Bartleby, el extraño y célebre personaje de Herman Melville, dejó pasar los días de su vida encerrado en una oficina, respondiendo «preferiría no hacerlo» a cualquier petición o sugerencia de que meneara el culo.
Su viaje desde su desesperante no dar un palo al agua a la celebridad inspiró a Enrique Vila-Matas este otro libro que se abre con la siguiente cita de Jean de La Bruyère: «La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste en escribir bien; el de otros consiste en no escribir».
Y no, al abrir así Vila-Matas no está pensando en el tiempo (en la vida, que decía José Luis Sampedro) que todos ganaríamos si a los escritores petardos les diera por dedicarse al apasionante mundo de las canicas, sino al silencio de los grandes y a si se puede ser grande desde el silencio.
La colección de ochenta y tantas «notas a un texto inexistente» que contiene este libro es un magnífico repaso a quienes alcanzaron la celebridad literaria sin hacer apenas nada o a quienes, habiéndolo hecho, en algún momento decidieron callar para siempre. Alguno hay, incluso, que no escribió nada en absoluto y fueron sus relaciones las que lo encumbraron como artista sin obra. Porque, ¿quién duda que los artistas sin obra existen?
Y así, revoloteando con humor alrededor de los motivos que unos pudieron tener para dejar de escribir y de las rarezas que otros confirmaron, lo que comienza siendo un viaje pintoresco termina llegando a lo que creo que de verdad le interesa a Vila-Matas: lo que lleva a renunciar a la escritura está muy relacionado con la reflexión sobre lo que estimula a escribir y sobre la propia capacidad para hacerlo. Y, en concreto, con la conciencia que antes o después todo escritor alcanza de que sus objetivos son de imposible cumplimiento.
Hablo del escritor con espíritu artístico o inquietudes intelectuales o espirituales, claro, no del industrial, al que ni siquiera se menciona y al que estas cosas no le importan ni un rábano.
Si Enrique Vila-Matas llega a alguna conclusión no lo dice abiertamente, pero entre líneas se adivina que todo el que se siente llamado a escribir cree tener algo importante que decir, pero nadie, ni él, sabe qué. Todos sienten, creo yo, la llamada a explicar la vida, la existencia, o alguna otra cosa tan profunda que ni atisban a verla aunque sepan que está ahí, pero a ver quién es el guapo que lo consigue con las pocas neuronas que tenemos. Unos, los más inteligentes y sensatos, pronto se dan cuenta de lo baldío del empeño y ni lo emprenden. Son artistas conscientes de la inutilidad de serlo. Otros lo intentan hasta que, a fuerza de fracasos, incluso de brillantes fracasos, asumen su incapacidad. Y quedan los inasequibles al desaliento, entre los cuales unos porfían porque de algo hay que comer y, el resto se dividen entre quienes encuentran consuelo en la lisonja y los que siguen escribiendo porque asumir que has estado toda la vida correteando como un memo tras una quimera tiene que ser un papelón. Estos últimos también son Bartleby, pero a la inversa; si Bartleby no hacía nada como si todo careciera de sentido (o porque todo carece de sentido), estos prefieren hacer todo antes de enfrentarse a la nada.
Todo esto nos lo cuenta Vila-Matas escribiendo sin escribir (por si acaso), porque ¿qué son unas notas a pie de página sin página? Este juego (trilero) inicial para hacer cómplice al lector crea una corriente de humor inteligente basado en la común conciencia de estar haciendo un ejercicio intelectual divertido, lúcido, pero que se agota en sí mismo porque… Lo ya dicho: igual que los trapecistas son admirables pero por más que lo intenten no pueden volar, las neuronas con más donaire tampoco alcanzan a escapar de sí mismas.
Y como en ese viaje intelectual el autor se codea, junto al lector, con una caterva de celebridades y un grupillo que mereció serlo, todos los cuales actúan como guías más o menos desorientados de un mundo mental que, al menos en teoría, conocen como nadie, ¿quién dirá que el viaje no fue interesante?
Una gran obra por el fondo y también por la maestría con que está escrita.

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