En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 23 de mayo de 2024

La última función – Luis Landero

 




    Diría que Landero se lo ha pasado en grande escribiendo La última función. Se nota en el modo en que se recrea en los detalles, en las escenas o en los sentimientos, en el cariño hacia los personajes y en el suave humor con que los trata. Y seguramente eso enlaza con que La última función sea un canto a la vida en mitad de la muerte de un pueblo. Quizá sea porque los pueblos mueren, pero la vida sigue. O porque los pueblos mueren porque la vida sigue. A saber.

    De Albin, un pueblecito del interior alejado de todas partes, pero que por el detalle del tren sabemos situado en la sierra madrileña, salió hace ya años un niño prodigio: Tito Gil. O, más bien, allí nació un niño cuyo maestro, aficionado a las artes, quiso «descubrir» como gran artista. Un niño que, ya adulto, conservó una voz portentosa que, actor o rapsoda, lo hacía especialmente apto para la escena. 

    Y el niño luego joven y luego adulto siempre amó el escenario. Por eso intentó no bajarse de él, aunque la dinámica familiar lo condujo por lugares y derroteros más prosaicos (y alimenticios). Fiel durante años a las disposiciones del «destino familiar», Tito las abandonó en cuanto hacerlo supuso un coste solo para él mismo, y desde ese momento se dedicó en exclusiva a su pasión, por más que los resultados (y los métodos y los recursos) no fueran más que mediocres y el reconocimiento, escaso. Es un perdedor, sí, pero el lector fácilmente se da cuenta de que Tito también es un héroe: es alguien capaz de renunciar a la seguridad y a la comodidad para perseguir sus ilusiones sin que los coscorrones le hagan perder la sonrisa, porque, a fin de cuentas, ¿hay algo más hermoso que tener ilusiones, aunque sea a riesgo de un fracaso que, por otra parte, es seguro si no las persigues?

    En paralelo, conocemos la historia de Paula. Una mujer de mediana edad que regresa a casa en tren, molida de trabajar, y que, al quedarse dormida, se pasa de largo de su estación. Paula es, de algún modo, lo opuesto a Tito: si él ha sacrificado una cómoda realidad por su ilusión, Paula ha sacrificado todas sus ilusiones a cambio de la certeza de una pobre realidad. Es cierto, no obstante, que Tito también se comportó así durante un periodo de su vida, pero fue un periodo de espera, sabedor de que, antes o después, podría elegir su propio rumbo. Paula, en cambio, jamás ha esperado su momento, porque, arrastrada por el día a día, sin darse cuenta ha renunciado a él del mismo modo que renunció, incluso, a identificar sus ilusiones.

    Albin, el pueblecito, fue célebre hace años, décadas, gracias a una representación popular de carácter más o menos religioso, en honor a una santa niña. Los lugareños eran los actores. La representación, en sus momentos de gloria, atrajo público de todas partes, e incluso asistentes eminentes. Aquella escenificación, sin embargo, terminó por desaparecer conforme la emigración fue disolviendo la localidad. Ha transcurrido mucho tiempo desde la última gran representación, la más grande, la mejor, que también fue la apoteosis que precedió a la nada. En aquella memorable ocasión fue precisamente Tito, de niño, con su maravillosa voz, el protagonista. Después, la decadencia y, más tarde, la desaparición.

    Ahora, tantos años después, el retorno de Tito al casi desmantelado Albin para realizar unos trámites despierta la idea de resucitar aquella celebración. Y, con ella, si se le da el debido esplendor, resucitar el pueblo. Abrir las puertas al turismo, al reconocimiento. Es la última oportunidad de Albin. Del pueblo entero. De todos los que en él aún sueñan con cumplir sus ilusiones en la tierra que les vio nacer, con los suyos, con sus amigos, sus familiares, en su casa, en su cuarto, en las calles que aman porque en ellas han sido niños... Y posiblemente también sea la última oportunidad de un ya muy maduro Tito, que navega por el mundo con la tranquilidad de conciencia de haber perseguido sus sueños y la resignación de que solo se dejaron cortejar, y aun eso en contadas ocasiones. Y, quién sabe, quizá sea también la última oportunidad de Paula, que va a parar a Albin de un modo muy peculiar.

    Para todos, para el pueblo y los protagonistas, puede ser la última función. Es decir, la última esperanza.

    Y tras ella…

    Y lo que hay tras ella lo sabrá quien lea este breve y gran libro tras cuya lectura solo queda una certeza: ni mueren los pueblos ni las ilusiones. Mueren las personas. Cuando toca, eso sí. De ahí el dicho de que mientras hay vida, hay esperanza. Y en los personajes de esta novela la hay. Con pueblos, sin pueblos, con funciones y sin funciones. 

    El final del libro, magnífico a mi juicio, deja en el lector una alegría melancólica que se parece mucho a la esperanza confiada y sosegada de quien, con la conciencia tranquila, deja atrás la parte más ajetreada de su vida para encarar la final en paz consigo mismo.


jueves, 8 de febrero de 2024

Una historia ridícula - Luis Landero

 


¿Recuerdan ustedes el afectado lenguaje de Ceferino, el detective loco de Eduardo Mendoza, o el de Ignatius J. Reilly en «La conjura de los necios», o el de Lorencito Quesada, el protagonista de «Los misterios de Madrid», de Antonio Muñoz Molina, o, modestamente, el de Ajonio Trepileto en mis dos primeras novelas, si es que alguno de mis lectores alcanza a leer esta reseña?

Bien, pues Marcial, el indiscutible protagonista de Una historia ridícula forma parte de esa tradición de redichos incompetentes cuya elocuente verborrea es tan prodigiosa como su torpeza social y tan enrevesada como estrafalario el razonar el personaje.

Y es que Marcial, que nos narra en primera persona sus propias cuitas, desde la primera palabra hasta la última nos ofrece un relato que resulta divertidísimo y jocoso por dos motivos compartidos con las novelas que antes he citado. Primero, porque es el único que no se entera de lo tonto que es, cosa que sí advierte el resto de personajes y, por supuesto, el lector; y, segundo, porque intentan suplir sus carencias con un lenguaje tan trabajado que resulta ridículo, más aún cuando cree estar consiguiendo su propósito de guardar las apariencias sin ser así. El lenguaje, de esta forma, pasa a ser un recurso humorístico más. Y fundamental.

Marcial nos cuenta una historia de amor. Su historia de amor. Porque el pobrecico sufrió un fechazo/cañonazo/misilazo al cruzarse en su vida una chica «de familia bien» que le hizo tilín, tolón y ding dong a él, esforzado trabajador de un matadero que, gracias a su mundo e inteligencia, ejem, comprende y acepta no sin rebeldía que hay tareas más glamurosas que otras, y que a estos efectos no es lo mismo regentar una sala de arte que andar degollando gorrinos. Pero la aventura de Marcial y lo que nos hace reír de ella no es esa ambición de ser equiparado a los demás, porque a fin de cuentas la chica no lo rechaza ni por su origen, ni por su trabajo ni por su condición; al contrario, le da cancha y solo la alarman sus rarezas. La aventura de Marcial es consigo mismo, con el peculiar modo en que interpreta el mundo, con las vueltas y vueltas que dan en su cabeza los más insignificantes detalles en busca del automartirio que justifique sus infinitos complejos. Cada duda evoluciona a problema; cada problema a dilema; y cada dilema a una decisión absurda y expeditiva, porque si de algo quiere convencernos Marcial es de su marcialidad, de su firmeza de carácter, de la claridad de sus ideas… O sea, de todo aquello de lo que carece.

En esta historia de amor Marcial deja claro cómo es, y sus complejos quedan de manifiesto cuando quiere presentarse de otro modo para ser aceptado en la «selecta» sociedad de su amada. Pero la mona vestida de seda acaba haciendo monerías, y estas desembocan en un final inesperado, fortísimo en relación a lo narrado hasta entonces, e ingenioso.

La historia de Marcial, un idiota naufragado en su propia estupidez, es ridícula porque Marcial lo es, y porque el propio final es ridículo habida cuenta de la inocencia con que había discurrido todo. Lo que no es ridículo es leer esta estupenda novela de humor inteligentísimo, de la que termino destacando, porque me ha fascinado, el modo en que, sobre premisas lógicas y argumentos sólidos, Marcial llega a las disparatadas conclusiones que orientan su existencia, o, mejor dicho, que la desorientan hasta la perdición.




lunes, 23 de enero de 2023

El huerto de Emerson – Luis Landero

 



Creyendo citar a Emerson, indica el narrador que cada ser humano recibe un pequeño huerto que cultivar cuyos frutos van a ser su vida. Lozanas o mustias, lechugas tendremos. Pero, en cualquier caso, por más esmero que pongamos, debemos asumir que en muchos huertos vecinos se crían mejores lechugas y que las nuestras, en comparación, son una birria. La cuestión es conformarse con la propia lechuga sabiendo que nunca será mejor de lo que nosotros seamos capaces de hacer con ella.

Luego, en un giro divertido, el autor explica que no sabe de dónde sacó lo del Emerson y el huerto, ni lo de las lechugas. Que Emerson jamás dijo una palabra sobre el tema.

Da igual, obviamente, porque este breve libro de recuerdos y reflexiones parte de esa idea esencial: la vida es lo que somos capaces de hacer con ella, y la mayoría de nosotros no somos hortelanos especialmente brillantes.

De este modo, la vida se equilibra o desequilibra en función de las dosis de insatisfacción y de resignado realismo por la que optemos. O, dicho de otra manera, hay que elegir entre la frustrante persecución de quimeras y la lacerante conciencia de nuestra ridícula pequeñez.

Escrito en un lenguaje claro pero rico, y sumamente cercano al lector, El huerto de Emerson se lee como quien recibe las confesiones de un amigo. El tono basta para crear un ambiente agradable, hogareño, confianzudo. Un diálogo con el lector que permite mirar sin ira al pasado y con melancólica resignación al futuro. Lechugas tendremos. No muy pimpantes.


jueves, 17 de noviembre de 2022

Retrato de un hombre inmaduro – Luis Landero

 



¿Qué es la madurez? 

Leyendo este libro, que habla de ella por omisión, se diría que es la asunción del papel que te corresponde en todas y cada una de las facetas de la vida. Es decir, admitir que eres quien eres; admitir que eres la mierdecilla que eres porque, hagas lo que hagas, solo eres un ser humano más, una molécula más en la historia del universo; un ser completamente prescindible para todos y quizá incluso hasta para ti mismo. Así que, ¿qué es la inmadurez? Creer que eres algo distinto o, como le ocurre al narrador y protagonista de esta historia, creer que puedes llegar a serlo.

Quien más y quien menos todos somos inmaduros, porque quien más y quien menos tiene mejor o peor opinión de sí mismo de lo que la tienen los demás; juicio, el ajeno, que es el que determina nuestro papel real en la sociedad aunque luego cada uno crea otra cosa. La peculiaridad del protagonista de esta inteligente y divertida historia es que su inmadurez va más allá del pensamiento y de las pequeñas acciones o manías conexas; de modo esporádico se manifiesta en excentricidades y extravagancias, y, en otras ocasiones, en no tener ni idea de qué hacer ante una realidad concreta. Es lo que tiene no saber cuál es tu papel.

Contado en primera persona por un narrador que se dirige al lector tratándole de usted, Retrato de un hombre inmaduro es una obra lúcida porque a través de los pensamientos hechos texto del protagonista se muestra la perplejidad del hombre ante la realidad y el permanente sueño de escapar de ella y sus limitaciones. Es también una obra divertida, porque, aunque tiene el poso de amargura derivada de la impotencia para encontrarse a sí mismo, las anécdotas que le ocurren al personaje son creíbles y risibles. Y, por último, tiene mucho mérito armar este muestrario que traslada una idea muy concreta de la desorientación humana sin que haya nada parecido a una trama o un argumento, porque lo que cuenta Retrato de un hombre inmaduro es una secuencia de recuerdos más o menos sin orden ni concierto con el único nexo en común de su protagonista y de sus relaciones, siempre complicadas, con el mundo. 

Una magnífica manera de exponer la desorientación del ser humano y de llegar a la conclusión de que si alguien no se siente desorientado ante la vida es, seguramente, porque ha renunciado a contemplar alguna parte de ésta; es decir, porque está completamente equivocado.

          Quizá, incluso, es que la madurez no existe.




lunes, 24 de agosto de 2020

Lluvia fina – Luis Landero





                Novela de inmensa calidad, escrita con lenguaje sobriamente elegante y eficaz, que nos traslada una doble historia: la de las disputas familiares entre tres hermanos (dos mujeres y un hombre) y su madre, y la de Aurora, la esposa del hombre y confidente de toda su familia política merced a su capacidad de escucha.

                Dos historias que son una, porque los egoísmos de quienes solo quieren explicarse y hacerse comprender como modo de justificar su vida y su actitud se desarrollan a costa de quien soporta sus peroratas sin que nadie le pregunte por su vida.

                Dos historias que son una porque ambas tienen algo en común: la desagradable sorpresa de que, antes o después, hasta los más cercanos nos acaben pareciendo completos desconocidos en cuya cabeza nunca hemos sido capaces de entrar (o nunca nos han dejado hacerlo), y la no menos inquietante sensación de que, en realidad, ni siquiera nadie llega a conocerse a sí mismo en ningún momento de su vida.

                A esa desazón ayuda no poco la confusión entre memoria, fantasía, deseos, temores, etc., confusión que nos hace reescribir el pasado otorgando importancia, cada uno, a hechos, grandes o pequeños a los que la memoria y la reelaboración van dotando de significados solo visibles y comprensibles para quienes los elaboran; cada cual rehace la historia y conforme pasan los años aumenta la distancia entre las historias de aquellos que compartieron una misma realidad. Un fenómeno que se produce poco a poco, pero sin descanso, hasta acabar calando. Como la lluvia fina.

                Con motivo del octogésimo cumpleaños de la madre, una viuda de temperamento seco y austero, su hijo Gabriel –al que sus hermanas consideran el preferido de la madre- tiene la idea de reunir a toda la familia para celebrar la ocasión y solventar rencillas. Sonia, la hermana mayor, no está muy entusiasmada con la idea: no quiere ver en la misma mesa a Horacio, su exmarido, que ha seguido teniendo contacto con la familia, y a Roberto, su nueva pareja; Andrea, la siguiente hermana, tiene tantos reproches como palabras para cada uno de sus hermanos y para su propia madre, debido al modo en que ha sublimado numerosos episodios de su niñez y pubertad; Gabriel trata de nadar entre las dos aguas de si fiesta sí o fiesta o no, y Aurora, su esposa y confidente de todos, soporta estoicamente el aluvión de dimes y diretes mientras reflexiona sobre su propia existencia y, del mismo modo en que comprueba que cada uno de los demás ve las mismas cosas a su propia manera, se pregunta hasta qué punto está ella distorsionando la visión de su propia existencia y la de su marido, que parece haber evolucionado a ser un completo desconocido posiblemente porque a los veinte o treinta años las personas intentamos parecernos a lo que queremos ser, y conforme pasan los años acabamos siendo bastante diferentes y debemos asumir la diferencia, cosa complicada porque a veces ni siquiera llegamos a darnos cuenta de que nunca hemos llegado a ser quienes creíamos ser.

          Y así, a medida que los recuerdos interpretados de una manera por cada uno van saliendo a la luz, afloran también los elementos más secretos y sórdidos que son, muchas veces, los que explican los puntos de inflexión entre las distintas versiones.

          Una gran novela, tras la cual no es preciso leer, pero ahí esta...


Antes de la lluvia – Luis Landero

                «Antes de la lluvia»es un opúsculo que se regalaba con Lluvia fina, una amabilidad para el lector a iniciativa de la editorial, según nos cuesta Luis Landero junto a la declaración, lógica, de que no se le ocurre qué decir sobre Lluvia fina porque si el autor debe complementar la obra dando explicaciones, mala obra es. De modo que Antes de la lluvia se limita a ser conjunto más o menos desordenado de anécdotas y lúcidas reflexiones que poco tienen que ver con la novela a la que acompañan, pero que no está de más leer.