Edgar Neville nació el día de los inocentes de 1899 y murió el día del libro de 1967, fechas bastante lógicas para un escritor de humor, aunque tocó también muchos otros palos, especialmente el cinematográfico.
No había leído nada suyo, aunque siempre lo he visto codeándose con grandes como Enrique Jardiel Poncela o Miguel Mihura, si bien al menos un escalón por debajo.
El escalón, si cometo la injusticia de juzgar a Neville por esta obra, es muy alto, pero leeré alguna más con la esperanza de que este primer juicio sea equivocado.
Y es que «Don Clorato de Potasa» (ridículo nombre de guerra elegido por el achispado protagonista para sus correrías) es una obra que merece un «psé» y solo uno. Fue publicada en 1929, así que tiene la excusa de la bisoñez.
En realidad, no es ni una historia, sino más bien una secuencia de escenas y ocurrencias inconexas que, según avanzan las páginas, va abandonando personajes en la cuneta; solo permanece el protagonista. No hay argumento ni nada que se le parezca, sino una exposición de gracias. Esto permite chispazos de diversión, algunos pocos momentos brillantes y, sobre todo, una intensa sensación de pérdida de tiempo. A la hora de ponerme a escribir esta reseña he tenido que hacer un notable esfuerzo de memoria, porque nada hay en estas páginas que merezca la pena ser recordado, lo cual no es incompatible con leerlas para escapar un ratito del valle de lágrimas.
La sinopsis accesible a todo el mundo por internet dice que esta obra «se inscribe en las coordenadas de confluencia del vanguardismo y la narración humorística y está dominada por el antitradicionalismo y el antirrealismo propios de la primera etapa literaria de Neville. Sus personajes son seres inconformistas e inadaptados, caracterizados por lo absurdo e inverosímil de su comportamiento». ¡Madre mía! Pues ya está: cuando para atraer a un lector hay que decir «vanguardismo», «antitradicionalismo», «antirrealismo» y «etapa literaria» es que no es posible hacer una promesa jugosa sin mentir como un bellaco. Además, lo personajes ni son inconformistas ni inadaptados. Son personajes del absurdo, que ejercen el gamberrismo con suma seriedad y educación, pero nada más por culpa de la falta de trabazón, y esto es insuficiente para crear un mundo absurdo, que es el gran mérito de los mejores escritores de humor de esta época. Por cierto, un personaje del absurdo no puede ser un inadaptado, porque la gracia está en lo bien que se adapta a un mundo ilógico.
Y pensar que compré este libro en un mercadillo sin dudar, entusiasmado, porque nunca me había topado antes con un libro de Neville… Como dijo el poeta, «¡Cagüen!»

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