En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 28 de mayo de 2026

El gran terremoto - Kathryn Schulz

 


Este minúsculo libro de unas 70 pequeñas páginas contiene el artículo publicado en The New Yorker por Kathryn Schulz que da título al volumen y fue premiado con el Pulitzer y el Nacional Magazine Award creo que en 2015, e incluye también el artículo-secuela que publicó meses después, con consejos para hacer frente a la calamidad.

«El gran terremoto» del que siempre se habla es el que se prevé que cause la falla de San Andrés, muy estudiada por su posición, pero Kathryn Schulz se refiere a otro, que será provocado por la falla de la zona de subducción de Cascadia y que tendrá efectos más devastadores por su mayor intensidad y porque irá acompañado de un tsunami colosal, fenómenos mucho más destructivos que los terremotos.

Cuando ocurra, no hay que dar un céntimo por todo lo que esté al oeste de la interestatal 5: desde el cabo Mendocino a Vancouver habrá una destrucción enorme, especialmente de infraestructuras clave que impedirá las comunicaciones y desplazamientos durante meses; pocos minutos después el tsunami arrasará la zona costera y, aunque las víctimas serán solo unos millares, serán precisos muchos meses y hasta años para recuperar el agua potable y el fluido eléctrico, lo que acabará con la economía de la zona.

El artículo cuenta de forma rápida, eficaz, comprensible y amena lo que se sabe sobre este asunto desde el punto de vista científico, incluyendo la elevada probabilidad de que el gran terremoto ocurra en los próximos años, y hace un pormenorizado recuento de la escabechina humana y mucho más material que supondrá. Nadie parece querer darse cuenta del riesgo porque los tiempos geológicos son unos y los humanos otros, y en la minucia de intervalo entre un soponcio geológico y otro que pueden ser trescientos o cuatrocientos años da tiempo a que en un lugar desaparezca una civilización y aparezca otra, como ha sucedido en el territorio que ahora ocupa Estados Unidos.

La alarma que causó este artículo no solo tuvo que ver con la previsión de terribles efectos y de su proximidad temporal, sino, valga la redundancia, con la falta de previsión de las autoridades y, sobre todo, de la sociedad.

Y esto induce reflexiones para las que ahora, en España, tras la llamada DANA de Valencia en 2024, deberíamos estar especialmente sensibilizados, porque hay fenómenos dramáticos que no sabemos cuándo van a ocurrir, pero sí sabemos que antes o después ocurrirán. 

Ante la DANA, la irresponsable y repugnante reacción de notorios políticos, medios de comunicación (convertidos en terminales de los partidos, publicidad institucional mediante) y cientos de miles de imbéciles sin personalidad ni cerebro que en redes y conversaciones con amigos han secundado toda majadería y han transformado el asunto en una cuestión de debate político para distinguir entre buenos y malos, ha impedido la difusión de información sosegada y vital para orientar el diseño territorial a medio y largo plazo. La voz de catedráticos de geología, ingeniería hidráulica o meteorólogos ha sido acallada por el griterío de toda esa turba de gilipollas. Pero si quienes todo lo ignoramos sobre fenómenos naturales nos esforzamos un poquitín en leer cuatro cosas de las dichas por quienes llevan toda su vida estudiando estos asuntos (sin que nadie les haga caso porque el tema, en condiciones normales, no vende) pronto tendremos una idea clara y básica a la que luego me referiré. Por supuesto, enseguida encontraremos peligros similares a los que plantea  Kathryn Schulz en su artículo, porque aunque las causas difieran (terremotos, inundaciones, huracanes, corrimientos de tierras, incendios de enésima generación...) muchos efectos son comunes. En realidad, la forma de evitar los riesgos asociados a los fenómenos naturales es bastante simple en lo conceptual: si no quieres que te suceda una tragedia, no vivas donde sabes que antes o después va a ocurrir. El disparate urbanístico es común en numerosas zonas de todo el planeta expuestas a evidentes riesgos naturales. Tal es la dejadez que, como avisa Kathryn Schulz en lo que ella analiza, el gran terremoto se llevará por delante la mayoría de los parques de bomberos, hospitales y comisarías que deben dar respuesta a las emergencias en la zona. En el caso de Valencia y tantos otros sitios crecidos en las márgenes de ramblas, barrancos y zonas inundables, pensar que las obras de regulación, por bien y diligentemente que se ejecuten, van a ser capaces de disciplinar cualquier grado de precipitación en cualquier sitio posiblemente sea una ingenuidad. Mejor poder digerir 600 litros de lluvia por metro cuadrado en la cabecera de un barranco que no poder hacerlo, pero como alguna vez caerán 1200 la mejor protección es no tener miles de personas viviendo en la zona de deyección cuando eso suceda. Urbanismo y ordenación del territorio se llama eso.

Y así sigue el mundo, irresponsablemente instalado en mil sitios y sin apenas hacer esfuerzos por corregir nada ni en países como Estados Unidos, donde la ciencia es capaz de concretar cada vez mejor los riesgos y donde, se supone, disponen de más medios que nadie; todos confiando en que la diferencia entre los tiempos humanos y geológicos nos permita vivir y morir sin conocer el desastre, grande o pequeño, que cuando ocurre en unos sitios se lleva un puñado de vidas y en otros un puñado de miles. Se pueden dejar herencias bastante mejores.


jueves, 7 de agosto de 2025

Mi planta de naranja lima – José Mauro de Vasconcelos

 

Es difícil definir «Mi planta de naranja lima», de José Mauro de Vasconcelos (1920-1984), publicada en 1968. Cuenta la historia, situada aproximadamente en 1925, de Zezé, un niño brasileño de cinco años, pobre como un ratón, muy inteligente, destacado alumno en la escuela, pero también terror del barrio por sus travesuras lindantes con las gamberradas. 

La historia tiene numerosos elementos autobiográficos. Vasconcelos vuelca en las páginas recuerdos de experiencias y sentimientos para provocar intensas sensaciones. La congoja que produce ver la pobreza desnuda es tan intensa como la causada por una de sus más frecuentes consecuencias: la falta de afecto, porque quienes viven sin nada pocas veces son capaces de dejar en pensar en cómo salir adelante y de dejar de sentir tanta frustración, humillación y hasta culpa que es difícil que entre ellas crezca robusto el amor. Más bien, la pobreza solo es fértil para la violencia y el abandono. Miseria y soledad, entendida esta última como falta de afecto, van unidas a todas las edades.

Mil veces había oído hablar de este libro en las redes, casi siempre vinculado a palizas de llorar. Normal, porque hay frecuentes escenas conmovedoras. Es imposible no sentir piedad por Zezé. Y amor y solidaridad. La injusticia rampante nos afecta más cuando ante nuestros ojos sufre alguien manifiestamente inocente, como lo es todo niño de cinco años.

Vasconcelos provoca esa conmoción gracias a lo limpio de los ojos de Zezé, a su capacidad para la autocrítica, para reconocer sus limitaciones, para no culpar a nadie de su fatalidad, al ínfimo alcance de sus objetivos, tan modestos y accesibles a cualquier lector que provocan entre sonrojo y ternura. Otro recurso es enfrentar a Zezé y a su familia a un vecindario no muy boyante, pero en general en mejor situación; incluso hay niños con una posición económica más que saludable. El contraste con esa normalidad hace resaltar las penurias de Zezé y los suyos. Un tercer elemento es el continuo uso de diminutivos. Zezé, que es quien nos habla, los prodiga, transmitiendo con ellos diferentes sensaciones: unas veces, que se conforma con poco; otras, que como no tiene nada todo poquito es mucho; y, todas, que cualquier posesión o gesto afectuoso es recibido con cariño y ternura. Tan pocos recursos materiales tiene Zezé que sus juguetes no son tales, y por eso los suple con su imaginación: la planta de naranja lima que da título a la historia es solo un raquítico arbolejo en el que el niño se sube para cabalgar sobre una rama y con el que entabla divertidas conversaciones en las que atribuye a la planta las respuestas de su fantasía y de su conciencia.

Pero «Mi planta de naranja lima» no se limita a exponer la situación de su protagonista, sino que nos muestra su repentina evolución a la madurez. Es decir, a la pérdida de la inocencia. Tan repentina que queda claro que el pobre de solemnidad suele perder hasta la infancia. Se puede dejar de ser niño a cualquier edad. Por supuesto, la infancia perdida no se recupera.

        ¿Cómo maduramos las personas? A base de trompazos y desengaños. ¿Cuál es el peor que puede sufrir un niño como Zezé? La pérdida de la esperanza. Pero como para perderla antes hay que tenerla, la historia, que comienza mostrando la miseria, es luego esperanzadora y por tanto algo alegre, aunque termina siendo dura, cuando Zezé se enfrenta a la crueldad del azar. O de la vida. O del mundo. Los sentimientos del lector viajan en esa montaña rusa.

Un gran y breve libro, nada rebuscado porque Zezé se expresa con inocente naturalidad. Una obra que se lee en un par de días y que ojalá haga mejor a quien la lea.

Y aquí acabaría la reseña, de no ser por lo que está ocurriendo mientras la escribo. Quien se conmueva con la vida de Zezé, el Vasconcelos de hace un siglo, que piense en lo que ahora mismo está sucediendo en buena parte del mundo y, en especial, en Gaza. Millares de niños de todas las edades viven en una pobreza aún mayor que la de Zezé. Una pobreza absoluta: sin cuatro paredes entre las que refugiarse del frío y del calor, y hasta sin comida. Intencionadamente se les está matando de hambre. Puede hacerse porque están presos. Ni siquiera se les deja huir. Solo se les permite desplazarse en el matadero a cielo abierto en que se ha convertido el reducidísimo territorio de Gaza. Miles, decenas de miles de Zezés, han muerto destripados, destrozados o desmembrados por tiros y bombas. Muchos otros miles sufren horribles amputaciones. Los huérfanos y perdidos a su nula suerte son legión y todos, hasta los sanos, viven horrorizados. Sus familiares adultos no están mejor ni menos indefensos y, en su inmensa mayoría, son igual de inocentes. No soy capaz de imaginar cómo estarán emocionalmente todas esas personas. 

Si te ha conmovido «Mi planta de naranja lima» o piensas que puede conmoverte la injusticia que siempre asola al inocente pobre, no está de más que muevas un dedo en favor de esos desgraciados que no son el Zezé de hace un siglo sino los Zezés de ahora. De este mismo instante. De nosotros depende en parte que mañana puedan seguir aquí y alguna vez tener una vida digna. Todos podemos actuar. Podemos donar dinero a los proyectos de Unicef u otras organizaciones en la zona, y expresar en las redes y ante quien sea que toda salvajada es tan inaceptable que quien pueda hacer algo para que cese debe hacerlo por imperativo moral. Porque los imperativos morales existen. Y si no los tienes, estás en el origen de todos los Zezés.


jueves, 5 de junio de 2025

El español que enamoró al mundo – Ignacio Peyró

 


No hay nada imposible, pero a mí me lo parece que cualquier buen amante de la literatura no disfrute leyendo a Ignacio Peyró. La naturalidad con que utiliza un lenguaje rico plagado de referencias sociales y culturales, lo directo y claro de la exposición y el humor que apenas falta y siempre está allá donde es más necesario (para reírse de uno mismo), hacen de la lectura de este libro un fiestorro memorable (y no digo fiesta porque la mayoría solemos leer vestidos de cualquier manera).

Además, ¡anda que no hace falta osadía para arriesgar tanto talento con un protagonista como Julio Iglesias!

O no.

Depende de lo que el autor haya confiado en su propia capacidad (sospecho que mucho) y en la suerte de su biografiado (sospecho que bastante). Lo digo porque para Julio Iglesias, que ha tenido gran fortuna en algunos momentos de su vida, no es una chamba menor que Peyró se haya fijado en él, porque este libro ni encumbra ni despeña a don Julio, pero su valor literario lo mantendrá en el formol de la buena literatura, paraje donde hasta ahora era un desconocido. Solo le falta que alguien le haga una estatua o un retrato de valor artístico incontestable para eternizase como el bufón de don Sebastián de Morra.

Yo he sido, lo confieso, una especie de inconsciente «antijulio» de tres al cuarto; alguien que no ha comprado ni uno solo de sus discos, ni puesto los pies en uno solo de sus conciertos, ni sintonizado uno solo de sus temas en ninguna aplicación. Alguien, también, que no ha leído ni una sola página sobre él, aunque no ha podido evitar ver infinidad de titulares en revistas a lo largo de los años o toparme con comentarios sobre él en radio y televisión. En definitiva, toda mi vida le he dedicado una indiferencia olímpica, quién sabe si porque sus pastelosas canciones no encajaban en mis gustos o para distinguirme de la parte de la generación anterior que lo veneraba. Y, sin embargo, hasta mis oídos han llegado muchísimas de sus canciones y sé de él más que de algunos familiares.

En eso consiste la fama. En estar hasta donde nadie te reclama. Es decir, en funcionar como una plaga.

En todo ese saber involuntario nunca he encontrado nada artístico digno de admiración, aunque, como en alguna de las páginas de este libro he creído entender, quizá el secreto de Julio Iglesias haya sido, precisamente, la perfecta combinación de inanidades y mediocridades que han hecho de él algo imposible y, por lo tanto y en el fondo, admirable: un mediocre excelso. ¿Quién dijo que la mediocridad no debe aspirar a la perfección? Porque cuando digo «han hecho» o «aspirar» me refiero a lo que no se puede admirar porque no se ve o se ignora: el ingente trabajo alimentado por una descomunal ambición y varias inteligencias despiertas que ha permitido el milagro de que este pan tumaca haya sido considerado ambrosía. 

Sin embargo, ni el máximo talento (del que carece don Julio) acompañado del mejor trabajo (del que sí que puede presumir) hace de ti un personaje, ni mucho menos un mito para una o dos generaciones. Para que algo así suceda es preciso, además del trabajo, que la diosa chiripa te sonría día y noche en los momentos adecuados. Y, a ser posible, a lo largo de los años. Esto es lo que le ha ocurrido a Julio Iglesias: el devenir de su carrera, desde pelagatos a figura de relumbrón, y el de su vida personal han corrido en paralelo y con no pocos puntos en común con los monumentales cambios sociales producidos en España desde los años 60, cuando el caballero inició su andadura, hasta la actualidad. Hay quien dice que ha ido siempre un paso por delante de la realidad social. Y así ha sido. Unas veces, por avispado. Otras, por haber tropezado; que ya decía mi abuela que «quien tropieza y no cae, adelanta». Todo lo que de bueno y malo le ha ocurrido en la vida ha sido combustible para su viaje al estrellato.

La forma en que Julio Iglesias era visto revela mucho sobre sus observadores. Esta baza la juega muy bien Peyró, trayendo siempre a colación, con gracia y habilidad, el contexto social e histórico de cada situación. De este modo, y sin que apenas se den cuenta, enfrenta consigo mismos a los lectores que hayan nacido en el siglo pasado. Para el resto, en cambio, Julio Iglesias no es mucho más que el recuerdo de un recuerdo ajeno, aparte de un meme y un clásico de cuarta copa en selectos bodorrios.

Así es como, mirando a Julio Iglesias, el autor y los lectores se miran a sí mismos, a quiénes éramos, a nuestro pasado, cuando todos éramos más jóvenes, más guapos y con más futuro; cuando frente a la prosaica realidad del común, nos consolaba sentir, escuchando la chuchurrida vocecita de un Julio Iglesias que tampoco sabía bailar, que no hacía falta destacar en nada para tenerlo todo. Hasta el amor.

Termino: la obra traslada la idea de que durante varias décadas la ambición de triunfo planetario fue una obsesión. Luego, claro, el tiempo pasa, y no digamos ya las fuerzas. No parece que Julio Iglesias tuviera un plan B distinto a la decepción durante todos aquellos años de búsqueda del éxito, pero el libro no aclara, aunque permite intuir, cómo lleva el declive. Se diría que el caballero ha intentado un aterrizaje prolongado y suave amortiguado por los dineros de negocios nada relacionados con la canción, pero queda en el aire cómo se ve uno a sí mismo, con el futuro cuesta debajo de cualquier octogenario, cuando toda la vida se ha estado mirando hacia la cima.

Julio Iglesias nació en 1943. Este 2025 le van a caer 82 añitos de nada. Aún le quedan unos cuantos por delante. Ojalá que muchos. Pero, leyendo este libro, uno apostaría a que la forma o el momento de salir de este mundo algo tendrán para redondear su historia. Y afirmarlo quizá tampoco es arriesgado: volviendo a una idea anterior, y siendo la muerte algo tan vulgar, ¿a quién le extrañaría que la de Julio Iglesias sea, por el momento, por el lugar, por el cómo o por alguna glamurosa lágrima, excelsamente mediocre?


lunes, 12 de mayo de 2025

Las despedidas – Jacobo Bergareche

 


Bonita y breve novela a la que, por los temas que toca, se le podría haber sacado más jugo. Bergareche ha optado por mostrar una superficie atractiva, bastante peliculera, bajo que la que no se ve el fondo que la sustenta porque trabajarlo hubiera supuesto meterse en un complicado berenjenal. Cada lector queda pues en libertad de pensar que la postura vital de los personajes se debe a lo que más le guste. Y además tiene varias posturas vitales para analizar, pues si un personaje se despide de algo para él muy importante e incluso de un relevante descubrimiento recién hecho, hay quien se despide de la vida. Y también un hijo que contempla impasible ese acercamiento a la muerte, o algo así parece. Adjudique cada lector a cada personaje los motivos que desee, y acertará.

Diego y Claudia son un matrimonio adinerado, maduro, con hijas ya algo más que adolescentes, instalado en una rutina que hace de cada uno para el otro un más o menos cordial incordio. El inicio del libro los sitúa en Menorca. Allí tienen su casa de veraneo, donde van a celebrar una pachanga que tiene algo de los nervios a Claudia. Pero la historia comienza cuando en una terraza junto a un amarradero Diego reconoce a una extranjera, ya envejecida, con la que hace quince o dieciséis años vivió un romance apasionadísimo e intenso, pero también peculiar: tuvo lugar durante un festival en Estados Unidos, donde él había acudido para tratar del olvidar el suicidio de un pariente cercano; ella le ayudó a enfocar la realidad y, por tanto, a vivir mejor consigo mismo y con la esposa a la que estaba siendo infiel. Aquella mujer era entonces, y lo sigue siendo, una desconocida, pues la condición que puso para vivir aquellos inolvidables días fue bien extraña: no decirse entre sí nada que pudiera identificarlos; ni los nombres de pila.

Es decir, década y media atrás Diego había sido infiel a Claudia durante varios días no sabía con quién, y gracias a aquel «folla bien y no mires con quién» había reencauzado su vida.

Y ahora, siendo él un madurito entrado en carnes y ella una escuálida señora de chichas fofas… 

Algo se remueve en su interior. ¡Jo, qué maravillosos días fueron aquellos!

Pero, así como él la ha reconocido, ella a él no.

Tampoco es tan extraño. Al pisar un puerto en Menorca nadie piensa en toparse con alguien cuyo nombre y vida ignora y a quien solo vio unos días en otro continente.

¿Qué hacer?, piensa Diego. Presentarse o no. ¿Y hacerlo como el desconocido que sigue siendo para esa mujer o como qué? ¿Y quién será el chaval que la acompaña en el barco varado en la cala?

La novela es la historia de cómo y por qué Diego toma la decisión de darse a conocer o no, lo cual pasa por todos sus recuerdos, que son los que cimentan la historia. Es, por tanto, una visión parcial que no tiene por qué coincidir con la de la otra parte. Pero es que, además, ¿reencontrarse con quién o reencontrarse con qué? ¿Qué busca Diego? ¿Volver atrás en el tiempo para abrazar lo que dejó escapar? ¿Volver a ser joven? ¿Se despide de alguien o de su juventud?

El título, Las despedidas, tiene que ver con aquella lejana despedida que tuvo lugar quince años atrás, pero también con las nuevas despedidas que el reencuentro impone: despedirse definitivamente de lo que pudo ser y no fue; esto es, renunciar al sueño de la memoria; despedirse, en consecuencia, de aquel que uno fue; despedirse de quien se llega a conocer simplemente para saber que no se le conoce; y despedirse, también, de una vida en cuyo rumbo influimos sin llegar a darnos cuenta. En definitiva, despedirnos del pasado, que es de lo único de lo que podemos despedirnos.

No es un tema muy original, pero siempre resulta atractivo y melancólico, porque a partir de cierto momento en la vida no hacemos otra cosa que despedirnos. La vida es el arte de elegir qué despedidas aplazar.


viernes, 26 de enero de 2024

De profundis – José Cardoso Pires

 


          El escritor portugués José Cardoso Pires sufrió, uno o dos años antes de morir, un accidente cerebrovascular que lo dejó sin habla, sin memoria y sin capacidad para leer y escribir. Por fortuna, pronto se recuperó, y dejó constancia de la experiencia en esta breve obra que se lee de una sentada o, como ha sido mi caso, en dos.

          Antes de añadir nada más, me permito avisar que la foto que ilustra esta reseña tiene una finalidad humorística, dado el título, nada mejor que acompañar la profundidad de las emociones con las esencias de la buena vida, para no olvidar nunca que lo más inteligente que podemos hacer con la vida es vivirla como mejor sepamos.

          La obra tiene tres partes. 

          La primera, el prólogo de Lobo Antunes, algo enrevesado, en cuyo humor se aprecia la gratitud al amigo que lo fue más gracias a la enfermedad y, sobre todo, el alivio de la recuperación.

          La segunda, la narración de Cardoso Pires en la que cuenta la manifestación de la enfermedad y, sobre todo, su consecuencia: su desaparición y la aparición de «otro» que no era él, que no era nadie pero era, ambos solo unidos, en contadísimos y fugaces instantes, por unos pocos chispazos de recuerdos.

          Y, tercera, la recuperación, en la que se aprecia no poco humor motivado, creo yo, al igual que en el prólogo de Lobo Antunes, por la alegría y el alivio de haber superado tamaño trance.

          Un librito interesante, en el que la idea de lo poco que separa la salud de la enfermedad y la muerte puede resultar esperanzador o descorazonador, según la experiencia de cada lector.



lunes, 28 de noviembre de 2022

No me acuerdo de nada - Nora Ephron

 



        Nora Ephron no se acuerda de nada y yo, como he tardado algo de tiempo en escribir esta reseña, tampoco.

               O al menos, no recuerdo mucho, lo cual no habla del todo bien de este libro, cuya voz suena a venerable ancianita de vuelta de todo, que, con tierna inocencia, nos habla de cosas como la importancia de tostar bien las galletas en el horno, aspecto crucial de la existencia frente al que deben ceder todos los dilemas existenciales de cada hijo de vecino.

        Confieso, eso sí, que ese tono de viejecita amable y un punto ingenua que ya solo da importancia a las cosas triviales haciendo de ellas el centro de la existencia lo he sufrido ya tantas veces -quizá más en el cine que en la literatura- que me pone un poco de los higadillos.

          Se trata de una obra que deja mejor sabor en el momento de leerla que en el de recordarla, y cuyos no sé cuántos capítulos -cada uno una breve reflexión, un breve recuerdo- giran en torno a la idea de que en la vida lo importante no es qué somos profesionalmente, ni qué hacemos, ni dónde vamos, ni qué tenemos, sino quiénes somos: si somos buenos o malos, amables o desagradables, egoístas o generosos.

        No me acuerdo de nada es una obra tan breve que se lee rápido. Una secuencia de confesiones o reflexiones que tienen como elemento común -aparte de lo ya dicho- la vejez y el modo en que afecta a la visión de las cosas. La conclusión, por si alguien no lo sabía ya desde el principio, es que lo que hoy nos parece importantísimo mañana nos parece una estupidez o, directamente, lo hemos olvidado; que el último refugio es la intimidad de las pequeñas cosas y que, a fin de cuentas, morirse no es una cosa agradable pero tampoco tiene por qué ser un drama. Y si lo ha de ser, móntalo el día en que la palmes, y no te estropees los anteriores. Y eso: lo importante es quién se ha sido en el plano personal. Todo esto, claro, mezclado con los recuerdos -los que recuerda y los que no- de alguien que ha tenido una vida intensa, que ha trabajado para medios importantes y se ha codeado con gente famosa y poderosa; en el fondo, son los chismes el principal aliciente, más que las ideas.

        Un libro formalmente correcto pero no especialmente inspirado. Un libro para pasar el rato.


lunes, 10 de octubre de 2022

Hamnet – Maggie O´Farrell

 



Conozco a bastantes personas que han leído Hamnet y ninguna a quien le haya defraudado.

Mezcla de ficción y realidad, Hamnet (una variante de Hamlet) narra la historia a caballo entre los siglos XVI y XVII de Agnes, una muchacha que pronto se queda, por toda familia, con un hermano no muy listo y rudo, pero honesto y trabajador; una muchacha con fama de rara y medio bruja, porque tiene costumbres extrañas y conoce las plantas y sus efectos. 

Agnes encuentra en amor en la figura de un profesor inadaptado a la vida familiar (un tal William Shakespeare), quien en la posibilidad de heredad el dudoso negocio familiar solo encuentra motivos para la desazón.

Contada de modo pausado, con una escritura suave, si puede decirse así, sin grandilocuencias ni apelaciones a grandes sentimientos, el lector observa esa historia de amor y soledad como un testigo indiscreto instalado en un mirador confortable. Contempla luego las complicaciones posteriores causadas por las relaciones de Agnes con su familia política, y se admira del modo en que el nombre de ese personaje casi secundario, ese maestrillo que en realidad pinta poco en la historia pero es también protagonista por su posterior celebridad, es intencionadamente una sombra para no ocultar, deslumbrando, la figura de Agnes. Ciertamente, tiene un interés morboso curiosear la vida cotidiana de un hombre que no sabe que será inmortal, seguir el rastro de un vulgar aldeano hastiado de sí mismo y de lo que le rodea que llega a ser comediógrafo de éxito sin llegar a sospechar -ni él ni los suyos- que su nombre atravesará los siglos al frente de todo lo que huela a teatro. Y, por fin, el lector se encuentra con un final emotivo, que induce una reflexión sobre los giros que puede dar la vida y la particular forma que cada persona tiene de afrontar el dolor.

Quiero remarcar esto: casi al final hay una página que da sentido a toda la novela y que hace de ella lo que es. Sin esa página, que explica en la visión de la autora por qué Hamlet es Hamlet, todo hubiera quedado en un relato correctísimo y fabulosamente escrito, pero le hubiera faltado la chispa de delicada brillantez necesaria para transformarla en una historia hermosa.




jueves, 2 de diciembre de 2021

Comimos y bebimos – Ignacio Peyró

 



              Tras leer Ya sentarás la cabeza no dudé en comprar y leer Comimos y bebimos –publicado dos o tres años antes- cuyo subtítulo, «Notas de comida y vida», no hace más que reforzar lo que el título anuncia. Como me habían avisado, sabía que iba a encontrar algo parecido a Ya sentarás la cabeza, y así ha sido, aunque hay notables diferencias: permanece y se intensifica el amor al papeo y la loa de todo buen plato, pero no aparecen ni a los postres las anécdotas profesionales ni las reflexiones a la buena de Dios; cuanto se dice en Comimos y bebimos tiene algo que ver con la pitanza.

              Para degustar este libro hace falta ser buen lector y tener buen apetito. Peyró habla de la comida con un lenguaje rico (también en el sentido de sabroso) y elevado, pero con el tono de quien sabe que está ensalzando hasta los cielos algo de lo que en última instancia todo el mundo puede prescindir y, si no queda otro remedio, cambiar por un mal bocadillo, de lo que resulta un texto que acerca tanto al humor como una buena comida.

              A capítulo por mes (porque cada época tiene sus peculiaridades gastronómicas), Peyró habla de las cuitas de quien tiene un paladar más excelso que abundante su bolsillo, realiza agudas observaciones sobre lo que ciertas comidas y bebidas representan en la sociedad (la de veces que he recordado sus palabras sobre el vino blanco) y de vez en cuando se deja llevar alegremente por la euforia de un magnífico sabor para revolotear entre elegía y poesía sin perder nunca el humor.

              El resultado, un libro que se lee como se saborea una magnífica comida.



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jueves, 28 de octubre de 2021

Ya sentarás la cabeza – Ignacio Peyró

 


 

              «Imita descaradamente a Pla, pero es muy bueno y te gustará», me dijo el amigo, forofo de la obra de Peyró, que me recomendó insistentemente leerlo. Peyró (1980), en los años que relata esta obra fue un joven periodista que, como tantos otros, fue dando tumbos de medio en medio, aunque en su caso los dio hacia arriba, lo cual tiene no poco mérito en tiempos de decadencia periodística. En general su labor se desarrolló en medios nítidamente significados en lo político; posteriormente fue redactor de discursos para diversos políticos de la derecha y miembro fundador de The Objetive; en estos momentos dirige el Instituto Cervantes en Londres. Lo cuento porque el subtítulo, «Cuando fuimos periodistas», deja claro uno de los temas del libro: los jugosos cotilleos, chismorreos, anécdotas e impresiones de quien tiene un compromiso intelectual consigo mismo que, a veces en conflicto con la sana costumbre de llegar a fin de mes, requiere de dosis de adaptación siempre disponibles para quien tiene cultura e inteligencia. Lo cuento, también, porque si en algún momento se es receptivo a la vida es en los inicios de cualquier actividad, en especial durante la juventud.

              Ya sentarás la cabeza es un conjunto de lúcidos recuerdos y reflexiones, ordenados cronológicamente por años, que abordan los primeros pasos del autor en el mundo del periodismo cultural y político. El humor, la ironía, el reírse de sí mismo, de las disputas internas en los medios –siempre en estado precario desde hace años-, del modo en que se manipula sabiendo que hay un público ansioso de tragarse lo que ni los mismos que lo cuentan se creen, las luchas de egos, la sumisión a los intereses del que pone la pasta, la fama de unos, de otros, las ambiciones de cada cual que no por modestas pueden ser menos poderosas (anda que no tira nada tener un empleíto)… todo esto, frecuentísimas visitas a bares y restaurantes con tintes legendarios –unos por lo que se cuece entre los clientes y otros por una sabrosa cocina más vinculada a la temporada y a la tradición que a las florituras- y vacaciones de reposo en Extremadura, todo esto, digo, se relata con una prosa con un deje hedonista, rica, precisa y elegante hasta para dar cuenta de cogorzas, digestiones dignas de una hormigonera y noches zascandileando.

              El humor cervantino, el humor como defensa que a través de la inteligencia convierte los sinsabores y las limitaciones en motivo de sonrisa, es uno de los dos pilares del texto. El otro es el lenguaje, tan amplio y bien usado que produce cierto rubor, cierta vergüenza ajena, por la inevitable comparación con lo que leemos habitualmente. Una obra que nos recuerda que el lenguaje es una fuente de belleza, riqueza y recursos expresivos y que empobrecerlo es empobrecer la comunicación. Comparados con Peyró, la mayoría de los escritores –en especial quienes tienen pretensiones de best sellers- se expresan con gruñidos.

              Debo dar las gracias al amigo al que he aludido al principio. Él me recomendó leer al menos un libro de Peyró. Luego el autor se ha recomendado a sí mismo, que es lo mejor que te puede pasar al leer. La prueba, que en estos momentos estoy leyendo Comimos y bebimos. Ya os contaré.



lunes, 7 de enero de 2019

Sylvia – Leonard Michaels




              Fantástica novela autobiográfica que, a partir de un recuerdo que tiene algo de liberador, consigue crear belleza desde la tristeza, la locura y buena dosis de violencia doméstica.

              La novela, corta, de unas 130 páginas, supuso, sin embargo, un ingente trabajo para el autor, uno de los más importantes del siglo XX en Estados Unidos, que no la dio por terminada hasta 1992.

              Sylvia es el nombre de la protagonista de una historia contada en primera persona por un narrador, trasunto del autor. Una mujer de extrema inteligencia, pero también caprichosa, imprevisible, insegura y, por encima de todo, desequilibrada.

              Los dos se conocen con muy pocos años y, de modo inmediato, se van a vivir juntos en el Nueva York de los años sesenta y se casan. Los cuatro años posteriores, los conocemos a través de una exhibición de intimidad tan clara como carente de exhibicionismo: solo sabemos lo justo, aunque es muy íntimo. Cuatro años que son un infierno continuo en el que no arde más que el temperamento de Sylvia, que calcina todo. Leonard, el escritor que aún no lo es pero lo intenta, se va adaptando a ese temperamento, o defendiéndose de él, al tiempo que en el proceso de adaptación a esa en realidad desconocida, va creciendo, entre las dificultades y la secuencia de disgustos y escenas, el amor.

              Habla la contraportada del «poder destructivo del amor», aunque más exacto sería decir del poder constructivo, porque esta novela no se entiende sin el amor de Leonard a Sylvia, y del patológico modo en que ella lo ama a él; y es a partir  del amor de Leonard, de ese esfuerzo por comprender que parece guiar la novela, como se crea la belleza a partir de la sordidez.

              Si hay algo destructivo es el concepto de amor que tiene Sylvia, más vinculado al uso del otro para cubrir las inseguridades propias que al mover un dedo en beneficio de aquel a quien dice amar. El «poder destructivo del amor» está muy vinculado al egoísmo y al egocentrismo de los que Sylvia, pese a todo, es más víctima que responsable.


              

miércoles, 2 de enero de 2019

Una noche con Sabrina Love – Pedro Mairal





                Daniel, un joven argentino de 17 años, huérfano y que vive con su abuela, se dedica, entre otros menesteres, a piratear la televisión del vecino para ver show de Sabrina Love, una despampanante actriz pornográfica. Bueno, actriz porno por una parte; por otra, y esto es para ella lo más rentable, inalcanzable fantasía erótica de toda su audiencia.

                Poco antes del comienzo de la historia que narra la novela, el programita en cuestión había tenido a bien sortear una «noche de amor y pasión» con Sabrina entre todos los ardientes espectadores que se apuntaran al concurso a través de un teléfono de pago. Millares de aspirantes a hacer realidad sus fantasías eróticas sueñan con ser los agraciados, pero el agraciado -y el lector teme que desgraciado- resulta ser Daniel. Es jueves. El premio se «entregará» el sábado siguiente.

                Imaginad.

                ¿Cómo resistirse a un sueño tan intenso y tenido siempre por imposible? ¿Cómo rechazar la tentación cuando el destino te la regala tras realizar una pirueta inverosímil que jamás se ha de repetir? Reíros del Gordo de la Lotería de Navidad: esto es mucho más difícil.

                Daniel no tiene dudas. ¡Como para decir que no a Sabrina Love! Pero tiene tres problemas: vive muy lejos de Buenos Aires, las carreteras están cortadas por culpa de una inundación y, para colmo, no tiene un céntimo.

                Una noche con Sabrina Love es la historia de cómo Daniel se enfrenta al mundo desde la ignorancia y la ingenuidad, de cómo suple su falta de conocimientos, la carencia de recursos, de padres, de casi todo, de los tortazos que se pega, y también de las experiencias positivas que es capaz de buscar y encontrar, de la diferencia entre la realidad y el ideal y, por último… Bueno, quien desee saber lo que pasó, que lea Una noche con Sabrina Love.

                Una obra de gran calidad, profunda y divertida que se lee rápidamente: 150 páginas más las pocas de un prólogo del autor en el que explica las vicisitudes de la novela: el súbito brinco del anonimato a la fama tras recibir el primer premio Clarín con un jurado en el que estaban Bioy Casares, Roa Bastos y Cabrera Infante, y los sopapos que luego da la vida y el mercado a los pobres escritores.

                Leedla.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Duelo – Eduardo Halfon



              
                            Magnífica novela breve, de tintes autobiográficos, de este autor guatemalteco que hace unos años figuró, con motivo, entre los mejores escritores jóvenes latinoamericanos.

              El protagonista, trasunto del autor, se ha criado en Estados Unidos, donde se exilió siendo niño. La novela comienza cuando el protagonista regresa a Guatemala en busca de sus recuerdos, entre los que se abre paso lo que una vez le contaron sobre un niño de cinco años, Salomón, que murió ahogado en el lago aledaño a la casa donde la familia veraneaba; un niño que hubiera sido tío del protagonista.

              Los recuerdos de toda una vía comienzan a fluir, y el lector conoce a los abuelos polaco y libanés, los campos de concentración del nazismo, el exilio a otro continente, la creación de nuevas familias, los exilios subsiguientes… Tres generaciones de una misma familia a las que la historia lleva a deambular por la geografía de medio planeta. Esto hace que el texto tenga reminiscencias árabes, europeas, latinoamericanas, norteamericanas… Y entre todos esos recuerdos de vez en cuando surge algo, una chispa, que ilumina algo más sobre Salomón. Una vez es un dato, otras un silencio, algunas un reproche o una discusión oía al azar. En medio de tanto drama, ¿qué pasó con Salomón? ¿Por qué a tantos les duele tanto? Al final, cuando el lector lo comprende, el sentimiento es convulso no tanto por la realidad en sí, sino por cómo las vivencias dolorosas de las personas hacen que, al final, la preocupación no sea tanto lo que cada uno ha sufrido sino lo que ha hecho sufrir.

              Una gran lectura.


jueves, 1 de mayo de 2014

El hombre perro – Yoram Kaniuk



Mañana Yoram Kaniuk hubiera cumplido 84 años, y he aquí un libro de los que dejan huella, aunque cuesta explicar el motivo. La tragedia empañada de humor no deja indiferente, y es quizá una de las cosas que hacen el libro difícil de asimilar, porque resulta complicado compatibilizar las dos perspectivas a la vez.

Llama la atención la absoluta renuncia a explicar las razones. Me explico: es claro por qué están en “el centro” los pacientes; pero no el proceso que los ha llevado allí; otros, con similares padecimientos, fueron capaces de vivir (o malvivir) con ellos a cuestas sin irse de la cabeza. ¿Por qué estos sí? No se sabe ni siquiera en el caso del protagonista. Consecuencia: el lector debe imaginar el grado de sufrimiento que a él le haría volverse loco, y eso no deja indiferente. Choca, en medio del drama, tanto la presentación de algunos de los enfermos –muy pintorescos, extravagantes hasta mover a la sonrisa- como la existencia de algunos personajes casi cómicos –las hermanas no sé cuántos- y alguno difícilmente comprensibles por lo extraño –hablo de Gina, demasiado perfecta para ser verdad: bonita, entregada, sin otra vida que la que se relata cuando tiene toda a sus pies, una mujer idealizada.

Cómo se llevan entre sí y cómo se relacionan los “perros” es analizado intensamente, pero por una vía indirecta: exponiendo hechos. Es algo meritorio y sin duda lo mejor del libro: ¿qué queda del ser humano, cómo se comunica, cuando sus formas de expresión normales han sido aniquiladas? ¿Cómo se expresan entonces los sentimientos más básicos?

La lectura tiene su aquel: combina pasajes muy llevaderos y entretenidos con otros de una verborrea magistral, pero difíciles de seguir por las alusiones e interpretaciones a las que el lector debe saber dar sentido.

Yoram Kaniuk. 1930-2013
Y, en todo caso, te obliga a tener presente las atrocidades que cualquiera puede cometer. Porque sí: Hitler hubo uno, pero necesitó el apoyo de tantos miles de manos que es ingenuo pensar que alguna vez en la historia ha dejado de haberlas. Simplemente, duermen. Ninguno sabemos el límite del dolor que somos capaces de soportar ni, lo que es peor, de causar. Para lo bueno y para lo malo, no somos más que animales. Y no muy inteligentes. Y fácilmente manipulables. Hitler parecía un caso excepcionalmente patológico –personal e históricamente- pero no es verdad: aunque miremos hacia otro lado ahí está Yugoslavia hace nada, por no hablar de Camboya, Ruanda... Aunque parezca increíble, la salvajada siempre es posible. Incluso donde y cuando menos se la espera. ¿A que nadie se atreve a decir que en los próximos treinta años no va a haber más barbaridades como esas? Por eso son buenos los libros que obligan a pensar, como éste.