En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

Mostrando entradas con la etiqueta Impedimenta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Impedimenta. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de agosto de 2024

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes – Tatiana Tibuleac

 


Todo el mundo habla maravillas de este libro, que he tenido en casa bastante tiempo antes de, por fin, leerlo. 

Todos dicen, también, que es una historia hermosa, pero dura. Sin embargo, no recuerdo haber oído que el puente que lleva de la dureza a la hermosura es la suma de un peculiar humor (que brota de dulcificar la violencia verbal con el ingenio) y de que la concepción que el narrador tiene de sí mismo es certera y ajena a la autocompasión. ¿Cómo no va a encariñarse el lector con quien, por más bruto y animal que sea, es capaz de reconocerlo sin tapujos ni orgullo alguno, con el único fin de liberarse del peso de sí mismo?  Por eso me atrevo a decir que esta novela tiene mucho humor. Quizá algunos no lo entiendan, pero seguro que otros sí, porque es uno de los papeles del humor: evitar la consumación del mal a través de un ingenio capaz de ir más allá de donde pueden ir los actos. «Insulta, insulta, que mientras pienses en insultarme no lo haces en matarme o en quebrarme el esqueleto». En definitiva, que a veces el insulto o el odio solo expresado verbalmente son una buena noticia, por aquello, diría Sancho Panza, de que «perro ladrador, poco mordedor».

El narrador, Aleksy, nos habla desde dos momentos temporales. Unas veces es el hombre que recuerda su último verano con su madre, cuando él era un adolescente, y, más frecuentemente, es el propio adolescente hablándonos desde esa edad. El adolescente es el Aleksy que irrumpe en la novela con un comienzo fortísimo por la brutalidad de sus opiniones respecto a su madre, brutalidad que, como digo, queda matizada por el ingenio: el odio no ha aniquilado todo cuando aún quedan ganas de lucirse. Pero, en cualquier caso, la crueldad es tremenda. Solo una cosa buena puede decir Aleksy de su madre: ¡qué ojazos verdes tiene!

Aleksy es un adolescente conflictivo, por no decir que está como una regadera, sometido a medicación para controlar su destartalada psique. Hijo de inmigrantes polacos en el Reino Unido, con evidentes problemas mentales y sin haber superado la pérdida de una hermana por motivos poco claros, acaba de salir del centro asistencial y va a pasar el verano con su madre, quien decide hacerlo en un pueblecito francés, en una casa alquilada donde los dos van a estar mano a mano durante un par de meses. Del padre, solo sabemos que se largó. Una familia despanzurrada por la tragedia de la hija y la locura (¿relacionada?) del hijo.

Las razones de la madre para un verano así podrían parecer, inicialmente, vinculadas a la enfermedad de su hijo: mejor tenerlo apartado del mundanal ruido para que no organice la de san Quintín a cada paso. Pero no. Lo que ocurre es que ese verano va a ser el último que ambos van a pasar juntos. Quien lea el libro sabrá por qué.

Y a partir de aquí es cuando comienza la verdadera historia. La de la madre, por la alegría con la que afronta la vida, quién sabe si por convencimiento, en defensa propia o en defensa de su hijo. Y, también, la historia de Aleksy, que poco a poco se va redimiendo, centrando y serenando hasta transitar por los caminos de la comprensión, el perdón y la madurez. 

       Las vidas de la madre y del hijo no han sido fáciles. Tampoco el futuro lo va a ser. Entre ambos media ese verano, que va a ser el más complicado, sin duda, pero también -porque las emociones surgen de la cabeza- puede ser el más emotivo y el más hermoso.

Si los dos personajes son capaces de conseguir hacer del drama algo positivo, lo sabrá quien lea esta brillante novela cuya belleza radica en el modo en que expone cómo podemos hacer hermosos e inolvidables los momentos más duros, y cómo esa experiencia nos cambia.

      Como curiosidad, es la segunda novela que leo en poco tiempo (y ambas por casualidad) cuyos protagonistas tienen problemas mentales y terminan encontrando en la pintura el modo de expresarse y la estabilidad económica. La otra fue Las primas, de Aurora Venturini.

Una referencia a la última página. Lo que en ella se dice es importante. Hay que interpretarlo, y las dos interpretaciones que admite tienen una significación profunda.



lunes, 8 de abril de 2024

Deus ex – Ferdia Lennon

 


          En el siglo V antes de Cristo, Siracusa, en el sureste de la isla de Sicilia, era una joven ciudad griega en plena expansión que todavía no había visto nacer a Arquímedes. En esa época, que es en la que transcurre la historia, en plena guerra del Peloponeso, sus habitantes no guardan los mejores deseos hacia los atenienses hechos prisioneros y casi abandonados hasta la muerte en el fondo de una cantera. Quien más y quien menos, ha sido víctima de sus tropelías.

En este contexto, un alfarero en paro y guapetón, Gelón, que se toma las cosas muy en serio, ante la perspectiva de la desaparición de Atenas tienen la ocurrencia de rescatar alguna obra de Eurípides, al que venera y que aún anda vivito y coleando, a partir de los textos que recuerden los prisioneros. Pero claro, hay que alimentarlos para que no se mueran, lo cual es no es poca retribución. Además, para que la recuperación de la obra sea completa hace falta llegar a representarla, cosa que pretende hacer, qué remedio, en la cantera. De esta manera «Medea» volverá a la luz. En el empeño descubre, oh, sorpresa, la memoria de los prisioneros da hasta para rescatar una nueva obra de Eurípides aún no conocida en Siracusa: «Las Troyanas».

En este empeño le acompaña su mejor amigo, también alfarero en paro, no tan guapo, cojo y algo más vivales: Lampo, que es también el narrador. Un narrador que a menudo no oculta su escepticismo ante el empeño de su amigo.

Con este planteamiento la obra parece, al principio, coquetear con el humor, y en este plano se mantiene durante buena parte merced a las gracias y desgracias de Lampo y al modo en que asume una realidad las más de las veces dura. Tan dura es la vida como para que, quien más y quien menos, aproveche todas las oportunidades para pasarlo bien, porque hoy estás aquí tan campante y mañana te has muerto.

A este toque humorístico ayuda la esperanza. La de los prisioneros que encuentran en el teatro la oportunidad de sobrevivir; la de los promotores del rescate de Eurípides, que sueñan con conservar el arte; la de quienes de una manera u otra les ayudan, como cierto misterioso mecenas y la orgullosa propietaria del taller de decorados; y, por supuesto, las esperanzas de Lampo, que no solo ve de cerca el dinero, sino que, además, se enamora de una esclava a la que sueña con liberar.

Sin embargo, a medida que la historia transcurre el humor va quedando atrás y la comedia va evolucionando a tragedia como la novela de situación cambia a novela de acción. Es así como la portada acaba siendo engañosa: Deus ex tiene más de tragedia que de comedia, como si en algún punto hubiera cambiado el enfoque, lo cual bien pudiera haber sucedido por el mucho tiempo, con parones incluidos, que, según confiesa el autor, le costó escribir esta novela.

Bien narrada, bien estructurada, trabajada con minuciosidad, respetuosa con el lenguaje y con los tiempos y siempre verosímil, Deus ex es una novela que va de menos a más y que nos emparenta un poquito con los clásicos, aunque solo sea por recordarnos que existen.

Deus ex, por cierto, es una expresión latina que hace referencia al mecanismo del teatro griego que permitía, por medio de tramoyas, hacer descender a un dios sobre el escenario para resolver la escena, aunque, la verdad sea dicha, Deus ex acaba en un sindiós. O precisamente por eso.




jueves, 9 de febrero de 2023

La desaparición de Adèle Bedeau – Graeme Macrae Burnet

 



Adèle Bedeau es una chica joven, guapetona, no muy extrovertida en su trabajo como camarera en el pequeño restaurante francés de una también pequeña localidad, Saint Louise tan cercana a la ciudad suiza de Basilea que forman un mismo núcleo urbano artificialmente dividido en dos.

Un buen día Adèle desaparece. ¿Se ha ido, ha tenido un accidente, ha sido secuestrada…? ¿O ha sido asesinada? Quien más y quien menos está convencido de lo último, pero para confirmarlo hace falta encontrar el cadáver de la pobrecilla.

El inspector de policía Gorski, ya entrado en años, se enfrenta al caso con cierta parsimonia y no muchas ganas. No está habituado a investigaciones de este tipo, porque Saint Louise es un lugar muy tranquilo, y además le persigue el recuerdo de una investigación por asesinato, en sus primeros años, saldada con la condena de un hombre al que él siempre ha creído inocente. Aquel éxito que él sabe fracaso aún le duele y le hace desconfiar de sí mismo y de su capacidad.

Como no se sabe qué ha sucedido con Adèle no es fácil encontrar sospechosos de no se sabe qué, pero entre ellos pronto aparece un tipo peculiar, un tal Baumann, solterón, director de una oficina bancaria, hijo de un padre excesivamente riguroso, que come y cena en el restaurante de marras y que como anda obsesionado por lo que los demás puedan opinar de él a partir de lo que hace, por nimio que sea el detalle, a la hora de hablar se metería en menos líos si contara las cosas tal y como son. De Baumann, el verdadero protagonista, el lector llega a saber muchas, muchas cosas, dándole una ventaja sobre el investigador -un buen hombre pero todo un pasmarote- que permite crear una atractiva tensión en la lectura.

Con este planteamiento (una muchacha desaparecida y dos hombres taciturnos, poco movidos y hasta aburridos, aunque uno de ellos algo grillado, el autor construye una novela que va de menos a más, de muy poco al principio a mucho al final, en la que va edificando una historia contundente que, al tiempo que crece, permite ir avanzando hacia la resolución de… De lo que sabrá quien lea la novela, porque el pasado suele alcanzar a todo el mundo y el caso presente se acaba confundiendo con el caso pasado.

El final es sorprendente, y, casualidades lectoras, tiene cosas en común con dos novelas que he leído hace poco: la suerte del protagonista (en común con La avería) y lo guapos que hubiera estado el protagonista si se hubiera limitado a no hacer nada (El largo camino a casa)

Claridad expositiva, lenguaje adecuado, con cierta fuerza, estructura estupenda, buena mezcla entre la tensión de la acción y la tensión psicológica de los personajes, y un entorno fácil y agradable de imaginar.

Una lectura de lo más entretenida y de factura más que buena.




jueves, 12 de enero de 2023

Los extraños – Jon Bilbao

 



En un escenario fácilmente localizable en Google Maps, en el lado oeste de la ría de Ribadesella, el cual aconsejo «visitar virtualmente» a medida que se lee la novela, hay una casita en una ladera, rodeada por una verja tras la cual, antes del camino a la vivienda, hay una cueva en la roca. Esto, según la novela y según lo que podréis ver googleando las imágenes. Ya solo según la novela, en la casa vive una joven pareja –Jon y Katharina- entregada a una rutina que parece peligrosa para la estabilidad de su relación por decepcionante, hasta que en muy poco tiempo surgen dos novedades.

La primera, que sobre el mar, cerca de la costa, se avistan unas luces raras, lo cual provoca, en los días siguientes, la aparición y acampada de un nutrido rebaño de ufólogos, la mayor parte de los cuales están como regaderas.

La segunda, que un buen día aparece en la casa un hombre de la edad de Jon, llamado Markel, que asegura ser pariente suyo. Markel, un tipo afable y desenfadado, dice andar recorriendo el mundo para dejar atrás ciertas cosillas, y viaja acompañado de una mujer joven llamada Virginia. Los visitantes se acomodan en la amplia casa obligando a Jon y Katharina a cambiar algunas de sus costumbres, pero aportando, también, la frescura de la novedad.

Sin embargo, a medida que pasan las páginas de esta breve obra narrada con frases frías y concisas, la inquietud del lector va creciendo: los huéspedes van colonizando la vivienda, cada paso que dan es un paso que retroceden sus anfitriones, que pueden perder no solo su soberanía sobre la casa sino también sobre sí mismos; además, los ufólogos y sus delirios contribuyen poco a la tranquilidad, y  poco a poco se va generando una tensión que sufre el lector tanto o más que los personajes. Y así, con esa tensión creciente y la aparición de otro personaje que da la impresión de que puede ser clave para desentrañar las razones de la extraña conducta de los invitados, se llega a un final que cada lector interpretará de una manera, pero que, en cualquier caso, hace imaginar varias posibilidades.

Un buen y breve libro.


viernes, 26 de octubre de 2018

Agua verde, cielo verde – Mavis Gallant



              Las relaciones entre padres e hijos es argumento recurrente en la literatura. Es el caso de Agua verde, cielo verde, breve y magnífica obra de la autora canadiente Mavis Gallant, que publicó en 1959 y que a España ha llegado de la mano de Impedimenta.

              Pero que sea una magnífica novela no quiere decir que sea de lectura tranquila. Leerla produce inquietud y desasosiego, porque nada de lo que se cuenta es agradable. Las dos protagonistas, madre e hija, viven en una situación de mutua dependencia tras la huida de la primera de los Estados Unidos tras una infidelidad. Pasan la vida en Europa, alternando vacaciones aquí y allá con la vida en París, donde la hija acaba casándose e instalándose con la madre a cuestas mientras el marido se ve continuamente en una complicada situación.

              Con un lenguaje certero y una prosa limpia, sin florituras y muy eficaz, Mavis Gallant se mueve entre el presente y el pasado relatando muy pocos episodios de la relación entre ambas, pero tan elocuentes y significativos que el infierno que cada una de esas dos mujeres representa para la otra acaba formándose en la mente del lector. La destrucción de la personalidad a través del autoengaño de creer que se está aprovechando la vida, de eso trata Agua verde, cielo verde.

              Una gran novela corta que transmite más en pocas páginas que otras similares en centenares.


lunes, 14 de abril de 2014

Botchan - Natsume Soseki



          Botchan (cuya traducción es algo así como “muchacho”) es la forma en la mujer que lo cuidaba llama a un chico algo gamberrete, originario de Tokio que, a principios del siglo XX (la novela fue publicada en 1906), tras unas relaciones familiares desapegadas que terminan con la separación de los hermanos huérfanos y una muy buena relación con la mujer antes citada, emplea su escasa herencia en sacar sus estudios adelante, y termina como profesor de matemáticas en un instituto situado un poco más allá del quinto pino, dados los transportes de la época.

          Una vez en su destino, dos son las preocupaciones del protagonista: encontrar a alojamiento e ir trabajando, lo cual implica relacionarse con el resto de sus colegas y con los alumnos.

          Pese a los sobresaltos de la adolescencia, a sus poco más de veinte años y comenzando a ganarse la vida, es un hombre orgulloso, honrado, idealista y poco versado en el trato con sus semejantes. Por eso choca de inmediato con la experiencia de sus colegas, mucho más pragmáticos. Botchan  habla de ellos desde la superioridad moral de quien cree saber distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, y además se mueve con rectitud. A mostrar esa superioridad a menudo desdeñosa ayuda el que se refiera a todos a través de motes. Lo que ignora es que los demás se valen de su ingenuidad y falta de experiencia para divertirse a su costa, o para manipularlo y ponerlo a favor o en contra de unos y otros en el pequeño mundo de camarillas y rivalidades creado por los profesores. Creyendo tener el timón de su vida, en realidad va orgullosamente a la deriva.

Natsume Sōseki (1867-1916)
          Las vivencias de Botchan, no obstante, se agotan pronto, porque se limita a trabajar, se contenta con pequeños placeres, y además aprende rápido. Y con este aprendizaje llega el fin de una novela que en la actualidad, bajo el imperio del criterio comercial, nadie publicaría porque no hay una trama propiamente dicha creada para capturar la atención del lector. Simplemente hay una exposición de hechos, pero no hay nada que descubrir, ni peligros a evitar, ni acción trepidante, ni grandes conflictos psíquicos, ni nada por el estilo. Botchan es un relato donde, simplemente, se confronta la altitud de miras y la ingenuidad propia de la juventud con el mundo más rastrero y prosaico que surge de la experiencia, todo ello a través de una vivencia tan frecuente y poco épica como comenzar a dar clases en un instituto.

          Sin embargo, pese a la sencillez del planteamiento Botchan es una gran novela, pues quien más y quien menos todo el mundo ha tenido en la vida uno o varios periodos de inmensa candidez, en los que creyendo actuar correctamente no ha hecho más que permitir que los demás se aprovechen de él. Todo el mundo ha sido Botchan una vez u otra. Ese es el gran mérito de la obra.

          Dada la edad del protagonista en la novela, lo conocemos en el último instante antes de la pérdida completa de la inocencia, aunque a esa edad suelen quedar ya pocos inocentes. Un tema ya abordado en otras muchas obras, posiblemente por aquello de que siempre se echa de menos la juventud, y porque la pérdida de la inocencia implica una especie de “muerte” que difícilmente se compensa con el “nacimiento” de un ser adulto y desengañado. La introducción cita reiteradamente El guardián entre el centeno, de Salinger, la cual leí hace tantos años que no recuerdo lo bastante para poder comparar. Más cercana en el tiempo aunque en un tono completamente distinto, trata el tema del fin de la infancia Paraíso inhabitado, de Ana María Matute.

          Por último, en algún sitio he leído que Botchan es una novela de humor. Sí y no. No, porque su objetivo es más ambicioso, hasta el punto de que el humor es más un medio que un fin. Y sí, porque de la ingenuidad de Botchan surge un contraste brutal con al mundo real, y sabido es que el humor no es otra cosa que el contraste entre lo que uno cree que va a encontrar, y lo que de verdad encuentra.