Obra autobiográfica, breve e inquietante, sobre la digestión de un trauma. El que produce, como avisa la sinopsis y cuenta la autora ya al comienzo, la mala combustión de una caldera.
El suceso, que casi provoca la muerte de la autora y narradora, se produce en un momento especialmente feliz dentro de una tónica un tanto frustrante: feliz porque tras varias relaciones la protagonista ha comenzado a vivir en pareja y lo hace en un piso pequeño pero donde cabe una esterilla para hacer ejercicio; lo frustrante está implícito la naturaleza del «lujo». Y es que la alegría por haber alquilado un agujero relativamente confortable no lo hace menos agujero. ¿Ese es el destino que te espera después de haber conseguido trabajo? ¿Un agujerito sostenido por dos sueldos? Y si falla uno por desavenencias o porque alguno de los dos queda en paro, ¿qué? En esta situación a un tiempo alegre (he hecho lo que he podido) y preocupante (pero no basta y eso no depende de mí) que aboca a un sentimiento de vulnerabilidad, se produce la avería que lo ahonda.
Estar a punto de morir hace a la protagonista repentina y definitivamente consciente de su extrema vulnerabilidad. Y, para colmo, lo ocurrido se debe al desinterés, a la pereza, a la falta de responsabilidad de la arrendadora. Es decir, de quien está económicamente por encima.
No muy por encima. Solo un poco. Ella tiene un piso para alquilar y tú no. Parece poco, ¿cuántos desequilibrios así no hay?, pero es suficiente para quedar a su merced.
Qué produce más impotencia y sensación de vulnerabilidad, si poder morir por una «tontería» o que la «tontería» tenga su origen en la molicie de otra persona es complicado saberlo.
La autora, que habla en primera persona, vuelve una y otra vez a las mismas reflexiones, añadiendo en cada vuelta detalles reveladores que en su momento se le pasaron por alto, como las cláusulas del contrato de arrendamiento. Cada pormenor pone más de manifiesto su desvalimiento. Lo ocurrido es visto a través de sus ojos hasta donde alcanzaron a ver, y el relato se completa con la mirada de su pareja y de los servicios de emergencias. Con estos últimos contactó Marta Jiménez para completar su versión. Esta última palabra es intencionada: la autora no pretende buscar una verdad, sino dar cuenta de una experiencia subjetiva, porque así es como vivimos, desde la subjetividad. En ella nacen y tienen cobijo todos los sentimientos.
Este ir y venir de una cosa a lo mismo genera, en la primera parte del libro, cierta sensación de atasco, de que no se avanza. Pero es que en eso consiste el trauma: en quedar atrapado en una idea, en un temor. Todo trauma tiene bastante de obsesión, y eso lo transmite muy bien la autora. Luego, de pronto, el texto comienza a fluir y vuela hacia el final.
Un final que no es otra cosa que hasta qué punto y cómo se ha digerido el drama. Cómo se asume la propia debilidad y se es capaz de convivir con ella para sacar adelante la propia vida. Que a casi todo se acostumbre uno es un consuelo. Parcial, pero consuelo. Pero el libro es la denuncia de que no basta con eso: todos tenemos una cuota de responsabilidad en la vida de quienes nos rodean, incluso aunque no los conozcamos. Que seamos capaces de perder el temor al riesgo no hace a este menos importante ni menos peligroso. La pereza nunca puede ser una excusa, y el desinterés por quien está en situación de inferioridad respecto a nosotros es una vergüenza.
Bajo las reflexiones personales suscitadas por la experiencia vivida late también una contundente crítica social. Decía una tía mía que «solo hay dos clases sociales: tener y no tener», y por aquí apunta la crítica de «Oxígeno». La precariedad frente al mercado inmobiliario es, para quien le afecta, precariedad vital, porque el saqueo de su bolsillo es tal que condiciona el resto de su existencia, incluso forzando a la convivencia. La cosa se agrava porque la precariedad de una parte permite el abuso de la otra. El ecosistema del abuso es el poder. Y el abuso consiste a menudo, mucho más de lo que pensamos, en desinterés, en la elusión de la propia responsabilidad.
«Oxígeno» está escrito con agilidad, a través de frases, párrafos y capítulos cortos, directos, de lenguaje claro y duro, que buscan causar al lector el impacto de la realidad cruda. Lo consigue. Es un buen libro.

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