Fernando Arrabal (Melilla, 1932) es una lumbrera excéntrica. Como tantos de mi generación yo estaba más o menos al tanto de alguna de las razones que le han dado fama de extravagante, pero apenas de las que sostienen la brillantez que le ha hecho ser, dicen, el dramaturgo español más representado en el mundo. Vamos, que no había leído nada suyo hasta ahora ni recuerdo haber visto ninguna de sus obras teatrales. ¡Qué sino el de una generación que, ante el nombre de un gran artista polifacético, en lugar de pensar en su obra y en las razones de sus numerosos reconocimientos internacionales, o de maravillarse por cómo ha hecho de sí lo que ha querido pese a su infancia traumática, rememora las estrafalarias gafas que utiliza o la agitada cogorza con que hace treinta y siete años compareció en un plató de la televisión única!
Corrobora esa triste impresión el modo en que dos de sus libros, entre los que se encuentra el que ahora reseño, llegaron hace poco hasta mí: desde un mercadillo benéfico donde andaban perdidos y sin tocar entre otros libros que tampoco nadie ha leído nunca y un batiburrillo de ornamentos de clase media con aspiraciones pasados de moda.
Nos merecemos cuanto nos pase. Lloremos, hermanos.
En 1960, a los 28 años, Fernando Arrabal publicó en Francia «Arrabal celebrando la ceremonia de la confusión». Siete años después fue detenido en Murcia y encarcelado por haberle firmado a un lector en Madrid, en uno de los ejemplares del libro, esta dedicatoria: «Para Antonio. Me cago en Dios, en la Patria y en todo lo demás». En su defensa firmaron un manifiesto Milan Kundera, François Mauriac, Arthur Miller, Samuel Beckett y hasta dos escritores cercanos a la dictadura, como Pedro Laín Entralgo y Camilo José Cela. Sin embargo, fue su «Carta al general Franco» (1973) su obra «opositora» más difundida, y la que le permitió, según un artículo que leí hace unos días y que no enlazo aquí porque ahora no lo encuentro, formar parte del club de los cinco españoles más peligrosos para la dictadura. Los otros cuatro eran Santiago Carrillo, Dolores Ibárruri y los militares republicanos Enrique Líster y Valentín González. Que el franquismo mantuviera un escalafón de enemigos quizá sea un cuento, no lo sé, pero protagonizar un cuento también hay que ganárselo.
«Arrabal celebrando la ceremonia de la confusión» es una breve delicia que semeja un conjunto de sueños. No me preguntéis de qué trata. Solo hay que sentarse a leer y a disfrutar, lo que resulta en extremo sencillo dado que los «sueños» (¿o delirios?) solo superan las tres páginas rara vez, y entonces lo hacen para quedarse en las cuatro. Leer este libro es como vagar sin prisa por un museo prodigioso en el que cada sala te cuenta una historia fantástica que se desarrolla ante tus ojos. Desde una especie de plaza en un parque, en la que hay una giganta en un pedestal, el arrabalesco narrador emprende varios viajes a través de las diferentes entradas a un laberinto que parten de la plaza. En cada viaje hay varios «laberintos», y cada uno de ellos es una especie de sueño o fantasía de exquisita factura, inteligente, con un lenguaje rico, abundantísimo, florido y, en general -salvo alguna pequeña excepción- con finales inteligentes e ingeniosos que el lector no anticipa y que parecen un mamporro a lo previsible que tan bien viene a tantos escritores. Es la exuberancia de la imaginación lo que más impresiona, aunque algunas personas hay que la consideran impostada. Pero, de ser así… ¿y qué? ¿Quién ha dicho que este libro deba ser una secuencia de fantasías naturales? ¿Por qué no cabe la provocación construida pieza a pieza?
Esta es una obra destinada al placer de leer por leer. De leer como quien sueña. De dejarse deslumbrar por una imaginación poderosa. De resultas, el lector acabará confundido con la ceremonia, como avisa el título, pero satisfecho. Casi embobado.


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