Al finalizar la reseña de «Nuestros muertos» dije que «lo normal, hablando de series de novelas, es que a una primera de éxito sucedan unas cuantas que lo explotan, y que suelen ir a la baja porque el producto se exprime y pronto todo es repetir y sostener el invento con argumentos artificiosos. Bueno, pues aquí ocurre lo contrario: cada una de las novelas de los Hernández me ha gustado más que la anterior». Lo reitero, pero añadiendo que mantener o mejorar en la cuarta novela de una saga aún es más complicado que hacerlo en la tercera. Gran mérito el de Rosa Ribas por su imaginación y habilidad.
«Los viejos amores» encuentra a Mateo Hernández y su familia más o menos como los dejó «Nuestros muertos». Nada significativo ha sucedido entre una y otra historia. Así que siguen con sus traumas y sus trabajillos y también en el punto de mira de un inspector de los Mossos cuya fijación por ellos es tan inexplicable por el odio que la sostiene como entendible por los sucesos conocidos por los lectores de las anteriores novelas.
«Los viejos amores» comienzan con el funeral de una vecina del barrio conocida de Lola, la matriarca, que comete la excentricidad (siendo ella) de acudir al funeral, lo cual dispara varias alarmas. Y de ahí que Mateo meta la nariz en el asunto, con la connivencia del hijo y la oposición de la hija de la finada. Pronto descubre que la mujer, ya entrada en años, había comenzado lo que parecía una relación amorosa con un antiguo compañero de colegio.
Ahora, que si el tipo era un don Juan o un Ebenezer Scrooge lo sabrá quien lea la novela.
Rosa Ribas cultiva con éxito una rara habilidad: el gran follón iniciático que suele fundamentar casi toda novela negra de principio a fin en su caso se resuelve bastante antes del final para enlazar con otro tan íntimamente relacionado que no se pierde la unidad de acción. Esto produce un fuerte efecto de verosimilitud y da a la obra agilidad, porque pasan muchas cosas, y contundencia porque no necesita marear la perdiz para llegar al número de páginas que piden las editoriales. Es decir, que don Juan/Ebenezer Scrooge es importante en esta historia, pero no solo él.
Como los lectores de las anteriores novelas ya saben, los hilos conductores que unen a unas obras con otras son las vicisitudes de la familia Hernández. Su evolución es también parte crucial de cada novela. En esta la situación de los personajes nuevamente evoluciona (o involuciona, según se mire), permaneciendo intocable el dúo Mateo-Lola. Son los demás, Nora, Amalia, Ayala… quienes, siempre mediatizados por la situación dominante del padre, intentan ser ellos mismos, que para eso son todos gente de carácter y cada uno con sus rarezas, razón por la cual… Bueno, leed el libro.
Nada nuevo que decir en cuanto a la escritura: tan clara, bien ordenada, eficaz y profesional como en las anteriores novelas, fusionada con la historia por cómo transmite el cariño y respeto por los personajes y por el barrio, Sant Andreu, que sigue formando parte del decorado como una especie de animal mitológico, el barrio de toda la vida (de toda la vida de quienes ya llevan mucha andada) que sobrevive en la ciudad más turística de España gracias, en parte, a la transfusión de nuevos vecinos capaces de respirar el mismo tipo de vida aunque sean venidos de quién sabe dónde, como el informático que no siempre es ruso.

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