En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 5 de noviembre de 2026

Recursos inhumanos - Pierre Lemaitre

 


Por razones en la mayoría de los casos puramente mercantiles, casi todos los escritores de novela negra aspiran a hacerse célebres con una saga (aunque hay que reconocer que intentar emular a los padres de Sherlock Holmes, Maigret o Poirot también toca la vanidad de cualquiera). La razón es que el éxito del primer libro de una saga allana el camino a los venideros.

Pero eso es de agradecer que Pierre Lemaitre, que se había estrenado como novelista en 2006, a los 55 años, con «Irene» (primera novela de la saga del comandante Camille Verhoeven) intercalara entre esta y la segunda («Alex») dos novelas independientes: «Vestido de novia» en 2009 y «Recursos Inhumanos» en 2010. Gran osadía y gran demostración de versatilidad. «Vestido de novia» lo leí en la pandemia (era lo primero que leía de Lemaitre) y pocas novelas recuerdo tan inquietantes. «Recursos Inhumanos» lo he leído este año con un pie en casa y otro en Francia. La elegí, precisamente, para leer en Francia a algún autor francés. Cosas que uno hace.

«Recursos Inhumanos» es una novela verdaderamente original. Lo es el planteamiento y aún más el desarrollo pues su protagonista, Alain Delambre, un tipo acabado, es mucho más avispado de lo que el lector llega a intuir, pero lo es de modo natural, lo cual demuestra la maestría de Lemaitre para hacernos ver que no se ha sacado un conejo de la chistera, sino que un conejo con chistera pululaba por las páginas sin que, como consecuencia de nuestros propios prejuicios, hubiéramos advertido su elegancia. Y es que tendemos a atribuir a todo perdedor algún motivo para serlo.

Alain Delambre tiene 57 años. Hace cuatro fue despedido de su puesto de director de recursos humanos en una gran empresa. Desde entonces está en el paro y sufre enormes dificultades económicas, aunque, por vergüenza, oculta un trabajito parcial en una factoría en la que sus compañeros nada tienen que ver con él ni con el ambiente laboral que él hbaía conocido: son obreros marginales que solo han conocido la carestía y llevan una vida entre humilde y desastrosa.

La dinámica del mundo empresarial ha despojado a Alain de toda autoestima y ha puesto en solfa su estabilidad económica. Siente su dignidad triturada porque ninguna puerta se le abre desde hace tiempo. A su edad, es ya un deshecho para el mundo empresarial y, fuera de él, solo puede esperar, en el mejor de los casos, condescendencia.

En esa dinámica de triturar vidas, otra gran empresa ha decidido echar a la calle a una pila de personal. El directivo que se responsabilice de la matanza habrá hecho algo importante, meritorio y valioso, desde el punto de vista de la dirección y habrá revelado ser un tipo de lo más competente, así que el todopoderoso mandamás decide que hay que seleccionar bien a ese directivo. ¿Entre quiénes? Entre los que ya forman parte de la empresa. ¿Y quién lo va a seleccionar? Esa es otra, porque debería ser elegido por un buen responsable de recursos humanos, alguien con capacidad para identificar las facultades de cada candidato, pero no cuentan con nadie así. Así que también hay que seleccionar a ese buen señor, al nuevo jefe de recursos humanos. ¿Cómo hacerlo?

Aquí llega la ocurrencia a un tiempo estrafalaria y literariamente genial: el todopoderoso, que tan poderoso se sabe que no duda en jugar con la gente, decide escenificar una toma de rehenes en la que todos los directivos, ajenos al asunto, serán secuestrados y, por tanto, se verán enfrentados a una situación límite. La conducta de todos ellos será evaluada por un equipillo formado por los candidatos al puesto de director de recursos humanos (al que aspira el protagonista), quienes, obviamente, sí estarán en al ajo

Planteamiento peliculero, pero original y no completamente descabellado habida cuenta de las estupideces que han llegado a ponerse de moda en el mundo de los «altos directivos», como gustan llamarse a sí mismos a toda esa caterva de gente que vive de explotar el dinero de una propiedad diluida entre demasiados accionistas o ajena a la gestión diaria, que se encumbra económicamente a costa del dinero de esos accionistas y que, con más frecuencia de la debida, gozan de esclavizar a los empleados para sentir su poder mientras fingen ser tipos eficacísimos y tan entregados a su empresa como a un dios que se les hubiera revelado. Tipos eficaces, drásticos, resolutivos, que no dudan, tipos con un objetivo claro en la vida: trepar. Una ridícula ralea que hace unos años estuvo tristemente de moda y que ya no lo está aunque sigue existiendo. La imagen del tiburón es ahora despreciada, salvo en el estanque donde siguen nadando ajenos al cambio de opinión del resto del mundo. Con esa miopía causada por la vanidad juega Lemaitre.

A partir de aquí, y por situarnos, ¿a quién tenemos?

Al pobre Alain Delambre, obsesionado hasta la patología por aprovechar la única oportunidad que ha encontrado en cuatro años y que teme, con razón, que sea la última. Y también tenemos a su esposa, que lo adora hasta el límite de sus fuerzas, y a sus hijas.

Al presidente todopoderoso del empresón también todopoderoso. Un tipo que se arroga el papel de Dios, pues, al fin y al cabo, decide sobre la vida del resto. ¡Y cómo disfruta!

Al, ejem, caballero de pasado mercenario al que el todopoderoso le ha encomendado la organización del jueguecito de rol que muchos no saben que lo es.

      A los directivos a secuestrar.

Al buen señor que, por otro lado, pone en marcha el proceso de selección de director de personal.

A los partícipes en ese proceso.

A algunos otros personajes marginales, pero con actuaciones breves y determinantes.

Y, por último, y también muy relevantes, a los compañeros del trabajo semiclandestino de Alain.

Mucha gente, ¿eh? Pero apenas hay figurantes, y eso es un gran mérito de Lemaitre porque si organizar una trama compleja siempre es difícil, hacerlo con tantos personajes tiene un mérito superior.

La acción se divide en tres partes tituladas «Antes», «Durante» y «Después». Las dos primeras narran el planteamiento y el desarrollo del juego. Ambas están narradas en primera persona por el propio Alain Delambre, lo que permite mostrar también su desesperación y angustia y, al mismo tiempo, dota al texto de un punto de humor gracias a los juicios que el lector puede hacer sobre las disparatadas e impulsivas resoluciones del protagonista.

La novela parece tener muchos interrogantes definitivos, pero lo cierto es que cada uno se cierra para dar paso a otros a un tiempo sorprendentes por lo ingeniosos pero también naturales porque no son forzados sino inteligentes. Y así, de sorpresa en sorpresa, se alcanza ese «Después», narrado en tercera persona que cambia radicalmente la distancia entre el lector y el personaje y opinión sobre él. De estar mano a mano con Alain, a ser testigo admirado de su pericia e impotente ante lo que se le viene encima. Un buen efecto.

El final de la acción es ciertamente peliculero, pero efectivo. Y el final del final es… Completamente lógico, lo que reconcilia al lector consigo mismo: sus juicios han sido acertados, Lemaitre no le ha estado engañando. La lógica no ha dejado de existir nunca.

Una gran e intensa novela.


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