En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 8 de mayo de 2025

Las mentiras de la noche – Gesualdo Bufalino

 


¡Qué novelón estas ciento y pico páginas del siciliano Gesualdo Bufalino! Un autor, por cierto, que no publicó nada hasta los 60 años.

Con una prosa preciosista, lírica, alejada de la simpleza del realismo, pero con la intención lograda de causar intensas sensaciones, Bufalino cuenta la última noche, en un presidio sobre un islote inaccesible, de cuatro condenados a muerte. Carbonarios acusados de conspirar contra la dinastía borbónica.

Aunque condenados a muerte... no con total certeza, porque para pasar esa noche el gobernador les entrega una urna de madera, papeles y material de escritura y les plantea un dilema: todos, antes del amanecer, deben meter en la urna un papel. Si solo uno de ellos descubre en él la identidad del Padreterno, que es como se hace llamar el misterioso líder carbonario, todos quedarán vivos. Pero si ni uno confiesa, la condena se confirmará y todos morirán decapitados. Guillotinados. Es decir, el gobernador da a los cuatro la ocasión de traicionar sus ideales sin ser descubiertos por los demás. Y además el traidor no solo se habrá salvado a sí mismo, sino también a sus colaboradores, con lo que podrá calmar su conciencia.

Los reos, un viejo aristócrata, un soldado, un estudiante y un poeta son recluidos en una sala junto a la urna y a un famoso bandolero que, tras haber sido torturado, también espera la muerte al alba.

Sin otro remedio que afrontar esa larga noche junto a la tentación de traicionar sus `principios en la urna y en medio de las desabridas opiniones del ya viejo bandido, los cuatro deciden que el mejor modo de pasar sus últimas horas en el mundo no es temiendo la muerte, sino recordando la vida, y así es como cada uno cuenta una historia sobre sí mismo. Algo que les ha marcado.

Con cada una de esas historias, una especie de relatos dentro del relato, los principios y razones de cada cual quedan más y más zarandeados, hasta el punto de preguntarse el lector cómo es que gente impulsiva y sometida a esos vaivenes emocionales han llegado a ser, sin embargo, tan fieles a la causa carbonaria, al derrocamiento de un rey que ni siquiera tiene hijos que alarguen la monarquía, aunque sí un hermano que, como último remedio, heredará el trono.

El lector vacila a la hora de prever por dónde saldrá cada personaje al final de la noche, de esa noche de mentiras que anuncia el título. ¿Habrá un traidor? Parece que sí. Cualquiera podría serlo sin ser por ello desleal con su propia vida, pues quien más y quien menos ha sido egoísta. Podría darse el caso, incluso, de que todos acabaran siendo traidores, con lo que conservarían la vida, pero difícilmente podrían mirarse a la cara entre ellos. Podría pasar que… Podrían suceder mil cosas, porque cada uno tiene en su mano su propia salvación y todos tienen, también, el deseo de ser fieles a sus ideas, deseo más fácil de mantener si se confía en que al menos otro no traicione esos ideales comunes.

Es así como la novela avanza hacia un final movidísimo, repentino, inesperado y genial, que se desarrollad en dos pasos. Uno primero en el que se resuelve la suerte de los reos y, en un momento inmediatamente posterior, un nuevo final, una nueva interpretación de los hechos que deja pasmado y admirado al lector y sin saber qué carta tomar: o los prisioneros fueron unos genios, o alguien fue víctima de su propia idiotez.

El lector, como todos y cada uno de los personajes de esta historia, queda en manos de su propia opinión.

Las mentiras de la noche han causado estragos. El principal, hacer invisible una verdad que inequívocamente está ahí pero que es imposible identificar con certeza. Aunque, eso sí, hay una opción con mucha más fuerza que otra. Con ella, pero con la duda, se queda el lector.

Una genialidad.


lunes, 5 de mayo de 2025

Los muertos no se tocan, nene – Rafael Azcona

 


Lo más solemne que podemos hacer es morirnos. 

Otra cosa, claro, es que en tan delicado trance la solemnidad empieza en uno mismo y termina en el primer deudo o señor que pasa por allí con la mente en otra cosa.

Decía en este blog, en 2012, que lo contrario al humor no es la seriedad, sino la solemnidad. Y como la solemnidad no es otra cosa que el artificial adorno de la realidad para dar importancia a algo o alguien, cuando en la escenificación irrumpe lo cotidiano se rompe la solemnidad, y por la grieta se cuela el humor. Por eso movía a la sonrisa el gavioto que en el último cónclave se instaló durante interminables minutos junto a la chimenea de la sala aneja a la Capilla Sixtina, enfocada por una cámara fija que retransmitía a todo el mundo, a millones de televidentes cuya espiritualidad se vio sustituida por el temor a que los intestinos del avechucho interfirieran en el humeante habemus papam; por eso sonreímos hace ya más tiempo, en 2007, cuando el Presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, visitó una mezquita en Turquía y, al descalzarse, mostró al mundo los tomates de sus calcetines, por los que asomaron dos relucientes dedos gordos; o por eso no fueron pocas las autoridades incapaces de reprimir una sonrisilla cuando, en el momento más solemne del desfile del 12 de octubre de 2019, el paracaidista que traía desde los cielos la bandera nacional (¡qué evocador la patria descienda de los cielos!) se dio un trastazo contra una farola y con él quedó, colgando cual longaniza, el símbolo de la soberanía nacional.

Con esta idea, la de ruptura del protocolo (porque el protocolo es el ritual para invocar la solemnidad), juega constantemente Rafael Azcona en esta divertidísima novela que publicó en 1956, cuando tenía solo treinta años.

La censura no permitió que fuera llevada al cine, probablemente porque las alusiones sexuales son sorprendentemente claras y abiertas para la época. Tuvo que esperar hasta 2011.

Logroño. Años cincuenta del siglo XX. Don Fabián, casi centenario, está a punto de morir en su casa, en su cama, y lo hace no sin antes pronunciar unas últimas palabras llamadas a pasar a la posteridad, aunque lo que entiende su hijo lo sabrá quien lea la novela. El caso es que el hombre casca y, habiendo sido nada menos que funcionario municipal (amén de gran aficionado a los toros) hay que dar a las pompas fúnebres el brillo necesario, sobre todo porque es probable que el alcalde en persona pase por el domicilio a dar el pésame, con lo que lo importante, al final, no es el muerto. Es que los vivos queden bien con el regidor. Es decir, el muerto pasa a ser instrumento de las aspiraciones de los vivos. ¡Pobre don Fabián! ¡Toma solemnidad!

En torno al difunto está su hijo, un septuagenario viudo, tratante de piensos, algo aturdido por el deceso; su hija y el marido (un suboficial militarote, un besugo con ínfulas) que intentan llevar la dirección de las honras; y el biznieto Fabiancito, adolescente que además de incipiente pésimo poeta está descubriendo el sexo en verso y prosa. En torno a la desconsolada, ejem, familia, está la criada, un mendigo, un señor de Bilbao y quién sabe si la segunda nieta del finado, en su día expulsada de la familia por cometer la ignominia de liarse nada menos que con un afilador gallego, que, por si acaso alguien lo ignora, era lo más bajo que cabía imaginar en la sociedad de la época.

Y así, tras un comienzo titubeante que hace que al menos el primer tercio de la novela parezca ir sin rumbo, la acción va cogiendo velocidad hacia su destino final, que no es otro que enterrar a don Fabian. Lo que sucedió en el ínterin lo sabrá quien lea una novela con la que, lo reconozco, he tenido que dejar de leer al menos dos o tres veces por culpa de la risa.

Termino: los años cincuenta, con sus tremendas carestías, también juegan un papel humorístico impagable. Intentar mantener las apariencias cuando apenas hay nada que aparentar da un juego notable. La improvisación, la chapuza y las ideas extravagantes campan a sus anchas y retratan a una sociedad que quiere y no puede incluso cuando llega la muerte. Una sociedad, también, donde el mejor parado es el caradura y donde todo hijo de vecino rinde pleitesía a quienes tienen dinero suficiente para no pasar penurias. 

Humor a raudales, especialmente negro. ¡Y qué bueno es el buen humor negro! Al trivializarla, nos hace perder el miedo a la muerte y mirarla a los ojos. Nos hace casi hasta darle una palmadita en la espalda.


lunes, 28 de abril de 2025

Vidas escritas – Javier Marías

 


Uno se define por sus afinidades y, sobre todo, por los enemigos que elige. Enfrentarte a un pelagatos hace otro de ti. Así que, hablando de escritores, el inteligente, y Javier Marías lo fue, prefiere mezclarse con quienes, más o menos conocidos, han dejado huella en la historia de la literatura. Los muertos, además, no replican. Y ofrecen otra ventaja no menor: cuando un imbécil se codea a iniciativa propia con los Cervantes de la historia solo es capaz de resaltar sus propias limitaciones, pero cuando lo hace alguien como Marías, inteligente y culto, encuentra los más ilustres apoyos para hacer brillar sus cualidades.

Primera conclusión: seas listo o tonto, al pelagatos marrullero dedícale solo silencio. Segunda: el mundo agradecerá que olvides a los pelagatos y te relaciones con los grandes, sea para elogiarlos o censurarlos, porque así podrá calarte más rápidamente tanto si eres idiota perdido como persona de talento.

Cierto es, no obstante, que entre los egregios protagonistas de este libro los hay más y menos conocidos. 

    Dijo Javier Marías en el prólogo que estas breves semblanzas están contadas «con afecto y guasa», y es cierto, pero esto implica reconocer un trato de igual a igual y, por tanto, una elevada opinión de sí mismo. Lo menciono porque esta es la perspectiva que va a encontrar el lector. De hecho, como también señala Marías en ese mismo prólogo, estas pequeñas historias son cualquier cosa menos biografías; son anécdotas, o análisis desde el enfoque que, por lo que sea, le ha llamado la atención; es decir, da a los retratados el trato que se dispensa a los iguales: cuando hablamos de un amigo o un conocido al que no ponemos por encima de nosotros antes contamos lo que resaltamos de él que su biografía; y esta ocasión en lo resaltado priman las rarezas sobre las virtudes. Todo esto no sé si dice mucho o poco de Marías, pero sí permite un tono confianzudo con el lector, que tiene la impresión de estar charlando o cotorreando con él sobre Faulkner, Henry James, Conan Doyle… Confiesa Marías que el afecto solo ha fallado en el caso de Joyce, Thomas Mann y Mishima, lo cual se nota especialmente en los dos últimos casos.

Al tono confianzudo contribuye que cada personaje, por lo de él retratado, está más cerca de lo desastroso que de lo sublime. Manías, anécdotas, pasos en falso, ridículos, fracasos, obsesiones, miradas al propio ombligo… Todo esto vamos a encontrar aquí. Cosillas, por cierto, que igualan a las lumbreras con los simples mortales que todos somos. Cosillas, también, que al romper lo solemne de la celebridad abren la puerta al tono cómico.

De este modo Marías se iguala a los retratados, para, todos de la mano, descender hasta la posición del lector e igualarse a él.

Así que todos iguales y todos contentos.

Un libro muy ameno, escrito con gracia y elegancia, que se lee rapidísimo gracias, también, a la brevedad de las reseñas: nunca más de cuatro o cinco páginas. Esta edición incluye fotografías seleccionadas por Marías para abrir cada capítulo, y una especie de apéndice fotográfico seguido de comentarios que son una delicia por la caprichosa agudeza con que interpreta los detalles.


jueves, 24 de abril de 2025

Primero estaba el mar – Tomás González

 

Solo las referencias tecnológicas permiten situar temporalmente una historia que podría transcurrir en cualquier época. La obra está inspirada en la (mala) suerte de Juan Emiliano, hermano mayor del autor, que murió asesinado en 1977 en su finca de Titumate, en la costa colombiana más cercana al este de Panamá. Tomás González, nacido en Medellín en 1950, publicó esta breve novela en 1983.

Primero estaba el mar comienza cuando J., el protagonista, y su mujer, Elena, llegan a una pequeña isla en el golfo de Urabá (cuya costa oeste es la de Titumate, aunque las referencias para los protagonistas son las de la costa este) para hacerse cargo de la hacienda que han comprado en ella. Su objetivo es vivir plácidamente. Vivir mirando al mar. Leyendo, tomando el sol, bebiendo unas copitas… Olvidar el pasado más o menos turbulento en la ciudad y cambiar de vida. El propósito queda claro cuando se menciona la parte del equipaje más importante de J.: los libros. Eso sí, se deja traslucir hasta resultar evidente que la idea del cambio de vida fue de J.

Ocurre, sin embargo, que la habitabilidad de la casa es manifiestamente mejorable, que la climatología no hace el panorama tan idílico como imaginaban y, sobre todo, que la explotación de la hacienda, que no había de ser más que un pasatiempo, pasa a tener una importancia capital cuando se esfuma una parte relevante del patrimonio con el que contaban. Una situación complicada, porque como propietarios forman parte del reducidísimo censo de capitalistas de la isla, y de tales quieren ejercer, sobre todo Elena, que no lleva demasiado bien mezclarse con la chusma; pero son unos capitalistas muy achuchados por la necesidad de comer y sometidos a las carestías de todo tipo, en especial de personal, que hay en la isla.

¿Y qué ocurre entonces? ¿Será bueno el dicho de que cuando la pobreza entra por la puerta el amor salta por la ventana?

Pues sí, claro. Si el proyecto más o menos común no convencía a ambos por igual, las ganas y las fuerzas para remediar los sinsabores difícilmente pueden ser las mismas. Es así como la distancia entre la pareja crece al tiempo que se hilan precariamente las relaciones con la población de la isla; unas relaciones desiguales porque, paradójicamente, el propietario es quien más ahogado está y, para colmo, cuenta en su contra con su propia supina ignorancia en materia económica y con el osado monopolio de mano de obra de quienes, por más desarrapados que sean, se saben imprescindibles y carentes de todo vínculo emocional con esa pareja de extraños.

E igual que el amor salta por la ventana pueden hacerlo también las lealtades, porque toda lealtad ha de empezar por uno mismo y dejarse embarcar hacia el naufragio tiene más de estupidez que de lealtad. Y si esto es así para el honesto, ni que decir tiene que aquellos otros que en nada valoran la lealtad campan a sus anchas (y, si no son muy espabilados, a veces incluso en contra de sus propios intereses).

¿Y qué ocurre cuando todo comienza a ir entre mal, muy mal y desesperantemente mal? Que mucha gente se agarra, grave error, a lo primero que encuentra.

Primero estaba el mar es una breve, lúcida, dura y contundente obra sobre cómo afrontar la vida. No es difícil extraer de ella lecciones importantes. Una gran novela para leer y releer.


lunes, 21 de abril de 2025

El lugar de un hombre – Ramón J. Sender

 


Todo ser humano tiene un lugar en el mundo, parece sugerir el título, y abandonarlo puede generar una hecatombe, como en el famoso dicho del aleteo de las mariposas. Aunque también puede interpretarse que el lugar de cada cual es el preciso para hacer frente a sus responsabilidades. O para hacer valer la verdad. O…

O para lo que crea quien lea esta magnífica obra.

El libro comienza con un largo y profundo prólogo de Donatella Pini que más parece dirigido a estudiosos que a lectores. Un prólogo un tanto árido (o será que me podía la impaciencia por llegar a Sender) y rebuscado en lo conceptual.

    Quizá por contraste con él la novela emerge luego con una prosa clara, directa, diáfana, luminosa a pesar de lo oscuro de la historia. Una gozada.

    Concluye la edición con algunos artículos y reportajes publicados por Sender en El Sol, con ocasión de su labor periodística en el llamado «crimen de Cuenca». El último artículo, unos años después, publicado no recuerdo dónde pero ya en democracia, durante la República, es especialmente clarificador respecto al por qué de los anteriores y, de rebote, también de la novela, que vio por primera vez la luz a finales de los años 30 del siglo XX.

    Tan clarificador es ese último artículo que comenzaré por él, señalando lo que omitían los artículos en El Sol debido, según palabras de Sender, a la censura de la dictadura de Primo de Rivera. ¿Qué no mencionaban? Las torturas de la Guardia Civil. Probablemente baste esto para justificar la novela, que las detalla, sin recrearse, de modo que todo lo demás resulta comprensible. Es la pieza que faltaba en la información periodística para acabar de comprender el famoso crimen de Cuenca, en el que se inspira la novela, si bien en ella la acción ha sido trasplantada a Aragón, con lugares reconocibles y lugares construidos con retazos de otros. O, al menos, la tortura es la pieza fundamental, pero Sender añade otra que por sí sola también justifica la novela: la influencia en los hechos de las componendas políticas. 

    ¿En qué consistió el «crimen de Cuenca»? En que un pastor de Tresjuncos, llamado José María Grimaldos, un buen día de 1910 desapareció sin dejar rastro tras vender unas ovejas. Su familia denunció la desaparición y dos campesinos de la zona, León y Gregorio, fueron acusados de haberlo asesinado para quedarse con el dinero. Aunque en un primer momento la causa se sobreseyó por falta de pruebas, en 1913 un nuevo juez reabrió el caso, y ambos fueron condenados a penas de prisión tras confesar... tras las espeluznantes torturas a que los sometió la Guardia Civil. Tras más de doce años de cárcel fueron indultados, pero no rehabilitados socialmente. Medio año después, ya en 1926, reapareció Grimaldos tan campante. El muerto afirmó haberse ido por su propia voluntad y por una contundente razón, ejem: le había dado un barrunto. Tal cual. Tras la completa identificación de Grimaldos vino la rectificación y la rehabilitación de sus dos «asesinos». Lo de «rectificación» es un decir. El «error» judicial nunca hubiera sido tal, y por eso lo entrecomillo, de no haber sido por las torturas de la Guardia Civil. Los verdaderos criminales, los que torturaron, pues no hubo otro crimen, se fueron de rositas. Pero estas torturas habían sido las determinantes de desastre. Y tan complicado es siempre denunciar el abuso de poder que incluso ya en 1979, ¡más de medio siglo después y con la Constitución aprobada!, se prohibió la exhibición de la película de Pilar Miró sobre este crimen. No se pudo proyectar hasta 1981.

    No tan claro queda en la información periodística elaborada por Sender, pero sí en la novela, el papel de la política local, caciquil, o cómo la conveniencia de señalar como asesinos a los del pueblo que votaba liberal o de instrumentalizar la «resurrección» pudo influir en el devenir de los hechos.

    Tras contar todo esto supongo que queda claro que el valor de esta novela va mucho más allá del meramente literario.

    Pero el literario también lo tiene, por supuesto. Leerla es una delicia. Ideas claras, exposición concisa, ordenada, bien estructurada, sin paja, con un lenguaje rico y con numerosos localismos, sin que el autor tome partido por nada distinto a los hechos.

    Una gran novela que hace mejor al lector.


martes, 15 de abril de 2025

Por qué escribí «El hombre que enseñaba a leer»

 


    Con la excepción de un librito de ficción al año, el Instituto de Estudios Altoaragoneses (IEA) solo hace publicación científica. El librito, dentro de la colección «Letras del año nuevo», sirve para felicitar el año y también se pone a la venta.

    En este complicado 2025 el título ha sido «El hombre que enseñaba a leer», y, con ilustraciones de David Adiego, el autor c´est moi.

    Solo me pusieron una condición para disfrutar del honor de participar en esta ya larga colección: la obra debía ser breve. La temática, en cambio, era libre, totalmente libre me advirtieron los muy insensatos. Hacía falta osadía, ¿eh?, porque dar rienda suelta a un tipo con títulos como «La terrible historia de los vibradores asesinos»«La sota de bastos jugando al béisbol» o «La detención de los Reyes Magos» podía provocar que una institución tan seria como el IEA felicitara el año nuevo con cualquier estropicio. Hasta con los Reyes Magos recién condenados.

    Que hice uso de la libertad lo demuestran las opciones que barajé: alguna corta aventura de Ajonio Trepileto; otra de un antepasado suyo; la historia, basada en hechos reales, de un caradura que intenta camelar a un alcalde para llevarse un dinerillo a cambio de humo… Pero ninguna de ellas me convenció. O, al menos, no para esta ocasión. Sí lo hizo «El hombre que enseñaba a leer». Estas son las razones:

    Dado que el IEA tiene un papel relevante en el mundo cultural aragonés y buena parte de su actividad se traduce en publicaciones, consideré oportuno que los libros ocuparan un hueco en la historia. Sin pretender, eso sí, escribir algo tan manoseado como un libro sobre el mundo editorial.

    Por otra parte, en el permanente y complejo proceso de amueblarnos la mollera los papeles más importantes están reservados a profesores, investigadores, pedagogos… A todos quienes hacen posible que funcione un colegio y que haya algo que contar en él. Siempre me he sentido en deuda con esta invisible multitud. Don Celso, el maestro de escuela nonagenario al que otro personaje, Rafael, agradece haberle enseñado a leer, me permitía homenajearles.

    Como además la extensión debía ser reducida, aproveché para recordar que no hacen falta muchas páginas para disfrutar de la gran literatura. Nunca he entendido que la brevedad vaya en mengua del prestigio. Para mí es exactamente al revés. ¡Viva lo pequeño! Lo digo por las novelas de Kafka, Steinbeck o Hemingway que Rafael se lleva en el bolsillo para leer en los descansos de sus caminatas.

    Anclar todo esto a la actualidad me lo permitió Irene Vallejo. Su «Manifiesto por la lectura» (también una obra corta) es el detonante de lo que sucede a los protagonistas. Desde hace cinco años no me resulta posible hablar de la importancia de la lectura sin pensar en ella, que en esta pequeña historia tiene colaboradores insignes: Albert Camus y el ayer fallecido Mario Vargas Llosa también ensalzaron la importancia de saber y poder leer, y además lo hicieron en el instante de mayor reconocimiento a su trayectoria y obra.

    Desde finales de un mes de diciembre (me apeteció que un libro con las características de este transcurriera en esas fechas) los recuerdos de los personajes se expanden a lo largo los inviernos, primaveras, veranos y otoños de toda su vida, disfrutada y sufrida en Santa Clara, la ficticia localidad donde transcurre «La detención de los Reyes Magos» y alguna otra historia que tengo escrita desde hace años.

    Hasta aquí razones y guiños, todos más o menos literarios o relacionados con los partícipes en esta obra.

    Pero ya he dicho que «El hombre que enseñaba a leer» no es relato sobre libros, porque, ¡ay!, la letra impresa no es la vida, aunque lo parezca porque se construye con idénticos mimbres: recuerdos, miedos y anhelos. Por eso en torno a don Celso y Rafael debía ocurrir algo. ¿El qué? Pues eso: la vida.

    Es decir, amor, ilusiones, decepciones, ambiciones, temores, esperanzas…

    Aunque… ¿El alma de emociones y sentimientos no es la ficción? ¿O no es ficción cuanto imaginamos, tememos, esperamos o deseamos y aún no ha llegado o no ha de llegar nunca? Lo opuesto a la certeza es la duda, y la duda la construye la imaginación. Y como en el mañana, o en el minuto próximo, que es donde a menudo fijamos la atención, no puede haber certezas...

    Así que la vida, al final, tiene mucho de ficción.

    Como las novelas.

    Así que igual lo que he afirmado antes está equivocado y vida y literatura no solo se parecen.

    Y este es un buen motivo para que, leamos o no, reivindiquemos la imaginación.

    Porque vivimos en ella.

    Y porque, por eso, leer es vivir.


lunes, 14 de abril de 2025

El sol y las otras estrellas - Raquel Lanseros

 


Como no soy lector habitual de poesía no me atrevo a detallar una opinión sobre este breve libro, más allá de decir que me ha gustado mucho, sobre todo los poemas con los que, por motivos personales, más identificado me he sentido. Hay algunos verdaderamente hermosos.

El sol y las otras estrellas puede leerse en un pis pas, pero yo lo hice a lo largo de varios días, en dosis de uno, dos, tres poemas a lo sumo, que leía y releía más de una vez, unas veces para recrearme y otras para intentar saber a qué se refería la autora, que ya se sabe que lo que llevan los poetas en la cabeza no siempre es diáfano, y si no logras averiguarlo no entiendes lo que ha puesto en el papel ni puedes, por tanto, apreciar el resultado. Leer poesía, al menos para mí, es un trabajo arduo: a menudo requiere, por este orden, lecturas de expedición, lecturas de investigación, lecturas de comprensión y, finalmente, de deleite. La lectura dosificada facilita este proceso y hace más sabrosa la degustación.



viernes, 11 de abril de 2025

Mil artículos, mil gracias

 



    El 7 de mayo de 2011 publiqué mi primer artículo en este blog.

Hoy, 11 de abril de 2025, este hace el número mil.

Entonces me disponía a publicar mi primera novela, «La terrible historia de los vibradores asesinos», y en un alarde de, ejem, sabiduría, ejem, ejem, pensé que si un blog sobre parajillos atraía ornitólogos, uno sobre literatura atraería lectores. Como, además, solía reseñar para consumo propio mis lecturas, la parte ardua de mantener un blog no iba a ser tal. Pensé también (a lo vista de los resultados, con menos sabiduría) que quizá alguno los «ornitólogos» que llegaran en busca de libros más conocidos que mis obras maestras repararía en que, a la derecha, una columna anunciaba la existencia de una novelita de humor de título algo raro. Catorce años después espero y deseo que además reparen también en las otras tres.

Es decir, a diferencia de Francisco Umbral yo no vine aquí a hablar de mi libro, sino de los libros de otros…. Pero para que alguien acabara hablando de los míos.

¡Hay que ver qué difícil es dar a conocer un libro y qué constancia he tenido!

Pero también es verdad que este blog pronto se convirtió en un vicio independiente de dar a conocer a Ajonio Trepileto, y luego a ciertos desventurados Reyes Magos y al hombre que enseñaba a leer. Tener aquí, siempre accesibles, mis recuerdos y opiniones sobre Andrea Camilleri, Eduardo Mendoza, Terry Pratchett, Jardiel Poncela, Tom Sharpe, Delibes, Lemaitre y un montón de lecturas y autores de multitud de géneros, países y épocas, es un lujo útil. Y al compartir estas entradas en las redes he conocido lectores con quienes he pasado muy buenos ratos. A bastantes de ellos he llegado a apreciarlos personalmente, y son muchos los que me han descubierto impagables lecturas. Y, por cierto, como pretende también todo bloguero literario, he conseguido dar a conocer algún buen libro a otros lectores, lo cual es una satisfacción tremenda.

¿Y por qué cuento todo esto?

Pues para dar las gracias a todos los que han pasado y pasáis por aquí.

¡Incluso aunque no hayáis leído mis novelas!

        ¡Gracias!

        O, mejor dicho: ¡MIL GRACIAS!

               

 


jueves, 10 de abril de 2025

La paciente silenciosa – Alex Michaelides

 


«Probablemente el final más inesperado de la historia», miente la faja, porque el caso es que a medio libro ya sabía yo (y supongo que cualquiera) quién es el malo de esta película, aunque, lógicamente, no resulte posible hilar lo bastante fino como para saber cómo discurrieron las cosas y por qué sucedieron así. Es decir, que inesperado, inesperado, lo que se dice inesperado, el final no lo es mucho.

De ahí que, aunque en la faja todo libro es lo mejor porque sí o por boca de escritores o críticos mercenarios, me sorprenda el «Premio de los lectores de Goodreads», que no sabía que existía y que ahora dudo de si será manipulable, porque decir que La paciente silenciosa es la mejor lectura en lo que sea, es un exceso manifiesto.

Es entretenido, eso sí. Y un poco original como consecuencia de lo raricos que son los personajes y el escenario en que se mueven: un hospital psiquiátrico con sus tortuosos procesos mentales a cuestas. Pero sobre todo son raros los dos protagonistas. El resto de personajes son secundarios que pululan alrededor para espolvorear información e intencionada confusión.

El asunto comienza con una información tan violenta que inevitablemente capta la atención del lector: Alicia Berenson, una pintora de éxito, le pega cinco tiros a su marido en la cara y a continuación no vuelve a hablar nunca más. ¿Por el shock del asesinato? ¿Por un shock previo? ¿Porque está como una regadera?

Quien nos cuenta la historia es un terapeuta que, obsesionado por el caso, se va a trabajar al hospital psiquiátrico donde está recluida Alicia para hacerla hablar y averiguar qué sucedió. Además, la continuidad del hospital está en el aire y lo que ocurra con un caso tan mediático puede condicionarla. El hombre, llamado Theo, también tiene sus cosillas debido a viejos traumas, y sus métodos son sui generis: puesto que la paciente no se comunica, emprende una peculiar investigación en su entorno, que también es rarico de narices. La cosa se complica cuando el feliz matrimonio de Theo se ve amenazado por un tercero.

Y así, a través de capítulos cortos, con un lenguaje correcto y nada más y con las ideas bien estructuradas y ofrecidas de modo claro, se da enmarañando todo a base de introducir personajes y suscitar dudas sobre los hechos y la cordura y los intereses de cada cual para que el lector no pierda ripio, y luego se comienza a desenmarañar la madeja hasta llegar al optimista final que anuncia la faja.

Aunque haya vendido mucho y sean legión los lectores a quienes les ha gustado, a mí me ha parecido una novela fallida por dos motivos: el primero, porque Michaelides juega burdamente con el lector al comienzo, al poner en boca del personaje narrador los motivos de su obsesión; y, en segundo lugar, por la creo que intencionada confusión de los tiempos de las dos historias: la del terapeuta y su paciente y la del matrimonio del protagonista, confusión relevante. Un buen escritor de thriller debe ser un prestidigitador, no un trilero, y como  Michaelides deja a la vista el truco está más cerca de lo segundo que de lo primero.

En resumen: fast food relativamente bueno para lectores poco exigentes (¿Quién no lo es de vez en cuando?), pero que podía haberse cocinado bastante mejor. 


lunes, 7 de abril de 2025

Un mapa para un crimen – Colin Harrison

 


Novela parecida a la otra de este autor que he leído y reseñado, Manhattan nocturne, e igualmente buena.

Nueva York es protagonista de nuevo. Una ciudad tratada como una especie de animal mitológico, un ser que a todos devora, porque todos llegan a sus calles deseando prosperar, por lo que quienes no fracasan y sucumben a la frustración viven, apiñados en las zonas lujosas, presos de la obsesión por mantener y aumentar su estatus o del miedo a perderlo. 

Nada nuevo. Son muchas las novelas neoyorquinas que cuentan algo parecido.

La diferencia, en el caso de Colin Harrison, es que la historia –en el fondo, una novela negra- se va construyendo ante los ojos del lector. Nada ha sucedido en la primera página. Y, en realidad, nada importante ocurre en las siguientes, pero poco a poco, detalle a detalle, se forma una bola de nieve que en cuanto el lector comienza a verla venir empieza, también, a preguntarse cómo diablos va a terminar el asunto. De este modo, viendo al mismo tiempo la creación del problema y su resolución, al lector se le ofrece un proceso completo que raras veces tiene ocasión de catar.

La historia está contada desde la perspectiva del protagonista, Paul Reeves, un abogado de inmigración lo bastante adinerado como para ser un privilegiado a los ojos de la mayoría y lo bastante poco adinerado como para ser un pringado a ojos de los privilegiados. Paul, que colecciona mapas antiguos de Nueva York, tiene una vecina joven y despampanante casada con un prometedor joven de origen iraní. El matrimonio nada en la abundancia. Un día la vecina, Jennifer, acompaña a Paul a la subasta de un mapa en Christie´s. Y allí, de pronto, se da el piro y…

Y seguid leyendo.

El pasado de los personajes salpica la novela a medida que va siendo necesario. La mezcla de acción y retrato es constante y está muy bien hilvanada. Es armónica, coherente, con un ritmo sostenido, y las situaciones provocan un interés intenso. La historia americana se mezcla con la iraní, las reflexiones sobre el devenir de la sociedad actual son pocas y breves pero agudas y certeras (de hecho, algunas predicciones casi pueden darse por cumplidas) y la prosa es correcta, sobria, sin ser exactamente elegante pero coqueteando con la elegancia.

Una buena novela negra, lo cual, en los tiempos que corren, es ya mucho decir.


jueves, 3 de abril de 2025

Franco – Julián Casanova

 


Tanto ha investigado, escrito y difundido sobre los momentos clave del siglo XX en Europa Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, que es de agradecer (y de algún modo era de esperar) que 2025, cuando se cumplen 50 años de la muerte del dictador, lo haya comenzado publicando en Crítica esta biografía sui generis.

La califico así porque como el propio Casanova advierte en la nota final (aunque mejor hubiera sido avisarlo al principio) esta obra no pretende rivalizar con biografías canónicas, como la de Paul Preston, de modo que en lugar de bucear en todos y cada uno de los datos íntimos o no que alumbraron y condicionaron al personaje y sus actuaciones, Casanova se centra, más bien, en la interacción entre el personaje y la historia incluyendo, eso sí, suficiente información sobre la evolución familiar y profesional de quien, sin planificarlo, llegó a promover una guerra de exterminio y a hacerse con el poder absoluto durante casi cuatro décadas; en ellas vivió apoyado en tres patas (Iglesia, Falange y ejército), con la habilidad suficiente para equilibrarlas y para adaptarse a los profundos cambios en la situación internacional.

La barbarie inicial de la guerra y la posguerra, el larguísimo tiempo en el poder y el control absoluto de la comunicación y la sociedad permitieron al régimen construir «relatos» a su medida según la evolución de las circunstancias. Por ejemplo, el régimen dejó caer en el olvido las otrora jactanciosas expresiones de antisemitismo y admiración del fascismo y nazismo, para inventar, cuando la Segunda Guerra Mundial cambió de rumbo, una supuesta ideología propia de inspiración católica que la Iglesia no tuvo inconveniente en secundar, mientras tuvo al frente a la jerarquía eclesiástica salida de la Guerra Civil, a cambio de prebendas decimonónicas. Otro ejemplo: la legitimación por la victoria militar fue dejando paso a la legitimación por un desarrollismo que suponía un cambio radical en las condiciones de vida de los ciudadanos pero que, en realidad, nada hizo que no se hiciera con libertad y mejores frutos en el mundo democrático. Y como esos cambios de relato, muchos más. Así es como se pasó, al final, de la figura del caudillo victorioso, azote de los enemigos de la patria (esto es, todos los que no lo apoyaban), a la del líder paternalista y protector. A la milonga de la «dictablanda», aunque cuando el régimen comenzó a hacer aguas el paternalismo se llegara a ejercitar con pelotones de fusilamiento.

La labor del historiador, señala Casanova, no es juzgar, sino quitar los velos con que los personajes históricos adornan sus acciones para ofrecer los hechos. Por los años en el poder y porque incluyeron la aparición y desarrollo de los medios de comunicación, los mitos prefabricados por el franquismo fueron infinitos. La realidad fue bien distinta y discurrió por cauces lógicos, dadas las circunstancias, entre las que solo destaca la habilidad de un dictador que apenas sabía un palote sobre nada para utilizar en su beneficio la psicología del poder, en la que, en ella sí, fue un maestro. Volvemos a esos equilibrios entre tres patas que le permitieron sortear la pretensión golpista de restaurar la monarquía y perpetuarse en el poder. El modo en que utilizó la corrupción para garantizar la cohesión y lealtad es enormemente relevante y común a todos los regímenes dictatoriales.

Las obras que he leído de Casanova se caracterizan por su mezcla de rigor, claridad y brevedad. Franco sigue en esa línea. La de la difusión del saber científico, porque de poco sirve la investigación histórica si no sale del ámbito académico. Es una idea en la que insiste mucho en las redes sociales, y este libro es coherente con ella.

Una buena obra que merece la pena leer, aunque para conocer en profundidad al personaje, nada, hasta donde yo sé (que es bien poco, aviso) y he leído, como la biografía de Franco que escribió Paul Preston a comienzos de los noventa y que fue actualizada en 2015.


lunes, 31 de marzo de 2025

Vida de Manolo contada por él mismo - Josep Pla

 


El Manolo de esta brillante y breve obra es el pintor y escultor catalán Manuel Hugué (1872-1945) que tenía 56 años cuando en 1928 (¿o 1927?) un joven Josep Pla (1897-1981) lo retrató a través de una original biografía puesta en boca del propio biografiado.

Con prosa brillante, lúcida, clara y a la vez compleja y siempre ambiciosa, Pla no deja nada por remover ni en lo que respecta a la vida de Manolo ni en cuanto a sus opiniones sobre el arte. Como además Manuel Hugué tuvo durante muchos años una vida marginal, casi cochambrosa, pero intensa y plena de contactos con grandes figuras del arte, y como además se dirige directamente al lector, por boca de Pla, en un tono sincero, despreocupado y resignado, el resultado es una conversación maravillosa, riquísima, donde en pocas páginas el lector sale con una apabullante colección de retratos sobre lugares, épocas y artistas, así como reflexiones sobre el arte extremadamente lúcidas.

En un primer momento toma la iniciativa el aspecto cronológico. La asendereada vida de un muchacho que no sabe que sabe lo que quiere, su desordenada existencia, el caos, la picaresca necesaria para sobrevivir, pero también el modo de asimilar todo. Posteriormente, habida cuenta de que a las alturas en que se produce la narración está claro que Manolo es ya alguien más o menos asentado, se abre la puerta a los capítulos que tratan temas diversos. Los retratos, las reflexiones. De la biografía a las impresiones de biografiado.

Un libro corto, intenso y muy enriquecedor con el que conocer a Hugué y a unos cuantos otros artistas. Y, especialmente, para sentir devoción por Picasso.

Conoced a Manolo



lunes, 24 de marzo de 2025

Historias de Vigàta, 1 – Andrea Camilleri

 


    Altamarea prometió cuatro volúmenes de «Historias de Vigàta». Este es el primero, publicado en 2022. Los dos siguientes son de 2023 y 2024. Del cuarto no tengo noticia, aunque de seguir el ritmo debería estar al caer.

Si he tardado a leer este conjunto de ocho relatos ha sido por cierta desconfianza hacia el tratamiento que Altamarea ha dado a Camilleri en los opúsculos con que trató de exprimir su memoria antes de que comenzara a diluirse y que culminaron con la lamentable refrito de «Conversaciones sobre la escritura».

Tampoco afirmaría que la editorial se haya matado ahora. Me da la sensación de que la traducción ha sido poco revisada. Además, las extrañas conjugaciones verbales que salpican el texto jamás las había visto en las casi setenta obras de Camilleri que llevo leídas.

En cuanto al contenido en sí, se trata de ocho relatos (La conjura, Regalo de Navidad, El mirlo parlante, Gran Circo Taddei, La última misión, El tiovivo, Tesoro enterrado y La revelación) que comparten extensión (adecuada para leer cada relato de un tirón); momento histórico (primer tercio del siglo XX); y la habitual tipología de personajes de Camilleri, donde abundan fascistas y caciques a la vez terribles y ridículos, mafiosos siempre peligrosos y taimados y los verdaderos protagonistas: los sufridores y perdedores, la gente de a pie, que solo tienen como armas la bondad, el ingenio y la osadía. Por supuesto, todas comparten escenario, como anuncia el título: Vigàta, trasunto de Porto Empedocle, la localidad natal de Camilleri, situada en la costa suroeste de Sicilia, frente a Túnez.

Pero lo que más llama la atención de estas historias donde el lector habitual de Camilleri lo reconocerá desde la primera línea es que todas comparten un tema central: el sexo. Por el modo en que están escritos, los relatos más parecen una excusa para hablar de él que otra cosa. Así vemos desde auténticos atletas sexuales de ambos sexos a ciertas damas que, ante la evidencia de que el «disparo de escopeta» necesario para quedar embarazas falla cuando dispara su marido, buscan el disparo de un «segundo cañón» (todo sea por la maternidad). Además, en cualquier caso y circunstancia existe una notable predisposición a la coyunda en todo bicho viviente.

Y así, aunque hay relatos, como el primero o el penúltimo, con un final brillante, otros dejan la impresión de que hablar de sexo en esos términos entre festivos e idealizados y con algo de adolescente inexperto no acaba de cuajar cuando, en lugar de ser una anécdota, el asunto se apodera del relato.

Unos relatos que parecen escritos como entretenimiento o ejercicio literario, todos con el humor característico de Camilleri, que se encariña del débil y ridiculiza al fuerte, y que gustarán a todos sus devotos, entre los que me cuento.


viernes, 21 de marzo de 2025

2050. Por qué un mundo sin emisiones es casi imposible – Vaclav Smil

 


La palabra «casi» en el título tiene una finalidad comercial: introduce un elemento de suspense y alienta la esperanza. Pero la realidad y las proyecciones reflejadas en las páginas del libro no justifican su inclusión.

A modo de introducción el autor, una autoridad mundial en la materia, nos cuenta la evolución del CO2 antropogénico y que su aumento conduce al calentamiento global y este al desastre. Pero ojo: lo que han vendido los medios de comunicación durante años es que «si la temperatura sube tanto pasará cuánto». Queda sin decir que si la temperatura sigue subiendo, como va a pasar, el desastre anunciado quedará de inmediato atrás y nos sumiremos en un desastre creciente y de consecuencias brutales e imprevisibles.

Luego el autor expone un montón de datos para llegar a conclusiones de sentido común cuando esos datos se reducen a escalas comprensibles para los profanos. El reto de reducir las emisiones de carbono antropogénico a la atmósfera es absolutamente inviable en los plazos autoimpuestos por una parte de la comunidad internacional para evitar los efectos progresivamente devastadores del cambio climático. Un cálculo algo chapucero, pero bastante lógico, sitúa el esfuerzo a realizar en torno a un 20-25% anual del PIB de los países desarrollados sostenido durante 30 años. Algo que hasta el más tonto comprende imposible por el monumental cambio de hábitos cotidianos y productivos que implica. Es solo un ejemplo que el autor pone tras el exhaustivo análisis de un montón de datos. Por citar otro, estamos todos muy «contentos» porque las energías renovables cada vez tienen más peso en la producción de energía eléctrica, pero olvidamos que la energía eléctrica es solo el 18% de la energía total consumida.

No me extiendo sobre causas y razones, que el autor explica con detalle y concisión. Leedlo y veréis. Pero sí digo, porque es la impresión que queda, que el futuro va a tener mucho de infierno. Por el calor creciente que está cambiando modos y lugares de vida, que desequilibrará por completo las relaciones de poder, las cuales también se están viendo ya afectadas por la desigual distribución de los recursos necesarios para desarrollar nuevas y más eficientes tecnologías. No dejo de pensar que será milagroso que este siglo no acabe siendo aún más convulso que el anterior

En resumen, caminamos hacia un planeta cada vez más hostil y violento, y no será posible revertir esa situación en ningún plazo alcanzable por ninguno de los seres humanos ahora vivos.

Y menos con la prisa y los modos del percal que ahora mismo domina el mundo.


miércoles, 19 de marzo de 2025

Profunda tristeza

 



Escribo cuando me apetece y porque me gusta. Hacerlo es una forma de vivir intensas experiencias de otro modo imposibles. Por eso cuanto he escrito ha quedado en mi recuerdo, por disparatado que sea, con la misma fuerza o más que muchas vivencias reales. Eso sí, mientras las páginas permanecen «en el cajón» la peripecia es íntima; nadie más es consciente de ella ni puede imaginarla.

Esto es así hasta que aparece una editorial. El editor, los correctores, maquetadores y todas las personas que en ella trabajan se ponen a tu lado para, entre todos, presentar en sociedad a los personajes. Y a continuación llegan los lectores, que al relacionarse con quienes tú ideaste disfrutan o padecen sus propias experiencias. Es entonces cuando sientes que esos seres que crecías ficticios han adquirido algo parecido a una entidad propia. Lo que algunos lectores te van contando lo ratifica. Cada cual tiene su visión particular, su experiencia única.

Por eso, mientras un libro anda por el mundo su autor tiene el falso convencimiento, pero convencimiento al fin y al cabo, de haber puesto en él a personajes casi devenidos personas autónomas, y los observa a distancia con la placentera y siempre sorprendente impresión de haber creado algo similar a la vida. Porque, ¿qué es la vida, sino sensaciones? Como las de los lectores cuando compartimos nuestras horas con los personajes de una novela.

Por los mismos motivos, cuando un libro deja de circular los personajes empiezan a morir. Digo «empiezan» porque habitualmente los libros de marchan poco a poco. En lugar de desaparecer bruscamente se disuelven. Como siempre aparece algún nuevo lector no llegas a percibir la muerte sino, a lo sumo, una apacible ancianidad alegrada por esas visitas sorpresa de lectores cada vez más esporádicos. Sí, pese a todo el libro morirá, porque antes o después habrá un último lector. Pero será una muerte imperceptible y que a nadie dolerá. Ni siquiera quien creó a los personajes será totalmente consciente de ella.

Pero a veces ocurren cosas como la que anunció hace poco la prensa aragonesa: Mira Editores, la Librería Central y Central Textos, todas del mismo grupo, han entrado en concurso de acreedores y su cierre es inminente. 

Mira Editores fue, durante años, la editorial más importante de Aragón. En ella dieron sus primeros pasos autores luego consagrados. ¿Y qué decir de la Librería Central? Una institución en Zaragoza. Por su ubicación siempre sumergida en ambiente universitario, durante cuarenta y tantos años ha puesto en manos de infinidad de lectores un infinito aún mayor de lecturas, y ha organizado innumerables firmas, presentaciones de libros, cuenta cuentos... 

        Mira tuvo la osadía, allá por 2011, de publicar mi primera novela, «La terrible historia de los vibradores asesinos». Reincidió con «La sota de bastos jugando al béisbol» en 2014, ambas protagonizadas por Ajonio Trepileto, un delincuente chapucero y cutrecillo, pero tierno por lo ingenuo, al que pocos lectores han olvidado. En 2023 Mira dio vida a la caterva de personajes que entre chanzas y veras protagonizan coralmente «La detención de los Reyes Magos», novela por la que siento especial debilidad.

Siempre que han estado a la vista, se han vendido bien. Y hasta muy bien. Seguro que con otros autores ha pasado lo mismo. Pero el problema para una pequeña editorial es encontrar ese hueco en los expositores. Los problemas, para las librerías independientes, son innumerables y los apunté hace ya tiempo en un artículo titulado «La larga y agónica crisis de las librerías tradicionales».

        Mira Editores y todo el grupo están a unos días del cierre. Y sin editorial no hay distribución, y sin distribución no hay personajes compadreando con lectores, y sin lectores no hay sensaciones. Cuando de un día para otro esas sensaciones desaparecen el autor siente la misma repentina tristeza que si sus personajes hubieran muerto como en un accidente. Solo le queda el consuelo de que, tras su paso por este valle de lágrimas (que con mis letras he intentado transformar fugazmente en prado más o menos risueño) hayan dejado buen recuerdo.

Gran recuerdo dejan en mí todos los que han trabajado en estas empresas. Desde Joaquín Casanova, editor y propietario, a su familia; a mi querida Berta, a quien tanto le deben mis novelas; a David y a muchos otros que no cito porque se acercan a la treintena y no conozco todos los nombres. Doy fe de la entrega constante de todos los que por fortuna para mí han llegado a cruzarse en mi camino. Por supuesto ellos pierden más que yo; y, por supuesto, lectores y autores debemos estarles agradecidos y reconocer su labor. Por eso escribo estas líneas. 

Por eso y porque siento una profunda tristeza.

Buena suerte a todos.

        Y a los liquidadores, prudencia y honestidad.


lunes, 17 de marzo de 2025

El primo Basilio - José María Eça de Queiroz

 



    «Integra, junto con Madame Bovary, Ana Karenina, La Regenta y Effi Briest, la brillante constelación de lo que podría llamarse “novelas de adulterio” del siglo XIX», dice la contraportada. Y tiene razón. Que no despiste que sea la única cuyo título no alude directamente a la protagonista.

Todas estas grandes novelas reflejan los cambios sociales de una misma época. Los personajes principales son mujeres que, de un modo u otro, quieren gobernar su vida al menos en lo emocional, concediéndose la libertad de amar y siendo capaces incluso de caer en la tentación. No son damas seducidas, reducidas a una condición doméstica y vencidas por los hombres, sino mujeres que se atreven a explorar el mundo y las emociones para dejarse caer vencidas por sí mismas, pues no hay otro modo de probar la libertad que experimentándola. Frente a ellas, claro, está una sociedad no preparada para tales desmanes y que a veces, cuando no hay razones para que la hipocresía haga su papel protector, hace pagar cara la osadía. Aparecen también, como reflejo de la época, personajes más o menos anticlericales que gozan de la protección del autor, lo que no es sino otra forma de expresar el anhelo de libertad del siglo.

Luisa está casada desde no hace mucho con Jorge, un ingeniero empleado en un ministerio. Forman un matrimonio enamorado, siempre mutuamente atentos y llevan una vida acomodada, pequeñoburguesa, envidiable para casi todos menos para los ricos, que los desprecian.

Luisa y Basilio, su primo, tuvieron sus escarceos en la adolescencia, pero luego él se largó a Brasil a hacer fortuna. Y la ha hecho. Y ha vuelto. Aunque se ha instalado en París, el colmo de lo chic, ha ido a pasar unos días a Lisboa llevado por los negocios. Cómo no, pasa a visitar a su prima. Allí transcurre la acción.

A partir de aquí Eça de Queiroz despliega una brillantísima exposición de la estrategia de seducción.  Durante un tiempo llega a caber la duda de la sinceridad de ambos, pero pronto queda disipada.

También es brillante la exposición de los motivos que puede alguien tener para caer en la tentación del adulterio.

En medio del berenjenal está Juliana, una criada amargada y resentida con la vida, una arpía de cuidado, pero a la vez peligrosamente sensata en lo que toca a la gestión de sus intereses.

La historia de El primo Basilio, como las que he citado al principio, es la de la seducción de la prima, que bien prima es, y la caída o no y renacimiento o no. Y es que una cosa es la caída en la tentación, que siempre es placentera, y otra la posterior caída personal y/o social, que no siempre se da pero que, de darse, más que una caída es un batacazo que no deja un hueso sano. En ese proceso de ver si llegan a existir caídas/porrazo tras la caída/placer aparecen personajes, buenos y malos, que ofrecen posibilidades de trompazo y de salvación, generando así una tensión que impulsa a leer. Así como Luisa, la protagonista, es dueña de su propia vida para decidir caer o no en la tentación, una vez lo decide deja de serlo para ir dando tumbos a merced de las circunstancias. Ya he mencionado a Juliana y sus trapacerías, pero puede unirse la cocinera y las amistades del matrimonio, en especial Sebastián. Si los finales son ejemplarizantes o no en las famosas novelas que he citado al principio depende de la interpretación. Hay quien los ve así, pero también quienes consideran que son una crítica a la brutalidad de la sociedad. El final de El primo Basilio puede interpretarse también de ambas formas. Habida cuenta del destino de Luisa, pero considerando también las palabras finales de Basilio, yo diría que el objetivo fundamental de su autor fue criticar unos valores podridos que tienen todo que ver con el machismo y, también, con la diferencia de clases sociales impuesta por el dinero.




lunes, 10 de marzo de 2025

Ropa de casa - Ignacio Martínez de Pisón

 



La ropa sucia se lava en casa, aconseja el dicho. Y como la casa de un escritor son sus lectores (y en el caso de Martínez de Pisón se trata de una familia muy numerosa), ha dedicado estas páginas a lavar una ropa que, la verdad, estaba bastante limpia.

Ropa de casa es una obra autobiográfica, un conjunto de recuerdos ordenados cronológicamente que se mezclan con los recuerdos del recuerdo. Desde la infancia a la vida adulta, Ignacio Martínez de Pisón nos cuenta su vida apoyándose en los recuerdos más intensos y vívidos y por ello más significativos. Como además lo cuenta maravillosamente, gustará a cualquier lector, y no digamos ya a quienes pueden reconocer lugares (Logroño, Zaragoza y Barcelona, principalmente) y épocas; y, también, a todos los aspirantes a ganarse la vida con la escritura que se pregunten cómo diablos lo han conseguido otros.

La vida que refleja es normal. No puede decir que le haya ocurrido nada extraordinario, salvo la prematura muerte de su padre. Ha sido un tipo con suerte. Y con talento, claro. Probablemente su gran mérito vital haya sido tener el punto de osadía necesario para elegir el camino apetecido en cada momento, lo cual tiene también mucho que ver con la inteligencia necesaria para evaluar con rigor la propia capacidad.

Nacido en 1960, su peripecia vital, por lo común y por su contexto histórico, será tan reconocible para tanta gente que serán muchos los que disfruten de esta lectura, lo cual también supone un riesgo para el autor: demasiada gente con demasiadas referencias para juzgar. Por fortuna para todos, sale más que airoso.

Si sus novelas son en gran medida novelas de familia, esta obra, que no es una novela, es la más familiar de todas las de no ficción, porque lo que ha marcado a Ignacio Martínez de Pisón ha sido su vida familiar, con las costumbres y sobresaltos que antes o después alcanzan a todo hijo de vecino y que tal y como está narrada explica razonablemente su personalidad. Hacia el final del texto hay, también, un importante hueco para la «familia literaria», fruto de ese misterioso impulso que lleva a encontrarse a quienes comparten inquietudes y que sin duda permite aprender en pescuezo ajeno y hacer utilísimos contactos. Algunas de las anécdotas sobre editores como Barral o Herralde o autores como Vila Matas, Muñoz Molina y otros son para recordar.

Una lectura buena, agradable y enriquecedora, que nos recuerda, en medio del maremágnum de conseguir, la importancia de ser. Quizá por eso, por la importancia de la identidad, Martínez de Pisón habla tanto sobre la familia.