En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 10 de septiembre de 2026

Dos amigos - Iván Turguénev

 



Borís Andréich Viazovnín es un hombre joven, culto, guapetón y refinado, tan bien dotado para el dolce far niente como negado para la gestión de su patrimonio. Por eso, tras fundirse la mayor parte de su dinero en una vida no se dice si disoluta pero sí muy lejana al sacrificio, retorna al mundo rural, a su propiedad en el campo, para vivir allí como buenamente pueda, que tampoco es del todo mal.

Lo primero que sorprende es que el caballero no lleva nada mal la situación. De hecho, la lleva tan bien que ni siquiera llega a decir «que me quiten lo bailao». A ello ayuda la amistad que pronto hace con Piotr Vasílich Krupitsyn, un vecino con unos pocos años más y también con más kilos y gustos más vulgares, aunque no zafios. Además, es una persona noble.

Ambos están solteros.

Un buen día Piotr Vasílich, convertido en celestino, le dice a Borís Andréich que un tipo tan joven y cosmopolita debería conocer alguna mujer para casarse y no aburrirse. Dicho y hecho, emprenden una serie de visitas por los contornos, siempre bajo la guía del primero, que es quien conoce al vecindario. Así es como aparecen en la novela una viuda joven y desenvuelta y el par de hijas de un terrateniente local, en lo que es el peor momento de este magnífico relato, pues por momentos amenaza con convertirse en un recorrido por una especie de museo de mujeres casaderas. Finalmente, llega la tercera, Vera Barsukova, Vérochka, que es también la que parece tener menos mundo, la más sumisa, alguien en quien no parece lógico que repare un joven con la experiencia de Borís Andréich, pero…

Pero, zas.

    Dicen que el amor es ciego porque impulsa decisiones irracionales, como las de los tontos.

Y el amor, o lo que quiera que surgiera entre ambos, desemboca en lo que verá quien lea este breve relato, tras lo cual llega la cruda realidad y cada cual la afronta como puede, y quien más puede es Borís Andréich. Luego sucede lo que sucede, y Piotr Vasílich acaba en disposición de… Bueno, leedla.

Son varios los temas para la reflexión.

El fundamental, que sugiere el título, es la amistad. Piotr Vasílich acoge al recién llegado, comparte con él sus días y, creyendo que su amigo merece otra vida mejor de la que su compañía le procura, se empeña en casarlo aun a sabiendas de que cualquier enlace irá en menoscabo de las ocasiones en que la amistad pueda manifestarse. La amistad (que tiene mucho que ver con el respeto) vuelve a mostrarse con fuerza al final de la novela, cuando vemos el comportamiento de Piotr Vasílich ante la ausencia de su amigo. Posteriormente adivinamos lo meritorio de ese punto, porque Piotr Vasílich también tenía su corazoncito.

Otros temas para la reflexión lo sugiere el carácter de los diversos personajes. Comenzamos por la aparente indolencia de Borís Andréich, causa de todos sus problemas, pues dejarse llevar es más sencillo que pensar y, aunque la verdad es que el tipo cae bien, es un vago. Seguiremos con Piotr Vasílich, un hombre mucho más realista, sensato y, por lo tanto, cercano a saber lo que de verdad quiere. Y terminamos por las diferentes mujeres, desde la resuelta viuda que con la afirmación de su independencia pone un contrapunto a las convenciones sociales que para muchos, entre ellos Borís Andréich, puede resultar desagradable o agresivo, a las cándidas hermanitas, una que no respira por no molestar y la otra, vacía pero satisfecha de sí misma, que vive de cara a la galería encantadísima de haberse conocido. Por último, la esforzada Vérochka, cuyas virtudes ocultan sus limitaciones, su falta de ambición y una vergüenza paralizante fruto de una idea acomplejada de sí misma.

En resumen, bien está tener buenos amigos. Para disfrutar, como aquí ocurre. Para que te echen una mano, como también vemos y, por encima de todo, cosa que no siempre ocurre, para que alguien te cante las cuarenta cuando lo necesitas.




lunes, 13 de julio de 2026

Solos en el mundo - Arancha González Laya

 


Dos advertencias:

Primera. Me temo que, como tanta gente, siento desconfianza hacia los libros firmados por quienes han estado en política. De hecho, no suelo leer ninguno. Bueno, pues en este caso olvida todo prejuicio. La autora no ha escrito estas páginas ni para defender a un partido ni para reivindicar su gestión como ministra de Asuntos Exteriores. Se trata de un análisis sensato, exhaustivo y profundo sobre una realidad que conoce bien, que poco tiene que ver con ideologías y con la vista puesta en el futuro, el lugar donde estaremos todos.

Segunda. Si la política internacional y la geopolítica te interesan, lee este apasionante libro cuanto antes. Está actualizado hasta la primavera de este año, 2026, pero la situación mundial evoluciona a tal ritmo que más que vale que los cambios te encuentren bien informado.

¿Y que cuenta «Solos en el mundo»?

Pues que Europa está sola en el mundo. Que la evolución de las distintas partes del planeta la ha ido dejando en tierra de nadie y que Estados Unidos ha pasado de aliado a una posición que puede transformarlo incluso en enemigo. Y si no que se lo pregunten a los habitantes de Groenlandia y a los daneses. Por otro lado, Rusia ambiciona expandirse y ampliar su zona de influencia disponiendo para ello de más capacidad militar que económica, aunque en lo económico tiene armas de guerra. Y qué decir de China, su espectacular evolución y el modo en que su peculiar régimen le permite, mientras sus líderes tengan las ideas claras, un margen de maniobra y una adaptabilidad sin igual. Y todo en un contexto en el que el hemisferio sur ya no es un convidado de piedra a explotar sino un conjunto de potencias medias emergentes con bastantes intereses comunes, entre los que destaca la necesidad de dotar a las instituciones internacionales de una representatividad acorde a la realidad..

El libro comienza de un modo muy atractivo para el profano, con el atrevimiento de imaginar un futuro probable dentro de un par de décadas, el cual, por contraste con las inmediatamente pasadas, conmociona al lector. 

    Ahí acaba la ficción (que no previsión, aunque nunca se sabe). Los capítulos siguientes analizan con claridad meridiana, rigor, datos elocuentes y las confesiones de quien ha estudiado en profundidad y hasta vivido en primera persona mucho de lo que detalla, aspectos que van desde las razones que explican la «retirada» de Estados Unidos, la evolución de los intereses y de la sociedades china y rusa, la influencia de la evolución tecnológica y, en particular, del desarrollo de algoritmos de gran alcance debido al uso masivo de la IA, o la carrera por recursos naturales estratégicos sobre los que el común de los mortales apenas sabemos nada. La combinación de todos esos factores, muchos novedosos para el profano, con tantos actores en nuevas situaciones han cambiado los conceptos clave de la política internacional. Términos como globalización o multilateralidad ceden ante la interdependencia y los vinculados a la defensa, una defensa que poco o nada tiene que ver con la concepción tradicional de la misma, ya que los aspectos tecnológicos y económicos tienen ya un peso decisivo. También han aparecido actores particulares de peso gigantesco, como Elon Musk o el dueño de Palantair, con capacidad decisoria en el concierto mundial, incluso, como ejemplifica la autora, en las operaciones militares en la guerra entre Ucrania (es decir, entre Europa) y Rusia. Particulares que obedecen a sus propios intereses, con personalidades ególatras, caprichosas, intrigantes, y en cuyas manos solo un chiflado podría dejar la seguridad de su país. La conclusión de todo esto es que una vez uno ha respondido a las preguntas de «¿Quién soy y adónde voy?» debe prepararse para la independencia defensiva y también económica (en los recursos estratégicos) que le permitan vivir sin renunciar a sus valores, lo cual, en el caso de Europa, que hasta ahora ha tenido unos valores claros, los que fundan las democracias liberales, solo es posible a través de la unión y la consiguiente cesión de una soberanía que, si no se cede, no servirá para nada.

    De fondo, el rompecabezas que siempre ha sido Europa: cuarenta y cuatro países, veintisiete de ellos en la Unión Europea; un montón de estados y naciones apretujados en un territorio pequeñajo, con culturas, idiomas y religiones estrechamente emparentadas pero diferentes, con múltiples intereses económicos comunes, pero también, entre zonas, con algunos contrapuestos; unas sociedades que en tres generaciones han pasado de liderar económica y políticamente el mundo a no pintar nada en él y que han quedado a expensas de nuevos actores mucho más poderosos, algunos de ellos que no responden ante nadie, por ser particulares y escapar a toda jurisdicción de los países sobre los que influyen. A no ser que…

    A no ser que la jaula de grillos que somos nos apresuremos a cantar armónicamente al menos en los temas cruciales.

    De hacerlo, quizá podamos defendernos, ser alguien, proteger nuestros intereses. De lo contrario podemos ser pasto de todo tipo de ambiciones y problemas regidos por la ley del más fuerte.

    En resumen, una lúcida visión de Europa, de Rusia, de China, de Estados Unidos, del sur global (y de aquello en lo que se está transformando), de las diferentes estrategias de cada uno, de las razones que las mueven, de cómo influyen los personalismos de los líderes, de los recursos naturales precisos para el futuro, de la revolución tecnológica derivada de la IA, del poder mudable propiciado por los cambios financieros, por los medios de pago aceptados y los sistemas de pago utilizados, de…

    Apasionante.

    Vaya vértigo.

    No he leído este libro por casualidad. Aunque las elecciones en los próximos años se van a decidir, como siempre, por el ruido doméstico cortoplacista en el que perpetuamente se enfangan los partidos y los medios de comunicación, estoy convencido de que el futuro de las actuales generaciones y las dos o tres siguientes, depende de cómo sepamos capaces de estar en este mundo al que se refiere la autora, en el que nos hemos quedado solos, y, también, pero esto no se detalla en estas páginas, de si somos capaces o no de desarrollar y aprovechar las ventajas comparativas que las nuevas fuentes de energía han puesto a nuestro alcance por primera vez. Nunca, en todo el periodo que se inició con la Revolución Industrial, habíamos vivido una tesitura similar. 

    ¿Y a qué viene el comentario sobre las elecciones? A que me da la sensación de que, atontolinados por las mierdecillas de siempre, otros están transformado nuestras vidas a marchas forzadas, utilizándolas y exprimiéndolas en su provecho, y llegarán a extremos que no somos capaces de concebir. Libros como este sirven para evitarlo, para identificar lo trascendente, aquello en lo que nos jugamos seguir siendo lo que somos y poder decidir qué queremos ser. 

    Arancha González Laya tiene experiencia y trayectoria suficientes para saber millones de veces más que cualquier mortal y, aunque preocupadísima por el tema (de ahí este libro), conserva cierta esperanza. Yo, en cambio, que no sé nada, recuerdo a menudo que los principales países europeos, cuando consiguieron ser los más ricos y avanzados del mundo, cuando consiguieron tener unos niveles de bienestar jamás antes vistos en la historia de la humanidad, se dedicaron a matarse entre ellos con tal saña que el bárbaro récord aún permanece intacto. Sobre esto habla menos la autora: sobre qué será de Europa si Europa no llega a ser Europa. A no ser, claro, que tomemos la original introducción no como una ficción dedicada a situar al lector, sino como una profecía.

    Un libro interesantísimo que te abre los ojos a un sinfín de aspectos cruciales que los medios de comunicación apenas mencionan si no es tras haber leído el periodista obras como esta.



lunes, 20 de febrero de 2023

El doctor Zhivago – Borís Pasternak

 


Mayúsculo novelón que, en esta edición y por obra de Marta Rebón, es la primera traducción del ruso al español. Las anteriores ediciones habían sido traducciones del italiano, debido a que la novela vio la luz en 1957 en Italia. Por su carga crítica, hasta 1988 fue imposible publicarla en la Unión Soviética.

El doctor Zhivago es una novela que, por su grandeza, entronca con los grandes clásicos del siglo XIX. Narra la peripecia vital del protagonista, Yuri Zhivago, en un entorno histórico que cambió para siempre la vida de generaciones enteras y la historia de Europa y el mundo. Un entorno tan avasallador que el individuo se transforma en un pelele cuya vida no vale nada; quién has sido, quién eres o qué suponga alguien que quieres ser puede hacer de ti una cosa o la contraria en función de dónde estés o de quién tengas enfrente. Aunque en ese sálvese quien pueda, si es que alguien puede, la vida se abre paso y en medio de la tragedia, prospera una historia de amor dolorosa, terrible y hermosa.

El entorno histórico es, como he dicho, de una intensidad monstruosa: los aires de cambio impulsados por las diferentes teorías sociales surgidas en el siglo XIX a raíz de los monumentales cambios derivados de la industrialización están en el origen de la Primera Guerra Mundial, en la que desaparecieron buena parte de los sistemas totalitarios europeos. En Rusia, en medio de esa guerra a la que había entrado desde un sistema totalitario, tuvieron lugar varias revoluciones; la primera, unos años después del comienzo de la guerra, la de febrero de 1917, supuso la abdicación del zar y la instauración de un régimen de inspiración liberal (con dos gobiernos en pocos meses). No consiguió satisfacer a casi nadie, ni tuvo tiempo de hacerlo, y como para muchos ese cambio se quedaba corto y creían llegado su momento, la convulsa situación desembocó en la revolución de octubre, que a su vez desencadenó una guerra civil en un territorio gigantesco y la aparición, allí donde se asentaba la revolución, de un poder tan teórico e ideologizado sobre el dogma de la existencia de un sueño colectivo –la dictadura del proletariado, la colectivización de la vida económica y el poder de los soviets (consejos)- que en realidad era un poder fanatizado que negaba la individualidad hasta el punto de arrebatar la vida a quien pretendiera mantenerla. Ese sueño colectivo –proclamado, pero de imposible existencia- chocaba con la realidad aplastando a quienes encontraba en medio; por ejemplo, ¿cómo garantizar alimentos si de un día para otro los propietarios de la tierra la pierden y el comercio se prohíbe? ¿Y quién estaba en medio? La población. Y, por supuesto, Yuri Zhivago.

Borís Pasternak (1890-1960)

La acción transcurre entre Moscú y diversas ciudades y localidades de los Urales, recorriendo distancias gigantescas con medios escasos y en condiciones infames. Yuri Zhivago, huérfano de origen acomodado protegido por un pariente con veleidades intelectuales, es demasiado joven para vivir de modo consciente las primeras trifulcas contra el zarismo a principios del siglo XX, pero la Primera Guerra Mundial llega cuando ya es médico, y esa profesión, la de médico, va a ser su salvación –quizá le libra de pelear y morir en el frente- y su condena –en todas partes hacen falta médicos, especialmente en el frente, por lo que todo médico es siempre un botín valioso-. Zhivago es un hombre pacífico, honesto, con inquietudes intelectuales, amante de la lectura, de la poesía y de la escritura, a la cual apenas puede dedicarse por falta de tiempo y medios. La historia lo zarandea, lo lleva de un lado a otro poniendo en peligro su vida y la de su familia; por no haber sido rematadamente pobres –aunque lleguen a no tener, literalmente, nada-, acaban transformados en enemigos del régimen. En la vorágine de la supervivencia afronta penurias, separaciones traumáticas y otras desgracias, aunque también encuentra manos amigas; alguna, algo misteriosa porque Pasternak no explica mucho de casi ningún personaje (y los hay por docenas, hasta el punto de que esta edición de Galaxia Gutenberg tiene un índice de personajes que, cuidado, a veces puede destripar alguna cosilla). En medio de esa desazón, Zhivago ejerce de médico sin poder ser nunca el médico ni la persona que había proyectado ser; afronta con resignación y lucidez la incertidumbre, el miedo, las penalidades, sin poder disfrutar de su familia o del ínfimo placer de escribir en un papel; rodeado de un océano de frustración y carestía, con la muerte siempre como una posibilidad inminente… En ese mundo Zhivago no es dueño ni de sí mismo ni de su tiempo, pero sí de la conciencia de su individualidad. Eso es algo que nunca llega a perder. Y, como he dicho antes, como las plantas en primavera (y cuántas líricas alusiones a la naturaleza hay en la obra, delatando la condición de poeta de Pasternak, más que de novelista) la vida se acaba abriendo paso hasta en las condiciones más difíciles. Así, pese al enconado empeño de Yuri en proteger a su familia, pese al amor que siente por su mujer, a la que conoce desde que eran niños, acaba enamorándose de otro personaje que, como él, forma parte de la leyenda de la literatura: Lara. Larisa Fiódorovna Guichard, más tarde Larisa Antípova. Niña, muchacha, joven, mujer, cuya existencia, siempre un peldaño por debajo de la de Zhivago, trascurre en su entorno sin que ninguno de los dos sea consciente durante años hasta que el destino los acaba situando frente a frente, como si cada uno fuera para el otro el único hogar reconocible y posible. Lara (que también está casada, que también tiene una hija y cuyo marido, un hombre admirable, de modo incomprensible se fue de voluntario a la guerra y ni siquiera es posible saber a ciencia cierta si ha muerto o si se ha «reencarnado» en otra personalidad) es un personaje de una fortaleza solo comparable a la de Zhivago. Ambos se caracterizan más por su espíritu de sacrificio, por su compromiso con sus familias y por su capacidad de renuncia que por su ambición o su egoísmo.

Una epopeya en la que la historia acaba arrasando a las personas, a las que convierte en espectros irreconocibles para ellas mismas y hasta para los suyos, pero en las que el mensaje de Pasternak, crítico con la guerra y el bolchevismo (crítica limitada a la exposición de hechos, por cierto) por cuanto suponía de anulación del individuo, hace que, pese al aparente triunfo de la historia colectiva sobre la individualidad  reivindicada por el autor, esta última transcienda a través de una historia de amor, la de Yuri y Lara, tan bonita como amarga. Un amor no buscado; no querido, un amor al que se resisten por fidelidad a unas relaciones también machadas con las circunstancias; pero un amor necesario y al que, en última instancia, se rinden porque ya no tienen fuerzas para más; luchar contra él no sería luchar por los suyos, sino luchar por la nada. Cuando nada te queda, cuando ni siquiera te dejan ser quien eres, amar es el único modo de sobrevivir. Aunque el amor, las circunstancias mandan, tampoco es para siempre.




miércoles, 8 de septiembre de 2021

Ana Karenina – Liev N. Tostói

 



              Un clásico al año no hace daño, ni veinte, salvo que te caiga en el pie, porque las 1027 páginas de la edición de Austral de Ana Karenina pesan más de un kilo. Hecha esta, ejem, sabia observación para prevenir lesiones y accidentes, me queda el papelón, inconsciente que es uno, de intentar contar algo sobre un clásico entre los clásicos que yo simplemente he leído y disfrutado, pero no estudiado.

              El argumento es conocido: Una chica casadera de la buena sociedad, aunque con pocos posibles, Kitty, tiene un pretendiente, Levin, un joven culto y con veleidades intelectuales, pero algo raro, obsesionado con lo trascendente y apegado al terruño y a la tradición mucho más que a la vida urbana en sociedad. Pero Kitty se enamora de Vronsky, un oficial guapetón y bien posicionado, que no le hace ni caso porque cae rendido ante Ana Karenina, y Ana ante él. Para Kitty queda el soponcio del amor no correspondido. Para Levin, cuando se entera de las preferencias de su amada, queda soponcio y medio: el del amor no correspondido y el del orgullo herido, porque había llegado a declararse con el resultado de unas dolorosas calabazas. Para Ana y Vronsky queda el ser felices y comer perdices, con el problemilla, no menor, de que Ana está casada. A partir de aquí se cuenta la historia de los amantes, que terminan por dejarlo todo para vivir juntos en una sociedad que condena esa conducta, especialmente en el caso de la mujer, pero también se nos cuentan la historia de Levin y Kitty y la de un montón de secundarios.

              Dos historias que tienen un mismo objetivo: contrastar, porque si la de Ana es la historia de una mujer perdida, la de Kitty es la de una mujer ejemplar. Y es que Tolstói se posiciona moralmente, de ahí que Ana esté lejos de ser una heroína por más que le dedicara el título. Más bien Ana es lo contrario, y de ahí su trágico y simbólico final. Para Tolstói, Ana no es la víctima de una sociedad injusta y poco abierta a los nuevos aires de libertad del siglo XIX, que en Rusia llegaban algo retrasados, sino alguien que, dejándose arrastrar por ellos, ha trastocado un orden tradicional que, cuando no se le fuerza, funciona razonablemente bien en opinión de Tolstói. Ana es una enamorada del amor que, dejándose llevar por su egoísmo e ingenuidad, acaba viendo que el amor solo no funciona. Y Tolstói ofrece otra alternativa: no fuercen ustedes los ritmos sociales y culturales, y ya verán como el amor surge solo del mismo modo que tras la siembra llega la cosecha (y el paralelismo no es inocente: Tolstoi da mucha importancia al campo como inspiración para la razón, y en esta novela es evidente). Dicho todo esto, lo cierto es que con el paso del tiempo y el cambio de valores probablemente cada generación de lectores vea a Ana de una manera distinta y más comprensiva, hasta el punto de que ya hay quien ve en ella valores feministas que a Tolstói ni se le pasó por la cabeza plantear o defender. Ana, en la concepción del autor, es el ejemplo de lo que te pasa cuando haces lo que no debes y eres como no debes ser; en la actualidad, en cambio, Ana Karenina comienza a ser interpretada por unos pocos como una heroína que reafirmó sus convicciones y anhelos llevando la contraria a una sociedad que marginaba a la mujer. Una mártir de la causa. Es lo que tienen las grandes obras, que siempre están de actualidad porque siempre muestran la lucha entre intereses y pasiones.



              No hace mucho alguien se quejaba, no recuerdo dónde, de la costumbre de miles de autores de promocionar sus novelas proclamando lo fácil que resultará al eventual lector identificarse con los personajes. Vaya tontería, decía con razón ese alguien, porque, ¿quién desea que le cuenten su propia vida? ¿No es mejor conocer personajes completamente distintos que te permitan ampliar miras y conocer otras existencias y puntos de vista? Lo digo porque en Ana Karenina no se salva ni el gato: resulta complicado empatizar con alguno de los personajes, aunque sea sencillo sentir solidaridad ante casi todos ellos en momentos concretos, cuando se ven en apuros o son víctimas de su propia debilidad; pero todos tienen un punto irritante, algún defecto que en algunos casos va a más y en otros a menos a medida que avanzan las páginas, algo que hace nacer en el lector del deseo de darles un buen meneo al grito de «¡Espabila!».

              Ana, en su prisa por «vivir su vida», por vivir su «única vida», se deja llevar por la pasión sin importarle demasiado la suerte de los damnificados, incluyendo su propio hijo. La teoría de los «daños colaterales» tiene siglos. Un comportamiento con varios puntos de egoísmo que se acentúa a medida la realidad la va alejando de sus ensoñaciones; cuando alguien pretende volar propulsado por la pasión ciega, el aterrizaje en la prosaica realidad suele ser accidentado. Y como además la pasión dura menos que la realidad, los problemas aparecen y permanecen, y con ellos las dudas y los recelos, y con éstos lo peorcito del cada cual.

              Vronsky ofrece un perfil en parte opuesto: como Ana, se deja llevar por la pasión, aunque de inicio apenas sacrifica nada a ella; sin embargo, cuando la realidad se acaba imponiendo es capaz de adaptarse y aceptar los sacrificios derivados de su elección. Ana nunca llega a aceptar haber perdido la consideración social. Vronsky, que mantiene esa consideración porque hombres y mujeres no son tratados igual, sí asume, en cambio, las fuertes consecuencias para su posición social y su carrera.

              Levin, por su parte, es un agonías capaz de poner de los nervios al lector más paciente. Buen tipo, honesto, preocupado por los problemas morales, sociales y trascendentales, lleva una empanada endiablada entre un refrito de fisiocracia vs capitalismo, mezcla que a su vez intenta distanciar del comunismo; todo aderezado con lo poco que le deja dormir el asuntillo del «quién soy, de dónde vengo y a dónde voy», y con una suspicacia superlativa, unos celos enfermizos y una antológica capacidad para amargarse la vida en un instante con el vuelo de una mosca. No hay felicidad que le aguante cinco minutos, y todo se lo toma a la tremenda. Un tipo agotador.

              Kitty, mucho más sensata, tiene un perfil canónico. Es el modelo a seguir. Un espejo humilde, sí, pero ante el que salen espantadas todas las Kareninas del mundo. En consecuencia, es un personaje menos rico en matices porque, siguiendo el consejo aristotélico, no debe salirse del punto medio para alcanzar la virtud. Y, en general, es un punto medio absoluto: sensata, racional, amorosa pero no empalagosa y con una notable capacidad para controlar las emociones.

              Junto a los anteriores personajes encontramos al marido de Ana (un personaje rígido, pero, a su modo, noble; a medias generoso y miedoso, pero resuelto y tampoco tonto, alguien capaz de tragarse su orgullo mientras no se le atragante), a su hermano (un tipo afable, práctico y un poco viva la virgen) y a su cuñada (a su vez hermana de Kitty),  a los hermanos de Levin -dos hombres de caracteres, intereses y talante completamente opuestos- y a un montón de gente que sirve de apoyo para reflejar la personalidad de unos u otros.

              Un novelón impresionante, con capítulos cortos, que crea un mundo entero familiar y social, que constantemente desciende a detalles nimios que ayudan a definir a cada personaje, que cuenta una historia muy intensa emocionalmente, con numerosos momentos delicados cuyas consecuencias difieren notablemente en función de cómo se afronten. Un libro enriquecedor en el aspecto emocional porque el lector ha de ponerse en muchos pellejos y también, ahora, desde el punto de vista histórico, por la completa forma en que traslada el modo de vida de una época concreta. Un novelón, también, que me ha hecho dudar de por qué se titula como se titula, ya que Levin, personaje que al parecer mejor refleja a Tolstói, ocupa un papel tan central en la novela que la última parte es suya y hace pensar al lector que Ana Karenina tiene varios finales, en función de cuál sea el personaje al que el lector ha prestado su atención. Por quién se pronunció Tolstói, está claro. Pero la novela se titula Ana Karenina. Así que probablemente Tolstói pensó que los lectores decantarían su interés hacia ella. Si es así, acertó. Acaben como acaben, siempre llaman más la atención quienes se salen del camino, porque solo ellos pueden llegar a demostrar si el camino trillado tiene rutas alternativas.


lunes, 10 de marzo de 2014

Los huevos fatídicos – Mijaíl Bulgákov




          Rusia, 1928. Vladimir Ipatievich Pérsikov, un zoólogo que ha sacrificado su vida y su familia a su ciencia, una auténtica rata de biblioteca y laboratorio, descubre por casualidad un rayo que acelera la reproducción de microorganismos generando, de paso, seres de mayor tamaño. Asombrado por el hallazgo se dedica a profundizar en la investigación, encargando lentes cada vez más grandes para analizar los límites y las posibilidades del descubrimiento.

          Sin embargo, y para su desdicha, antes de culminar nada un periodista da a conocer el secreto, tergiversando todo y dando por hecha la existencia de algo que, de llegar a existir, requiere todavía mucha investigación. 

          El asunto viene a coincidir con una plaga que aniquila los pollos. La necesidad de alimento y de hacer ver que “aquí no pasa nada” lleva a las autoridades a la incautación de las máquinas que está desarrollando el profesor. Son instaladas en una granja con la finalidad de incubar a unos huevos importados y acelerar así la reproducción de pollos.

          Y a partir de aquí no digo más para no desvelar nada, excepto que el caos amenaza con adueñarse de Rusia, aunque, como en la historia real, una cosa son los rusos y otra el territorio ruso.

          Los huevos fatídicos (título también traducido como Los huevos fatales) es una obra a medio camino entre lo cómico, el terror, la ciencia ficción y la crítica social, e incluso contiene un guiño histórico que, en el momento en que se escribió (1924) tuvo también algo de premonitorio quizá por aquello de que la historia siempre se repite.

Mijaíl Bulgákov
(1891-1940)
          Sin embargo, lo cómico y lo terrorífico no van de la mano, sino sucesivamente. El comienzo es divertido, con momentos que aventuran un relato humorístico, cuando sabemos la opinión que a la esposa de Pérsikov le merecieron sus ranas, pero poco a poco la historia se va torciendo, la desilusión y la injusticia llegan al profesor, y al final se abre paso algo parecido al terror, aunque sea un terror un tanto absurdo. Lo que de ciencia ficción tiene, en cambio, está siempre presente por mor del dichoso rayo, verdadero protagonista de la novela. La crítica social asume varias formas: desde las dificultades a las que se enfrenta al profesor para investigar algo tan importante, hasta el desprecio de las autoridades por el saber, desdén implícito en el modo en que es desposeído de sus hallazgos, amén de que el sistema ineficaz e injusto que provoca la tragedia acaba eludiendo toda responsabilidad en perjuicio del desdichado profesor. En cuanto al guiño histórico, daré una pista: Napoleón.

          Una novela breve, en algunos párrafos un poco confusa, y que deja una sensación extraña por la mezcla de géneros y, como he dicho, porque no es una mezcla uniforme. 

          Por cierto, hoy, 10 de marzo, es el aniversario de la muerte de Mijaíl Bugákov. Falleció a los 48 años.