Susan Neiman es una filósofa estadounidense de origen judío, especialista en Kant, formada en la Universidad de Harvard y en la Universidad Libre de Berlín, y profesora en las universidades de Yale y Tel Aviv. Reconocida pensadora de izquierdas, podéis saber más sobre ella y este libro en la entrevista en estas palabras enlazada.
«Izquierda no es woke» es una crítica a la izquierda hecha desde la izquierda y teniendo siempre presente lo que la autora repite en varias ocasiones: no es un libro de política, sino de filosofía.
Estáis advertidos.
En él hay tres partes.
La primera es la que mejor justifica el título. Parte del principio de que lo que caracteriza a la izquierda es el universalismo. Es decir, la defensa de la igual dignidad de todos los seres humanos independientemente de su condición. Es el universalismo lo que permite saltar las barreras económicas, geográficas, étnicas, religiosas, de sexo, etc. Frente al universalismo de la izquierda sitúa lo que llama «tribalismo» de la derecha; lo denomina así porque la derecha defiende intereses de clase, de grupo, de tribu; esto es así porque, simplificadamente, el liberalismo se construye a partir de quienes demandan libertad para gozar mejor de una posición de partida cómoda y porque el conservadurismo pretende «conservar» los privilegios que siente amenazados por el incesante cambio social. De hecho, es el tribalismo llevado al extremo lo que está tras el crecimiento de la extrema derecha en todo el mundo: la política del «nosotros y ellos».
El universalismo hace a la izquierda apoyar a quienes se consideran en cada momento en desventaja. Lógico. El problema en los momentos actuales es que los identificados como woke han llegado al extremo de defender, más o menos, que la representación y voz de quienes están en desventaja corresponde exclusivamente a esas mismas personas, negando a los demás la legitimidad para participar en cualquier tipo de solución. Lo que hacen u opinan quienes están en desventaja queda automáticamente legitimado y nadie más que ellos pueden santificar cualquier decisión que les afecte. Y en este exceso empiezan los problemas. Por ejemplo, ¿cómo vamos a sentirnos iguales (universalidad) si bajo el extraño concepto de «apropiación cultural» no podemos participar en culturas que conviven con la nuestra porque las contaminamos o «nos las apropiamos» simplemente por participar en ellas teniendo otro origen cultural? ¿Dónde queda el universalismo si las culturas son estancas? ¿Cómo un actor de una etnia no va a poder interpretar a un personaje de otra si la esencia del actor es actuar, es decir, ponerse en el pellejo de otro que no es él? ¿O cómo vamos a aceptar que obviar los excesos del agredido dificulta encauzar la paz?, señala Neiman en relación al brutal atentado de Hamas del 7 de octubre de 2023; el pueblo palestino está siendo víctima de un genocidio, ¿pero de verdad no censurar e incluso justificar el atentado de Hamás ayuda a evitarlo? ¿Ayuda a evitarlo o a acentuarlo? La defensa del grupo desde el grupo de un modo excluyente conduce al tribalismo. La conclusión es que lo woke al abrazar métodos de derechas hace imposible que sus objetivos de igualdad encajen con el principio guía de la izquierda: la universalidad. Bajo la intención de reducir discriminaciones lo woke, por razón del método, abunda en el «nosotros y ellos», cuando para alguien que responda al principio esencial de la izquierda solo puede existir el «nosotros».
Por eso lo woke está creando tantos problemas dentro de la izquierda, porque el método hace imposible el objetivo particular de grupo sin entrar contradicción con el objetivo general de universalidad. Si el feminismo solo es asunto de mujeres y no de ambos sexos, ¿qué deben hacer los hombres de izquierdas cuando desde la izquierda se habla de feminismo? Como mínimo quedan desorientados. Lo mismo sucede con el resto de temas. Y cuando hay desorientación termina habiendo división, abandono y pérdida de influencia. El votante de izquierda se desanima porque no sabe a qué atenerse y acaba quedándose en casa o apoyando opciones que le den alguna certeza en cualquier otro asunto.
Neiman dedica luego muchas páginas densas y no aptas para cabecicas amuebladas en Ikea a las reflexiones sobre justicia y poder singularizadas en cómo las ideas de Foucault y Schmitt han sido utilizadas para justificar lo woke, todo esto entre abundantes citas a Kant y reflexiones sobre por qué es un error dar por superada la Ilustración (tema en que el Neiman es experta), pues defiende los valores de la universalidad pese a que sus detractores afirmen lo contrario, por eso en varias ocasiones invita a leer el «Cándido», de Voltaire (guante que recojo, porque lo leí hace siglos, cuando era aún mucho más destalentado que ahora, y no le supe sacar jugo) Toda esta es la parte más árida del libro. El riesgo de no entender una palabra y abandonar la lectura es elevado. En parte se debe, a mi juicio, al confuso modo en que se expresan algunas cosas al hablar unas veces la autora y otras, por boca de ella y sin avisarlo, los examinados. No siempre queda claro la diferencia entre lo que dijeron Foucault o Schmitt y lo que dicen que dijeron. Saber más sobre ellos (lo cual no es mi caso) tiene que facilitar bastante la comprensión y digestión de esta segunda parte, cuya principal conclusión, si no me he perdido mucho, es que la justicia se presenta como una manifestación del poder porque se impone a sus destinatarios, pero no es el poder. La justicia es anterior al poder y debe estar por encima de él, pero el poder tiende a que se considere justo lo que le conviene. Para ello el poder intenta mezclarse con la justicia y, si lo consigue, no es posible distinguir justicia de poder pero es seguro que el poder no será justo; y no habrá justicia.
La obra termina, en su tercera parte, la más liviana, hablando de la confianza en el progreso. Aquí la autora retorna la claridad y habla en un tono ligeramente optimista, como para compensar su contundente tono anterior y deja claro, o así lo he interpretado, que ese progreso difícil pero posible está en peligro, y que esa es la razón de ser de este libro, de esta crítica hecha a la izquierda desde la izquierda: «espabilad, o la democracia se acaba».

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