En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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viernes, 27 de marzo de 2026

Los viejos amores – Rosa Ribas

 


     Al finalizar la reseña de «Nuestros muertos» dije que «lo normal, hablando de series de novelas, es que a una primera de éxito sucedan unas cuantas que lo explotan, y que suelen ir a la baja porque el producto se exprime y pronto todo es repetir y sostener el invento con argumentos artificiosos. Bueno, pues aquí ocurre lo contrario: cada una de las novelas de los Hernández me ha gustado más que la anterior». Lo reitero, pero añadiendo que mantener o mejorar en la cuarta novela de una saga aún es más complicado que hacerlo en la tercera. Gran mérito el de Rosa Ribas por su imaginación y habilidad.

    «Los viejos amores» encuentra a Mateo Hernández y su familia más o menos como los dejó «Nuestros muertos». Nada significativo ha sucedido entre una y otra historia. Así que siguen con sus traumas y sus trabajillos y también en el punto de mira de un inspector de los Mossos cuya fijación por ellos es tan inexplicable por el odio que la sostiene como entendible por los sucesos conocidos por los lectores de las anteriores novelas.

    «Los viejos amores» comienzan con el funeral de una vecina del barrio conocida de Lola, la matriarca, que comete la excentricidad (siendo ella) de acudir al funeral, lo cual dispara varias alarmas. Y de ahí que Mateo meta la nariz en el asunto, con la connivencia del hijo y la oposición de la hija de la finada. Pronto descubre que la mujer, ya entrada en años, había comenzado lo que parecía una relación amorosa con un antiguo compañero de colegio.

    Ahora, que si el tipo era un don Juan o un Ebenezer Scrooge lo sabrá quien lea la novela.

    Rosa Ribas cultiva con éxito una rara habilidad: el gran follón iniciático que suele fundamentar casi toda novela negra de principio a fin en su caso se resuelve bastante antes del final para enlazar con otro tan íntimamente relacionado que no se pierde la unidad de acción. Esto produce un fuerte efecto de verosimilitud y da a la obra agilidad, porque pasan muchas cosas, y contundencia porque no necesita marear la perdiz para llegar al número de páginas que piden las editoriales. Es decir, que don Juan/Ebenezer Scrooge es importante en esta historia, pero no solo él. 

    Como los lectores de las anteriores novelas ya saben, los hilos conductores que unen a unas obras con otras son las vicisitudes de la familia Hernández. Su evolución es también parte crucial de cada novela. En esta la situación de los personajes nuevamente evoluciona (o involuciona, según se mire), permaneciendo intocable el dúo Mateo-Lola. Son los demás, Nora, Amalia, Ayala… quienes, siempre mediatizados por la situación dominante del padre, intentan ser ellos mismos, que para eso son todos gente de carácter y cada uno con sus rarezas, razón por la cual… Bueno, leed el libro.

    Nada nuevo que decir en cuanto a la escritura: tan clara, bien ordenada, eficaz y profesional como en las anteriores novelas, fusionada con la historia por cómo transmite el cariño y respeto por los personajes y por el barrio, Sant Andreu, que sigue formando parte del decorado como una especie de animal mitológico, el barrio de toda la vida (de toda la vida de quienes ya llevan mucha andada) que sobrevive en la ciudad más turística de España gracias, en parte, a la transfusión de nuevos vecinos capaces de respirar el mismo tipo de vida aunque sean venidos de quién sabe dónde, como el informático que no siempre es ruso. 



lunes, 6 de octubre de 2025

Nuestros muertos – Rosa Ribas

 


«Nuestros muertos» lo mismo puede hacer referencia a los familiares y seres queridos difuntos que a los líos y follones que se acumulan y amenazan nuestra tranquilidad.

La primera acepción es la que viene a la cabeza de quien haya leído la anterior novela de esta brillante saga (recomiendo leerlas por orden), pero la otra también tiene su razón de ser, habida cuenta de los secretos de la familia Hernández (el peor de los cuales, por cierto, procede de la anterior entrega y tiene su influencia en esta) y de los asuntillos en los que cada uno de sus componentes se acaba metiendo en estas páginas.

Ha pasado tiempo desde el fin de la anterior novela, y la agencia de detectives está desmantelada. Mateo es detective asalariado, la hija mayor se ha buscado la vida en otras actividades y la pequeña y su pareja, un tipo duro antiguo colaborador de la agencia, han montado su propio negocio de investigación y derivados.

Mateo, tan profesional unas veces como chapucero y liante otras, se topa, de estrangis, con un caso peculiar: la desaparición de un joven hombre de negocios, hijo del barrio (esa parte de Barcelona, desconocida para el turista, que es también protagonista de la saga), que lleva entre manos un proyecto impactante. El caso para otros miembros de la familia es distinto: averiguar qué c… está haciendo el patriarca. Y en interrelación de ambos casos averiguamos que hay un policía, un mozo de escuadra, obsesionado con lo que sucedió en la novela anterior y, por tanto, peligrosillo. El caballero, además, estaría más guapo con más escrúpulos. Obviamente, todo esto interfiere en las relaciones familiares y en las laborales de Mateo, por lo que junto a las intrigas propias de lo investigado están las incertidumbres sobre lo que se le viene encima a cada miembro de clan.

Con estos numerosos y alambicados mimbres Rosa Ribas elabora una historia buenísima, de calidad, con un ritmo allegro ma non troppo, sostenido y consistente. Narra con una claridad meridiana, pero no de modo simplista, sino con la lucidez del buen hacer, de quien sabe ir a un destino complicado sin perderse en rodeos argumentales o lingüísticos.

Lo normal, hablando de series de novelas, es que a una primera de éxito sucedan unas cuantas que lo explotan, y que suelen ir a la baja porque el producto se exprime y pronto todo es repetir y sostener el invento con argumentos artificiosos. Bueno, pues aquí ocurre lo contrario: cada una de las novelas de los Hernández me ha gustado más que la anterior. Cada una me parece mejor, más sólida y mejor acabada. Por eso, tras leer la primera «Un asunto demasiado familiar» (sobre la que había recibido información errónea), tardé algo en leer la segunda. Pero tras leer «Los buenos hijos» corrí a comprar esta. Y cuando he terminado «Nuestros muertos» me he apresurado a comprar «Los viejos amores», que ya me espera en la estantería. 

Rosa Ribas es una gran, gran escritora que para colmo, y a diferencia de la mayoría, mejora libro a libro.


lunes, 30 de junio de 2025

Los buenos hijos – Rosa Ribas

 



Muy buena y sólida es esta segunda entrega (2021) de la agencia familiar de detectives de Mateo Hernández, situada en el barrio de Sant Andreu, en Barcelona, en una vieja casa colonial donde también viven buena parte de los personajes. Aunque, eso sí, recomiendo haber leído antes la primera, que reseñé el año pasado: «Un asunto demasiado familiar» (2019).

La recomendación trae por causa que las complejas relaciones entre los Hernández son una continuación de aquella novela. No descubro nada si digo que la madre sigue con sus problemas psiquiátricos y que el padre, Mateo, continua ejerciendo de jefe y no de socio de sus hijos, y que las relaciones con ellos tienen todo que ver con lo que sucedió en la novela anterior y, sobre todo, con por qué sucedió. En «Un asunto demasiado familiar» la hija mayor, Nora, había desaparecido, al parecer voluntariamente, y al final el lector conoció las razones (que no voy a decir aquí para no reventar nada a nadie). En «Los buenos hijos» todos los lectores las conocen ya (y a quien no, se le recuerdan) pero la mayor parte de los personajes siguen ignorándolas. Esta es una de las patas sobre las que se apoya la novela.

Otra viene dada por los casos que llegan a la agencia. Varios y de diferentes tipos, que alcanzan a despertar un fuerte interés, lo cual da ocasión para que cada cual ejerza sus habilidades, incluso las inconfesables. Las sospechas sobre estas últimas tampoco mejoran el clima familiar.

El bípedo anda solito hasta que ambas patas se enredan, cuando los casos y el modo en que los abordan los personajes, cada uno con su personalidad, acaban por tener consecuencias en las relaciones entre ellos y en la suerte de cada uno, con morrocotuda sorpresa incluida que de pronto pone todo patas arriba y abre la vía a una acción mucho más contundente y emocional, frente a la racionalidad previa. La cosa termina como sabrá quien lea la novela.

Me permito apuntar que la reacción a esa sorpresa genera una tensión emocional enorme al llevar al límite la pugna entre la individualidad de cada uno, siempre rupturista, y el espíritu del clan, siempre aglutinador. Una tensión que ya desde la primera novela servía para enmarcar emocionalmente la trama.

Lo que de «malo» tiene la novela es en realidad muy bueno: resulta complicado empatizar con ninguno de los personajes porque, muy a su pesar, todos tienen más sombras que luces. No tanto porque sean gente malvada, que no lo son aunque sí tengan los escrúpulos un tanto desordenados, sino porque son presas de sus limitaciones, miedos, complejos y obsesiones. El padre tiene un pasado lejano y oculto, como su fiel ayudante Ayala, y mantiene a sus hijos como segundones en la agencia; la madre está como una regadera según el día, y su sola presencia es inquietante; además, ninguno de los dos es demasiado afectuoso con nadie. La tía tiene un algo de estorbo; y en cuanto a los tres hermanos, ninguno está a gusto con su vida: Nora está reubicando su existencia y su obsesionada cabeza; Amalia anda en una delicada posición pues si no defrauda a su hermana lo hará a sus padres y además no sabe qué debe hacer para ser fiel a sí misma; y Marc anda presa de sus complejos, vicios y circunstancias no demasiado risueñas. Para colmo, seamos sinceros, no les sucede nada alentador.

La consecuencia es que el ambiente no es muy agradable y sí estresante y deprimente. Esto, que quizá a algunos lectores no les guste por lo que tiene de desasosegante, es, en cambio, un gran mérito. La historia es lo que es, y debe ser áspera para no ser otra. Una historia, volviendo al principio, sólida y solvente, escrita con claridad, orden y lucidez.

No creo que tarde mucho en leer la tercera entrega: «Nuestros muertos» (2023).


jueves, 16 de enero de 2025

Peces abisales – Rosa Ribas

 


El animalico que acompaña al libro en la foto no es un pez abisal, pero avisa al pez. ¿De qué? Su presencia le advierte de que quizá se haya acercado demasiado a la superficie.

Es lo que hecho Rosa Ribas en este magnífico libro que me ha gustado muchísimo: salir a la superficie o, mejor dicho, exponer pensamientos, recuerdos y reflexiones que normalmente permanecen latentes en el fondo de la mente, casi transparentes hasta para su dueño. Pero si esto sitúa al lector en el papel del bicho de la foto, que sea por las pinzas y no por la pinta, porque este libro hay que agarrarlo y no soltarlo.

Algunas de las cosas que Rosa Ribas cuenta tienen que ver con su formación, su profesión, sus peripecias vitales y sus libros, y otras, las más agudas, con que nos relacionamos con el mundo a través del lenguaje, de modo que unas cosas por el concepto y otras por las palabras utilizadas, casi nada acaba siendo inocente.

Esto último es especialmente visible cuando alguien como ella, que se ha desenvuelto en dos culturas e idiomas diferentes, te explica algunas cosas tan bien como lo hace en este libro. Las emociones buscan un lenguaje para expresarse, y encontrarlo o no influye en la emoción misma. Lo que de un idioma a otro cojea, cojea también en lo emocional y más para quienes tienen cada pie en una cultura con los consiguientes problemas de traducción emocional, y a menudo conduce al sentimiento, que tantas personas hemos llegado a experimentar, de que cuando te vas de tu tierra acabas por no ser de ningún sitio: no tienes las raíces del lugar donde estás, pero cuando regresas a tus orígenes el tiempo los ha cambiado y no los reconoces.

    Rosa Ribas comparte su visión (entre admirada y desconcertada, pero resuelta y penetrante) sobre el mundo y sobre su propia vida con eficacia. Se apoya en el humor cervantino, que es la concepción del humor que a mí me gusta. Se ríe de sí misma, pero no se burla, y al hacerlo acaba por encima de todas aquellas situaciones que una vez parecieron obstáculos difíciles o imposibles de superar. Esto, junto a las lúcidas reflexiones expuestas con concisión y claridad al hilo de algunas situaciones comunes y de otras que a casi todo el mundo pasan inadvertidas, produce la sensación de estar ante un libro tan bueno como ameno, original e inteligente.

    Uno comienza leyendo a una autora de la que sabe más o menos y ha leído más o menos (en mi caso más que menos) y termina el libro con la sensación de haber leído a una buena, admirada y querida amiga.

Peces abisales es un placer para cualquier lector. Un paseo por las profundidades que es a la vez atrevido y confortable. No es una mezcla sencilla de preparar. Disfrutadla.

martes, 16 de enero de 2024

Un asunto demasiado familiar – Rosa Ribas

 


Que cada libro tiene su momento es algo que jamás he dudado, y este es un buen ejemplo: lo compré cuando salió, ha estado tres o cuatro años sin que le hiciera caso y, de pronto, no me preguntéis cómo, ha exigido ser leído. Y lo he disfrutado.

Y además me ha sorprendido, porque por algún motivo (o la publicidad fue mejorable o, cosa bastante probable, no me enteré bien) pensaba que Un asunto demasiado familiar tenía toques de humor. Pues no: es posible que el apellido «Hernández» no tenga el pedigrí de «Marlowe», o que la empresa familiar afectada por las rarezas de toda la parentela no tenga el glamour de los investigadores de élite de un cuerpo policial, pero Un asunto demasiado familiar es también un asunto muy serio, que muestra las cosas desde un ángulo poco frecuente: lo cotidiano desconocido.

          Por esto y por algunas cosas más, se trata de una novela ambiciosa. Y bien resuelta. 

El asunto demasiado familiar del título alude a la desaparición de una de las hijas del protagonista, Mateo Hernández, un detective privado con sede en el barrio obrero de Sant Andreu, al norte de Barcelona, lindante con Santa Coloma de Gramanet. Un detective, también, de juventud descarriada, en cuya empresa prestan servicios otro hijo y la hija que acaba de volver a casa tras separarse. Colabora también un tal Ayala, hombre eficaz y expeditivo. Completa el cuadro la esposa, cuya salud mental es manifiestamente mejorable y, en la vivienda de enfrente en el caserón que habitan con un jardín-huerto en medio, la tía.

La novela es en parte engañosa, porque comienza con un encargo que parece destinado a conducir la acción cuando, en realidad, la autora lo utiliza para hacer una larga y cuidadosa presentación de los miembros de la familia. Hay tantos y la situación de cada uno es tan compleja que se agradece este modo de conducir pausadamente al lector hasta las profundidades de la familia, en lugar de intentar zambullirlo en pocas páginas.

Cuando ese caso es resuelto, queda tanto texto por delante que parece un reto. Si algún lector se ha dejado llevar demasiado por ese primer enigma, quizá tenga la impresión de que le están contando dos historias sucesivas, pero no es así. Son dos historias simultáneas, pero de distinta duración, una de las cuales sirve de lanzadera de la segunda.

Y esta segunda… Bueno, a mi juicio es planteada y resuelta de un modo brillante. Planteada porque no es sino hacia mitad del libro cuando aparece con toda su fuerza, tomando el relevo del primer caso; y resuelta, por lo ingenioso de lo ocurrido.

Una buena lectura que me va a llevar, más pronto que tarde, a seguir con el resto de la saga.




lunes, 21 de octubre de 2013

En caída libre – Rosa Ribas






            En los pocos años que llevo leyendo con cierta regularidad novelas de este género he comprobado demasiadas veces lo mucho que los autores se repiten a sí mismos, hasta resultar algunos más pesados que el plomo; a la enésima vez que uno lee las manías o complejos de un personaje siente ganas de mandar el libro a hacer puñetas, y de enviar al personaje a un psicólogo. Bueno, pues nada de eso sucede en la tercera entrega de la comisaria de Frankfurt Cornelia Weber-Tejedor. La razón es doble: la originalidad del caso concreto por un lado y, por otro, que en lo personal Cornelia evoluciona, y encima con naturalidad. El resultado, una mezcla armónica que el lector disfruta de principio a fin.

            En cuanto a lo primero, lo atípico del planteamiento, una vez detectado que algunas de las empleadas del aeropuerto de Frankfurt encargadas de limpiar los aviones están muy duchas en el arte de introducir droga en Alemania, Cornelia, huyendo del follón afectivo-laboral en que se ha metido, solicita actuar como infiltrada; lo cual le exige cambiar de vida durante un tiempo indeterminado. Tanto debe meterse en el papel y en su nuevo entorno, que en gran medida En caída libre es una novela sobre una empleada de la limpieza metida en un buen lío.

            La tarea es dura: alejada de los suyos, con un incierto panorama afectivo, con nuevas amistades que no deben serlo pero con las que es difícil no solidarizarse porque son la parte más débil de la cadena, la pobre Cornelia acaba dedicando a la cerveza y a ver películas todo el tiempo que no dedica al trabajo. A ello la ayuda primero la frustración de no avanzar (porque de vaciar ceniceros a integrarse en una organización delictiva hay un trecho), y, después, una doble tensión: la de ir descubriendo poco a poco los entresijos del asunto asumiendo el riesgo correspondiente, y la de fingir (o no tanto) una amistad con quienes son a la vez víctimas y delincuentes. Porque, ¿cómo ver a la delincuente sin ver a la víctima que también es?

            La organización criminal es, eso sí, sui generis, debido a las veleidades empresariales de quien parece estar al frente. Pero lo que se pierde en realismo se gana en agilidad e interés (la realidad en estos mundos es demasiado conocida y aburrida como para limitarse a ella).

            Y así es como llegamos a tener una atípica perspectiva novelesca: el crimen se va resolviendo a la vez que se comete.

            El segundo punto que he señalado es la escasa reiteración, pese a ser ya la tercera novela de la serie. El motivo es que Cornelia, como todo hijo de vecino, se adapta mal que bien a los cambios (a diferencia de tantos personajes que permanecen novelas y novelas presas de los mismos pensamientos y obsesiones). Su matrimonio ha hecho aguas, pero un clavo saca a otro clavo, aunque como el clavo esté en el trabajo, mal asunto; entre medio acecha la soledad, sustituyendo a la preocupación. Al mismo tiempo sigue cayendo bien por su propensión a caer en la tentación, a buscar el alivio inmediato aun a costa de dar pasos de ciego, pero esa también es una forma de ir hacia algún sitio, aunque sea el equivocado. No es el único personaje del que se puede decir esto. El perfil de Leopold pasa a estar mejor definido, como esas personas que nos parecen una cosa cuando las conocemos poco, y otra cuando las vamos conociendo mejor (que es lo que ocurre con este personaje). Del resto de los habituales poco se puede decir, porque poco es su papel en esta novela.

jueves, 27 de junio de 2013

Entre dos aguas – Rosa Ribas




    A la comisaria de Franckurt Cornelia Weber-Tejedor me la “presentó” un amigo tan aficionado a este género que hace muchos años que ha dejado de ser un aficionado para ser un experto. Entre dos aguas es la primera novela de esta policía hija de padre alemán y madre española emigrada en los años sesenta. Aunque, para mí, es la segunda, porque me fue presentada a través de Con anuncio.

    Y eso ha condicionado la lectura de Entre dos aguas (creo que para bien), porque al interés de la historia he unido el de buscar la confirmación de aquellas cuestiones que había deducido, con mayor o menor acierto, al leer Con anuncio.

    Cornelia es una comisaria ya madurita, cuyo marido anda por Australia en moto, tratando de encontrarse a sí mismo (extravagancia lo bastante notable como para sentir cierta compasión por la esposa, sola y trabajando sin parar). Cornelia lleva una vida volcada en el trabajo, sin apenas tiempo para sí misma ni para la vida social, tiene una madre que sigue teniendo mucho de la pueblerina que emigró, un padre con un perfil bastante plano, un compañero de trabajo que ha pasado de inseparable a misterioso, malas relaciones laborales con un colega, relaciones pragmáticas con un superior al que respeta más que teme, y es también una comisaria que acaba de enrolar en el equipo a un policía de buen ver; aunque el muchacho, a consecuencia de no saber dónde se mete, acaba compadreando más de lo previsto con el “colega enemigo”. También mantiene una relación de complicidad, aunque estrictamente profesional, con el forense. Y, lo que parece más importante, Cornelia tiene ciertas dudas acerca de si es alemana, española o qué, aunque a todos los efectos se considere alemana.

    Y esas dudas se ponen de manifiesto en esta historia, porque el muerto que aparece en el río es miembro de la colonia española, e incluso conocido por su madre. Por una parte Cornelia debe hacer su trabajo como comisaria alemana, y por otra la colonia española no deja de considerar oportuno que la investigación la realice “uno de los suyos”. De ahí la necesidad de afirmarse; aunque esa misma afirmación, por otra parte, es complicada cuando su madre sigue siendo más española que la tortilla de patata, y a través de ella Cornelia ha comprendido (o al menos tolerado) buena parte de las costumbres hispanas inexplicables bajo una óptica germana.

    Así, a la tensión propia del esclarecimiento de un crimen, se une cierta tensión “social” derivada del deseo del colectivo español de no verse salpicado ni señalado por el delito.

    El devenir de la investigación conduce a algunas alusiones a episodios ambientados en la guerra civil y en la postguerra, trauma que para los emigrantes españoles no evolucionó igual que para quienes permanecieron en España por la sencilla razón de que el emigrante no podía ver con sus propios ojos cómo cambiaban las cosas y cómo evolucionaba la "memoria social". Y la trama de la novela se complica con la presencia, más o menos inquietante, de un sobrino del finado que es un permanente sospechoso (y no desvelo si justificadamente o no).

  Paralelamente, aparece en otro “caso hispano”. El de una muchacha ecuatoriana empleada del servicio doméstico de un tipo influyente, que de buenas a primeras desaparece. No sé muy bien qué papel juega esta trama en la novela: si darle mayor extensión, mayor realismo porque la policía suele conducir a la vez varias investigaciones, si tratar de complicar la previsión del desenlace o el desenlace mismo, o si pretende, simplemente, oxigenar la investigación del caso principal para hacer más ligera la lectura. No es un recurso novedoso, y en Entre dos aguas está bien resuelto, porque queda integrado y los saltos de un tema a otro le dan agilidad.

    Una duda me queda: cuáles son las dos aguas entre las que navega la protagonista. Si al principio parece una referencia al río donde aparece el muerto, enseguida se ve que hay muchas dobles corrientes que atrapan a la comisaria, situada entre las aguas de la colonia española y la sociedad alemana, situada también entre el agua de un caso y otro, en medio de dos colaboradores cuya relación tiene su aquel, e incluso enfrentada a una disyuntiva personal mientras su vida siga como está sin que su marido se moleste en hacer otra cosa que corretear por Australia.

    Una lectura agradable y entretenida, que conviene seguir en las restantes entregas de la serie.


lunes, 20 de mayo de 2013

Don de lenguas – Rosa Ribas, Sabine Hofmann



Don de lenguas es una de esas novelas que se recuerdan largo tiempo, porque se comienza leyendo con calma y se termina leyendo con avidez, porque el lector se solidariza con las dos mujeres protagonistas, porque tiene un marco temporal y espacial reconocible y ya casi elevado a la categoría de “clásico”  por aparecer tanto en grandes novelas como en novelas no tan grandes pero de gran difusión, y porque es una novela cuya acción va de menos a más, comenzando de forma lenta, y acelerando progresivamente hasta un final intenso donde la acción toma giros tan inesperados como razonados y brillantes, que permiten lo que tantos lectores desean: que el desenlace coincida, casi, casi, con el punto final.
Es decir, una de esas obras que uno recomienda leer, porque aunque a bote pronto sea fácil realizar algunas objeciones, es complicado ofrecer alternativas a cada una de ellas. Por ejemplo, es cierto que en alguna ocasión las protagonistas son demasiado osadas para el perfil que han dado hasta ese momento, pero si no lo fueran la historia no sería viable, porque nadie puede investigar un crimen quedándose en su casa; otro ejemplo, en algún punto hay búsquedas de datos que enlazan con las novelas juveniles de misterio, lo cual no es muy realista, pero la verdad es que contribuye a dar emoción y se relaciona con el espíritu que a algunas novelas centradas en la Barcelona de esos años han dado muchas obras en los últimos años, y además refuerza la posición de una de las dos protagonistas, Beatriz, cuyo papel en otro caso quedaría desequilibrado, en perjuicio del conjunto. El último ejemplo que se me ocurre lo mismo podría ser una crítica que una alabanza: al final todo encaja de tal forma que parece demasiado perfecto para ser real. En resumen, “críticas”, con comillas, que surgen de la idea de que estamos ante una novela policíaca (de hecho, está en la colección “Policíaca” de Siruela), cuando en realidad es algo más, porque enlaza elementos de otros géneros, lo que hace de Don de lenguas una novela que gustará a un abanico muy amplio de lectores. 
La acción se sitúa en la Barcelona de los primeros años 50, cuando el régimen franquista está ya lo bastante consolidado como para manipular a su antojo lo mismo a la policía que a los medios de comunicación;  pero, a la vez, se siente lo bastante vulnerable como para ejercer ese dominio con toda su crudeza. La protagonista, Ana, es una joven periodista de La Vanguardia (periódico del que su padre ha sido depurado) dedicada a los temas de sociedad; información banal, aunque importante para el periódico  en la medida en que sirve para contentar a las clases poderosas. A consecuencia de la baja de un compañero de la sección de sucesos, más bien trepa y traidorzuelo, Ana recibe el encargo de hacer el seguimiento, mano a mano con la policía, del asesinato de la viuda de un conocido médico de la burguesía barcelonesa. El objetivo es dar una buena imagen de la ciudad, una imagen de orden y solvencia policial, de cara al Congreso Eucarístico que se ha de celebrar poco tiempo después.
Pero, claro está, las altas esferas se relacionan con las altas esferas, e investigar la muerte de una persona de cierta relevancia implica molestar a otras tan relevantes o más, por lo que el interés del la policía y del Gobernador Civil por el caso no es tanto averiguar la verdad como zanjar la investigación de forma rápida. Ana, en cambio, está más preocupada por la verdad, lo cual la conduce a actuar con su cuenta. Esto la lleva a mantener una relación de “amor-odio” (mucho odio y poquísimo amor) con el policía encargado de la investigación, un tipo duro, que si está ahí no es precisamente para cuestionar el régimen, y que está lo bastante asendereado para saber, sin que nadie se lo diga, cuándo y ante quién debe parar. En definitiva, un tipo tan expeditivo como pragmático, sabedor de que su papel en la policía no es hacer justicia, sino ganarse la vida.
En esa acción Ana acaba recurriendo a una familiar: Beatriz. Una experta lingüista capaz de extraer un buen número de conclusiones de cualquier cosa expresada con palabras. Beatriz, además, ha sufrido también la depuración del franquismo, y malvive en su casa a la espera de poder prosperar, gracias a sus investigaciones, en el extranjero. Así llegamos a una novela en la cual el lenguaje y la literatura toma forma como parte de la acción, lo que siempre agradecen los lectores, porque de alguna manera implica conectar con su mundo. Por último, que la pareja protagonista no sea “chico-chica” no deja de ser una novedad en los tiempos que corren, y como no hay pareja literaria sin antagonismo, en esta ocasión es la diferencia de edad lo que ofrece las distancias necesarias para complementarse y sorprenderse mutuamente.
El entorno de los personajes es asfixiante debido a la censura y al control absoluto de lo que se dice y hasta de lo que se piensa, a poco que se acierte a expresarlo. Aumenta esa sensación el hecho de que las protagonistas sean mujeres, porque en esa época una mujer actuando por su cuenta, yendo, viniendo y decidiendo no dejaba de ser una excepción y, como toda excepción, algo cuestionado y llamativo. Hasta el hecho de vivir sola precisa explicación. Colabora a ese ambiente cierto “maniqueísmo” en los personajes: de los opuestos con más o menos intensidad al franquismo se da la visión amable, esforzada, sacrificada, resignada, mientras que los integrados en el régimen son tipos que han sacrificado su sensibilidad, que miran hacia otro lado, o que, directamente, se aprovechan de la situación; solo el policía acaba teniendo un perfil más real, pues tiene sus luces y sus sombras. En consecuencia, las aventuras de la protagonista ganan en intensidad, porque cuando el entorno no le es hostil, le resulta impotente. 

El resultado, una novela que acaba enganchando al lector, con una trama ejecutada con maestría, y que merece la pena leer.




lunes, 4 de marzo de 2013

Con anuncio – Rosa Ribas




           Comento la segunda novela que protagoniza la comisaria Cornelia Weber-Tejedor, antes, lo confieso, de haber leído la primera, Entre dos aguas.

           Cornelia es una policía de Frankfurt que ronda los cuarenta, hija de padre alemán y madre inmigrante española, gallega, ambos de escasa cualificación y obreros de la industria alemana. Lo señalo porque todo es importante: Cornelia está en esa edad donde ya se tiene la experiencia suficiente para saber que pocos sueños se cumplen aunque, a la vez, todavía tiene tiempo por delante para rectificar algunos errores si está dispuesta a asumir el coste de la rectificación, que suele pasar por zanjar ciertos desaguisados familiares -que en este caso parecen traer causa en la novela anterior, aunque no hace falta haberla leído-; las costumbres inculcadas por su madre hacen de ella, además, un personaje simpático para el lector español, por reconocerse en algunas de ellas y porque hacen de la comisaria un bicho ligeramente raro en Frankfurt, lo cual provoca cierta solidaridad (aunque, por otra parte, en una ciudad con abundante población extranjera la “rareza” es la norma). Y, por último, los orígenes laborales de los padres le dan por una parte el orgullo de haber prosperado y, por otra, la sensatez que adquiere quien todo se lo ha ganado trabajando. Estos son los factores que determinan su personalidad. Todo ello nos conduce a una persona abierta, algo cabezota, trabajadora y más segura de sí misma que de los demás; con sus miedos, sus cabezonadas y su orgullo tendiéndole zancadillas con más frecuencia de la que desearía.

            Aunque su responsabilidad son los homicidios, mientras están investigando el supuesto asesinato de una prostituta del este Cornelia recibe un encargo de su jefe: husmear qué está ocurriendo en una agencia de publicidad que ha recibido varios anónimos antes de culminar la fiesta con una bomba falsa. El trabajito parece más relajado que complicado, y, por momentos, la presencia de Cornelia en la agencia parece un despliegue desproporcionado; como si le hubieran dado ese trabajo para que se entretuviera en algo. Esta forma de actuar permite a la autora ir presentando a los distintos personajes, e informar de que la agencia estaba a punto de conseguir el contrato de su vida, por el que hay serias disputas. En esto y en el asunto de la prostituta, que parece un “tema menor”, se va casi la cuarta parte de la novela, y reconozco que este trecho se me ha hecho un poco largo, aunque no demasiado, porque la acción parece estancada.

            Todo cambia, sin embargo, cuando aparece asesinado uno de los principales responsables de la agencia. A partir de aquí la novela da un vuelco, la información previa comienza a tener utilidad, y la historia coge un ritmo que acelera poco a poco hasta el final.

            La novela es de intriga, no de acción. Por tanto hay cierta introspección y frecuentes elucubraciones que ayudan, sin resultar reiterativas, a que el lector tenga presente en todo momento los datos relevantes. Pero solo con personajes dándole vueltas a la cabeza es complicado hacer una novela de estas dimensiones, y por eso el jefe tiene la idea de crear un equipo bicéfalo, con Cornelia, un tal Junker y los chicos de una y otro. Huelga decir que ambos no pueden verse. Es un recurso frecuente en la literatura y en el cine: hacer convivir a quienes se aborrecen siempre da juego. Cómo terminan ambos, de entre todos los finales posibles, lo sabrá quien lea la novela. A la vez, como cada uno es de su padre y de su madre y cada uno está en una etapa profesional completamente diferente, la relación de cada cual con cada uno de sus colaboradores es muy distinta.

          Y esas relaciones debemos verlas a la luz de una de las cosas que más consistencia da al conjunto: Cornelia no es un robot, sino una persona incapaz de hablar con alguien, de interrogarlo o de preguntarse por su vida sin sentir una corriente de simpatía, antipatía, temor, desprecio o lo que sea, por más que se fuerce a sí misma a ser imparcial. Las relaciones entre las personas se basan en esas primeras impresiones, en la inconsciente tendencia a completar, y en la forma en que el posterior conocimiento nos obliga a rectificar y a afrontar los errores, y eso sustenta la novela de forma mucho más sólida de lo que la trama por sí sola permitiría.

            Una obra entretenida en lo que de intriga tiene (no se sabe el desenlace hasta el final, por más que haya ideas que desde el principio el lector tiene muy claras, de la misma forma que hay algunas otras que despistan), y que, por lo que de humano tiene Cornelia, resulta hasta divertida.

             En resumen: pienso leer las otras novelas de la serie.





lunes, 4 de junio de 2012

La detective miope - Rosa Ribas


Original novela de intriga que no deja indiferente por el brutal contraste del tono humorístico (que suena amargo) y los personajes más o menos raros, con el afán de venganza que motiva la acción: la protagonista, una detective privada, quiere localizar a quienes asesinaron a su esposo (Mosso en Barcelona) y a su hija de corta edad.

Para localizar a los asesinos, y aquí radica la originalidad, no tira de ningún hilo, sino que parte de una noticia leída en una revista: entre cualesquiera dos personas del mundo no hay más que media docena de “escalones”. Es decir, entre quien lee esto y, por poner un ejemplo, Barack Obama, no se interponen más de seis personas. Es posible, claro. Todo el mundo conoce a alguien que conoce a no sé quién que conoce a otro que tiene un primo que una vez tuvo contacto, pongamos, con el Rey, el cual conoce a Obama. Más complicado es, claro está, que haya solo seis escalones entre perfectos desconocidos. En este caso, seis escalones entre la detective y quien asesinó a su familia.

Pero con esa idea (en boga últimamente gracias a las redes sociales), la protagonista, en medio de una creciente miopía, al salir de la clínica donde ha estado internada tras el trauma consigue trabajo de detective en una agencia modesta, y se apresta a tratar seis casos, los que le lleguen, traten de lo que traten y afecten a quien afecten, confiada en que a su fin habrá dado con los asesinos.

Esto da ocasión a la autora de trenzar varias historias diferentes, que nada tienen que ver entre sí, al menos en apariencia, aprovechando que cada persona tiene su vida pero ninguna es completamente independiente del resto. Así vemos al padre preocupado por los despistes contables de su hijo, o el trabajador que se ausenta del trabajo y que se cree heredero de la monarquía de Hawaii.

Si al final se cumple lo de los seis escalones, que lo juzgue el lector. Para mí es lo de menos en una novela cuyo planteamiento es tan original como inquietante la mezcla de humor y tragedia.