Qué bueno es Julián Ibáñez, cómo se ciñe con descarnada eficacia a la esencia del género que tristemente considera corrompido por culpa de las novelas negras de salón, o de jarrones chinos.
«El viejo muere, la niña vive», es una novela negra clásica. Esto es, una historia protagonizada por personajes del hampa. Delincuentes protagonistas y policías corruptos. En este caso el personaje principal, el que nos cuenta sus correrías, es un buscavidas con pocos escrúpulos que se gana la vida de todas formas y ninguna buena. Lo mismo da palizas por encargo que participa en golpes, que, como en los últimos tiempos, ejerce de azote de morosos.
Es este último trabajo el que le hace ir a un chalet en las afueras. Sus inquilinos se ha retrasado en el pago del alquiler. Nadie contesta, pero se cuela dentro y acaba viendo cosillas que más le valdría ignorar.
Poco después un viejo conocido le propone participar en un atraco singular auspiciado por un caballero que, vaya por dónde, con el correr de las páginas resulta tener algo que ver con...
¿Casualidad o causalidad? ¿Qué sucedió en el chalet? ¿Quién es el tipo ese? ¿Qué va a pasar en el atraco? ¿Y luego? Las respuestas a estas preguntas escalonan la evolución de la novela mezclando intriga y acción, porque esta gente, ya se sabe, actúa más que piensa y piensa, en defensa propia, solo para actuar.
Se une a todo esto que entre los pluriempleos del caballero figura el ser confidente de una policía. Y como lo que vio en el chalet es para él lo mismo un riesgo que una oportunidad, el buen hombre se ve entre todas las aguas posibles, sometido a diversos dilemas entre los que no es el menor la imposibilidad de colaborar sin meterse en un lío. Una vida siempre entre la tempestad y la fuerte marejada.
Un buen libro, breve, directo, duro, sin que el lector pueda sentir otra cercanía hacia al protagonista que la que deriva de la conciencia de su inocencia… en este caso.

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