En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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sábado, 20 de septiembre de 2025

Charla con Ajonio Trepileto acerca de la libertad de expresión y de las viejas glorias gruñonas

 


El otro día me enteré de que un músico había dicho, en un programa televisivo de máxima audiencia en prime time, que no había libertad de expresión.

Sin otro ánimo que el de pasar el rato comenté esta noticia con Ajonio Trepileto, quien, asombrado, me preguntó si la libertad de expresión no era un derecho exigido por los teóricos de la democracia de finales del XIX y principios del XX no para poder cotillear sin riesgo sobre las aventuras de los insignes o la pelambrera o cretinismo del vecino, sino como condición necesaria para denunciar los abusos del poder; esto es, para pedir cuentas al poder cuando no defiende el interés del pueblo que lo ha elegido. Si esta denuncia no puede hacerse, me explicó Ajonio con gesto grave mientras lamía un Chupa-chups, la democracia se va a hacer espárragos o a freír gárgaras, pues a ver qué guapo puede presentarse como alternativa a quien no puede criticar.

Me mostré de acuerdo, pero le pregunté por la razón de su pasmo ante las declaraciones del músico, pues aún nada me había aclarado al respecto.

Me respondió que no entendía al caballero, porque la libertad de expresión es ahora tanta que la gente no solo la usa, sino que hasta abusa de ella, y la prueba, argumentó, es que no hay político, por poderoso que sea, que no sea víctima a diario de insultos, difamaciones, injurias y calumnias, aunque ahora algunas de estas cosillas se denominan «bulos», lo cual minimiza su importancia porque con esa terminología no están tipificadas en el Código Penal. Y si eso es así, con mayor facilidad se pueden hacer las críticas no hirientes, aunque estas tienen menos público por razón del cariño del pueblo a lo morboso, que ya en tiempos de los romanos el personal prefería ver a un león zampándose a alguien que a ese alguien argumentando sobre su inocencia. En definitiva, en nuestra sociedad hasta el más tonto puede soltar sapos y culebras sobre cualquier poderoso, y altavoces no le faltan gracias a las redes sociales. No obstante, matizó Ajonio que todavía no tiene noticia de que ningún político español haya sido acusado de estar endemoniado, pero lo atribuyó a la falta de imaginación del populacho y de sus oponentes más que a cualquier restricción sobre su libertad de expresión. Manifestó, además, su convencimiento de que, de darse el caso, el acusador no le desearía al acusado un buen exorcismo, sino una afilada estaca en el corazón, habida cuenta de que ya hay quien pide, alegre e impunemente, cárcel y apaleamiento para todo tipo de cargos de diferentes partidos simplemente por ser quien son.

Hay pues, libertad de expresión, sentencio Ajonio, pero también abuso. Y el riesgo es él, pues utilizar la libertad de expresión para reclamar el descalabro del personal puede eliminar dicha libertad no por la vía de la supresión del derecho, sino por la mucho peor de la supresión de su ejerciente.

Tras propinar un tremendo lamentón al Chupa-chups, dijo Ajonio que la falta de libertad de expresión, cuando de verdad se produce, se nota hasta en los pelos. Recordó varios países en los que, como el líder supremo llevaba bigote, todo el mundo se lo había dejado (con lo que eso había supuesto, añadió indignado, de preterición de las féminas). En esos países, advirtió, afeitarse el mostacho podía ser tomado por signo de desafección y labrar la ruina del rapado, que sin pelos sobre la lengua adquiría la condición de sospechoso. Desde ella era sencillo alcanzar la de represaliado; bastaba con que algún compadre lo sugiriera para evitar ser metido en el mismo saco de sospechas. A partir de este momento, si se te ocurría protestar por la injusticia podías alcanzar rápidamente las más altas cotas del martirio: de la trena al cadalso. ¡Y todo porque te picaba debajo de la nariz! Por supuesto, aclaró innecesariamente Ajonio, en estos países proclamar que el líder supremo no es el más inteligente, capaz, garboso, guapo, simpático, laborioso, proverbial, amable y sensible de los seres humanos tiene consecuencias letales.

Acto seguido, para demostrar que no vivimos en un país así, Ajonio se asomó a la ventana y, a voz en grito, profirió horrendos exabruptos contra cierto importante político. Tras unos segundos de silencio, en el edificio de enfrente se oyeron unos aplausos y, en el del al lado, abucheos y un «¡Gilipollas!». Acto seguido, impostando otra voz, berreó otra tanda de improperios, esta vez dirigidos a un político relevante de tendencia opuesta al primero. Los abucheos del edificio de enfrente se solaparon con los aplausos y un «¡Olé tus huevos!» procedentes del colindante. La pareja de guardias que patrullaba por la calle siguió su camino como si tal cosa entre quienes paseaban perros o iban a hacer la compra con la vista perdida en el móvil.

Comentamos entonces por qué, si esto era así, el músico en cuestión se había expresado en televisión del modo en que lo había hecho. Es más, nos vino a la cabeza que unos pocos cantantes se habían pronunciado en similares términos en algún momento de los últimos años.

Sin ánimo exhaustivo ni mucho menos científico, intentamos hacer memoria de quiénes habían opinado algo así y no logramos recordar más que a tres o cuatro, todos por encima de los sesenta y algunos años. Compartían otro rasgo: la totalidad habían vivido su apogeo profesional en los años 80. Es decir, unos cuarenta años atrás. En aquellos momentos toda fama pasaba por Televisiòn Española. No había más canales, ni internet, ni series, ni televisión a la carta, ni nada. Ni tantos restaurantes, que, además, para las posibilidades ochenteras costaban un pico. Por eso la gente solo tenía dos entretenimientos siempre a mano: el sexo y la tele, afirmó Ajonio, omitiendo la lectura, de lo cual tomé nota mental. Pero como uno no puede estar todo día dale que te pego, aseguró, la plebe veía tele muchas, muchas horas cada día. Por eso, para alcanzar una tremebunda fama bastaba con anunciar unos «minutos musicales». Por eso cualquier programilla de TVE llegaba a una proporción de población que triplicaba la que ahora alcanzan los de mayor audiencia. En aquellos programas los invitados demostraban sus habilidades: cantaban, tocaban instrumentos, hacían malabares, se sostenían haciendo el pino sobre un palito… Los presentadores los anunciaban como el no va más. Eran la pera. La repera. Los mejores. Los triunfadores. ¡Un fuerte aplauso para ellos! Los cantantes salían con gesto trascendente y ropa que parecía birlada a un payaso, y entonaban canciones de letras unas veces profundas, otras superficiales y otras que hablaban de polvos pica pica. Pero, por un motivo u otro, quizá solo porque estaban allí, eran los triunfadores. El triunfo es lo único que cuenta en la modernidad, que a menudo lo equipara a la fama, y, añadió Ajonio, quizá sea más complicado alcanzarlo hablando de que Manuel se llenará de cal si se arrima a la pared que filosofando sobre la vida y la muerte. El entusiasmado público aplaudía en directo o enlatado. Eran días de vino y rosas. Todo eran flores, las que difundía la televisión que, como exige la lógica y la educación, trataba exquisitamente a sus invitados, e inmediatamente después, las de los siempre cercanos aduladores, perpetua maldición aneja al triunfo. Los detractores, de haberlos, no tenían cómo manifestarse. A lo sumo algún crítico publicaba un artículo periodístico diciendo que tal cantante no era para tanto, o era un poco feo, o algo tonto, o bastante ridículo, lo cual afectaba mucho al artista señalado, que no tenía otro remedio que incluir al crítico en una lista de individuos a los que no conceder entrevistas, gesto de pacifismo que a veces extendía al medio de comunicación que pagaba las lentejas al inmundo detractor.

Cuarenta años después ocurre que muchos de los espectadores de aquella época reposan en paz (la cantidad aumenta a razón de algo más de 400.000 al año, más o menos, según el INE), y también hay mucha gente que, por el hecho de no haber nacido o de ser muy joven entonces, no recuerda nada de aquellos caballeros. Cuando aquellas viejas glorias salen ahora en televisión casi nadie de menos de cincuenta años recuerda haberlos visto en aquellos lejanos momentos de apoteosis. Muchos, incluso, no los tienen por artistas, sino por concursantes de Master Chef.

La razón es que, a diferencia de entonces, en el presente esta gente ya no sale en televisión cantando, tocando la bandurria o haciendo el pino sobre el palito, sino, como los tertulianos desmadrados, pontificando sobre todo. Solo se diferencian de ellos en que su relación con el presentador es bis a bis, detalló Ajonio. Si los invitados a un programa en lugar de mostrar sus habilidades, como antaño, se limitan a opinar sobre cualquier asunto aunque no tengan ni repajolera idea del mismo, ¿cómo distinguir a un cantante de un futbolista retirado, o de un político abandonado por la política, o de los participantes en los programas de un tal Jorge Javier? La patulea de público nuevo jamás llega a ver en pantalla los méritos que, cuarenta años atrás, el interesado sí mostró ante las cámaras para recreo de tanto público ya difunto o pensionista.

Ocurre, por último, que cuatro décadas atrás quien tenía algo en contra de aquellas estrellas entonces refulgentes, lo comentaba con su familia y amigos, y de ahí no podía pasar. El criticado ni se enteraba. Pero el mundo cambió radicalmente hace unos quince años. Gracias a las redes (y a la libertad de expresión que permiten, puntualizó Ajonio) son miles los que aprovechan la aparición de una persona en televisión para echarle flores en público, pero también para decir que no parece muy espabilado, o que podría haber elegido mejor cirujano plástico, o que es más tonto que un yunque, un estómago agradecido o, simplemente, que es un lamentable mamarracho. Antes, apenas se apagaban los focos solo llegaban los aduladores del entorno. En cambio, ahora llega también un tren flores y otro de improperios. Pero, ¡ay, el ser humano, tan vanidoso que por un solo agravio es capaz de cargarse años de amistad, generosidad y entrega! ¿De qué le sirve al vanidoso un tren de flores frente a otro de ultrajes? Si hace cuarenta años esta pobre gente llevaba tan mal una sola crítica en un periódico, tres mil en cinco minutos les sientan como el cianuro.

Terminó Ajonio diciendo que quien recuerde el esplendor de esos tipos probablemente también recuerde al abuelo Cebolleta, que, como ellos ahora, se pasaba el día contando batallitas de cuando era joven, aunque no lo hacía de plató en plató sino desde las páginas de un tebeo.

Tras tanto ir y venir entre pasado y presente la mención de los tebeos me produjo nostalgia. Y ella me dejó sin fuerzas para continuar la hasta ese instante amena conversación. Así se lo dije a Ajonio.

Concluimos analizando la relación de todo esto con la veracidad o no de esta famosa sentencia: «Todo tiempo pasado fue mejor». Pronto alcanzamos la convicción de que lo importante, lo mejor o lo peor, no es la foto del presente o del pasado, sino la tendencia.


jueves, 5 de diciembre de 2019

La terrible historia de los vibradores asesinos otra vez en Prime Reading





¡Por vuestra culpa el pobre Ajonio no puede descansar y cualquier día le va a dar un arrechucho!

Hace ahora un añito que Amazon tuvo a bien incluir La terrible historia de los vibradores asesinos en su promoción de Prime Reading. Durante seis meses cualquiera pudo leer gratis la novela en formato electrónico si estaba suscrito al servicio Prime.

Algún potencial vio Amazon en Ajonio, ya que la pequeña selección de Prime Reading se hace entre los más de dos millones de novelas disponibles, y además se trataba de la segunda tanda, por lo que casi inauguraba el servicio. Fue una excelente oportunidad para que nuevos lectores, muchos más de los que esperaba, conocieran a tan calamitoso personajete. 

Tan bien fue la cosa que Amazon me ha propuesto repetir la experiencia durante el próximo medio año. Ajonio también formará parte de la cuarta tanda.

Así que desde ahora La terrible historia de los vibradores asesinos vuelve a estar gratis para todos los suscriptores del servicio Prime, servicio que además permite recibir compras sin coste de envío, acceder a música gratuita, ver series y reportajes exclusivos como ese de la presentadora Pilar Rubio y Sergio Ramos (que es un tío que juega a la pelota)… En fin, esas cosillas.

¿Cómo puedes leer la novela si tienes Prime? Búscala en Amazon en ebook. Allí verás que el precio es cero. Basta ir al lado derecho de la pantalla y darle a «leer gratis».

             Fácil, ¿eh?

         Y si no tienes ese invento ni ganas de tenerlo, a seguir con el método tradicional: la novela sigue disponible en librerías (aunque a estas alturas hay que solicitarla) editada por Mira Editores, y en ebook en Amazon. En este formato también es gratis para los usuarios de Kindle Unlimited, tarifa plana de lectura que, por cierto, ahora es gratuita durante los tres meses que puedes utilizarla a prueba.

Ajonio protesta porque, como decía al principio, el hombre ya está un poco mareado de tanto ir de mano en mano de un lector a otro, pero yo estoy encantado de que lo mareéis así. Por mí, como si hacéis de él una peonza. ¡Gracias, lectores!



martes, 26 de noviembre de 2019

Cumpleaños de La sota de bastos jugando al béisbol





Hoy cumple cinco añitos la segunda novela de Ajonio Trepileto, que apareció con el número 41 en la colección Sueños de Tinta de Mira Editores. En La sota de bastos jugando al béisbol podéis leer algunas de las escenas que más he disfrutado escribiendo, y eso que transcurren en un lugar tan poco motivador como un triste cementerio de pueblo.

                La considero una novela mejor escrita que la primera, tanto por la estructura como por la limitación, para evitar reiteraciones, de ciertos involuntarios y poco higiénicos excesos de Ajonio, pero como no hay segunda novela de un personaje que pueda sorprender como la primera y dado que La terrible historia de los vibradores asesinos (Nº 14 de la colección) es un título que llama más la atención, más lectores me hablan de «los vibradores» que de «la sota», a pesar de que también ésta se ha vendido muy decentemente (lo cual es muy meritorio, dado lo indecente de Ajonio), tanto que a lo largo de este tiempo ha alcanzado el número uno de humor en español en las webs de Amazon en Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, Brasil, Australia y Canadá (para lo que no hace falta vender demasiado en estos países, cierto, pero cifras bajitas no es lo mismo que fáciles, como lo demuestra que pocas otras novelas pueden decir lo mismo).

                Felicidades a Ajonio, y gracias a todos los lectores que le han dedicado su atención. Espero que haya correspondido haciéndoles sonreír mucho más de lo que esperaban. Gracias también por su impagable labor de boca a boca.





jueves, 24 de mayo de 2018

Cumpleaños de La terrible historia de los vibradores asesinos







Estos días se cumplen siete años desde la publicación de La terrible historia de los vibradores asesinos, con el número 14, en la colección Sueños de Tinta de Mira Editores. Más tarde, en 2014, con el número 41, se publicó la segunda novela protagonizada por Ajonio Trepileto, La sota de bastos jugando al béisbol, al tiempo que la primera aparecía en ebook en Amazon.


Si hacer reír es una de las mejores cosas que le puede suceder a una persona, y lo es, soy afortunado. Por eso, aprovechando este cumpleaños, reitero mi agradecimiento a todos los lectores y a quienes de una u otra manera, y pese al tiempo transcurrido, siguen apoyando y difundiendo las desventuras de Ajonio. ¡Gracias!



lunes, 27 de febrero de 2017

Confesiones: Mendoza, no. Cervantes, sí.



          Cuando un lector recomienda un libro y la obra o su autor no son conocidos, suele compararlos con otros famosos. Cuanto más renombrados, mejor, porque así tiene más probabilidades de lograr una comunicación eficaz. Es una forma de simplificar la explicación y de dotar a lo recomendado de un prestigio que la sola opinión de quien lo defiende quizá no otorga.

          Ajonio le debe casi todo al boca a boca. Por eso, como ni él ni yo somos famosos, las comparaciones han sido inevitables. La más frecuente, con Eduardo Mendoza. ¿Cuántas veces? He renunciado a contarlas.

          Es halagador, de agradecer y seguramente útil a los fines que persigue. Sin embargo, me hace pensar que Mendoza es mucho más leído que Cervantes; por tanto, más conocido y, en consecuencia, más utilizado para recomendar por comparación.
    
          Lo digo no solo porque la influencia de Mendoza sobre mí ha sido limitada (por más que lo admire, la mayor parte de sus novelas de humor las leí después de escribir la primera de las mías) sino porque para mí es evidente que tanto su personaje (y Horacio Dos y el marciano que buscaba a Gurb) como el mío, como infinitos otros dentro y fuera de España, beben de las fuentes del Quijote tanto en su ridícula prosopopeya como en su aspecto vulgar elevado a grotesco por las circunstancias y un deteriorado sentido de la realidad; y también lo hacen en su espíritu de perdedor ignorante de serlo o en la concepción del humor como un mecanismo de defensa ante la vida, tan opuesta a esa otra, más destructiva –que no más crítica-, de la que suele citarse a Quevedo como representante. Algo apunté aquí hace ya un lustro, cuando no imaginaba que Ajonio iba a llegar donde ha llegado. Más claro queda aún en la forma de titular los capítulos (¿por qué renunciar a los títulos para hacer literatura y divertir?), aparte de que el sentido de la justicia de Ajonio tiene, como el de don Quijote, torcido el punto de mira.
     
         Ahí terminan las comparaciones, si es que cabe alguna más allá de reconocer la influencia de Cervantes. Don Quijote lo es todo y Ajonio no es nada. Qué más quisiera él que la gloria de haberse atragantado respirando el polvo levantado por Rocinante.
     
          Dicho queda no para los lectores de Cervantes, que no lo necesitan y además –qué pena me da constatarlo así- son pocos, pero sí para los del gran Eduardo Mendoza, para los futuros míos y para aviso de desavisados. 




miércoles, 4 de noviembre de 2015

Infortunios, tribulaciones y contentos de un escritor



Ayer se cumplió un año desde que La terrible historia de los vibradores asesinos salió a la venta en ebook. Antes, en mayo de 2011, había visto la luz en papel. A final de mes también cumplirá un añito la edición en papel de La sota de bastos jugando al béisbol, ambas en Mira Editores. A la sota dedicaré otro artículo, si tengo ocasión. Hoy –ayer no pudo ser- hablaré de la primera.

Es frecuente utilizar la expresión «hacer balance», pero un balance refleja lo que se tiene hasta el momento de hacerlo y de dónde ha salido, y me interesa más ver lo obtenido durante un periodo y cuánto ha costado. Es decir, no hacer balance sino cuenta de resultados.

Algunos dicen que quien escribe lo hace para ser leído. Se equivocan. Igual que no siempre se canta para ser escuchado. Pero se publica para ser leído, y la decisión de ver a Ajonio Trepileto en ebook es un intento de llegar a más lectores porque tras un año en las librerías cualquier libro en papel ha dejado de estar visible y apenas se vende ya, y este llevaba tres. En Internet el problema es el mismo: hacer visible el ebook, cuestión muy difícil para quien ni tiene ni busca otra notoriedad que la obtenida a través del propio libro, de su calidad. Un círculo vicioso que a veces rompe el boca a boca. Hice dos planes a un año: uno realista y otro más optimista que requería esfuerzos adicionales y sobre el que recabé alguna opinión que no llegó. He superado el realista. No he alcanzado el otro. Tampoco he tenido ocasión de poner los medios.

El motivo quizá sea que no ha sido un año fácil, lo cual me ha impedido disfrutar como hubiera deseado del trabajo hecho. El día a día ha interferido demasiado en la literatura, el agotamiento mina la ilusión y sin ella es más complicado sacar fuerzas para algo que requiere tanta constancia como dar a conocer un libro por métodos artesanales, a pesar de lo cual ha habido cosas buenas y malas. La cuenta de resultados.

            Entre lo positivo de esta edición en ebook sin presentaciones ni promoción alguna, está, obviamente, haber llegado a un buen número de lectores. Gracias a lo cual algunos han leído además La sota de bastos jugando al béisbol, y otros se han hecho con La terrible historia de los vibradores asesinos en papel para conservarla o regalarla. La confianza de un lector requiere todo agradecimiento porque su tiempo es limitado y te lo ha dedicado. Especial mención merecen quienes además han reseñado la novela en sus blogs o en Amazon, dando así un valor añadido a su lectura y ayudando a que otros lectores confíen en mis novelas. Y lo agradezco también porque sé –algún silente me lo ha confesado-, que la palabra «vibradores» ha retraído menciones y reseñas por miedo a quienes forman su opinión a partir de un «titular» o, en este caso, de un título. Todas las opiniones han sido libres y sinceras, porque al igual que he rechazado todos los ofrecimientos recibidos para reseñar libros en este blog –y el ejemplar que me regalaban-, a nadie le he pedido que escriba una sola línea sobre ninguna de mis novelas, y mira que me hubiera sido fácil regalar ebooks a mansalva.

            También me alegra haber encontrado personas que me buscan para alabar el resultado, aunque me desazona cuando se muestran sorprendidas porque no esperaban algo así de una novela de humor, dejando entrever el desprestigio (por contaminación con libros de humor que no son literatura) de un género que, sin ser en realidad tal porque el humor no es un tema sino un modo de enfocar las cosas, cuenta con novelas legendarias y en el que han buceado muchos de los mejores escritores. Por motivos similares también me desazona la pregunta de otros de si no voy a escribir «otra cosa», o sea, «algo serio», porque mis «payasadas» me han costado más esfuerzo y trabajo de lo que me hubiera llevado una novelita pongamos de intriga, negra o policial.

            Agradezco cómo algunas personas, pocas, siempre están ahí con el sencillo gesto de un clic de ratón para compartir las aventuras de Ajonio en las redes sociales, porque conocen el valor de difundir selectivamente y con constancia. Al apostar por mí asumen cierto riesgo, y solo puedo corresponder tratando escribir lo mejor que sé, de forma que ofrezcan a sus amigos, conocidos, admiradores o simples curiosos algo de calidad. Sin salir de las redes, también me impresiona ver cómo lo que he escrito transforma a desconocidos en conocidos, a veces en amigos, que con sus «me gusta» me dan ánimos a la vez que agradecen el buen rato de lectura; un enriquecimiento solo posible gracias a las redes sociales pero que, en algunos pocos casos, ha sido un brutal empobrecimiento cuando los «me gusta» o los «retuits» han sustituido a otras formas de expresión. Gracias a ese conocido común llamado Ajonio hay quienes han comenzado a apoyarme y ahí siguen, y quienes lo han hecho solo durante un tiempo. En ambos casos se lo agradezco desde aquí y no personalmente, porque entre los costes de la cuenta de resultados cabe incluir la sensación de que no suelo estar a la altura de estas personas, de que debería ser más agradecido, y si no lo soy es porque si les dijera algo quizá se sintieran obligadas a seguir haciendo lo que han hecho libremente, y es precisamente esa libertad lo que le da valor a su conducta.

            Computo como «ingreso» en esta «contabilidad» a las personas, algunas de las cuales conocí hace más de diez años por culpa de algún pinito literario, que regularmente me preguntan por cómo va la cosa. Si Ajonio va bien, si estoy escribiendo algo, qué, en qué estilo, por qué, cuándo terminaré... Personas que me desean y presagian un porvenir literario mucho más claro y halagüeño del que yo veo, y que me regañan cuando les respondo que apenas me muevo por editoriales, agentes y demás fauna. Reducen los «ingresos» personas de quienes podía esperar un interés similar y no han preguntado nada ni una sola vez; resta también el caso especial, que no sé definir, de una persona, excepcional lectora, que lleva cerca de una década animándome a escribir y echándome flores, diciéndome que soy un escritor formidable, y que ha acabado confesando, pasmaos, que no se ha leído ninguna de las dos novelas que he publicado. Para colmo de extravagancia, tras reconocerlo no ha cambiado su opinión sobre el talento que me atribuye. Qué cosas.

            Termino con las personas más cercanas, ajenas a lo que puede interesar a quien escribe, pero no ajenas a quien escribe. Precisamente por eso su apoyo es más meritorio y mucho más de agradecer. Todo un ejemplo. Muacks.

            Pues eso: Ajonio Trepileto lleva un año en ebook. Cada vez que alguien compra La terrible historia de los vibradores asesinos en Amazon Ajonio vuelve a salir de su destartalado sex shop y se lanza al mundo en busca de los tres vibradores que por un defecto de fabricación pueden explotar. Cada vez que alguien lee la novela Ajonio vuelve a prendarse de Zoé, vuelven a machacarlo sus amores con Claudita, y de nuevo el pobre hombre torna a enredarse y desenredarse en los intereses, amoríos y maniobras «non sanctas» que conducen la acción. Ahora que Ajonio no me oye, espero que Claudita siga aplastándolo con sus toneladas de amor, que siempre haya al menos un lector que lo permita, porque la literatura, como la música, se construye cada vez que alguien lee, aunque el autor esté en la tumba.

            Y dejo para el final algo que no sé si hago bien en citar, y que constituye el único «ingreso extraordinario» de esta «cuenta de resultados». Pero qué ingreso. No voy a dar detalles por respeto, y porque no los conozco con exactitud. Lo mejor que me ha pasado en lo literario, en este año complicado, ha sido saber que mis novelas hacen reír a una persona con una de esas enfermedades que obligan a sentarse a esperar lo que nunca se desea. En según qué circunstancias entretener a las personas es muy difícil, pero hacerlas reír es...  La noche en que me enteré no pude dormir. Así que termino dando las gracias a ese enfermo desconocido cuya risa me ha hecho sentir parte de un todo que no entiendo, porque yo no he hecho nada; la única persona con mérito es la que, queriendo cuidarlo, le dio a conocer a Ajonio. Pero qué queréis que os diga: a mí, me conmueve.

                Feliz cumpleaños, Ajonio.



                       

  



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domingo, 29 de enero de 2012

¿Qué aspecto tendría hoy don Quijote?



Las indumentarias de Ajonio Trepileto en La terrible historia de los vibradores asesinos han sido festejadas por unos lectores por divertidas y estrafalarias, y criticadas por otros, por entenderlas excesivas.

A todos doy en parte la razón, pero al hilo de tales opiniones, durante una larga caminata me dio en pensar en “célebres mamarrachos”, y el resultado fue tan curioso que me permito poner esta entrada en este blog, Literatura y humor para contarlo.

Entre los ilustres descamisados que rememoré figuran Groucho Marx con su chaqué y su bigote y cejas pintados  hasta para ir a comprar el pan (pero con el inconveniente de no ser un personaje literario), Ignatius J. Reilly (el loco protagonista de La conjura de los necios), el innominado personaje de El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras, de Eduardo Mendoza, o alguno de los chiflados diseminado en las novelas de Sharpe. Pero, sobre todo, recordé a don Quijote.

Y es que una de las cosas que más sorprendieron y divirtieron a los coetáneos de Cervantes al leer la novela, según dice Martín de Riquer, fue el aspecto de don Quijote, verdaderamente ridículo para la época. Lo malo, en la actualidad, es que don Quijote es tan célebre que nos hemos acostumbrado a su aspecto y, por lo tanto, ni nos sorprende ni nos divierte tanto como a los lectores de hace cuatrocientos años. Así que me pregunté, para tratar de sentir lo mismo que el lector de 1605: ¿cómo sería hoy don Quijote?

La respuesta no deja de ser un juego mental sin ninguna pretensión, pero aquí está el resultado:

1. Don Quijote vivía en una pequeña aldea. Dejémoslo así, y atribuyamos al don Quijote actual un origen rural.

2. Cervantes no dice la edad que tenía don Quijote, pero Martín de Riquer indica que, a juzgar por todos los indicios, Cervantes estaba pensando en un personaje de unos cincuenta o cincuenta y pocos años. Esa edad, en aquella época, era bastante elevada (aun hoy en día hay muchos países con esperanzas de vida por debajo de los 60 años). Por eso pensé que un don Quijote actual tendría en torno a los 75 años, quizá alguno más.

3. A don Quijote, ya lo sabemos, “se le secó el cerebro” de tanto leer libros de caballerías, que estaban de moda hacia 1600, y acabó convencido de ser un caballero andante. Los caballeros tenían ante sí una misión elevada: hacer justicia allí donde se toparan con la injusticia.

Un don Quijote actual no podría creerse caballero andante, porque los libros de caballerías hace demasiado que ya no están de moda. En cambio, desde hace décadas sí han estado de moda los superhéroes. De alguna manera han suplantado a los caballeros andantes dando respuesta a la necesidad de justicia de los lectores: los superhéroes, como antaño los caballeros, están dotados de fuerza y facultades prodigiosas, se enfrentan a peligros superlativos, persiguen fines nobles y son un dechado de valentía. La lista de superhéroes que ha dado el siglo XX es innumerable. Así que me dio en considerar que un don Quijote actual se creería superhéroe antes que caballero andante, y con esa idea me quedé.

4. Don Quijote vestía una armadura que había sido de su bisabuelo, en un momento en que ya nadie vestía armadura. A los lectores actuales no nos sorprende su imagen, tras cuatro siglos de fama, pero en 1605 que un tipo fuera recorriendo los alrededores de su aldea así ataviado era, sencillamente, ridículo, según cuenta Martín de Riquer en mi edición "de cabecera". Supuse que un don Quijote actual también debería vestir las ropas de su bisabuelo. Y no unas ropas cualquiera, porque la armadura, cuando se llevaba, no era cualquier cosa: era una vestimenta especial. Lo más aproximado a algo especial, no vistiendo armadura los bisabuelos de los actuales setentones, serían unas ropas de gala: es decir, mi don Quijote actual debería vestir la ropa de gala propia de un entorno rural de la segunda mitad del siglo XIX, que en casi todas partes está muy cerca de ser lo que ahora conocemos como “trajes regionales”, como cualquiera puede comprobar viendo fotografías de la España rural de principios del XX (me vinieron a la memoria muchas de Ricardo Compairé, por la época, no por el lugar)

5. A comienzos del siglo XVII, el medio de transporte más utilizado eran las cabalgaduras. Y los caballeros andantes montaban todos briosos corceles. Birrioso corcel fue el único que pudo elegir don Quijote, porque Rocinante, ya lo sabemos, estaba hecho una lástima y apenas podía galopar una pequeña distancia sin caer rendido.

Hoy, en cambio, todo el mundo se desplaza en coche, y los superhéroes, en concreto, en “super coches” dotados de avances espectaculares. Un don Quijote actual seguramente debería ir en coche. Pero en un coche que fuera a los coches actuales lo que Rocinante a los briosos corceles. En un mundo donde todos suspiran por Ferraris y Lamborghinis, al don Quijote actual que me dio en construir le adjudiqué un viejo y destartalado Seat Panda.

6. Por último, para completar su atuendo, Cervantes colocó en la cabeza de don Quijote lo que el pobre personaje creyó yelmo de Mambrino, y que era en realidad bacía de barbero. En aquella época era frecuente verlas, entre otras cosas porque los barberos iban y venían. Y con semejante cacharro en la cabeza iba el pobre don Quijote solemnemente montado en un caballo medio muerto.

Es difícil creer que un don Quijote actual pudiera llevar en la cabeza una bacía de barbero, pues no es algo que se vea ya en ningún sitio. ¿Qué podía entonces llevar en la cabeza mi don Quijote actual que pudiera confundirse con uno de esos cascos que lucen algunos superhéroes? Debía de ser algo que pueda verse por la calle en estos tiempos sin resultar del todo extraño. Y se me ocurrió que bien podría llevar un “tupper” redondo en el que algún trabajador llevara su almuerzo de la misma manera que el barbero expoliado por el genuino don Quijote llevaba su bacía.

En resumen, si el auténtico don Quijote era un vejete (para la época) de algo más de cincuenta años, que se creía caballero andante, que vestía la armadura de su bisabuelo cuando ya nadie vestía armadura, que llevaba en la cabeza una bacía de barbero y que montaba un caballo que apenas se tenía en pie, un don Quijote actual, que produjera entre nosotros una sorpresa equivalente a la del original en 1605, bien podría ser un hombre rural, de más de 75 años, que se creyera superhéroe, y fuera por el mundo tratando de impartir justicia vestido con la ropa de gala de su bisabuelo (ropa de la segunda mitad del XIX, presumiblemente con trazas de traje regional), con un “tupper” en la cabeza, y montado en un destartalado Seat Panda.

¿A que visto así, salvando las inmensas distancias entre las dos novelas, Ajonio es de lo más modosito?

 © Miguel B.







jueves, 26 de mayo de 2011

La terrible historia de los vibradores asesinos


Me acaban de decir hace pocos minutos que ya ha salido a la venta.

Gracias a todos los que de una manera u otra han colaborado en que esta novela llegue hasta aquí.

Y a ver dónde llega a partir de ahora. Suerte, Ajonio.