Notablemente
repelente debió de ser el niño Vicente nacido en las páginas de La Codorniz en
los años cincuenta del siglo XX, siendo padre de la criatura Rafael Azcona, el
célebre guionista que fue también escritor. En las siguientes viñetas podéis
ver y juzgar si entre el modo de hablar de Vicente y su repulido aspecto fue lo
suficientemente repelente para merecer la fama que ganó, hasta el punto de que
se popularizó como insulto ¿suave? la expresión «eres un repelente niño
Vicente».
«Vida
del repelente niño Vicente» fue la primera obra que publicó Rafael Azcona. Fue
en 1955. Él, nacido el 24 de octubre de 1926, tenía solo 28 o 29 años. Según la
mayoría de los sitios donde he husmeado el orden es el que he dicho, pero en
alguno se dice que las viñetas fueron posteriores a la novela. De esta falta de
información clara también se deduce que la fama del repelente fue efímera
aunque la expresión quedara.
«El
repelente niño Vicente» cuenta la historia de Vicente desde que nace hasta ya
no recuerdo cuándo. Su repelencia se cocina con seis ingredientes.
El primero, su exquisita educación.
No la pierde ni en los peores momentos. Podrías estar estrangulándolo y él, en
lugar de querer gritar «¡socorro!» y atizarte una patada intentaría alzar un
dedo y articular «disculpe usted, pero…».
El segundo, su bondad: Vicente
carece de mala intención. Siempre piensa en el bien los demás, pero de tal modo
y en tales momentos (todos) que su atenta consideración resulta empalagosa.
El tercero, su sentido de la
justicia, que le hace tan tiquismiquis como sea preciso para equilibrar la
balanza al nanogramo.
El cuarto, su ejemplar conciencia
de la igual dignidad de todos los seres humanos, que le hace dispensar un trato
igualmente respetuoso al churumbel de tres años que le está mordiendo un dedo
que al empleado de banca carpetovetónico que ronca tras la ventanilla o al
ratero que acaba de birlarle los cuartos.
El quinto, su lenguaje redicho,
barroco, repipi, cursi, que elude toda palabra con reminiscencias vulgares u ordinarias. Para él es forma de expresar respeto, aunque para los demás es una
extravagancia con efectos dispares según el contexto: risa, miedo,
incredulidad, indignación…
Y, sexto y último, el apego a los
valores que definían a la «gente bien» de la época que, solo hace falta
recordar los años que he mencionado, tenían todo que ver con el
«nacionalcatolicismo», ese engendro que, en cuanto las cosas se torcieron para
Hitler y Mussolini, improvisó el franquismo para sortear la comparación internacional
con esos regímenes por los que tanta admiración había expresado el dictador. Un
engendro que pretendió unir los valores fascistas de la Falange (las relaciones
de Franco con la Falange eran de mutua desconfianza) con los católicos (para
legitimarse a través de la religión y devolver el favor del apoyo eclesiástico
al golpe). La mezcla era útil para Franco porque permitía diluir la influencia
de la Falange en el nuevo régimen cuya tercera pata (además de la Iglesia y la
Falange) era el ejército. Franco fue muy hábil repartiendo el poder de modo que
los intereses de cada grupo anularan los de los demás, lo que impidió alguno de
ellos pudiera llegar a cuestionarle. El nacionalcatolicismo fue una «ideología»,
por llamarla así, que en teoría unía los ideales sociales propios del fascismo
con los valores de la religión católica.
En consecuencia, hay motivos para
pensar que parte del éxito de Vicente se debió a la crítica implícita en lo
hiperbólico de su carácter. Riéndose del repelente niño Vicente uno lo estaba
haciendo de todos aquellos que, arrimados al lado del vencedor, se esforzaban
por distinguirse de la chusma a través de costumbres devotas, hábitos de
pequeñoburgués con ínfulas, aires de respetabilidad y un respecto absoluto por
el orden establecido, que los protegía y al que, en justa correspondencia,
protegían con fe ciega. Más de dos décadas después Fernando Vizcaíno Casas
retrataba a este tipo de santurrones civiles a través de una señora que,
incapaz de pronunciar la palabra «huevo» por sus horripilantes connotaciones
masculinas, en la tienda pedía y en su casa cocinaba «posturitas de ave».
Lo que he dicho en el párrafo
anterior es muy importante. Si uno lee esta breve novela con los ojos de 1955
seguramente le resultará más divertida e incisiva que si usa la mirada de 2026,
en cuyo caso es probable que esta obra le parezca un simple catálogo de anécdotas
repipis que se agotan en sí mismas.
Dicho esto, también es verdad que
Vicente representa una tipología de personaje de gran predicamento en las
historias de humor porque también existen en la sociedad y suelen ser
fácilmente identificables y habitualmente risibles. Hablo de personajes
apegados con pasión de amante a los valores más tradicionales, gente sin ojos
para el resto de valores, que consideran aberraciones, prestos a escandalizarse
por cuanto se sale de la más estricta observancia de sus ideas, pero impotentes
para defenderlas con nada distinto a su «justa indignación»; gente para la que
la existencia del distinto constituye una desgracia que se transforma en ofensa
cuando interfiere en su vida. Estos personajes son abundantísimos en la
literatura y el cine. Y, por supuesto, en la vida. Reflejan a un tipo de personas que
todos conocemos; unos remilgados, otros meapilas, tan poco flexibles que ante
el distinto solo practican la intolerancia o la condescendencia. ¡Menuda banda!
Ned Flanders y sus hijos en los Simpson, la señorita Rottenmeier de Heidi o
todos los payasos «serios» que se oponían a los chapuceros y catastróficos no
son personajes originales; todos parten del mismo estereotipo del que nació el
repelente niño Vicente.
Pensad en todo esto cuando leáis
esta obra que acaba de rescatar Pepitas de Calabaza.
Y con estos postreros vocablos
concluyo mi escrita disertación acerca de las propiedades y peculiaridades de
esta singular pieza de las letras de nuestra vigésima centuria, con la alegre
esperanza de haber sido causa de provecho para todos los leyentes y de regocijo
para los de superior gracejo.

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