En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 19 de marzo de 2026

Borrar la historia - Jason Stanley

 


    Jason Stanley era profesor de filosofía en la Universidad de Yale. Su obra «How Fascism Works: the Politics of Us and Them», publicada en España bajo el lamentable título de «Facha», que reseñé hace poco, ha sido traducida a más de veinte idiomas. En 2025 se trasladó a Canadá, a la Universidad de Toronto, debido al ambiente asfixiante que Trump ha creado en la sociedad norteamericana, especialmente en el mundo académico por las razones que luego diré.

En esa obra Stanley da cuenta de las dinámicas de la extrema derecha, a la que denomina «fascismo». En «Borrar la historia» sigue utilizando esa terminología, y explica sus motivos.

«Borrar la historia» desarrolla algunas de las cuestiones apuntadas en la obra anterior. En ambas hay que tener en cuenta que la posición ideológica de Stanley es clara y confesada: su objetivo único es defender las democracias liberales. Y lo hace con contundencia y argumentos.

¿Qué es un gato? La respuesta que dará un ciudadano medio distará bastante de la que dé un perro; y un ratón lo definirá de un modo aún más distinto; también una pulga tendrá una visión diferente; y no digamos una bacteria intestinal gatuna. Entonces, ¿qué es un gato? Un investigador que desee dar la respuesta más rigurosa posible debe integrar todas esas visiones.

Con la historia sucede igual. Pensemos en Estados Unidos, el país al que Jason Stanley dedica más atención, aunque también menciona otros como India, Hungría o Polonia, amén de hacer abundantes referencias al nazismo (su familia, de origen judío, lo sufrió de forma cruenta). Lo que hicieron los europeos en América a partir del siglo XVI, visto desde sus ojos y su época, sin duda fue algo muy distinto a lo que en aquellos momentos vivieron los pueblos nativos (entre 60 y 100 millones de habitantes en toda América, en 1500, y entre 60 y 80 en Europa); por otra parte, qué decir de la visión que de la esclavitud debieron tener muchos pueblos africanos (alrededor de trece millones de personas, según algunas fuentes, fueron enviadas como esclavos a América entre mediados del siglo XVI y mediados del XIX; el continente africano tenía en 1800, en mitad de ese periodo, entre 70 y 90 millones de habitantes; huelga decir que como esclavos se llevaron a los más jóvenes y sanos). 

La historiografía que pretende ser rigurosa debe tener en cuenta todos los puntos de vista que se dieron: el modo en que cada grupo humano lo vivió. Suele decirse que «La historia la escribe el ganador», pero esto solo indica que a lo largo de los tiempos el poder ha impuesto su versión, la cual, obviamente, ha ocultado, disimulado y justificado todos los errores y excesos de quien se impuso y ha silenciado la voz del resto. El poder se ampara en visiones de la historia que lo justifican. Sin embargo, la llegada de las democracias ha permitido avanzar en los métodos científicos de la historiografía. Solo al examinar la historia desde todos los puntos de vista se alcanza la visión más cercana posible a la realidad. A averiguar qué es un gato.

De este modo el libre ejercicio de la ciencia que permiten las democracias se convierte, también, en un límite al poder. Son los límites al poder lo que caracteriza a una democracia. Por eso la importancia del rigor científico trasciende a la ciencia.

En cuanto al tiempo presente, dado que es el resultado de la historia resulta imposible diagnosticar bien nuestros problemas con una visión parcial o incorrecta del pasado.

La extrema derecha defiende, de facto, la supremacía del hombre blanco, que es el grupo dominante en todo occidente. Y lo hace amparada en una visión parcial de la historia. Por eso cuestiona el feminismo y la inmigración, especialmente la de personas de etnias diferentes. También condena todo lo woke, siempre relacionado con la defensa de minorías ajenas al poder. La extrema derecha estimula el miedo de las clases privilegiadas (o que creen serlo) a perder su posición, y culpan de esta amenaza a cualesquiera que cuestione el status quo.

Por eso la historiografía científica propia de las democracias es enemiga de la extrema derecha. Por eso, y porque muchas de las novedosas investigaciones en numerosos ámbitos de la realidad afectan al status quo la extrema derecha ha puesto en el punto de mira a las universidades y, por extensión, a todo el sistema educativo.

Para la extrema derecha la única historia verdadera es la que legitima la posición dominante del hombre blanco, y de esta versión surgen mitos de grandeza, de inocencia, de pureza nacional, héroes… Cualquiera que cuestione esta visión pasa a ser, automáticamente, un enemigo. El enemigo de la nación. En la actualidad un marxista, un comunista, un socialista. La «teoría del gran reemplazo», que ni mucho menos ideó Hitler pero que defendió con vehemencia en «Mein Kampf», ha mutado de elementos instigadores: ya no son los judíos, como afirmó Hitler, sino la izquierda, «el marxismo», como proclama la extrema derecha actual.

Por los mismos motivos, la extrema derecha ha declarado la guerra a las organizaciones socialmente transversales: cuando un sindicato defiende una subida salarial la medida afecta a todos los trabajadores independientemente de su sexo, nacionalidad y raza, por lo que es una organización con capacidad para unir grupos que la extrema derecha desea enfrentar. Lo mismo está sucediendo con organizaciones sociales que abogan por una igual dignidad de todos y, por los mismos motivos, hasta con la Iglesia católica bajo el mandato de los papas Francisco y León XIV. Todos, sindicatos, ONGs y hasta algunas religiones han sido convertidos en enemigos porque todos comparten la transversalidad social de su mensaje.

El ilustrativo repaso que Stanley hace de los excesos cometidos en los últimos años en Estados Unidos por los gobernadores republicanos más extremistas y por la administración Trump retrotrae a momentos de racismo rampante en los que, por ejemplo, se hacía estudiar en los colegios textos que afirmaban que los esclavos estaban satisfechos porque, gracias a serlo, comían y tenían alojamiento. Vamos, que los esclavistas eran sus benefactores. Sobran comentarios. Como también sobran cuando las teorías creacionistas se ponen en pie de igualdad con las evolutivas. Dios creó al hombre. Al hombre blanco. Del simio, para esta gente, descienden otros.

Stanley utiliza un lenguaje muy claro y un tono didáctico en gran medida facilitado porque a la diáfana exposición de conceptos suele seguir la de contundentes ejemplos. Algunos son ya conocidos por el público español, de sonadas que han sido las barbaridades, pero muchos otros sorprenderán y alarmarán por igual.

La manipulación de la historia implica la manipulación del sistema educativo. Al defender el método científico en la historiografía Stanley hace una apasionada defensa de la libertad de educación. La manipulación de la educación y a través de ella de la historia permite justificar la adopción de medidas cada vez menos disimuladas de limpieza étnica o cultural. Dado que la única visión admisible para la extrema derecha es la del grupo dominante, cualesquiera otra se considera un ataque a la nación, a la cultura, a la identidad nacional. Los conceptos de igualdad y libertad propios de las democracias liberales no entran en la cabeza de la extrema derecha: quien no es como el grupo dominante no es de la nación. 

Las dinámicas sociales y económicas, sin embargo, tienen sus propias reglas. El empeño en domeñarlas desde posiciones que prescinden del conocimiento riguroso de la realidad solo puede tener tener resultados dramáticos.

Una obra clarificadora, como la anterior, de muy conveniente lectura en los complicadísimos momentos presentes para evitar los convulsos que acechan.


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