En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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martes, 10 de marzo de 2026

Te mato. La próxima vez que te vea con oxígeno, comerás flores.

 



Es frecuente que los historiadores recurran a la literatura para conocer la letra pequeña de la historia. Cervantes, en el Quijote, no dijo demasiado de Felipe III, a quien, si no recuerdo mal, ni mencionó explícitamente, pero, en cambio, detalló cómo era la vida en las aldeas castellanas y en las ventas de comienzos del siglo XVII, o los hábitos alimenticios o cómo se manifestaban las distancias sociales en el mundo rural.

    Lo cuento porque en lo que va de año he leído y reseñado «Comerás Flores», «Oxígeno» y «La próxima vez que te vea, te mato», de Lucía Solla Sobral, Marta Jiménez Serrano y Paulina Flores, respectivamente. Tres mujeres nacidas en un intervalo de catorce meses, los que van desde el 30 de diciembre de 1988, en que nació la chilena Paulina Flores, al 22 de febrero de 1990, en que nació Marta Jiménez. Lucía Solla nació en 1989.

    Las tres obras comparten autoría femenina, las tres autoras pertenecen a una misma generación; las tres obras son narradas en primera persona por protagonistas que parecen o son un alter ego de las autoras, y todas transcurren en el presente. Pero los argumentos son muy distintos. Tanto que se diría que no tienen nada que ver. «Comerás Flores» versa sobre el abuso emocional, «Oxígeno» cuenta el trauma que sigue a un grave suceso doméstico y «La próxima vez que te vea, te mato» aborda, por decirlo de algún modo, la «gestión del poliamor». La primera transcurre en Galicia, la segunda en Madrid y la tercera en Barcelona.

    Sin embargo, y volviendo al primer párrafo, como las tres transcurren en el tiempo presente, en un mismo país y han sido escritas por tres mujeres de una misma generación es fácil identificar trasfondos comunes. El que más me ha llamado la atención por lo evidente ha sido el problema de la vivienda, determinante en las tres historias.

    Las tríada de protagonistas son mujeres en la treintena, he apuntado. Añado que todas tienen formación universitaria y trabajos o becas que han buscado; las tres tienen una retribución habitual en sus sectores. Su situación económica es por tanto similar y, por eso, dada la situación del mercado inmobiliario, para las tres la vivienda supone un mismo problema. Las tres se han independizado… de la familia. Pero no han podido hacerlo sin caer en nuevas dependencias: la protagonista de «Comerás Flores» comparte piso con una amiga, la de «Oxígeno» llega a pagar el alquiler porque se ha ido a vivir en pareja, y el laberinto emocional de la protagonista de «La próxima vez que te vea, te mato» surge de la necesidad de compartir piso con desconocidos que, a partir de ese momento, dejan de serlo.

    Las tres trabajan más o menos en aquello para lo que se han preparado y ninguna de ellas puede vivir sola, repito. Sin embargo, las consecuencias son muy distintas para cada una. La literatura nos muestra cuántas ramificaciones puede tener un mismo problema.

    Si tu intimidad se reduce a una habitación y todo lo demás es compartido, ¿cómo no se va a deslumbrarse la protagonista de «Comerás Flores» ante el soberbio casoplón en que el vive el hombre maduro y manipulador que le echa los tejos? ¿Cómo no considerarlo un triunfador. ¿Cómo no van a sucederle cosas a la protagonista de «Oxígeno» si para poder tener unos poquitos metros cuadrados más y poder respirar baja inconscientemente el listón de la exigencia en todas las demás características del piso que alquila? ¿Cómo la protagonista de «La próxima vez que te vea, te mato» no va a acabar con la cabeza como una jaula de grillos si se ve forzada a convivir con desconocidos con los que inevitablemente va a trenzar buenos o malos lazos emocionales?

    Tres historias distintas que hubieran sido mucho más parecidas, quizá por inexistentes, de no ser el acceso a la vivienda el mayúsculo problemón que es ahora y que la literatura ha comenzado a reflejar ya como parte del decorado social.

Que cada vez en más sitios el ciudadano medio con un salario medio no pueda acceder más que a una habitación con todo lo demás compartido es una aberración que nos retrotrae a tiempos tristes y conflictivos. Que tantas personas con empleos normales deban vivir con un pie en una habitación y el otro en la pobreza es ya una situación límite. ¿Y qué hay que hacer ante ella? ¿Qué hacer cuando el mercado ha primado tanto el derecho a la inversión sobre el derecho a vivir que ahora ya casi nadie puede vivir de modo independiente? Es decir, ¿qué hacer cuando un mercado no funciona? La respuesta, cuando se alcanza el límite, es sencilla: intervenir ese mercado. Limitar los precios o intervenir las cantidades de inmuebles en el lado de la oferta y/o en el de la demanda (tasar el número de viviendas que pueden acumularse, obligar a un uso, impedir otros...). Suena fuerte, pero aparte de que ya se hace en muchas partes del mundo todos vivimos en un entorno con mercados esenciales intervenidos: el energético, los mercados agrícolas, los mercados de medicamentos, las telecomunicaciones, los transportes aéreos, marítimos y ferroviarios…  Hasta los libros tienen los precios tasados. Y gracias a esto vivimos mejor. Oponerse de entrada a toda intervención es una muestra de ignorancia o de interés particular.

Ojalá que Marina, Marta y Javiera, las protagonistas de las tres novelas, puedan contar cosas muy parecidas, y buenas, dentro de un tiempo. Significaría que quien quiere llevar una vida normal y ha puesto los medios puede hacerlo. Aunque, tal y como están los tiempos y viendo algunas «políticas» de vivienda… En fin. Lo dicho: mejor nos irá cuando los argumentos de la literatura tengan otros orígenes.


lunes, 19 de enero de 2026

Comerás flores – Lucía Solla Sobral

 


En algún momento comencé a ver este libro en muchos sitios y siempre con opiniones favorables, entre ellas las de personas en cuyo criterio confío. En consecuencia, tan pronto como me topé con él en una librería caí alegremente en la tentación.

Comienzo por el final: el balance es positivo, «Comerás flores» es un libro que recordaré por su argumento y el modo en que se desarrolla.

Aludo al modo porque durante una parte de la lectura me ha sumido en cierta confusión, lo cual no es una crítica sino, visto el resultado final, un acierto.

Me explico. «Comerás flores» es la narración, en primera persona, de la relación entre una mujer que comienza teniendo 25 años (y termina con 27, edad desde la que narra la historia) con un hombre de cuarenta y tantos, separado, con una hija de la misma edad que la protagonista y una profesión que parece glamurosa (por cómo la vende) que le proporciona pasta en abundancia y contactos adinerados. Por contraste, cuanto rodea a la chica, su familia, su trabajo, su historia… es de un habitual que la sitúa en la mediocridad. Cenicienta de clase media y alguien de su misma condición pero con bastante más pasta e ínfulas de príncipe.

Para bien o para mal, en los inicios de la lectura me venía a la cabeza «Hay algo que no es como me dicen»¸ la obra en la que Juan José Millás analizó el acoso a la concejal de Ponferrada Nevenka Fernández (26 años) por parte del alcalde, Ismael Álvarez. El punto más brillante de ese libro expone el contraste entre la inocencia y la falta de experiencia de una mujer que apenas había salido del cascarón y el colmillo retorcido de un cacique y «empresario de la noche» (vaya eufemismo) ya cincuentón. Esa diferencia era clave para explicar el desequilibrio que facilitó el acoso. Este libro venía a mi mente para bien o para mal, decía al principio del párrafo, porque al leer «Comerás flores» sin darme cuenta comparaba a la pareja protagonista con la del libro de Millás.

Quizá por eso haya experimentado algo de confusión, porque me ha costado más situarme.

La relación entre Marina y Jaime comienza con una especie de flechazo lo bastante bien contado como para hacer natural su deje peliculero. Por evidentes razones de edad Marina no tiene tanta experiencia vital como Jaime, pero tampoco es una recién llegada al mundo adulto: trabaja, ya no vive con sus padres sino con una amiga, no parece haber estado especialmente sobreprotegida y ha pasado por el trance de la muerte de su padre. Sin embargo, así como desde el comienzo queda claro para el lector que Jaime sabe lo que hace y por qué, sobre Marina planea la duda de hasta qué punto será capaz de suplir la falta de experiencia con sentido común e inteligencia. Además, aún está en pleno duelo por la muerte de su padre, tiene vivo el recuerdo de las relaciones afectivas dejadas atrás (con cambio de vida incluido) y tener que vivir con una amiga da muestra de la precariedad de su situación económica.

Todo esto es importante, porque cuando la sinopsis habla de los «espejismos de las relaciones desiguales» quiere decir que alguien, la víctima del espejismo, sale trasquilado. Y si hay víctimas, hay responsabilidad. Lo desconocido es cómo se reparte ésta en el caso concreto. Unos dirán que la responsabilidad de zamparse a la cordera es del lobo que la agrede y, otros, que es de la cordera por no advertir que un bicho con unos colmillos tan grandes no puede ser solo un amoroso borrego adulto. En «Comerás flores», al principio, la falta de reacción de Marina a detalles elocuentes produce cierta exasperación. «No puede no darse cuenta», piensas, y de ahí pasas a temer que el planteamiento esté siendo forzado. Pero según avanza la lectura y con ella los hechos que forman la historia, la responsabilidad se va inclinando de modo natural hacia el lobo. Esto exculpa a Marina porque, además, aunque a veces los muestren, nadie dijo que los lobos no sepan ocultar sus piños. De hecho, esa es la astucia que permite la manipulación. La secuencia de escenas que van desde el conocimiento a la convivencia van dejando las cosas claras al lector, espectador de algo que ve venir como desde una atalaya y que, precisamente por eso, puede analizar a placer. 

Jaime y su cuenta corriente colman de atenciones a Marina, lo cual es común a los borregos enamorados y a los lobos en cacería. Estos últimos siempre usan de modo consciente el exceso de atenciones para excluir al resto del mundo; esto es, para aislar a la víctima y poder disponer de ella. Solo entonces, o si la víctima intenta escapar al ser consciente de la trampa, el lobo enseña los dientes. El borrego enamorado también colma de atenciones que acaban aislando a su amada, pero lo hace de un modo compulsivo y no premeditado, casi por glotonería emocional; por eso, cuando la víctima intenta escapar, unas veces el borrego se bate en retirada con un mayúsculo soponcio y otras… se convierte en lobo.

«Comerás flores» mantiene en vilo al lector jugando con dos ideas que derivan de lo anterior: la primera, cuánto de lobo y cuánto de borrego enamorado tiene Jaime y, la segunda, cuándo se dará cuenta Marina de que no está formando un «nosotros» sino que está cediendo su propia vida a mayor gloria de la de Jaime porque, si algo queda claro desde el inicio, es que la iniciativa la lleva él y para hacer lo que él quiere. Precisamente por eso hablo de lobos y corderitos mejor que del mutuo cortejo entre animalitos en celo.

También es necesario fijarse en la concepción del amor o de la atracción (diferencia a la que luego aludiré). ¿Jaime se fija en Marina por lo que es o por lo que cree que puede hacer de ella? ¿O porque, como mujer joven y atractiva, es la pieza de caza que un triunfador como él merece y con la que eterniza su propia juventud? ¿Y ella? En muchos de sus comentarios hay un punto de cálculo cuando en la balanza siempre aparece el bienestar material que Jaime puede procurarle. ¿Dónde quería ir cada uno cuando ha puesto al otro en su ruta?

    Yendo más allá, también es relevante pensar en el papel del «fechazo» en este tipo de historias. Es decir, en la diferencia entre atracción y amor. Como el amor está vinculado al conocimiento, está claro que los flechazos se basan en el atractivo. ¿Cuál? El que, puesto que no se conoce a la otra persona, se le presupone: lo que se cree que esa persona es, o lo que se espera de ella, o lo que se desea, o lo que representa o parece. A saber. Luego, quizá mucho tiempo después, cuando se avanza en el conocimiento y, sobre todo, cuando se disipan las tinieblas de las presunciones, es cuando surge el amor, el odio o la indiferencia. Esta filípica viene a cuento de los desequilibrios y las posibilidades de manipulación que se abren cuando, ante un «flechazo», una de las personas cree en él y la otra no. Adivinad cuál lo tiene más fácil para manipular a la otra. Adivinad quién se ha enamorado del amor y quién del cálculo.

    Y termino: Marina no está sola frente al destino. Parafraseando sus recurrentes balances de situación, tiene una familia, amistades, una perra y un padre muerto. Tiene su propio mundo. El papel que cada uno de esos componentes juega en su vida acaba influyendo en el devenir de una historia que lo es, también, sobre arraigos y desarraigos afectivos, sobre hasta qué punto puede uno cambiar sin dejar de ser lo que es, sobre las consecuencias de dejar de serlo y sobre qué parte de nosotros son cada uno de los otros.  

    En fin… Vaya testamento. Si has llegado hasta aquí, ojalá te anime a leer las poco más de 240 páginas de esta novela.