En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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lunes, 8 de junio de 2026

El último caso de Unamuno - Luis García Jambrina

 


    Luis García Jambrina y Manuel Menchón firmaron una especie de ensayo que cuestionaba la versión oficial sobre la muerte de Miguel de Unamuno: «La doble muerte de Unamuno». Lo reseñé en 2021. Aunque la obra se limitaba a expresar dudas sobre la versión oficial, la novela que ahora reseño, «El último caso de Unamuno», da por buena la hipótesis del asesinato frente a la de muerte natural. 

    Ni que decir tiene si esta novela transcurre cuando Unamuno muere es lógico que el caso que investiga sea el último. También es el segundo tras «El primer caso de Unamuno», novela que no he leído y en la que Luis García Jambrina transformó al escritor y pensador en detective sui generis.

  «El último caso de Unamuno» es también «el caso Unamuno», porque son dos las investigaciones que se dan, apenas separadas por unos meses. Ambas se van alternando para, como siempre ocurre con estos planteamientos, converger.

Estamos en la Salamanca del otoño de 1936. Un profesor universitario se ha suicidado, pero su viuda no cree esa versión y le pide a Unamuno que haga lo posible por aclarar lo ocurrido. Unos pocos meses después, la tarde del 31 de diciembre de 1936, muere el propio Unamuno en las circunstancias que podéis leer en la reseña de «La doble muerte de Unamuno», parte de las cuales se reflejan en esta obra. Luis García Jambrina hace que el escritor investigue el caso del profesor suicidado y da a la muerte de Unamuno una explicación novelesca a través de la investigación realizada por un abogado amigo de la familia.

Unamuno fue partidario del golpe de estado de julio de 1936 en la confianza de que pretendía restaurar la monarquía para acabar con los excesos de los últimos años de la República, de la que años atrás había sido partidario, y santas pascuas. Al instante los sublevados aprovecharon su prestigio nacional e internacional en defensa de su causa. Pero cuando Unamuno se dio cuenta, enseguida, de que los sublevados no estaban llevando a cabo un golpe de estado tradicional, limitado a cambiar las élites del poder, sino que habían emprendido una guerra de exterminio, de aniquilación sistemática y organizada del discrepante, aborreció el golpe y se enfrentó a los golpistas a riesgo de su propia vida y de la de sus familiares. La estrategia de los sublevados respecto a él fue doble: no quisieron cargarse a un hombre de tanto prestigio para evitar repetir el enorme coste internacional que había supuesto el asesinato de Federico García Lorca; pero una cosa era no matarlo y otra dejarle libertad: lo marginaron, controlaron y excluyeron de toda posibilidad de dar a conocer su opinión, le cerraron el pico para que su actitud crítica no trascendiera y poder así mantener la milonga de su apoyo. Así ocurrió que en el territorio no sublevado Unamuno era considerado un traidor, y en el sublevado también. Por todo esto es lógico pensar, y es lo que refleja la novela, que Unamuno vivió la segunda mitad de 1936 con el permanente temor a ser ejecutado. Seguramente solo pudo mentener una chispa de esperanza; que a los sublevados, que evidentemente lo aborrecían comenzando por el patético Millán Astray, cuya barbarie Unamuno había dejado en evidencia en un acto en octubre, no les interesara hacerlo.

La novela relata la acelerada muerte civil de Unamuno en el contexto de la Salamanca dominada por los sublevados, lo cual para la ficción tiene tres elementos muy atractivos: primero, la propia figura de Unamuno: una persona de suma inteligencia, aunque también soberbio, que al final de su vida se ve aplastado por una fuerza bruta impermeable al razonamiento; segundo, que el Unamuno versionado como investigador cada vez tiene menos medios para investigar y, tercero, mal le ha de ir al investigador cuando los sospechosos son los sublevados que controlan el poder y deciden impunemente sobre la vida y la muerte de cualquiera: descubrir culpables es mortalmente peligroso cuando lo son todos los que dominan el poder, y además es inútil porque no van responder por sus actos. Idénticos problemillas afronta el abogado que investiga la muerte del escritor. Investigar sin que se note. Casi investigar sin investigar. Investigar para conocer la verdad en privado, no en público porque eso puede llevarte a la tumba.

Una novela original, entretenida, que refleja bien, o al menos transmite con verosimilitud e intensidad, el ambiente opresivo en que se desenvuelven los personajes. Pero una de esas novelas, también, que al mezclar realidad y ficción produce cierta inevitable desconfianza: quien ignora la historia puede tomar por referencia la ficción, y a quien conoce la historia le puede costar ver a Unamuno convertido en detective y con un modo de enfrentar la vida cuyo parentesco con sus sentimientos reales nunca podrá pasar de lo hipotético.


jueves, 23 de septiembre de 2021

La doble muerte de Unamuno – Luis García Jambrina y Manuel Menchón

 


 

              Miguel de Unamuno, posiblemente el escritor y pensador español más conocido e influyente de su tiempo dentro y fuera de nuestras fronteras, murió dos veces. Una, físicamente, la tarde del 31 de diciembre de 1936 en Salamanca. La otra muerte había comenzado antes, y aún, de algún modo, se sigue produciendo: me refiero al modo en que su legado intelectual, tan importante para él, ha sido silenciado y tergiversado a través de la manipulación de su figura y de la confusión intencionadamente creada en torno a ella. De esas dos muertes habla esta obra que no pretende ser un ensayo sino, simplemente, hacer pensar.

              Lo más llamativo parece, en teoría, lo primero: la muerte física, producida en la Salamanca dominada por los sublevados. La versión oficial, que nunca nadie se preocupó en contrastar, habló de una muerte repentina. Sin embargo, los autores bucean en las circunstancias de aquel día y de los meses anteriores no para dar una versión alternativa, sino para sembrar, eficazmente, la duda sobre la versión oficial. ¿Por qué dudar?

              -Porque Unamuno había dicho varias veces, incluso por escrito, que temía ser asesinado a manos de los sublevados.

              -Porque éstos, que vendían una imagen de él como afecto al régimen (ya que en los primeros momentos había considerado deseable un golpe de Estado) no querían que se conociera la opinión a la que pronto había mutado Unamuno y que no se hartaba de repetir allí donde le dejaban: que los sublevados eran una tragedia para España, que se estaban comportando como asesinos y aprendices del fascismo de Mussolini.

              -Que, debido a la repercusión mundial que había tenido el asesinato de Federico García Lorca, era razonable que los sublevados, si decidían asesinar a Unamuno, no quisieran que su muerte pudiera atribuírseles.

              -Porque Unanumo murió sin otra compañía que la de una extraña visita, la de un joven falangista al que no le unía ninguna relación y que, en esa fecha tan extraña, la tarde del 31 de diciembre, fue a verlo.

              -Porque las versiones de ese joven, Bartolomé Aragón, ofrecen puntos oscuros, contradictorios y visiblemente reelaborados que no acaban de encajar con algunas de las cosas que sostuvo la familia de Unamuno, la cual llegó enseguida.

              -Porque la causa de muerte que se señaló por el médico que intervino era imposible de determinar sin una autopsia, que nunca se llegó a realizar.

              -Porque no es posible saber si las evidentes contradicciones y reelaboraciones de Aragón tratan de enmascarar algo, son simple fruto de una memoria tan alterada por el shock que después hubo de reconstruir sus propios recuerdos o son consecuencia del miedo a ser sospechoso de algo plausible pero que en realidad no pasó.

              Pero es que, si pasó o no, nunca lo sabremos, aunque bueno es plasmar las dudas.

              La segunda muerte, es la más dolorosa. Como bien dicen los autores, Unamuno no fue un escritor que construyó una obra, sino que se construyó a sí mismo a través de su obra. Su obra, por tanto, estaba llamada a hacerlo perdurar más allá de la muerte física.

              ¿Cómo se produjo esa segunda muerte?

              Como ya he dicho, en un primer momento Unamuno fue partidario de la sublevación.  Esta opinión, sin embargo, le duró poco, y ya en el verano de 1936 no dudó en expresar por escrito opiniones de tal contundencia que no podían dejar lugar a dudas: calificativos como «asesinos» no las dejan; como tampoco las afirmaciones de que temía ser asesinado. Su voz, sin embargo, había sido acallada: vivía en una suerte de arresto domiciliario, no le dejaban conceder entrevistas, salvo supervisadas, y todo lo que salía en papel de su casa estaba sujeto a censura; y, sabiéndolo, aún tuvo arrestos llamar mentiroso por escrito al director del ABC de Sevilla –la versión sublevada del diario- o, sobre todo, de protagonizar el célebre encontronazo con Millán Astray el 12 de octubre de 1936, hecho sobre el que mucho se ha fabulado y sobre el que este texto permite hacer bastante luz.

              Dado el prestigio nacional e internacional de Unamuno, los sublevados airearon a diestro y siniestro su inicial apoyo al golpe, y por los mismos motivos silenciaron con igual celo su radical rectificación. De resultas, Unamuno quedó como un traidor para el resto de España y tampoco quedó como un héroe para los sublevados, porque las élites sublevadas, que habían llegado a conocer las brutales críticas de Unamuno porque se las había espetado en los bigotes, una vez cumplida la parafernalia –hasta en el funeral- de fingir que Unamuno era de los suyos, procuraron dejarlo en el olvido. Y las décadas comenzaron a pasar.

              De esta manera es como la figura de Unamuno quedó en la historia en una posición tan incómoda que, en una sociedad donde la división de la guerra civil aún es tema recurrente, no ha habido manera de respetar ni de dar conocer a fondo su inmenso legado intelectual: ni la izquierda ni la derecha se han puesto internamente de acuerdo en si Unamuno fue afín o traidor a sus planteamientos. Y (esto es cosecha mía), tal y como es la política actual se le considerará afín a una cosa u otra en función del fin que persiga quien esgrima cualquiera de sus argumentos.

              Una pena, habida cuenta de la inmensa talla intelectual de Unamuno. Un español que optó al premio Nobel de Literatura el único año que quedó desierto sin mediar una guerra. La causa, al parecer, fueron las presiones alemanas (el libro reproduce algún documento al respecto) pues Unamuno –con una clarividencia que ahora nadie duda- había calificado a Hitler de peligroso demente. 


lunes, 19 de noviembre de 2012

Niebla – Miguel de Unamuno



               Cuando vuelvo a leer un libro, normalmente le saco mucho más jugo que la primera vez. Pero con Niebla me ha ocurrido al revés: siendo la segunda vez que lo leo, me ha divertido menos que la primera, así que ojo con esta reseña, porque igual no estaba yo en el mejor momento para leer esta “nivola”.
                ¿Y qué es la niebla? El conjunto de pequeñeces, historias y mandangas que nos impiden ver el mundo como es. Y de toda la niebla, la más densa es la que surge de nosotros mismos, porque tendemos a achacar nuestras equivocaciones a cualquier motivo con tal de justificar nuestros errores. Sin embargo lo cierto es que la mayor parte de nuestros errores se producen porque no somos capaces de dar más de sí.
                Es lo que le pasa al protagonista de esta historia, Augusto, un “señor bien” cuya madre sobreprotectora ha fallecido; un tipo solitario y aficionado a darle vueltas a la cabeza, y estrafalario en el fondo; un personaje que, como ocurre en el resto de novelas de Unamuno, tiene graves problemas consigo mismo y es muy amigo de llevar sus filosofías hasta el límite, hasta el punto de acabar dudando de si existe e incluso de si es dueño de suicidarse. Y todo al hilo de un empecinamiento amoroso que acaba sometido a una suerte de principios que, de puro nobles, son estrambóticos, máxime en comparación con el pragmatismo como mínimo “amoral” del resto de los personajes. Todo eso hay que hilarlo con el concepto de “nivola”, como alternativa al de “novela”, mediante el cual Unamuno trata de decirnos que el realismo no es algo esencial a la novela,  y que novela puede ser cualquier cosa que el autor decida que lo es: toda una declaración de intenciones respecto a la literatura de las décadas precedentes.
                Y desde este pensamiento, donde los personajes sortean la locura de Augusto aprovechándose de él mientras él bracea en la niebla, enlazamos con el final, que es sin duda lo que más me ha atrapado: la relación entre el autor y sus personajes (porque Unamuno interfiere en la novela, en la nivola, relacionándose con ellos), el debate sobre quién crea a quién, si el autor a los personajes o los personajes al autor, el debate sobre la inmortalidad y hasta qué punto la gana uno u otro, el autor o sus personajes. Pero así como Unamuno llega a decir, no sin razón, que entonces (y hoy, añado yo) don Quijote es más real que Cervantes, creo que Unamuno, hoy, es más real que sus personajes. De lo cual podemos sacar la muy “filosófica” conclusión de que al final siempre hay situaciones para todos los gustos. Aunque, personalmente, tengo en más las novelas en las que los personajes eclipsan al autor que aquellas en las que ocurre al contrario.
                Una última referencia, cómo no, al humor, presente en todas y cada una de las páginas de Niebla, por lo que me atrevo a calificarla de “novela de humor”. Lo encontramos de mil maneras: en las insensateces de Augusto, en sus bienintencionados disparates, en sus encendidas reflexiones movidas por una lógica limitada por el formalismo de sus premisas, en la cara dura con que Eugenia, Mauricio y el resto de personajes torean al pobre Augusto, en la forma en que se angustia reflexionando sobre el sexo de los ángeles, en los juegos de palabras, en las reflexiones llevadas al todo blanco o todo negro sobre numerosos temas (la paternidad o el matrimonio, por ejemplo) y, cómo no, en la pintoresca aparición del propio autor, en la relación entre autor y personaje, que conviven de tú a tú en las últimas páginas de la novela y que, más allá de la historia, nos otorgan una visión bastante lograda de la relación de Unamuno consigo mismo. Un recurso que opera casi como un truco de magia en el que la historia con sus personajes se esfuma ante nosotros para quedar, sin darnos cuenta, aplaudiendo al mago que acaba de hacer el prodigio.
                Una novela imprescindible, que entretiene y hace pasar un muy bien rato, pero que conviene leer cuando además apetece pensar.



jueves, 1 de noviembre de 2012

Reflexiones sobre literatura y humor, 6



...

-En efecto, no te lo niego. Gusto de la bufonería.

-Que es siempre en el fondo tétrica.

-Por lo mismo. No me agradan sino los chistes lúgubres, las gracias funerarias. La risa por la risa misma me da grima, y hasta miedo. La risa no es sino la preparación para la tragedia.


Miguel de Unamuno. Niebla.