto, porque se limita a trabajar, se contenta con pequeños placeres, y además aprende rápido. Y con este aprendizaje llega el fin de una novela que en la actualidad, bajo el imperio del criterio comercial, nadie publicaría porque no hay una trama propiamente dicha creada para capturar la atención del lector. Simplemente hay una exposición de hechos, pero no hay nada que descubrir, ni peligros a evitar, ni acción trepidante, ni grandes conflictos psíquicos, ni nada por el estilo. Botchan es un relato donde, simplemente, se confronta la altitud de miras y la ingenuidad propia de la juventud con el mundo más rastrero y prosaico que surge de la experiencia, todo ello a través de una vivencia tan frecuente y poco épica como comenzar a dar clases en un instituto.

          Sin embargo, pese a la sencillez del planteamiento Botchan es una gran novela, pues quien más y quien menos todo el mundo ha tenido en la vida uno o varios periodos de inmensa candidez, en los que creyendo actuar correctamente no ha hecho más que permitir que los demás se aprovechen de él. Todo el mundo ha sido Botchan una vez u otra. Ese es el gran mérito de la obra.

          Dada la edad del protagonista en la novela, lo conocemos en el último instante antes de la pérdida completa de la inocencia, aunque a esa edad suelen quedar ya pocos inocentes. Un tema ya abordado en otras muchas obras, posiblemente por aquello de que siempre se echa de menos la juventud, y porque la pérdida de la inocencia implica una especie de “muerte” que difícilmente se compensa con el “nacimiento” de un ser adulto y desengañado. La introducción cita reiteradamente El guardián entre el centeno, de Salinger, la cual leí hace tantos años que no recuerdo lo bastante para poder comparar. Más cercana en el tiempo aunque en un tono completamente distinto, trata el tema del fin de la infancia Paraíso inhabitado, de Ana María Matute.

          Por último, en algún sitio he leído que Botchan es una novela de humor. Sí y no. No, porque su objetivo es más ambicioso, hasta el punto de que el humor es más un medio que un fin. Y sí, porque de la ingenuidad de Botchan surge un contraste brutal con al mundo real, y sabido es que el humor no es otra cosa que el contraste entre lo que uno cree que va a encontrar, y lo que de verdad encuentra.



jueves, 10 de abril de 2014

La danza de la muerte - Veit Heinichen



          La danza de la muerte, de origen medieval, representa a los poderosos de la tierra bailando con la muerte, para recordar que todo poder es efímero. Una representación de esa danza ve Proteo Laurenti en compañía de su amante el día en que esta lo planta. Pero como se verá, hay otros motivos para que esta novela tenga este título.

        Antes, me permito recordar que uno de los recursos más utilizados en las sagas de novela negra es la figura del “archienemigo”, del malo malísimo que escapa una y otra vez al bueno. Se trata de personajes de una maldad casi perfecta que les permite amargar la vida constantemente al héroe de turno. Todo Sherlock Holmes tiene su Moriarty o, más recientemente aunque con mucha menos fama, detectives como Jan Fabel, creado por Craig Russell, tienen su Vitrenko. Bueno, pues quien haya leído las otras novelas de Veit Heinichen con Proteo Laurenti de protagonista sabrá que Viktor Drakic es el Moriarty del vicequestore de Trieste.

          Este tipo de criminales cumplen su función literariomercantil: dejar abierta la historia para suscitar interés por los siguientes libros, pero solo hasta un punto marcado por la paciencia del lector, que no puede estar esperando eternamente un desenlace.  Y así ocurre que pasadas cuatro o cinco novelas ese desenlace suele llegar. Ocurrió con Jan Fabel y Vitrenko, y ocurre ahora con Laurenti y Drakic (aunque aquí queda algún fleco suelto, a través de la figura de la hermana, que puede alargar la cosa). Dicho en otros términos, la danza de la muerte tiene aquí varios significados: respecto de Laurenti, porque le toca jugarse el pescuezo; y, respecto a su mayor enemigo, porque su poder no lo hace inmune.

          Puestas así las cosas, la trama discurre alrededor de una serie de crímenes que vienen a ser un “daño colateral” de las actividades de Drakic; actividades que, dada la situación del caballero, entran de lleno en el mundo de la corrupción. Ni que decir tiene que ese mundo es especialmente boyante en el entorno de una ciudad como Trieste, lugar fronterizo rodeado de países de reciente aparición dotados de un sistema político y una administración muy débiles, países  con gobiernos poco experimentados y fácilmente manipulables, que además acaban de pasar por la experiencia de una guerra.

Imagen de la danza de la muerte, en Hrastovlje, que se cita en la novela


          Supongo que también para no cansar al lector, nuevos personajes aparecen en escena. Pina, la inspectora que llegó en el momento más interesante de la novela anterior, adquiere un papel relevante. Responde a un tipo algo estereotipado de heroína: de apariencia frágil, puede con todo, además de tener una osadía más que notable. Con esta idea enlazo otra: La danza de la muerte es, seguramente, la novela más peliculera de la serie, tanto por el personaje de Pina como por el de Galbano, como por Drakic y su entorno y, sobre todo, porque el tercio final de la novela tiene mucha acción de inspiración cinematográfica.

          Y así como ese último tercio se lee rápido por resultar muy entretenido y avanzar velozmente hacia el desenlace, la primera mitad de la novela es mucho más lenta y atrapa menos que en otras ocasiones. A ello contribuye cierta desorientación, debido a algunos leves cambios en algunos personajes: Marietta ha pasado a odiar, sin motivo aparente, a Pina, convirtiéndose en una individua maleducada a la que además el comisario Laurenti  ya no prodiga (¿por qué?) las burradas de otras novelas; el hijo del comisario, protagonista habitual de subtramas que amenazaban con dar dolores de cabeza a su padre, abandona ese papel, y la subtrama pasa a corresponder a la inspectora Pina; por su parte, Galvano gana protagonismo, mucho, confirmando la progresión iniciada en las novelas anteriores, aunque es un personaje demasiado histriónico, y ha dejado de ser un cascarrabias para ser, en muchos momentos, desagradable.

          Por lo demás, como siempre Trieste y su entorno siguen siendo tan protagonistas de la novela como los propios personajes. 

          En resumen, una novela más de Proteo Laurenti. Una novela que siendo entretenida y leyéndose bien, tiene algo de leve ruptura con las anteriores, posiblemente como una estrategia para no terminar aburriendo.


lunes, 7 de abril de 2014

La mujer loca - Juan José Millás



Juan José Millás es un grandísimo escritor. Uno de los mejores que hay ahora mismo en España. Y reconforta leer a los autores fieles a sí mismos, que no se ligan a modas ni a modos. Lo digo porque, una vez más, Millás juega con la confusión entre el fondo y la forma, entre significantes y significados, entre el mundo real y el imaginario, dudando además sobre el origen de este último: ¿la Libertad? ¿La locura? ¿La creatividad?

La mujer loca es, como otras de sus novelas, una duda sobre cómo enfrentarse a la realidad, si es que la realidad existe; planteando la cuestión de si es posible afrontar la realidad a través de la falsedad; y si la propia falsedad, así usada, no se transforma en realidad, haciendo entonces imposible que la realidad sea falsa... o inevitable que toda realidad lo sea.

Todo esto lo consigue con una novela con un triple planteamiento, en la que Millás es a la vez personaje y autor, hablando unas veces en primera persona (pocas) y otras en tercera. La primera pata de esta novela es la existencia de Emérita, una mujer que a consecuencia de una negligencia médica vive atada a una cama, una mujer que ha decidido morir; el personaje Millás acude a su casa, que resulta ser el piso donde se independizó de su familia (“misterio” de atractivo innegable), de la mano de la asociación Derecho a Morir Dignamente. La segunda pata es la muchacha que ha alquilado una habitación en esa misma casa (porque el marido de la enferma necesita dinero); Julia, se llama, y trabaja en una pescadería donde su jefe ha estudiado filología; y por eso lo admira, porque Julia tiene chispazos de locura que se traducen en su relación con las palabras y las frases: se le “aparecen” y hablan con ella, de forma que el lenguaje interfiere en la realidad a través de Julia, que a su vez hace pensar y sume en una preocupada perplejidad al Millás-personaje. Y la tercera pata es el propio Millás-personaje, que acude a una consulta a psicoanalizarse, y allí, en manos de una psiquiatra octogenaria, se enfrenta a dudas que a menudo no tiene la valentía de querer disipar.

Aunque la novela es de una notable complejidad para lo que suele uno encontrarse en los expositores de las librerías, el dominio de Millás se nota en la claridad con que se expresan las ideas, en el orden sistemático con que están expuestas y en la rapidez con que es capaz de definir –en apenas una frase- cualquier estado de ánimo. Esto hace que la novela se siga bien, lo cual no quiere decir que sea de lectura ligera, porque obliga a pensar para entender todo. De alguna manera recuerda la regla de Moravia de "máxima complejidad, máxima claridad".

El personaje más acabado es el Millás-personaje, es el más humano, el más osado y a la vez vulnerable y apocado. Aunque sea aparentemente el más normal, es también el más retorcido porque es el más reflexivo y el que más domina el lenguaje, hasta el punto de estar atrapado en unas redes que otros no son capaces ni de sentir, o como en el caso de Julia perciben equivocadamente. Un personaje desdoblado en el Millás de acá y el Millás de allá, el Millás que es y el Millás que Millás podría ser.

Juan José Millás
Las tres patas no evolucionan a la par. Lo que en un principio parece una novela sobre Julia, evoluciona a ser una novela sobre Emérita (y, por tanto, sobre la eutanasia), pero desemboca claramente en una novela sobre Millás. ¿Sobre el verdadero o sobre el falso? Sobre los dos, porque no hay uno sin otro, porque la única diferencia entre ambos son sus dudas y sus certezas. Y ese es el gran mérito de la novela, el planteamiento de cómo interactuan la objetividad y la subjetividad, lo “real” y lo “falso”, de cómo no podemos aprehender una realidad en la que, sin embargo, estamos forzados a vivir y de la que formamos parte, y de cómo de esa manera podemos llegar a dudar incluso de quién somos nosotros mismos.

En todas las páginas de La mujer loca encontramos un fino sentido del humor. Nadie daría un céntimo por la salud mental de Julia, pero su locura es inofensiva y por momentos graciosa. ¿Cómo no sonreír ante quien entabla conversación con la inexistente palabra Pobrema, o a quien siente temor por un mundo plagado de sustantivos? Hay cierto humor amargo, muy amargo, en Emérita.  A veces es un humor duro, cruel. Pero, sobre todo, hay humor en Millás. Pero no porque el Millás-autor se ría de sí mismo, ni porque lo haga el Millás-personaje; el humor, en este caso, deriva de la forma en que Millás ve a Millás; observándose a sí mismo con la curiosidad con un entomólogo examina un insecto, se pasma, se sorprende, se alegra y se avergüenza al verse, al exponerse ante el lector, ante quien no tiende a justificarse, sino a explicarse. 

Volviendo al principio, una novela de Millás muy de Millás, y una de las mejores. Un lujo de autor del que he leído ya una docena de novelas, aunque, por desgracia, hace tanto tiempo que en este blog, hasta hoy, solo había una de ellas, la última que había leído, y no precisamente la mejor.





jueves, 3 de abril de 2014

El bastardo recalcitrante – Tom Sharpe



     Este fue el primer libro que leí de Tom Sharpe, y también uno de los favoritos de su autor. Rescato una vieja reseña de las catacumbas del ordenador, para decir que sobre todo la primera parte de la novela fue todo un descubrimiento. La estrafalaria situación del “bastardo” o su grotesca personalidad hacen gracia, pero mucha menos que la forma en que Sharpe trata desapasionadamente las cosas, en un tono que aflora lo que de ridículo tienen las preocupaciones e intereses humanos. Un ejemplo de ironía: cuando el “bastardo” empieza a trabajar en la asesoría fiscal heredada por su santa esposa, lo que para él, un alma cándida, es defraudar, para el asesor fiscal es “proteger la renta y el patrimonio”. Ese tipo de eufemismos están a la orden del día en todos los ámbitos, y ha ido creciendo en los últimos años de manera vertiginosa; sobre todo en el lenguaje político y económico, donde las mayores simplezas se expresan de forma rimbombante para que parezcan otra cosa; pero es preciso ver estos comportamientos desde esa óptica desapasionada para comprobar lo que de ridículos tienen y, por tanto, lo que de ridículo tiene el ser humano a la hora de justificar sus mezquindades. La forma en que las personas justificamos intereses egoístas, por ínfimos que sean, da para mucho en literatura, en psicología y en todos los ámbitos, pero, sobre todo, en el campo del humor. Y en esta obra Tom Sharpe alcanza numerosos momentos dignos de ser leídos.

     Al principio de la novela, la forma de mover a unos personajes insólitos por un mundo más o menos real, sin perder la ironía, sin que lo extravagante de los personajes eclipse la visión cómico-condescendiente del mundo, es muy meritoria. Es también lo mejor, porque conforme la novela avanza la extravagancia de los personajes se adueña de la situación, y la ironía es sustituida por lo grotesco, con lo que se reduce la crítica y la intencionalidad del texto. Aun así hay pasajes muy divertidos, como el de la visita al ginecólogo.


    El protagonista debe su apodo a la ignorancia en que vive acerca de quién es su padre (su madre murió en el parto). Vive con su abuelo, un tipo raro y, como luego he visto en muchas novelas de Sharpe, es un personaje muy preocupado por el sexo. También pulula alrededor un peculiar mayordomo del mismo corte que otros personajes de Sharpe en otras novelas. Lockhart, que así se llama el bastardo, es un alma cándida, que apenas sabe nada del mundo, pero se enfrenta a este, y directamente al matrimonio con una muchachita encantadora y no menos ingenua (no así su madre, suegra del bastardo). Pero que Lockhart sea cándido no significa que sea inocente: su moral y sus escrúpulos son, aproximadamente los de un animal.  Carece de ellos como también carece de mala o buena fe. Es puro instinto. Y a partir de aquí sus intentos por hacer valer lo que él cree sus derechos, incluso frente a los sufridos inspectores de Hacienda que acuden a comprobar a un contribuyente y no a luchar contra los elementos, le conducen a una espiral de locuras lógicas a sus ojos y desmesuradas a los del mundo, incluidos los del lector.


     Una novela que entretiene, engancha y divierte, pero que deja algo que desear por esa evolución de más a menos, de un humor de alta calidad basado en la burla de la realidad, a un humor más simple e inocente, basado en lo disparatado de las situaciones. En cualquier caso, una buena manera de iniciarse en Sharpe.

      Por cierto, uno de esos libros que presté y nunca más han vuelto.


lunes, 31 de marzo de 2014

La muchacha de las bragas de oro – Juan Marsé



La muchacha de las bragas de oro (1978) es una gran novela cuyo mérito el lector apreciará mejor si es capaz de situarse en el momento de su escritura y publicación.  Si en 1978 dos cosas impactaban en España, eran la política y el sexo. Ambas eran dos formas de alejarse del régimen franquista; la primera, la más obvia por los cambios institucionales en marcha; el segundo, por lo que tenía de oposición a la moral impuesta. De hecho, ya solo el título resultó escandaloso a mucha gente. Aunque esta novela es mucho más.

El protagonista, Luys Forest, es un falangista que en su día se dedicó a glosar las glorias del franquismo; luego se atrevió con algunos libros de éxito relativo, pero llegados los años 70 nadie se acuerda de él. En ese momento, ya sexagenario, se marcha a Calafell, el pueblo de Tarragona donde está situada una vieja casita familiar, un pueblo pequeño donde conviven los primeros turistas y los últimos pescadores. En él pretende escribir sus memorias.

Aunque ha ido buscando soledad, en la casa se aloja otra persona: su sobrina Mariana, la muchacha de las bragas de oro. Está allí para hacer una suerte de reportaje sobre su tío para la revista en la que trabaja su madre. Sin embargo, el encargo es una excusa. Mariana ha sido enviada allí para ver si, ayudando a su tío, sienta la cabeza.

Pronto ve el lector que durante ese verano Luys Forest no pretende en realidad escribir unas memorias fidelignas, sino maquillar su pasado para reconvertirse en un demócrata. Quien en su día buscó su propia gloria echándose entusiastamente en brazos del bando del ganador, trata de seguir manteniéndola haciéndose seguidor del nuevo poder. Se trata de una figura muy en boga en esa época, el “demócrata de toda la vida” que había prosperado en la dictadura “pese a la dictadura”, y que no quería perder su estatus en la democracia. El maquillaje implica, sin embargo, imaginación y falsedad. Y al mismo tiempo nos introduce de lleno en la miseria moral y la vanidad. El interés del protagonista en mostrar su vida como algo digno de ser respetado e incluso admirado en los tiempos venideros choca con su completa soledad, con el olvido en el que está sumergido. Aunque de cara a sí mismo se mantiene con cierta dignidad, pese a su porte podríamos decir que elegante y sereno, el espectáculo de un hombre que trata de engañar a todos y ni siquiera encuentra a nadie a quien engañar, es patético. 

Juan Marsé
Mariana, por su parte, juega un papel múltiple: con su osadía sexual (no hace ascos a la bisexualidad, ni a la promiscuidad, ni siquiera a la idea de seducir a su tío) es un formidable elemento de provocación para el lector de la época, poco habituado a tanta naturalidad frente al sexo como la de Mariana, pero sobre todo es una provocación para su tío. Pero si la provocación es dolorosa no es por ser una tentación, sino porque la facilidad con la que Luys la evita implica el reconocimiento de dos derrotas: la de la edad y la de su propio pasado, pues su moralidad, pese a ser un defensor de la moral oficial, no fue nunca la que cabría atribuir en un cronista y censor del franquismo; dicho de otro modo, la sexualidad de Mariana saca a relucir que la falta de compromiso con la verdad del viejo escritor respecto a sí mismo ya venía de antiguo.

Pero además Mariana juega otro papel más importante: el de enfrentar a Forest a sus propias mentiras. Porque Mariana es de la familia, y sabe unas cosas, ha oído hablar de otras, y por aquí o por allá siempre hubiera podido sacar los colores a su tío, si es que este se dignara en ruborizarse, porque ante el descubrimiento de la mentira reacciona con la misma falsedad con la que ha vivido: tratando de hacer ver que la mentira forma parte de la realidad y que, en consecuencia, tan realidad es la deformación de la mentira como la propia realidad.

Con lo cual entramos de lleno en un tema clásico de la literatura: hasta qué punto la ficción puede sustituir a al mundo real.

Esto lo hace el personaje rememorando y recomponiendo su propia vida y la de su entorno más próximo: su esposa, su cuñada y madre de Mariana (también llamada Mariana) y los dos hombres que pulularon alrededor, todo en un entorno de posguerra donde la afiliación al régimen y la participación activa en él otorgaban un protagonismo y un sentimiento de superioridad moral que, con los años, terminó por venirse abajo dejando a muchos completamente desorientados. 

     La novela se construye, por tanto, mirando al ayer hasta alcanzar el presente. En ese recorrido vemos las triquiñuelas del protagonista para inventar el pasado (es la presencia de Mariana, con su conocimiento y sus observaciones descaradas, lo que permite que Luys Forest no engañe al lector). El personaje aprovecha no solo para decir que hizo lo que hizo muy a su pesar (es decir, aprovecha para “democratizarse” un poco) sino para, ya puesto, incluir en su vida algunos episodios con los que siempre soñó, esos sueños que todo el mundo tiene y que nunca se hacen realidad.

      Y es así, conforme la presencia de los sueños va ganando peso, como se llega a un final sorprendente, genial incluso, en el que la ficción y la realidad se han mezclado de tal manera en la cabeza del protagonista que cuando tanto él como el lector llegan, súbitamente, a la verdadera realidad, todos, lector y personaje, quedan anonadados.

       Una novela excelente, comprometida con su tiempo y a la vez intemporal, con un dominio del lenguaje y la estructura que justifican que su autor, Juan Marsé, que la publicó con 45 años, sea considerado hoy uno de los grandes. Y una novela que también nos recuerda, permítase la anécdota, que los grandes premios literarios de la actualidad tuvieron épocas bastante mejores.


jueves, 27 de marzo de 2014

Reflexiones sobre literatura y humor, 20



         Las dedicatorias son todo un arte. En algunos casos, como en este de Fernando Marías en el prólogo de El laberinto de las aceitunas, de Eduardo Mendoza, más que una dedicatoria es un brevísimo resumen de lo que piensa del libro: basta su recuerdo para sonreír. 




lunes, 24 de marzo de 2014

Huída hacia el sur – Slawomir Mrozek



Casi un cómic novelado (hasta incluye numerosos dibujos del autor), Huída hacia el sur narra las aventuras en la Polonia comunista de tres muchachos, el Gordo, el Flaco y el Mediano, en compañía de un “simio” (así es llamado) que es en realidad “el eslabón perdido”.

         En un pueblecito donde nunca pasa nada, donde el aburrimiento alcanza cotas inauditas, donde el mayor lujo en materia de ocio es rascarse, llega un día una limusina tremebunda y, enganchado a ella, un remolque de madera de considerable altura, cerrado con un candado. El conductor es Mefisto Kovalsky, que lleva al pueblo toda una atracción: la posibilidad de ver a Godot (una travesura del autor, haciendo un guiño a la célebre obra de  Samuel Beckett). El lector y los habitantes sospechan que el misterioso Godot es quien viaja en el remolque, y movidos por esa curiosidad los tres muchachos se dedican a husmear en el él. Allí encuentran al simio, que les pide ayuda para regresar a su Sumatra natal.

         Así comienza una peripecia en la que los ayudantes son en realidad un estorbo, en la que el ayudado es todo en héroe, y en la que además de enfrentarse a una deformada realidad, el malvadísimo Mef Kovalsky –que parece tener poderes sobrenaturales para anticipar sus pasos- les pisa los talones con intenciones malísimas para la salud.

     El libro es la historia de esa huída, pero en medio hay unas cuantas críticas. La más contundente la encarna el propio simio: de todos los personajes el más inteligente, el más audaz, también el más honrado, es aquel que no ha llegado a ser un ser humano. A partir de esa idea, se pueden abrir múltiples interpretaciones en función de lo que simbolicen los otros personajes, el más significativos de los cuales, por su carácter tiránico, opresor y omnipresente es Mef Kovalsky.

Slawomir Mrozek (1930-2013)
     Pero además, el autor se permite unas cuantas ironías acerca de la situación del país. La primera, quizá también la más amplia, es la descripción del pueblecito donde comienzan los hechos, reducido a un vegetar al que se quiere dar apariencia de feliz tranquilidad.  Pero hay otras, como los modos de producción ajenos a la economía de mercado, capaces de producir cantidades ingentes de cosas que nadie necesita (como la fábrica de zapatos izquierdos que luego son tirados por su inutilidad), o las inversiones propagandistas, como la inmensa chimenea en medio de la nada construida para que su humo se vea desde decenas de kilómetros provocando la sensación de que hay una intensa actividad industrial.

    Crítica con mala sombra, a través de humor cuya sutileza se ve reforzada, y vuelvo al principio, por ser una obra literaria que enlaza, por los hechos y las formas, con el mundo del tebeo.



jueves, 20 de marzo de 2014

Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas – Oscar Sipán



A la mayoría de los hombres les gustaría tener la voz de Leonard Cohen hasta para pedir un pincho de tortilla de patata en el bar, pero Oscar Sipán es mucho más detallista y para cada situación busca la voz adecuada. Una vez será la de Leonard Cohen, otra la de Lee Marvin y, si el relato lo requiriese, hasta la del Orfeón Donostierra. El coro resultante no solo es armónico, sino que es la voz del autor; una voz con personalidad, porque si casi todos los relatos que componen Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas llaman la atención por su contenido, todos, sin faltar uno, lo hacen por el concepto de “imagen poderosa” que ya he visto infinidad de veces asociado a Oscar Sipán.

Esas imágenes, a modo de continuos fogonazos que salpican el texto provocando unas veces impresiones y otras reflexiones, son las que hacen que la lectura de cualquiera de los breves relatos (y unos cuantos microrrelatos) se transforme en una excursión por los motivos expresos y ocultos de los personajes, por sus ansias y sus miedos, por todo lo que son a causa de lo que han sido o esperan ser en un mundo moldeado por otros que también tuvieron aspiraciones, temores, complejos y obsesiones.

Más diferencias hay, en cambio, entre los argumentos de cada texto. No hay, o al menos no he encontrado, demasiados elementos en común –salvo al principio, donde varios personajes famosos como Exupéry o Patricia Highsmith protagonizan algunas historias-, lo cual supongo que se debe a que son relatos escritos en diferentes momentos del tiempo. Hay historias que desembocan en el misterio, otras en la sorpresa que en algún caso linda con el humor, o en el drama, por poner algunos ejemplos. En alguna incluso es fácil reconocer la fuente de inspiración en hechos que en su día salieron en la prensa, hechos que solo merecieron los pequeños titulares reservados a las “tragedias anecdóticas”, aunque hayan cambiado por completo la vida de sus protagonistas .

Como siempre, me resulta complicado decir mucho más de un libro de relatos, porque dedicar un espacio a cada uno haría este texto demasiado largo, pero sí digo que es un libro que merece la pena leer, que se lee rápido y bien, que utiliza una prosa evocadora con características muy singulares que identifican a su autor, un libro que nadie se arrepentirá de leer. Y quien necesite algún argumento adicional para comprar el libro, que piense en los catorce premios que han merecido los relatos incluidos en Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas


lunes, 17 de marzo de 2014

Intercambios – David Lodge




          Rummidge es una ficticia ciudad inglesa, incómoda y gris, con una universidad de tres al cuarto, que por algún sitio he leído que está inspirada en Birmingham.

          Euforia es estado norteamericano ficticio, cuya universidad, Eufórica, está en la también ficticia ciudad de Plotinus. La inspiración, en este caso, es California y la universidad de Berkeley.

          En Rummindge vegeta el profesor de literatura Swallow, cuyo prestigio es tan inexistente como sus ganas de trabajar o de meterse en problemas. Aunque Philip Swallow no es un jeta, sino un simple incapaz. Está casado con una mujer gordita y tradicional, con la que forma un no menos tradicional y apacible matrimonio con dos hijos y alguna apretura económica.

          En el departamento de literatura de Eufórica hay una lumbrera: Morris Zapp, un tipo soberbio a punto de divorciarse (ya lo hizo otra vez), con un tremendo prestigio y especialista en Jane Austen.

          Alrededor hay, además, toda una caterva de personajes cuya misión en la vida es ser los obstáculos que irán guiando el destino de los otros dos.

          La novela comienza cuando ambos profesores están volando, el americano Inglaterra y el inglés a Estados Unidos, para intercambiar sus plazas durante seis meses, dentro de un programa de colaboración con un origen tan estrafalario como las causas que han conducido a uno y a otro a participar en él. Para Swallow es una oportunidad. Para Zapp, una huída.

          La cuestión es, como aventura el título, que las cosas se conjugan de forma que lo que los profesores acaban intercambiando no es solo el puesto, sino muchísimas más cosas.

          Swallow se enfrenta a un mundo mucho menos convencional, más libre, donde todavía hay cierta “resaca hippy” (la novela está publicada en 1975) y altercados sociales. Él, tan tradicional y pacato, se enfrenta además a la tentación de la carne y a algunas otras más.

          Zapp, por su parte, se integra en una sociedad preocupada por el qué dirán, chapada a la antigua y en la que hay que hacer proezas mentales para no aburrirse como una ostra.

          Mientras el uno se pasma, el otro suelta maldiciones. No es infrecuente encontrarse en la literatura inglesa de humor con la mala opinión que los ingleses tienen de los americanos o viceversa, y quien así la tiene suele expresarla en términos que reducen al otro a la condición de troglodita, amén del juego que da la diferencia de climatología.

          Es el narrador quien nos cuenta los primeros pasos de cada uno en cada sitio, pero enseguida vamos sabiendo los hechos a uno y otro lado del Atlántico, en diferentes versiones, de boca de los propios personajes, mediante las cartas que se cruzan los matrimonios, hasta que finalmente el narrador retoma su papel  antes de desembocar en un final peliculero en el sentido literal, porque si hasta ese momento la novela tiene una indudable influencia del cine, el final es casi un guión. Esa forma de finalizar el libro, por cierto, no me ha gustado. Le hace perder enjundia y lo vuelve más intrascendente. Trivializa todo lo hecho hasta el momento. Dicho lo cual, el final en sí (al margen de su forma) deja una sensación regular, como si el autor no se hubiera querido complicar la vida. Es, sin duda, lo menos trabajado.

          Dicho todo esto añadiré que es un libro de humor al estilo inglés, aunque mucho más parecido a los que he leído de Wodehouse (por la tranquilidad con la que discurre la acción y por el “saber estar” de la mayoría los personajes) que a los de Sharpe (con quien he visto que se compara a Lodge), aunque esta es la primera novela que leo de David Lodge. Es decir, se trata de un humor que surge más del espíritu con que se cuentan las cosas, del desenfado al narrar, que de la acción en sí. Con Sharpe solo tiene en común algunas escenas, pocas, que oscilan entre lo absurdo y lo grotesco, pero mientras que en Sharpe son continuas y entre todas forman la novela, aquí son esporádicas, con lo que en alguna ocasión acaban desentonando un poco.

          La novela es deudora de su tiempo por alguna cosa más aparte de las señaladas, como por las abundantes alusiones sexuales. De hecho, llega un momento en el que el título, Intercambios, claramente está aludiendo a la práctica del intercambio de parejas. El sexo está muy presente en todo el libro, pero no porque los personajes sean libertinos sino porque se nota que es un tema que interesa al autor, el cual aplica a su manera la idea que no recuerdo quién expresó diciendo que “el amor es el recurso supremo de los ociosos”. Y personas ociosas, en Intercambios, hay muchas. 



jueves, 13 de marzo de 2014

Las lágrimas de San Lorenzo – Julio Llamazares



                Julio Llamazares es un escritor, no un vendedor de novelas. Es decir, no escribe para vender, sino por el placer –o el dolor- de escribir. Lo que hace es literatura. Y en Las lágrimas de San Lorenzo hay literatura de la mejor, de la que hace al lector encontrarse consigo mismo y preguntarse qué demonios hace aquí, o si ha encontrado respuesta a alguna de las preguntas que todos, antes o después, nos hacemos.

                El protagonista es un hombre maduro, separado, que pasa la noche de San Lorenzo en Ibiza en compañía de su hijo preadolescente, en medio del campo, en la oscuridad, tratando de divisar las lágrimas. Cada una, dicen algunos, es una vida que desaparece, igual que cada estrella en el firmamento, dicen otros, es la luz que se enciende cuando muere un ser humano.

                De esta forma, entre lágrima y lágrima, el narrador va por una parte recordando su pasado, condicionado por su propia experiencia y la de su familia: su “fuga” a Ibiza al terminar los estudios; su deambular por medio mundo como lector en diversas universidades en las que cada ciudad, cada clima, no le ha aportado gran cosa por no saber, seguramente, qué andaba buscando; su azarosa vida sentimental; la vida y vejez de sus padres, el fantasma del familiar que desapareció en la Guerra Civil, la muerte de su hermano, y, sobre todo, la conciencia del paso del tiempo. Porque esa es la clave de la novela. El tiempo. El tiempo y lo que hace con nosotros, la forma en que aparecemos y desaparecemos sin dejar rastro, fugazmente, como las lágrimas de San Lorenzo, hasta el punto de llegar a preguntarse el narrador si el tiempo, eso tan difícil de definir, no será Dios, si Dios no será el tiempo. Nada más. Y nada menos.

                Pero al hilo de esos recuerdos el narrador también dedica sus pensamientos a su hijo. A lo que es, a lo que en ese momento sin duda sentirá, a lo que cree que será el mundo, porque el tiempo en la juventud no es como el tiempo en la madurez. Pasamos de considerarlo casi ilimitado a advertir, por sorpresa y con sudores fríos, que casi todo lo hemos dejado atrás. Y así, enlazando lo que le inspira su hijo con sus propios recuerdos, reflexionando sobre cómo ahorrarle a ese chico el trago de sus propias reflexiones para que pueda disfrutar de la inconsciencia antes de que la vida lo desengañe, proyectando los recuerdos sobre la situación del niño, la novela va avanzando conforme avanza la noche, y el interés de los personajes por las lágrimas de San Lorenzo va menguando, terminando, como termina la noche; una noche donde lo efímero se adueña del cielo para hacernos ver que no somos más duraderos ni dejamos más recuerdo que una estrella fugaz, que una mota de polvo ardiente.

                Una novela para reflexionar sobre la vida. Difícil de escribir antes de alcanzar cierta edad. Difícil de saborearla sin haberla alcanzado ya. Una obra para pensar, para llegar a la conclusión de que no seremos capaces de alcanzar conclusión alguna, para intentar disfrutar de la vida si es que somos capaces de asumir la angustia de la muerte. O, mejor dicho, de la desaparición. Porque morir es solo un paso más en el proceso de desaparición. 


lunes, 10 de marzo de 2014

Los huevos fatídicos – Mijaíl Bulgákov




          Rusia, 1928. Vladimir Ipatievich Pérsikov, un zoólogo que ha sacrificado su vida y su familia a su ciencia, una auténtica rata de biblioteca y laboratorio, descubre por casualidad un rayo que acelera la reproducción de microorganismos generando, de paso, seres de mayor tamaño. Asombrado por el hallazgo se dedica a profundizar en la investigación, encargando lentes cada vez más grandes para analizar los límites y las posibilidades del descubrimiento.

          Sin embargo, y para su desdicha, antes de culminar nada un periodista da a conocer el secreto, tergiversando todo y dando por hecha la existencia de algo que, de llegar a existir, requiere todavía mucha investigación. 

          El asunto viene a coincidir con una plaga que aniquila los pollos. La necesidad de alimento y de hacer ver que “aquí no pasa nada” lleva a las autoridades a la incautación de las máquinas que está desarrollando el profesor. Son instaladas en una granja con la finalidad de incubar a unos huevos importados y acelerar así la reproducción de pollos.

          Y a partir de aquí no digo más para no desvelar nada, excepto que el caos amenaza con adueñarse de Rusia, aunque, como en la historia real, una cosa son los rusos y otra el territorio ruso.

          Los huevos fatídicos (título también traducido como Los huevos fatales) es una obra a medio camino entre lo cómico, el terror, la ciencia ficción y la crítica social, e incluso contiene un guiño histórico que, en el momento en que se escribió (1924) tuvo también algo de premonitorio quizá por aquello de que la historia siempre se repite.

Mijaíl Bulgákov
(1891-1940)
          Sin embargo, lo cómico y lo terrorífico no van de la mano, sino sucesivamente. El comienzo es divertido, con momentos que aventuran un relato humorístico, cuando sabemos la opinión que a la esposa de Pérsikov le merecieron sus ranas, pero poco a poco la historia se va torciendo, la desilusión y la injusticia llegan al profesor, y al final se abre paso algo parecido al terror, aunque sea un terror un tanto absurdo. Lo que de ciencia ficción tiene, en cambio, está siempre presente por mor del dichoso rayo, verdadero protagonista de la novela. La crítica social asume varias formas: desde las dificultades a las que se enfrenta al profesor para investigar algo tan importante, hasta el desprecio de las autoridades por el saber, desdén implícito en el modo en que es desposeído de sus hallazgos, amén de que el sistema ineficaz e injusto que provoca la tragedia acaba eludiendo toda responsabilidad en perjuicio del desdichado profesor. En cuanto al guiño histórico, daré una pista: Napoleón.

          Una novela breve, en algunos párrafos un poco confusa, y que deja una sensación extraña por la mezcla de géneros y, como he dicho, porque no es una mezcla uniforme. 

          Por cierto, hoy, 10 de marzo, es el aniversario de la muerte de Mijaíl Bugákov. Falleció a los 48 años.

jueves, 6 de marzo de 2014

La paciencia de la araña - Andrea Camilleri



La paciencia de la araña (Serie Montalbano, 11)

Tras leer Un giro decisivo, no hay que esperar mucho tiempo para leer La paciencia de la araña, pues entre ambas apenas transcurren una veintena de días, señala Camilleri. Las tramas son independientes, pero no el estado del comisario, que acabó maltrecho en el “giro” y comienza “la paciencia” armándose de ella... a su manera. 

Dicho esto, lo más importante es que La paciencia de la araña es una novela más uniforme y sólida que sus inmediatas predecesoras. Si en las anteriores las tramas se alternaban con la vida del comisario y sus circunstancias, como si Camilleri se hubiera dejado llevar por la tentación de rellenar una historia de intriga con cuestiones independientes e incluso festivas, aquí todo es uno, todo va en la misma dirección; el caso a esclarecer se adueña de la novela y, sin mengua del costumbrismo, la conduce hasta el final. El único peaje es que los secundarios vuelven a ser secundarios, y así Catarella, por ejemplo, deja caer sus estropicios al hilo de la acción en lugar de adoptar el papel de protagonista de algo parecido a una sucesión de gags.

La cosa comienza cuando desaparece una bella muchacha, cuya madre está moribunda y cuyo padre es un geólogo arruinado. Aunque pudiera pensarse en un caso de agresión con probable final fatal, lo cierto es que todo el mundo apunta, desde el comienzo, al secuestro. Es algo descabellado en apariencia, porque la familia ya no tiene dinero, aunque, como suele ocurrir en las novelas de Camilleri, el presente hunde sus raíces en un pasado profundo. Otra cosa también es frecuente en Camilleri, y también aquí la encontramos: que el delito no siempre está movido por la maldad, sino que en ocasiones busca una justicia que las leyes no son capaces de generar. Y hasta aquí puedo decir sin adelantar demasiado.

Alrededor de ese misterio se desarrolla una novela que Camilleri oxigena, para evitar reiteraciones, haciendo de Montalbano un policía convaleciente y, sobre todo, introduciendo a Livia (por excepción, está presente en toda la novela) con lo que Montalbano es lo más parecido a un señor casado que podamos imaginar. Y eso, para los seguidores, no deja de tener su encanto, porque Montalbano no puede renunciar a su esencia, que es hacer lo que le da la gana cuando le da la gana.

Otra de las consecuencias de la presencia de Livia es un cambio notable en el humor de la novela. Si en la anterior, por poner un ejemplo, había una apreciable deriva a la caricatura, en esta ocasión se corrige, y lo que a menudo hace sonreír es la mezcla de habilidad y cara dura con que el comisario consigue salirse con la suya, la forma en que logra seguir siendo él mismo eludiendo los enfados y malas caras de Livia, así como la forma en que, a través del narrador, el lector ve los pragmáticos y directos pensamientos del personaje.

Una última reflexión, cada vez más común en las novelas de este género que voy leyendo: me da la sensación de que los autores modernos de novela negra y similares, cada vez tienen más problemas para encajar la acción en el tiempo presente debido a la eficacia y mecanización de los métodos de investigación disponibles. Le pasa a Camilleri y le ocurre también a Márkaris, por ejemplo. Ambos prescinden de métodos ya tan presentes en el saber popular que sus historias pierden realismo, quedando transformadas en algo así como “aventuras policiacas” más aptas para pasar el rato que para quien busque emociones fuertes. No es que el realismo sea un valor en sí mismo, pero sí es un instrumento útil, como asimilable a “credibilidad”, en según qué géneros.




lunes, 3 de marzo de 2014

Fulanita y sus Menganos – Álvaro de Laiglesia



Escribir con más o menos alegría de sexo en 1965, aunque fuera en plan inocentón como es el caso, no era demasiado sencillo ni frecuente, razón más que suficiente para que las novelas de Mapi, la prostituta que protagoniza estas novelas de Álvaro de Laiglesia, tuvieran un éxito notable. Para apreciar hoy ese “atrevimiento inocentón” es preciso ser consciente de cuándo y dónde se publicó. Pero lo que entonces seguramente llamó la atención no es lo que justifica que esta novela pueda leerse hoy; lo que ha pervivido en ella es el humor, humor ingenioso, que juega constantemente con el doble sentido de las palabras entrando y saliendo a la vez del absurdo, que juega incluso con la fonética, un humor también deudor de su tiempo en lo que a las relaciones hombre-mujer se refiere (en ese sentido, es hoy cuando resulta atrevido).

La historia en sí no tiene complicación: Mapi, devenida prostituta contra su voluntad en Yo soy Fulana de Tal, se está iniciando en esas lides, y aunque comienza con lo que se pone a tiro, enseguida la ambición le hace desear pescar un buen cliente. Tan bueno, al final, como para que la pueda retirar. Así que en esa sociedad y en ese entorno machista Mapi es utilizada por los hombres, pero también está dispuesta a utilizarlos. Y a ello de dedica. En el fondo nada nuevo, pues son infinitas las novelas que se limitan a narrar una sucesión de amoríos en pos de un ideal (en este caso, “la retirada”); todos acaban como es de suponer, y van en un crescendo de esperanzas y fracasos que culminan con una situación fuerte para la época –por el tratamiento dado a la homosexualidad- pero que hoy difícilmente impacta. Es decir, la novela es más una exposición de situaciones para hacer pasar el rato que una historia con sentido, objetivo o mensaje de algún tipo más allá de las puyas que salpican el texto.

Lo más llamativo, como he dicho ya, es el humor y que, a diferencia de lo que ocurre en la primera novela de la serie la amargura no llega a abrirse paso, como si el autor hubiera optado por una línea más inofensiva, basada en los juegos de palabras, apoyados en la ignorancia de la protagonista, y en su pragmatismo. Lo que sí llama la atención es lo bruta que es Mapi (más, creo yo, que en la primera novela). Tanto que cuesta adaptarse, y al principio a veces llega a ir en perjuicio del humor.  Además es una brutalidad de corte masculino, si es que puede decirse así, lo cual perjudica al personaje y lo aleja del lector. Otra cosa hay también negativa para el lector actual: escrita en un momento donde el contraste entre lo rural y lo urbano era muy notable, en un momento donde el entorno rural carecía de casi cualquier acceso a la cultura (incluida la televisión), al lector de hoy puede costarle bastante reírse de la ignorancia de Mapi, porque posiblemente está más acostumbrado a reírse de las cosas que de las personas; por eso es necesario recordar que en esa época, mediados de los sesenta, cuando tanta gente salía del pueblo, el contraste con lo urbano ponía de manifiesto el desconocimiento de ese “nuevo mundo”, el deslumbramiento de la modernidad, hasta el punto de que este fenómeno originó toda una generación de humoristas, de libros, de películas a costa del pueblerino. ¿A quién no le viene a la cabeza Paco Martínez Soria?

En resumen, Fulanita y sus Menganos es un producto comercial fruto de una época muy concreta, en el que todavía hoy pueden apreciarse grandes momentos de humor por la forma en que se juega con el lenguaje. Pero a la vez, y por su falta de pretensiones, es un subproducto de la gran novela de humor española del siglo XX, muy por debajo de otras obras de Laiglesia.