Luis García Jambrina y Manuel Menchón firmaron una especie de ensayo que cuestionaba la versión oficial sobre la muerte de Miguel de Unamuno: «La doble muerte de Unamuno». Lo reseñé en 2021. Aunque la obra se limitaba a expresar dudas sobre la versión oficial, la novela que ahora reseño, «El último caso de Unamuno», da por buena la hipótesis del asesinato frente a la de muerte natural.
Ni que decir tiene si esta novela transcurre cuando Unamuno muere es lógico que el caso que investiga sea el último. También es el segundo tras «El primer caso de Unamuno», novela que no he leído y en la que Luis García Jambrina transformó al escritor y pensador en detective sui generis.
«El último caso de Unamuno» es también «el caso Unamuno», porque son dos las investigaciones que se dan, apenas separadas por unos meses. Ambas se van alternando para, como siempre ocurre con estos planteamientos, converger.
Estamos en la Salamanca del otoño de 1936. Un profesor universitario se ha suicidado, pero su viuda no cree esa versión y le pide a Unamuno que haga lo posible por aclarar lo ocurrido. Unos pocos meses después, la tarde del 31 de diciembre de 1936, muere el propio Unamuno en las circunstancias que podéis leer en la reseña de «La doble muerte de Unamuno», parte de las cuales se reflejan en esta obra. Luis García Jambrina hace que el escritor investigue el caso del profesor suicidado y da a la muerte de Unamuno una explicación novelesca a través de la investigación realizada por un abogado amigo de la familia.
Unamuno fue partidario del golpe de estado de julio de 1936 en la confianza de que pretendía restaurar la monarquía para acabar con los excesos de los últimos años de la República, de la que años atrás había sido partidario, y santas pascuas. Al instante los sublevados aprovecharon su prestigio nacional e internacional en defensa de su causa. Pero cuando Unamuno se dio cuenta, enseguida, de que los sublevados no estaban llevando a cabo un golpe de estado tradicional, limitado a cambiar las élites del poder, sino que habían emprendido una guerra de exterminio, de aniquilación sistemática y organizada del discrepante, aborreció el golpe y se enfrentó a los golpistas a riesgo de su propia vida y de la de sus familiares. La estrategia de los sublevados respecto a él fue doble: no quisieron cargarse a un hombre de tanto prestigio para evitar repetir el enorme coste internacional que había supuesto el asesinato de Federico García Lorca; pero una cosa era no matarlo y otra dejarle libertad: lo marginaron, controlaron y excluyeron de toda posibilidad de dar a conocer su opinión, le cerraron el pico para que su actitud crítica no trascendiera y poder así mantener la milonga de su apoyo. Así ocurrió que en el territorio no sublevado Unamuno era considerado un traidor, y en el sublevado también. Por todo esto es lógico pensar, y es lo que refleja la novela, que Unamuno vivió la segunda mitad de 1936 con el permanente temor a ser ejecutado. Seguramente solo pudo mentener una chispa de esperanza; que a los sublevados, que evidentemente lo aborrecían comenzando por el patético Millán Astray, cuya barbarie Unamuno había dejado en evidencia en un acto en octubre, no les interesara hacerlo.
La novela relata la acelerada muerte civil de Unamuno en el contexto de la Salamanca dominada por los sublevados, lo cual para la ficción tiene tres elementos muy atractivos: primero, la propia figura de Unamuno: una persona de suma inteligencia, aunque también soberbio, que al final de su vida se ve aplastado por una fuerza bruta impermeable al razonamiento; segundo, que el Unamuno versionado como investigador cada vez tiene menos medios para investigar y, tercero, mal le ha de ir al investigador cuando los sospechosos son los sublevados que controlan el poder y deciden impunemente sobre la vida y la muerte de cualquiera: descubrir culpables es mortalmente peligroso cuando lo son todos los que dominan el poder, y además es inútil porque no van responder por sus actos. Idénticos problemillas afronta el abogado que investiga la muerte del escritor. Investigar sin que se note. Casi investigar sin investigar. Investigar para conocer la verdad en privado, no en público porque eso puede llevarte a la tumba.
Una novela original, entretenida, que refleja bien, o al menos transmite con verosimilitud e intensidad, el ambiente opresivo en que se desenvuelven los personajes. Pero una de esas novelas, también, que al mezclar realidad y ficción produce cierta inevitable desconfianza: quien ignora la historia puede tomar por referencia la ficción, y a quien conoce la historia le puede costar ver a Unamuno convertido en detective y con un modo de enfrentar la vida cuyo parentesco con sus sentimientos reales nunca podrá pasar de lo hipotético.

No hay comentarios:
Publicar un comentario