En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 11 de junio de 2026

Construir al enemigo - Umberto Eco

 


Esta excelente recopilación de conferencias y opúsculos de Umberto Eco me la regaló un amigo cuya espolvoreadas ausencias, unidas las de otros amigos que suelen acompañarme, han permitido que este libro me haya acompañado en los desayunos solitarios de un par de meses.

Cuando husmeé sus páginas creí que se trataba de una recopilación de artículos como las otras dos que he reseñado aquí,  «Cómo viajar con un salmón» y «De la estupidez a la locura», que se adaptaban maravillosamente a esas circunstancias de lectura, pero no. «Construir al enemigo» es un libro parecido, pero más rico y complejo, una obra que en ocasiones presenta cierta dificultad debido a que sobre la pasmosa erudición de Eco se desarrolla una inteligencia tan ágil y aguda que a menudo uno debe esforzarse para comprender la ingeniosa pirueta que ha llevado a Eco de un hecho estrambótico o cotidiano pero siempre interesante o desconocido a una conclusión insólita e inteligente. Alguna crítica ha calificado este libro de «sublime». No es un elogio exagerado.

    Sin embargo, mi forma de leerlo, que ya he contado, no ha sido la más adecuada. La mayoría de los textos no se leen en el tiempo de un café, ni en el de dos o en el de tres. Esto impide leer con la continuidad que algunos de esos textos requieren. Y son tan variados en su temática y complejidad que (sobre todo cuando aparece esta última) hacen que tomar un café sea un ejercicio extraño, no voy a decir que menos placentero, pero sí exigente en lugar de relajado. Si algún consejo útil puedo dar derivado de esta experiencia es que reservéis a cada capítulo el momento adecuado para disponer del tiempo necesario para leerlo.

    El título lo toma el libro de la conferencia que lo abre: la que explica el papel del enemigo en la vida humana individual y colectica, cómo construimos su imagen y en qué medida el enemigo muchas veces lo es solo porque le damos ese estatus. Pero el título casa con el resto, porque este libro hace tanta luz sobre el saber, hay tantas reflexiones lúcidas sobre tantos temas (Victor Hugo, Dickens, Joyce, Wikileaks, política, cultura, historia, religión, literatura, autobiografía histórica…) y tantas y tantas paradojas que desnudan al ser humano, que bien podemos decir que todas ellas construyen, en el sentido de que mejoran, al lector. Por lo que, dado el título, se deduce, claro, que nuestro principal enemigo somos nosotros mismos.  

No tiene sentido que intente resumir la caterva de temas tratados, y sería una ingenuidad aspirar a trasladar la lector de esta reseña la milésima parte de la sabiduría, pasión, ingenio, fuerza y humor que trenzan los colosales conocimientos de Eco para, como quien hace magia, transformarlos en algo profundo y sensato pero a la vez inesperado, sorprendente y siempre enriquecedor. El humor de Eco es un instrumento formidable para que el lector no se tome demasiado en serio al ser humano ni mucho menos a sí mismo. Hasta cuando usa el humor para hacer crítica Eco lo hace de tal modo que resulta imposible considerarlo ofensivo. Por cierto, el artículo sobre las reliquias podría formar parte lo mismo de una antología religiosa que histórica o humorística. No os imagináis la risa que me entraba en algunos de sus pasajes gracias a la habilidad de Eco para acumular datos reales de modo significativo y divertido. Más de una carcajada tuve que reprimir.

    Termino resumiéndolo de otro modo: Eco demuestra en estas páginas que cuanto preocupa al ser humano puede encontrarse en cualquiera de sus actividades, y que en todas ellas delata la inevitable contradicción entre sus aspiraciones (o cómo se ve a sí mismo) y las limitaciones que le hacen ser lo que es. Los más tontos, la mayoría, se enzarzan de por vida en batallas contra sí mismos que proyectan en los demás, a quienes hacen culpables. En cambio los inteligentes, como Eco, aprovechan para gozar del arte de ejercitar la inteligencia y de disfrutar, gracias al humor, de las contradicciones y limitaciones propias y de sus semejantes.


jueves, 12 de junio de 2025

Cómo viajar con un salmón – Umberto Eco

 



Más de once mil personas vieron el tuit, ilustrado con una foto parecida a la de esta reseña, en el que dije pasarlo en grande rodeándome de gente mucho más inteligente y culta que yo. 

Que fue Umberto Eco y no la tortilla el reclamo lo supongo por la menor audiencia de otras fotos de libros entortillados, aunque sospecho que su unión con la pitanza aún lo hace más atrayente.

Y es que cuando una lumbrera como Umberto Eco te habla, con su inteligentísimo sentido del humor, a través de las páginas de Cómo viajar con un salmón, lo que te cuenta son un montón de opiniones lúcidas y anécdotas divertidas que te permiten reflexionar con agudeza sobre infinidad de aspectos de la vida cotidiana, particular y comunitaria, en este extraño momento de tránsito entre revoluciones tecnológicas que han puesto patas arriba y desorientado al común de los mortales, que ni sabemos dónde estamos ni dónde vamos y por eso nos aferramos (amablemente animados por quienes tienen algo que ganar) a cuanto nos haga conscientes de nuestra propia existencia, sea el consumo constante o la permanente búsqueda cualquier ínfima notoriedad.

    Estas conversaciones en las que el lector se limita a escuchar son en realidad artículos periodísticos publicados entre mediados de los años 80 y 2015. Tienen la agilidad de lo verbal, son breves y producen el efecto de estar en una conversación entre amigos en la que se va saltando de un asunto a otro. Por eso, son tan adecuados como compañeros de desayunos solitarios. Algunos artículos parecen obsoletos al hacer referencia a avances informáticos revolucionarios y ya superados, pero aun en esos casos llama la atención la inteligencia de Eco para percibir las corrientes de fondo que desde aquellas novedades nos han arrastrado a las actuales servidumbres. Como profeta (ved también a este respecto los dos ensayos que he reseñado en este blog: Contra el fascismo y Migración e intolerancia), Eco merece más que un buen reconocimiento.

    El hilo conductor de Cómo viajar con un salmón lo forman las vivencias de la modernidad y cierta postura vital ante ellas que, aun siendo amable y comprensiva con la incoherencia provocada por la vanidad, la pereza, la incompetencia y el resto de vicios, no renuncia a criticarla utilizando el humor.

    Del conjunto de estas lecturas uno llega a extraer lecciones a las que Eco jamás alude de modo expreso, y que surgen de lo que sí muestra: su actitud ante la vida. Las más relevantes son la importancia de tener claro lo que uno quiere hacer con sus días, la necesidad de trabajárselo y la capacidad de disfrutar del proceso sabiendo que el fruto es una consecuencia lógica de hacer las cosas bien, aunque a veces circunstancial, pero no un objetivo; y, por último, que lograr hacer todo esto justifica la satisfacción, pero no la vanidad. El fallo en cualquiera de esas patas desemboca en la desorientación o la frustración.

    Tan bien me lo he pasado conversando con Umberto que el día en que terminé este libro me compré otro similar, «De la estupidez a la locura». Siendo bastante más largo, auguro unas cuantas docenas de cafés en la mejor compañía.


jueves, 28 de noviembre de 2024

Veneno mortal – Dorothy L. Sayers

 


El veneno, o es mortal o es un venenejo. El de esta novela es de los primeros. Cierto joven caballero, escritor y de vida y carácter un tanto cuestionables, ha sido envenenado, nos cuenta la autora desde el comienzo. Y aún nos dice más por boca del juez que acaba de presidir el juicio contra la acusada. A través del su señoría el lector comienza la novela conociendo todo el caso: lo que ocurrió, cómo ocurrió, las pruebas de cargo y las de descargo. Para la acusada todo pinta un tanto horroroso.

Pero hete aquí que el jurado… Bueno, ya lo verá quien lo lea. El caso es que Lord Peter Wimsey, joven y animoso ricachón muy dado a usar su cartera y su perspicacia en pro de la justicia y los menesterosos, decide que la acusada (que muy buena fama no llevaba por haber vivido «en pecado» con el apiolado, por ser escritora de novela negra y haberse documentado sobre el asunto de los venenos) es inocente cual palomita blanca. Y sin más argumento que su convencimiento moviliza su ingenio y sus recursos para intentar encontrar al verdadero culpable.

Su fe en sí mismo es tan irracional como su repentino enamoramiento, pero el desarrollo de los trabajados acontecimientos pende más de que la diosa chiripa se epifanice en el momento adecuado que de cualquier planificación.

Con cierta confusión de personajes al principio, ya que en el juicio cuesta saber quién es quién, la novela transcurre, una vez hecho este planteamiento inicial , contando el desarrollo de las argucias de Lord Peter, personaje recurrente en la autora, las cuales, además de con la chamba, tienen mucho que ver con su capacidad para infiltrar gente en los sitios precisos. 

Una novela negra de salón en la que la gracia del asunto radica en los peligros que asumen los infiltrados y, sobre todo, en el ingenio para explicar cómo se produjo el asesinato, el cual depende de un dato no sé si cierto o no, pero tan original como para justificar que el suspense se mantenga hasta el final. Que conste, sin embargo, que en un momento dado el quién queda claro, y  hasta el cómo parece estarlo; esto último ya no sé si por metedura de pata de la autora, por temas de traducción en un párrafo concreto o porque no me quedé erróneamente con un plural. Esa ¿metedura de pata? anticipa al lector atento cómo ocurrieron las cosas, aunque al final queda claro que no fueron exactamente así, aunque tampoco se diferenciaron tanto (¡la diferencia entre un plural y un singular!); y, para colmo, cuando se sabe exactamente qué ocurrió ya no da tiempo a maravillarse. 

En cualquier caso, una trama brillante para quien guste de la novela negra de salón.


sábado, 6 de mayo de 2023

La isla del doctor Schubert – Karina Sainz Borgo

 

 

Karina Sainz Borgo me ha dejado pasmado con esta obra bellísima, que solo puede escribir alguien que vive en la Literatura como otros en su casa, y que solo debe ser leída por quienes saben que afrontar una lectura sin buscar nada en ella es la mejor manera de encontrar cuanto sus páginas ofrecen. Hace poco comenté en este mismo blog que C. S. Lewis, en La experiencia de leer, señalaba que, si el lector «no literario» es el que pasa la obra por el tamiz de sus propios objetivos, el «lector literario» es quien, sin objetivos, se pasa a sí mismo por el tamiz de la obra. De resultas, la obra cambia al «lector literario». Es así como debe experimentarse el arte.

              Lo que no recuerdo es si Lewis dice que hay obras que solo pueden leerse como «lector literario», porque de otro modo nada de ellas encaja en ningún sitio y te pegas un tiro. La isla del doctor Schubert es un ejemplo.

              ¿Qué sucede cuanto pasas por el tamiz de esta obra?

              Pues que cada vez que luego piensas en ella te entra un súbito relax y te quedas sonriendo con la cara un poco pánfila de quien se abstrae rememorando una mezcla de suave levitación y dulce sueño. Y más si la lees un día luminoso de primavera, con una luz tan semejante a la balear. Así de bonita es.

              Cosa distinta es que me resulte fácil o posible explicar de qué trata. La isla del doctor Schubert no es una historia, ni una reflexión, ni nada que tenga un nombre. Es una especie de sueño escapado de una biblioteca y atracado en una cala balear. Una mezcla de fantasía y evocación, comenzando por el título; una mezcla en la que Schubert, su isla y todo lo que hay, no hay o pudo haber en ella parece llegado del confín de los tiempos literarios y en tránsito hacia el sueño de todos los lectores que han sido y serán. Leer esta obra es como pasear por una biblioteca donde las imágenes de novelistas, filósofos e historiadores se fugan de los libros para mezclarse y crear otras, bellas, extrañas, armónicas y efímeras, delante de tus narices, aunque de inmediato se disuelvan para que sus restos alimenten otras. Solo de vez en cuando encontramos una referencia que ancla la isla y al lector en algún lugar del Mediterráneo y del presente; pero es un lugar singular: una nueva isla balear capaz de fundirse con las reales, de escindirse de ellas, de crecer y achicarse, de mutar en el tiempo y en el espacio, una isla donde sabes que detrás de cualquier piedra puede estar Homero sesteando en soledad, imaginando una Odisea aún no escrita, aunque sea para sortear luego a los turistas y tomar un avión. Ni siquiera las tres furias en libertad son capaces de hacer mediocre una línea. La isla del doctor Schubert, bien lo sabe la copista, es un canto de sirena.

              No soy capaz de saber qué ha querido hacer Karina Sainz al escribir esta obra, aunque sospecho que si algo la ha motivado ha sido dejarse llevar y disfrutar. Lo que sí sé es que un texto así está al alcance de cuatro gatos. O de dos o tres. El cambio de registro respecto a sus anteriores libros es tan extraordinario y el extraño resultado es tan bello y equilibrado que impresiona. Me la imagino escribiendo esta obra, con el bolígrafo convertido en batuta, con los gestos de quien dirige una orquesta.

              Es grande Karina Sainz Borgo.





lunes, 27 de junio de 2022

El Tercer País – Karina Sainz Borgo

 



Si el éxito de una primera novela ha sido o no circunstancial a menudo lo deciden las segundas. En ellas, el talento de quien las firma se enfrenta a las presiones, impuestas o autoimpuestas, derivadas de las oportunidades mercantiles abiertas por el éxito previo.  Que el autor sea capaz de ser fiel a sí mismo o sacrifique algo a esos otros intereses puede determinar el rumbo de su carrera literaria: ser él mismo o ser uno más.

Menciono esto porque lo tenía en la cabeza al leer esta novela. He seguido a Karina Sainz Borgo desde mucho antes de que publicara La hija de la española. Me alegró el enorme éxito de su irrupción en el mundo literario y, como aprecio su escritura, por lo que he dicho en el párrafo anterior no podía evitar sentir cierto temor a la hora de leer esta segunda novela.

Bueno, pues ¡uf! El Tercer País es un novelón mayúsculo, tan ambicioso o más que La hija de la española; un texto que ha buscado un argumento complicado, exigente y duro, nada que ver con lo comercial, e íntimamente relacionado con las grandes historias que hacen a los grandes autores. Añadid el dominio del lenguaje y la capacidad de crear imágenes hermosas con las materias primas más desdichadas y sórdidas y el resultado es el que he dicho: una novela magnífica cuyo estrecho parentesco con los mejores autores latinoamericanos del siglo XX es más que evidente. 

          Como La hija de la española, El Tercer País está protagonizado casi en exclusiva por mujeres, sin que eso suponga reivindicación expresa alguna, aunque es evidente que Karina Sainz es hija de su tiempo y que es tiempo de que la historia también sea de las mujeres. 

        E historia, hay mucha en esta novela. Una historia  intemporal porque la pobreza, que consiste en no tener nada, también lo es. Nada es nada ahora y hace diez siglos. Y eso lo que tiene la protagonista de la novela: nada. Nada le ha quedado tras escapar de la peste que amenaza su vida y la ha lanzado a la penuria nómada junto a su desnortado marido y sus dos hijos recién nacidos. Solo las referencias a coches o teléfonos móviles permiten situar en el presente una historia que, sin ellas, podría transcurrir en cualquier momento de la historia.

Dos fuerzas tan poderosas como la muerte y el amor a los hijos confluyen de inicio. La huida de Angustias y su familia los conduce hasta un territorio fronterizo, esos lugares creados por el ser humano para culminar las penalidades de cualquier éxodo; lugares que muestran como ningún otro las diferencias entre las dos únicas razas que en verdad existen: la de quienes tienen y la de quienes no, reducidos estos a molestas alimañas que los primeros mantienen tan lejos como es posible para que, azuzados por la necesidad, se devoren entre sí, y, en todo caso, permanezcan siempre al otro lado de esas vallas que vistas desde el trágico exterior son un paredón de fusilamiento y, desde el confortable interior, un cómodo método de protección.

Los hijos de Angustias mueren antes siquiera de haber sido conscientes de sí mismos y de su propia dignidad, la memoria de la cual es lo único que de ellos puede conservar su madre. Como cuando no se tiene nada no se tiene ni dónde caer muerto, la prioridad de la muchacha pasa a ser encontrar una sepultura que sustente esa memoria, que será también esa dignidad, aunque los ataúdes que cobije sean unas pobres cajas de cartón. Lo consigue en un cementerio ilegal, El Tercer País, organizado, dirigido y gestionado por una mujer, Visitación Salazar, que desde la primera línea es un personaje inolvidable que se mueve con desenvoltura y naturalidad entre lo heroico y lo mítico. ¿Y por qué? Porque Visitación Salazar no tiene miedo. Ni a la muerte, ni a nadie; y sí posee un profundo sentido de la dignidad.

La memoria de sus hijos ata a Angustias a ese lugar y, por tanto, a Visitación, mientras su marido desaparece. El Tercer País es, además, un lugar en disputa reclamado –siquiera sea para negociar entre ellos- por el cacique local, que pone y quita alcaldes como quien pone y quita mayordomo, y por la guerrilla. Qué obscena resulta una disputa crematística que voluntariamente ignora la dignidad de los muertos y de quienes les lloran. 

Así desembocamos en lo que desde el inicio es el meollo de la novela: el que nada tiene zarandeado por los vientos de quienes detentan el poder del dinero o de las armas. La eterna historia de la lucha de la dignidad contra la injusticia, del grande contra el pequeño, de quien se contenta con algo tan frágil como conservar la memoria de los suyos contra quien niega a los demás hasta el derecho a los sentimientos. Un tema intemporal en el que todos los grandes escritores han dejado su huella. Karina Sainz, también, y El Tercer País, una magnífica obra con un bello final, merece un hueco entre esas grandes novelas.




lunes, 30 de agosto de 2021

Migración e intolencia - Umberto Eco

 



        Quien considere excesivo pagar 8,90 euros por una obra que se lee en tres cuartos de hora posiblemente valore mucho más el continente que el contenido. El resto estará bien contento de haber disfrutado de una lectura que respeta su inteligencia y su tiempo.

        «Migración e intolerancia» son cuatro fragmentos de intervenciones de Umberto Eco en torno a los temas del título, algunas ya con un cuarto de siglo a cuestas. La intolerancia, como oposición a lo distinto, es la causa de las mayores desdichas, y como la migración trae lo distinto es habitual que donde hay migración surja la intolerancia, creándose situaciones explosivas. Eco distingue la inmigración –limitada, controlable y que se integra en su lugar de destino sin cambiar esa cultura- de la migración –no controlable y que acaba cambiando la cultura de destino-, y aclara que como por definición la migración, cuando ocurre, ocurre sí o sí, oponerse a la misma desde la intolerancia es una batalla perdida que solo lleva a la desgracia. Europa, dice Eco, va a ser «más morena», y no es algo que se puede elegir ni impedir, pero que sí se puede comprender y aceptar en pro de la convivencia.

        Al apelar a la necesidad de comprender la diferencia Eco señala la conveniencia de que cada cultura se baje del pedestal que le hace juzgar las culturas ajenas con la balanza de la propia: acostumbramos a ver con distancia las cosas «raras» del resto de culturas, a ser cautos ante las costumbres y valores distintos y ante los modos de expresión que tienen lecturas diferentes en cada sitio, sin caer en la cuenta de que esos mismas valoraciones, pero en sentido inverso, también las hacen el resto de culturas respecto a los europeos y que solo el interés y la comprensión permiten la convivencia.

        Un futuro en paz, termina diciendo Eco, no se logra ni por la uniformización ni por la imposición de la propia cultura, ambas cosas imposibles en las migraciones, sino a través de la comprensión y la asimilación de las diferencias.

        Un último aspecto quiero reseñar: la advertencia expresa que hace Eco de que la tolerancia no debe tolerar cuanto conduzca a la intolerancia, y de que la intolerancia debe ser prevenida antes de que se transforme en doctrina, porque en ese momento ya es tarde y los problemas, y quién sabe si las desgracias, están servidos.

        Y ojito, porque ya sabemos que la intolerancia se transforma en doctrina poco a poco, sin que la gente se cuenta. O incluso a veces, dándose cuenta.


lunes, 10 de mayo de 2021

Contra el fascismo – Umberto Eco

 


 

              Esta breve obra, que reproduce una conferencia dada por Umberto Eco en Estados Unidos en 1995, se lee en apenas cuarenta minutos y te deja los pelos de punta. ¿El motivo? Algunas de las catorce señales que según Eco debían alertar del renacimiento del fascismo (tema muy lejos de ocupar a la opinión publica en 1995) son ya visibles. Y Umberto Eco no era un cualquiera, sino uno de los mejores intelectuales del siglo XX.

              La obra tiene tres partes, además de una breve introducción para contextualizar la conferencia, dada por un italiano a un público norteamericano: en la primera, Eco alude a la diferencia entre nazismo y fascismo. El primero fue fiel a sus bárbaros planteamientos, lo que permite reconocerlo con facilidad; mientras que el fascismo, en cambio, se caracterizó por ser capaz de abrazar una idea y su contraria, según le interesaba, lo cual dificulta su identificación. Advierte Eco a continuación que ni nazismo ni fascismo se presentan hoy con los mismos métodos, discursos y escenificaciones que utilizaron en el periodo de entreguerras, y hasta se permite bromear diciendo que ojalá fuera así, porque entonces sería muy sencillo identificarlos y combatirlos. La tercera parte de la obra es la enunciación y explicación de los catorce puntos que, a su juicio, son indicativos del renacer del fascismo. No deben darse los catorce, advierte, basta con que se dé alguno de ellos para que debamos empezar a actuar y, si no lo hacemos, a temblar.

              No sé otros lectores, pero a mí no me ha costado reconocer en la actualidad la mayoría de esas señales.



lunes, 17 de agosto de 2020

Belleza roja – Arantza Portabales




                Me ha sorprendido que Belleza roja no sea una novela más conocida. Comparada con la media de lo que leo, es demasiado buena para que pase inadvertida, mérito fundado en un doble motivo: una trama interesante, meticulosamente organizada y trazada, y un amplio número de personajes de vigorosa verosimilitud pese a lo atípico de alguno de ellos.

                Cada personaje es, además, una novela dentro de la novela. A medida que las páginas pasan el lector se va topando con los secretos de cada uno de ellos, vinculados a errores, pasiones y traumas que siguen latiendo bajo la apariencia de la normalidad. Ni uno se libra de tener su propia historia: los sospechosos del crimen, los policías que lo investigan… hasta el psiquiatra que trata a una de las sospechosas.

                Santiago de Compostela. En un magnífico chalet en una pequeña urbanización de lujo aparece muerta una adolescente en un «escenario» del que mejor no digo nada para no restar interés al futuro lector. Como ocurre en algunas novelas clásicas de intriga, el elenco de sospechosos, debido al momento en que el crimen se produce, es limitado y todos se conocen entre sí. La investigación va descubriendo los secretos de cada cual y cierto tejido de relaciones ocultas, de modo que ni está claro el móvil ni, por tanto, los candidatos a criminales. Un poco a lo Agatha Christie, pero en un entorno moderno y dibujado con maestría para desdibujar (con éxito) la asfixia del «modelo cerrado».

                Parte de ese efecto se logra trenzando con la historia principal las de los personajes que llegan al asunto desde fuera: los policías y el psiquiatra; otra parte se logra escapando del presente al pasado de todos los personajes y aún más allá. También la panoplia de posibles móviles despierta la curiosidad del lector. Unamos la vinculación entre el crimen y el arte y tenemos una novela original y tan verosímil por el modo en que aborda la psicología de los personajes que hasta, a pesar de lo insólito del modus operandi, parece realista.

                Una gran novela escrita en capítulos breves, de no más de cuatro, cinco o seis páginas, y la que se alternan el relato en tercera persona con las reflexiones, en primera, de una de las sospechosas. Una novela que me alegra mucho haber leído.

               
                

domingo, 17 de marzo de 2019

La hija de la española - Karina Sainz Borgo






                Llevo años, muchos, siguiendo las crónicas y artículos culturales de Karina Sainz Borgo en Voz Pópuli y, más tarde, en Zenda. Me gustan por su fondo, por su particular y literaria forma y por cómo se empapa de la obra de aquellos a quienes entrevista, un infrecuente ejercicio de rigor y de respeto a entrevistado y lectores. Además, a través de las redes he podido atisbar el proceso de creación de una novela escrita con la mezcla de ilusión, dudas y el punto de sufrimiento de quien está haciendo algo que sabe importante aunque le resulta difícil porque le enfrenta a demonios invencibles; una novela escrita desde las entrañas, en medio de un vertiginoso ritmo de trabajo en el que La hija de la española ha sido cocinada en la hoguera donde ha ardido el escaso tiempo libre de su autora, alguien a quien durante mucho tiempo he considerado una escritora que vivía del periodismo, aunque ahora, tras leer algunas entrevistas, no tengo tan claro qué vocación va primero.

                Dicho lo cual, comprenderéis que esperaba esta novela –la primera publicada por Karina Sainz Borgo en España, aunque no la primera que ha escrito- con expectación. También, lógicamente, le deseaba cuanto de bueno merece quien trabaja con la honestidad, el sacrificio, el rigor y la dedicación necesarios para dar lo mejor de sí misma. Y comprenderéis también que cuando de golpe y porrazo supe que los derechos de esta novela habían sido vendidos a partir de la Feria de Frankfurt nada menos que a veintidós países, mis expectativas se multiplicaron.

                Y, con todo, me quedé corto: La hija de la española es una novela que perdurará, porque en ella encontramos lo mejor de la literatura: un tema de fondo contundente e importante, que supera lo local –el chavismo y su enloquecida deriva- porque prima el concepto; un lenguaje que traslada, con insólita fuerza y belleza, la extrema sensibilidad que producen la desesperación, el terror y el derrumbe; la opresiva historia que da soporte al tema es dura, mucho, pero también hermosa porque junto a la denuncia de los totalitarismos escuchamos el canto a la vida de toda lucha por la supervivencia; hermoso también es el paisaje de la determinación necesaria para prescindir de uno mismo, hasta de la propia conciencia, mientras las lágrimas humedecen el camino; una historia, además, con el  punto de intriga implícito en todo escenario de violencia incontrolada, y con un final magnífico, alegórico, que advierte que a veces solo renunciar a ser lo que somos nos permite seguir siendo, aunque en el proceso nos dejemos jirones del alma.

                A lo largo de la novela es posible encontrar influencias de otros autores como, sin duda, el mejor Vargas Llosa, aunque ahora me viene a la cabeza la cita indirecta de una idea de Javier Marías –muchas veces citada por la autora en entrevistas y artículos- sobre que la vida es también lo que nos hicieron. Influencias que enriquecen la novela, y es que, por no salir de este ejemplo, entre lo que le hicieron a Adelaida Falcón, la protagonista, no solo se cuentan las barbaridades propiciadas por los Hijos de la Revolución, sino también lo que «le hicieron» las lecturas que poblaban su apartamento y su maleta, entre las cuales La hija de la española, por feliz contagio, no desmerece.

                Adelaida Falcón acaba de enterrar a su madre, de igual nombre. Y como uno «es del lugar donde están enterrados sus muertos», ya la primera línea de la novela es una proclamación: la rotunda afirmación del punto del que partirá el dolor; el suelo del que brota el desarraigo. Enseguida vemos cómo hasta la muerte, lo más íntimo que le puede pasar a un ser humano, ha sido degradada en un país envilecido por un gobierno despótico que ha transformado a la población: ya no hay trabajadores, estudiantes, jubilados o amas de casa, solo delincuentes y víctimas. No lo digo en sentido figurado: la hiperinflación provocada por la emisión de dinero para pagar la fiesta de los poderosos tras el declive del petróleo ha derruido, en tiempo récord, los ahorros de toda la población; con el billete con el que antes vivías siete días ahora es mejor que te suenes los mocos, porque no alcanza para comprar un pañuelo de papel; la incertidumbre, la angustia de saber que con lo que ayer comprabas una casa hoy no te alcanza para un huevo y que mañana necesitarás diez veces más para comprar otro, corroe de tal manera a la sociedad que, en el afán de supervivencia, todos se transforman en ladrones, multiplicando la inseguridad y, a medida que esta crece, la brutalidad y la desesperación. Quien no prescinde de sus valores para alcanzar un paupérrimo enriquecimiento, lo hace para defenderse, aunque sea del hambre.

                El ambiente angustioso y claustrofóbico se apodera del lector. Imposible no sentir la desesperación de la protagonista: imposible no comprender su determinación de salir adelante prescindiendo de cualquier otra consideración; imposible no comprender sus decisiones. Cuando la desgracia se adueña del horizonte, cualquiera puede acabar siendo la hija de la española.

                Una novela dura, cuyo final infunde esperanza en el individuo y desesperanza en la sociedad. Uno de esos extraños y felices casos en los que un libro muy vendido –todo apunta a que lo va a ser- es también de extraordinaria calidad.

                Algo me dice que, en un foro u otro, Karina Sainz Borgo y Mario Vargas Llosa van a verse cara a cara a no tardar. No habrá que perdérselo.