En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

Mostrando entradas con la etiqueta Roma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Roma. Mostrar todas las entradas

jueves, 16 de abril de 2026

Mis momentos - Andrea Camilleri

 


Hace mucho que tenía este libro en casa pendiente de leer. En concreto, siete años. Una barbaridad. Con lo que me gusta Camilleri (1925-2019) es como decir siete siglos. Aunque manifestada con retraso, quizá, solo quizá, esa devoción sea la causa de que «Mis momentos» me haya gustado mucho más de lo que puede gustar a otros lectores. Intentaré explicar por qué lo ha pasado tan bien.

Los «momentos» son los del autor, y configuran una colección de recuerdos, la mayoría de juventud (los años cuarenta y cincuenta del siglo XX), que solo tienen en común la presencia de Camilleri y de su actividad en el mundo de la cultura, pues la mayoría de las vicisitudes que cuenta tienen su origen en el teatro y las lecturas o tuvieron reflejo en su obra. Pese a haber leído tantos libros suyos apenas había catado escritos autobiográficos.

En estos «momentos» encontramos escenas sicilianas que parecen sacadas de sus novelas pero que, al encontrarlas aquí, comprendemos que son el origen de un proceso inverso y que la literatura de Camilleri bebe de fuentes directas; vemos también los primeros y osado pasos de Camilleri en un montón de actividades (vaya peligro tenía el hombre) y el contacto que aquel siciliano desconocido llegó a tener con algunas celebridades de la cultura italiana, relaciones de las que habitualmente salió bien parado; conocemos éxitos, fracasos, modos de acción, muchos datos biográficos y, sobre todo, la peripecia vital de alguien que fue lo que quiso ser para plantarse en los setenta años y convertirse entonces, de sopetón, en un escritor prolífico y de reconocimiento mundial. En «Mis momentos» pueden verse las semillas de escritor que, sin saberlo, fue sembrando Camilleri, pues su obra se nutre de su experiencia con la historia italiana vivida en primera persona y con el ser humano. Sobre lo primero, en su juventud vivió una época convulsa y experimentó modos de vida que no habían cambiado desde hacía siglos, pero además su longevidad le permitió desembocar en el siglo XXI. Muchos mundos en una sola vida. Sobre lo segundo, la colección de personas que conoció en un entorno aislado y humilde con presencia de la mafia y la miriada de personas que conoció luego junto a la caterva de egos que hay en el mundo artístico, incluyendo a unos cuantos genios, le suministró material para escribir durante veinte vidas.

Esto es lo que vemos aquí: retazos de los orígenes del escritor, de la materia prima que utilizó y del camino que lo condujo a serlo.

Un lujo para sus devotos.

Como yo.


jueves, 18 de marzo de 2021

Claudio el dios y su esposa Mesalina - Robert Graves

 


 

                Claudio no quería ser emperador, pero no le quedó otro remedio. No quiso ser deificado como sus antecesores, pero en vida lo fue por error –así, como suena- y posteriormente su deseo no fue cumplido. Lo que cuenta esta novela es el camino recorrido entre esas dos condiciones, la de emperador y la de dios.

                La historia comienza donde terminó Yo, Claudio. Esta novela es más detalla, porque si Yo, Claudio abarca, aproximadamente, los primeros cincuenta años de la existencia de Claudio, esta aborda, exclusivamente, los trece o catorce siguientes, hasta su muerte, y además es una novela más larga.

                Me alegro de haber leído Claudio el dios y su esposa Mesalina justo después de haber leído Yo, Claudio. Me he ahorrado un buen esfuerzo de memoria y he disfrutado de una historia que, sumada a la primera, forman un conjunto que va más allá de lo que alcanzan cada una por separado.

                ¿Qué se narra? El «reinado» del emperador Claudio, que principió con un difícil asiento en el poder dedicando años a recomponer los destrozos heredados para, al fin, como gobernante «ilustrado», afianzar su labor en favor de la prosperidad del imperio, y de Roma en particular, acometiendo reformas legales e importantes obras. Lógicamente, si en la primera novela Claudio era un mero testigo y eran otros los protagonistas, aquí él es el protagonista absoluto y, por tanto, no solo cambia la perspectiva de la obra –de testimonio a confesión- sino que Claudio, que es el narrador, es en consecuencia un narrador no imparcial. Sin embargo, esto no significa que la novela y el personaje -de por sí con carácter «científico»- carezcan de objetividad, lo cual refuerzan los añadidos finales, obras de autores de la época incluidos por Robert Graves para explicar la muerte de Claudio. Los tres textos refuerzan la verosimilitud de la novela, porque el tono de Claudio se adapta a personalidad que de él se dibuja en ella y en los escritos provocando una gran sensación de realismo, y es que el Claudio-narrador se preocupa de dos cosas: de dar su versión de los hechos y sus razones para actuar y, también, de explicar cómo cree él que lo ven los demás.

                Otra gran diferencia con la primera novela es que, al asumir Claudio el protagonismo, su personalidad es la mejor dibujada. Como personaje, es apabullante. La personalidad del resto queda, en cambio, más difusa que en Yo,Claudio, donde los retratos eran abundantes y magníficos. Lo cual no obsta para que en esta segunda novela haya algunos memorables, como el de Herodes Agripa.

                La estructura de la historia es también diferente, porque el cúmulo de intrigas en catorce años no son las que puede haber en cincuenta, de modo que en Claudio el dios y su esposa Mesalina hay cierto deambular por cuestiones más vinculadas al compromiso de una persona consigo misma (como la invasión de lo que luego fue Inglaterra) que a la lucha por el poder. Claudio cuenta sus acciones para controlar y dirigir a aduladores y a potenciales enemigos, aprovechando la situación y debilidades de cada uno. Otro tanto ocurre con el pormenorizado relato de lo que sucede en oriente, de la mano de las tribulaciones de un personaje como Herodes Agripa, a la vez alocado, sensato, inteligente y amigo de sus amigos hasta donde puede serlo alguien que se cree señalado por el destino para misiones trascendentales. En cualquier caso, la historia es magnífica, y si en Yo, Claudio las relaciones de poder dominaban la acción, aquí lo que domina el interés del lector es el descubrimiento del verdadero Claudio, del hombre inteligente, decidido, profundo conocedor de la historia y del alma humana, al que todos creían tonto, y la vivencia de sus dudas, miedos, vacilaciones y modo de afrontar una vida a la vez siempre plena de poder y pendiente del hilo de la traición.

                El título menciona a Mesalina, la muchacha de quince años casada con un tipo de cincuenta, tullido y con fama de idiota que sin pretenderlo acaba siendo el hombre más poderoso del mundo. Claudio está enamorado de ella, y su confianza en Mesalina es ciega. Pero Mesalina tiene tres caras: la que ofrece a Claudio como esposa abnegada y colaboradora en los asuntos de estado; la de una persona intrigante que aspira a ejercer el poder según sus propios intereses y a controlarlo para evitar su propia perdición a la muerte de Claudio; y, por último, la de una mujer joven obsesionada por el sexo, al que se entrega con pasión, imaginación y una osadía que se adentra profundamente en la temeridad.

                Si su nombre figura en el título no es porque la figura de Mesalina ocupe muchas páginas. Conocemos su historia porque las referencias a ella son abundantes y porque protagoniza algunos capítulos. Pero la razón por la que Mesalina acompaña a Claudio en el título de la novela es porque hay dos Claudios. Uno, el primero, el que confía en su esposa, el hombre que, pese al poder, sigue comprometido con sus propias ideas y es honesto consigo mismo; y otro, el segundo, cuando ya en edad avanzada, una vez pasado lo más complicado de su mandato y ya dejados atrás los mejores años de éste, descubre la traición de Mesalina, se sabe el hombre más engañado de toda Roma, comprende que hasta el gato se ha estado riendo de él mientras él transformaba el imperio a base de trabajo honesto, responsabilidad e ingenio y, en ese momento, se transforma en lo contrario emprendiendo el declive definitivo: un pasota capaz de regalar el ejercicio efectivo del poder a condición de que lo dejen en paz, un tipo que se ve a sí mismo tan ridículo que no duda en tomarse el poder a chirigota, hasta el punto, incluso, de facilitar su propio fatal destino, como si tras la traición y muerte de Mesalina la vida hubiera dejado de tener sentido para él. Pobre Claudio, tenido por un idiota hasta tras haber demostrado que no lo era.

                La novela, al estar contada en primera persona por Claudio, obviamente termina antes de su asesinato, pero Robert Graves fue capaz de incluir ese episodio, el de la muerte, en un final brillante con tres textos de la época, alguno de ellos traducido por él mismo. Los dos primeros trasladan al lector sendas versiones, con no muchas diferencias, sobre cómo fue la muerte de Claudio. Que el lector elija la que más le guste. El tercer y último texto es un panfleto de Séneca –que durante ocho años había estado desterrado por orden de Claudio, aunque luego le hizo preceptor de su hijo adoptivo, el futuro emperador Nerón- ridiculizando a Claudio; todo un «hacer leña del árbol caído» -esta conducta de Séneca no merece más que una frase hecha- que viene a demostrar que Claudio, a fin de cuentas, era tan terrenal como él siempre se creyó y como siempre defendió negándose repetidamente a que lo deificaran. Ridiculizando al dios, Séneca, sin darse cuenta, rescató a la persona.

Robert Graves la recreó y el resultado es maravilloso.

No creo que nadie se arrepienta de leer por orden estas dos novelas: Yo, Claudio y Claudio el dios y su esposa Mesalina.



lunes, 15 de marzo de 2021

Yo, Claudio – Robert Graves

 


             

              No soy nada aficionado a la novela histórica. La mayoría de las pocas que he leído no me han animado a repetir. Sin embargo, desde hace tiempo quería leer una de la que siempre había oído hablar maravillas, Yo, Claudio. He tardado un número de años indecente en encontrar el momento, pero cuando este año ha llegado, cómo lo he disfrutado, hasta el punto de haber devorado a continuación Claudio el dios y su esposa Mesalina.

              Robert Graves es deudor de su éxito, como lo demuestran, por una parte, los encendidos elogios que siempre ha provocado esta obra y, por otra, la crítica de autores e historiadores preocupados por las inexactitudes. En resumen, esas cosillas que, creo, son inherentes a las estériles disputas sobre novela histórica. Estériles porque si una novela renuncia al compromiso con la ficción, deja de serlo.

              Sea como fuere, y sean las fuentes de Graves solo unas pocas –como le acusaron respecto a esta obra- o tantas como el autor afirma en la segunda, novelar no exige hallar la verdad sino la verosimilitud, por lo que no dejan de servir para el propósito de un novelista: acercar al lector a una época, hace justo dos milenos, en la que transcurre una historia inspirada en una realidad histórica espectacular y también de un interés humano apabullante. Como el lector sabe, además, que no hay éxito sin bandada de pejigueros, hará bien en despreocuparse de si tal o si cual cosa fue exactamente así o un poco más asá, si Fulano dijo tal cosa o tal otra y Mengano tal dijo tal en vez de cual; lo mejor que puede hacer el lector es disfrutar de lo mollar, que no son los detalles sino la historia, y que, en este caso, es una historia mucho más humana que institucional o política, aunque la grandeza del marco histórico compite con lo meramente humano.

              Y es que Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico es un miembro de la familia imperial considerado por todos tonto y medio idiota –o idiota entero- por ser cojo, con piernas muy débiles, tartamudo y con tics nerviosos, problemas, algunos, que se le acentúan con los nervios. El célebre dicho de que en esta vida, para triunfar, conviene parecer tonto pero no serlo, se cumple en su caso, aunque su triunfo se limita a que al considerarlo inofensivo lo dejan en paz; es decir, nadie se preocupa de asesinarlo y puede entregar su vida a lo que pronto averigua que le gusta: estudiar e escribir historia. La existencia de Claudio discurre entre el «reinado» de Augusto -y su influyente, eficaz e intrigante esposa Livia-, después el de su tío Tiberio y, finalmente, el de un loco de remate como Calígula. Entre medio, además, por unos motivos u otros van quedando en el camino (envenenados, acuchillados o «estimulados» a suicidarse) otros aspirantes y supuestos aspirantes a emperador, algunos tan honestos y queridos por Claudio como su hermano Germánico. En el recuerdo, el fin de la República a manos de un Julio Cesar que acabó imponiendo una forma de gobierno que todos se resisten a llamar «monarquía» por sus connotaciones contra libertad (el término se asimila al de «dictador» actual, que es distinto de la figura institucional del «dictador» romano). Esto, que es historia, no es lo importante en la novela, sino solo el espectacular marco donde se desenvuelven las intrigas en torno al poder de quienes quieren mantenerlo y gestionarlo, solo mantenerlo o, simplemente, aspiran a él. Intrigas, y esto es lo mejor, que dependen de las ambiciones, miedos y posición de partida de cada cual. De resultas, Yo, Claudio es una novela sobre las pasiones humanas y las relaciones de poder; ni unas ni otras han cambiado con el paso de los milenios, como tampoco ha evolucionado, a pesar de los cambios tecnológicos, el modo en que el ser humano vive y se relaciona.

              Escrito en primera persona, la acción va y viene en el tiempo anticipándonos muchas cosas porque el Claudio que escribe (ya emperador) conoce lo que desconocía el Claudio más joven sobre el que escribe. Así que no solo cuenta lo que pasó, sino por qué pasó y quién fue el responsable de que sucediera, y también cómo más tarde se enteró y ahora puede explicarlo, lo que refuerza la sensación de credibilidad. El relato, complejo por la cantidad de personajes y sus intrincadas relaciones familiares, se sigue con facilidad (aunque a menudo uno se pierda en qué parentesco tiene quién con quién, tener este dato siempre presente tiene una importancia relativa, pues el ansia de poder tiene mucho más peso que el afecto, y los personajes son más rivales o aliados que parientes, aunque es cierto que el parentesco -y las afrentas- sirve a cada cual para sospechar la posición del resto en torno al poder). Claudio, además, nos ofrece una visión crítica, un tanto distante, cuando no despectiva, de quienes no saben hacer otra cosa que pelear por el poder; una visión con un punto de cinismo e ironía que se parece mucho al humor.

         Los personajes, ya no le dicho, son numerosos. Una de las grandes virtudes de la novela es la contundencia y verosimilitud con que cada uno es caracterizado. Todos tienen su personalidad, su modo de ser, no son, como en tantos autores, variaciones sobre unos pocos perfiles, sino personajes cuya realidad se percibe de modo inevitable

              Pero quizá lo más relevante, mucho más que los avatares históricos y lo que del ser humano conocemos en sus luchas por el poder, es cómo el lector va descubriendo poco a poco, en boca del Claudio el narrador, la indudable inteligencia de un protagonista –más testigo que partícipe en la acción- al que todos desprecian, alguien tan inteligente que desde el principio es capaz de pasar casi toda su vida viendo, analizando y callando, de modo que acaba sorteando con éxito todos los peligros; un hombre lo bastante inteligente como para desear sinceramente que se olviden de él para dedicarse a lo que en verdad le gusta: la lectura y la historia. Por cierto, qué atractivo resulta para lector que se dirija directamente a él y le haga tan pormenorizadas confidencias un emperador romano partícipe y protagonista del siglo más famoso de la historia de Roma.   

              Como la historia es tan conocida, puede decirse cómo termina esta novela que comienza con el nacimiento de Claudio: con su proclamación, muy su pesar, como emperador tras el asesinato de su sobrino Calígula. Genial, verdaderamente genial, lo que Robert Graves hace pasar por la cabeza de Claudio en el momento en que, contra su voluntad, se ve, de improviso, aclamado como César por los soldados. Un gran y humano final que remata la credibilidad del conjunto.

              El lector se ha encariñado con un personaje al que sabe de una inteligencia aguda. Sabe también que, a pesar de que todos lo consideraban irremediablemente idiota, ha llegado a emperador. Un imperio gigantesco está en sus manos. Y ahora, ¿qué? El banquetazo de literatura ha sido épico, espectacular, pero a su fin el lector siente haberse quedado con la miel en los labios. No puede prescindir de Claudio. ¡Qué difícil es lograr algo así!

Ahí puede quedarse la lectura  de esta impresionante novela, con la sensación apabullante de haber ido corriendo hasta el borde mismo del precipicio y haberse detenido de golpe en él. Pero para saber qué ocurrió después, cómo se desenvolvió como emperador ese imbécil que el lector sabe inteligente, es preciso leer Claudio el dios y su esposa Mesalina. Es lo que he hecho. No recuerdo una sola novela histórica que me haya hecho leer otra del mismo autor.

              Yo, Claudio, es una novela mayúscula, inolvidable.


lunes, 31 de agosto de 2020

El Rey - Sandrone Dazieri





(Colomba Caselli y Dante Torre, y 3)



                Final de la trilogía protagonizada por Colomba Caselli y Dante Torre, y menos mal, porque aunque El Rey se lee rápido y bien y es entretenido, el caso de fondo que sirve de enlace entre las tres novelas (No está solo, El Ángel y El Rey) se le ha ido un poco de las manos a Sandrone Dazieri, como a esos guionistas (Dazieri lo es) a los que exprimir el éxito les lleva a retorcer las historias en un constante «más difícil todavía» a cada instante hasta acabar desvirtuando el espíritu original de la historia. Es lo sucede con El Rey, donde el «factor sorpresa» que dio buenos réditos en No está solo e implicó un final abierto clara y desdichadamente comercial en El Ángel, está llevado al límite.

                ¿Y quién es ese rey? Obviamente, el nuevo malo malísimo que algo tiene que ver con la figura del Padre, que se arrastra desde la primera de las novelas.

                Dazieri juega mucho en esta ocasión con los sentimientos del lector (al que presupone fiel, pues para eso ha llegado a la tercera entrega), y quizá por eso se esfuerza menos en dar verosimilitud a lo irreal, confiando en que las desventuras de los protagonistas oculten esa dejadez provocando la angustia del lector; craso error, porque el lector ya sabe que de los protagonistas no se puede prescindir, así que, soponcios, los justos.

                Colomba, tras el desaguisado del final de El Ángel, está recluida en un pueblecito de montaña, curando sus tripas heridas y su espíritu maltrecho. Lógicamente, tiene clavada la espina de la desaparición de Dante. Pero, antes de reaparecer el mencionado personaje-espantajo de mente tan brillante como extravagante, aparece por ahí perdido un joven autista. Y junto a él, un crimen. Y junto al crimen, las fuerzas del orden locales. A partir de aquí, todo el mundo creado por Dazieri en esta trilogía comienza a converger en el pueblecito, sin que llegue a quedar del todo claro un motivo distinto a las «exigencias del guión». Desde ese refugio Colomba va y viene donde haga falta, hasta conseguir su objetivo (de un modo y en unas circunstancias mejorables) y, a partir de él, ambos se ven arrastrados por los hechos -algunos de ellos verdaderamente exagerados- hasta dar por zanjado por fin, o al menos eso se supone, el asunto del Padre. Menos mal (para Colomba), que en esta ocasión Dazieri le concede un recurso poco usado en la novela negra: ser la protegida de esos servicios secretos tan ajenos a las normas como puede suponerse.

                Un final, más que un colofón, que, si la trilogía da de sí comercialmente lo suficiente, no es descartable que lo sea solamente «del caso del Padre», lo cual permitiría cumplir lo de la trilogía y resucitar, en nuevos casos, a la pareja de investigadores. Sin son fieles a los orígenes, merecerá la pena. Si lo son a esta última entrega...



martes, 2 de junio de 2020

El infinito en un junco - Irene Vallejo





                Hay libros que gustan y libros, como El infinito en un junco, que entusiasman.

                Reseñar una obra así es una osadía que no me atrevo a cometer por miedo a hacerlo mal y que alguien, como consecuencia de mis palabras, se pierda esta lectura.

                Así que solo diré que cualquiera que ame los libros, el saber, la historia y guste de ser consciente de la importancia de tantas cosas esenciales cuya existencia damos por supuesta, va a disfrutar de este libro que, a la vez, regala lúcidas y fundamentadas reflexiones sobre el presente. O sea, sobre nosotros mismos.
              
                 


viernes, 22 de mayo de 2020

El Ángel – Sandrone Dazieri





(Colomba Caselli y Dante Torre, 2)


               
                Las críticas de la solapa (que ya se sabe que no suelen ser independientes) son desmesuradamente buenas, un ejemplo de exageración que en nada beneficia a una novela que por sí sola consigue lo que pretende: entretener al lector enganchándolo con una trama compleja donde el discurrir de los acontecimientos no deja un momento de tranquilidad, pues ni uno solo de sus breves capítulos se cierra sin dejar en el aire lo que parece el interrogante definitivo. Es decir, un buen thriller, que peca, eso sí, de incurrir en numerosos «más difícil todavía», pero lo hace de modo que cuanto se pierde en realismo y verosimilitud se gana en emoción. Siendo fast food, no es una hamburguechuela solitaria y chuchurrida, sino uno hamburguesón bien gordo y rebosante de ingredientes.

                Los protagonistas, la comisaria Colomba Caselli y el brillante y claustrofóbico lunático Dante Torre, son los mismos que los de No está solo, y parte de la trama de aquélla se traslada a esta nueva entrega, jugando a crear, junto al caso concreto de cada novela, una historia a largo plazo que ayude en la venta de los libros, como ocurre (con mayor brillantez) en la saga de Sebastian Bergman, firmada por Michael Horjth y Hans Rosenfeldt.

                La novela comienza con un supuesto atentado islamista en el tren de alta velocidad Milán-Roma. A Colomba la habían enviado pensando que solo había un muertecillo de lo más normal, pero el vagón de clase club aparecen todos gaseados. Lógicamente, el caso queda fuera de sus competencias, y «lógicamente», en la lógica de este tipo de novelas, Colomba se empeña en hacer la guerra por su cuenta, para lo que vuelve a apoyarse en un Dante Torre que, en un periquete, es capaz de encontrar una aguja entre un millón de pajares. Cómo no, los procedimientos de Colomba se vuelven contra ella, laboralmente hablando, para dar más emoción al asunto y dejar a los héroes solos ante el peligro, y conducen de nuevo a los dos protagonistas a la clandestinidad, bien que apoyados por los tres agentes que dependen de la comisaria y, sobre todo, por un guapetón del que, para disgusto de Dante, Colomba se siente atraída.

                Ocurre que todo es más complejo de lo que parece, y que el «ángel de la muerte» que da título a la novela sí tiene sexo y, para colmo, unas habilidades que ríete tú de James Bond y cuanto malo haya pululado alrededor del agente 007. No lo cito por citar: al igual que en la primera novela (No está solo), las historias de la guerra fría y los misterios de esa época que tanto juego han dado en las novelas de espionaje reaparecen aquí. Y, con ellos, el maniqueísmo de los malos muy malos y los buenos muy buenos.

                Para dar algo más de color, en lugar de pasarse la novela dando tumbos por Roma, Colomba y Dante también acaban en Milán, Venecia y Alemania. Los «decorados» son a menudo conocidos, lo cual, aunque no deje de ser un fácil truco para hacer sentir bien al lector, se agradece.

                Y el final, movidito, en plan película de acción, y sorprendente. Quizá, incluso, demasiado sorprendente, aunque, a la vista de cuanto he dicho, quizá no tanto, pues más tiene que ver con el efectismo que con la verosimilitud, y no digamos ya con el realismo.

                Volviendo al principio, dentro del fast food literario, una buena comilona.



lunes, 10 de febrero de 2020

No está solo – Sandrone Dazieri




               
(Colomba Caselli y Dante Torre, 1)

                A una buena novela no se le exige realismo, sino verosimilitud. De lo primero no hay rastro en No está solo, y de lo segundo no mucho, si bien hay que reconocer que la acción es tan intensa que el interés que no despierta como historia lo despierta como misterio. Todo un thriller estructurado con enorme solvencia que se lee muy rápido arrastrado por la curiosidad, y en el que fallan dos cosas relacionadas con lo que acabo de decir: el trasfondo final de la historia, un tanto manido, y unos protagonistas demasiado acartonados y poco creíbles.

                Un niño que iba con su madre desaparece en Roma a la vez que ella aparece asesinada. El jefe policial, un tipo discreto, sensato y competente, pide a una concienzuda, bella y atlética policía de baja por un trauma profesional, Colomba Caselli, que indague por su cuenta y que como ayuda eche mano de un singular caballero con una extraordinaria perspicacia psicológica para encontrar desaparecidos: Dante Torre, el cual debe su habilidad a su anormal desarrollo; pasó una barbaridad de años, desde los seis hasta el fin de adolescencia, secuestrado en un pequeño silo sin ver a otra persona que una especie de «domador» que ocultaba su rostro y se hacía llamar «el Padre». Sin embargo, a tan tortuoso pasado también debe otras cosas: una fortísima claustrofobia, un sinfín de manías y un carácter tal que parece un teleñeco. Además, el caballero tiene dinero en abundancia y no duda en gastarlo en pro de la causa (¡cuántas veces se utiliza el recurso de un tipo adinerado en las novelas de intriga!).

                Colomba es un personaje demasiado neutro para resultar atractivo; solo al final se va perfilando. Con Dante ocurre lo contrario: su extravagancia inicial mengua por necesidades de la acción. Respecto a los secundarios, hay de todo, pero respondiendo siempre a los perfiles tópicos de lo mediocre de este género. El peor dibujado, sin duda, es el malo malísimo (no digo más para no reventar la historia) que tras ser durante toda la novela aquello que cada lector haya imaginado, termina siendo casi una caricatura.

                Como buen thriller cada paso de un personaje abre puertas que profundizan en laberintos de ramificaciones insospechadas. Cada cosa tiene su por qué y el puzzle se va construyendo ante los ojos del lector. No es lo menos interesante que la investigación pronto toca a los investigadores mucho más cerca de lo que en un principio cabe suponer, lo que multiplica los enigmas a resolver. Los del asunto principal y los de los protagonistas. Por eso la trama de No está solo es realmente compleja, pero se expone de manera clara, fácil de seguir, y el modo en que se plantea y se saca adelante es tan equilibrado que el resultado es un misterio atractivo.

                Sandrone Dazieri ha firmado una buena novela de entretenimiento. Nada más.