En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 30 de julio de 2026

Los dos lados - Teresa Cardona

 


    Leí no hace mucho «Un bien relativo», de Teresa Cardona,  segunda novela de la saga de la teniente Karen Blecker y el brigada Cano. No conocía entonces ni a la autora ni a sus personajes, y me gustó tanto que corrí a comprar el resto de libros. El que ahora reseño, «Los dos lados», inauguró la saga. Estas dos primeras novelas pueden leerse en cualquier orden, porque, a diferencia de lo que suele ser habitual, las relaciones entre los dos protagonistas y la de cada con su entorno personal no las ha utilizado la autora (al menos en estas dos primeras novelas) para tejer una subtrama a largo plazo sobre la que de desarrolla en paralelo el caso concreto de cada novela. Algo extraño en estos tiempos, ciertamente. Agradezco que no haya recurrido a un recurso tan facilón y burdo para fidelizar al personal.

También me resulta atípica la soledad de los dos guardias civiles con destino en San Lorenzo de El Escorial, donde vuelve a transcurrir la historia. Me refiero a que no hay policía o guardia sin unos subordinados de los que echar mano para todo tipo de tareas; sin unos jefes entre comprensivos y tocapelotas que les hacen rendir cuentas más pendientes de su propio culo que de otra cosa; y sin un entorno familiar y social que dé algo de juego al poner límites o implicar exigencias. Nada de todo esto le sucede a los dos protagonistas: viven como si no existieran más guardias civiles en el mundo, ni superiores ni subordinados, y las relaciones familiares son más bien teóricas, porque viven en el recuerdo, en el caso de ella, y de la pareja del cabo, homosexual, nada sabemos.

Así que la historia, como a la vieja usanza, se concentra en el caso concreto. Bueno, más o menos, porque la estructura de esta novela (que volvió a usar en «Un bien relativo») va a saltos desde el presente de la investigación (2016) hasta sucesos de 1989.

Esto es a la vez un acierto, porque agiliza la lectura, y una limitación, porque como ambas historias están llamadas a converger el lector ya sabe que en el momento presente debe fijarse especialmente en todos los personajes que pudieron estar haciendo cosillas 27 años atrás, pero descartando a todos los que ya sean demasiado viejos. 

Una parte relevante del interés de la novela es el entorno en que se desarrolla. San Lorenzo de El Escorial es un lugar peculiar y atractivo. El imponente monasterio es omnipresente; y junto a él están, de un lado, los lugareños que viven todo el año en una localidad que oscila entre las irregulares muchedumbres del turismo de segunda residencia, una especie de sucursal intermitente de madrileños acomodados, y la soledad del resto de los días, en especial entre semana y los invernales, todo a algo más de 1000 metros de altura, en la sierra. Un marco peculiar, entre familiar y aislado, y populoso y bien comunicado. Eso sí, los algo más de 18000 habitantes censados no dan de sí lo suficiente como para que los dos investigadores no deban dejarse caer por Madrid con cierta frecuencia, lo que, por otra parte, hace que la sensación de recogimiento tenga algo de irreal: San Lorenzo de El Escorial no es un refugio recóndito, sino un rincón confortable en medio de la vorágine, mezcla de pueblo y decorado.

La novela está escrita con solvencia. Tiene buen ritmo y una estructura correcta. Comienza con el hallazgo de un caballero un tanto desmejorado. Tanto que se ha muerto. Es lo que tiene que te dejen atado y aislado hasta que mueras de sed. Para saber quién ha sido el desaprensivo capaz de dispensar tan poco educado trato hay que averiguar quién es el finado, a qué se dedicaba, quién puede quererlo tanto y por qué… Esas cosillas.

Ese es el presente. 2016. Lo que se cuenta de 1989 es un verano en San Lorenzo de El Escorial, en casitas veraniegas de familias acomodadas, todas con su piscina y su jardín vallado más que amplio, tanto que hasta necesitan jardinero. Hay bastante gente por ahí, entre la que se cuenta un niño que ha suspendido alguna asignatura y un garboso joven universitario de 19 años que se emplea como profesor particular. Y la hermana del niño, y los abuelos, y la madre, y… El papá de la criatura es un periodista que cuenta con pocos adeptos en un sector de la sociedad y, en particular, en esa sociedad acomodada de gente bien que va a la sierra a rascarse la tripa en vacaciones y fiestas de guardar. ¿Por qué es visto así el periodista? Porque ha escrito varios artículos denunciando que las torturas a detenidos del entorno etarra son inaceptables en un estado de derecho. Como los años ochenta fueron los más sanguinarios de la banda había mucha gente que no compartía este planteamiento.

Este es uno de los dos lados a lo que alude el título. Como todos somos gente de orden todos estamos de acuerdo en que torturar al personal no puede hacerse en un estado de derecho. No cabe delinquir para combatir el delito. Es evidente.

Lo que sucede, claro, es que una cosa es torturar por venganza o sadismo y otra a la búsqueda de información crucial para salvar la vida de otra persona. Es entonces cuando llega el segundo lado a que alude el título, la otra forma de ver las cosas. Si encontrar viva o muerta a una persona muy querida depende de torturar o no alguien, ¿lo harías? Seguro que entonces ya no seríamos tan civilizados. Si la vida de tu hijo, por ejemplo, depende de torturar o no a un delincuente, la mayoría, obcecados, no dudaríamos. Si fuera preciso le sacaríamos las tripas a puñados. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla como esta hipótesis (ser bestia con la imaginación es facilísimo), porque en la realidad casi nadie se ve en una tesitura tan extrema y, si llegara el caso, quizá entonces no seríamos capaces. Es todo teoría, pero es la teoría que funda nuestra opinión. En cambio, quienes sí pueden verse alguna vez en estas tesituras son los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad. ¿Qué pasa con un secuestrado si, tras el arresto de quienes lo custodian, estos se niegan a decir dónde está? Morirá de inanición. Y como para los secuestradores hablar puede ser la prueba definitiva que los condene, se callan. ¿Qué deben hacer las fuerzas policiales en un caso así? ¿Emplear un tiempo precioso en intentar convencerles de que es mejor colaborar, que algún atenuante les caerá? ¿O torturarlos para que hablen cuanto antes? Si uno fuera el padre del secuestrado podría tener la respuesta tan clara como destrozados los nervios, porque los nervios hechos añicos pueden provocar cualquier tropelía. En cambio, quienes no tienen un vínculo de afectividad tan intenso, ¿qué excusa tienen para cometerla? La rabia, la indignación que produce la injusticia. El ansia de salvar al inocente. Pero, ¿es suficiente?

Para el Estado, no. El juez los condenará. 

Pero para esos condenados, el único juez que de verdad lo es, es su propia conciencia.

Y eso nos lleva al concepto de justicia y a si es justa la justicia

¿Por qué cuento todas estas reflexiones? Porque también en esta novela Teresa Cardona demuestra que es posible entretener al lector con una trama al uso y, a la vez, situarlo frente a dilemas morales que le hagan conocerse mejor.

Seguramente todos los que leéis esta reseña sois incapaces de torturar por placer (espero).

Seguramente todos (también espero) seríais incapaces de torturar por venganza aunque debido a lo sufrido no os faltaran ganas.

En cambio, casi todos seríais capaces de torturar si de ello dependiera la vida de vuestro hijo, de vuestra madre, de vuestro padre… Quizá penséis que no, pero seguramente ni siquiera podríais meditarlo. La desesperación y la impotencia os obcecarían.

Pero… ¿Y si la vida en juego fuera la de un desconocido? Haría falta tener una mente fuerte y las ideas muy claras para que cualquier elección (torturar -y pasar a ser un torturador- o no -y que muera un inocente) no te reconcomiera la conciencia el resto de tu vida.

Este es el punto en el que difieren derecho y moral, porque el primero da una norma universal, no le queda otra, pero la segunda es propia de cada persona. A veces, es decir, según la persona, derecho y moral coinciden y entonces todo es sencillo. A veces, no.


lunes, 18 de mayo de 2026

Un bien relativo - Teresa Cardona

 


Qué gran novela es «Un bien relativo», y eso que, contrariamente a lo que me exige mi religión, siendo la segunda de una saga la he leído sin haber leído la primera. Eso sí, el elogio requiere un matiz que luego haré.

Protagonizan el invento una pareja de guardias civiles: la teniente Karen Blecker, más o menos recién llegada de Alemania, donde parece haber dejado atrás un pasado emocional conflictivo, y el brigada Cano. Ella vive en Madrid, en un gran, céntrico y antiguo piso familiar, y él en San Lorenzo del Escorial, donde ambos están destinados. Esos son los escenarios de la novela. Uno, la capital, un inmenso almacén de vidas, trabajos e incomodidades camufladas con la idea de que, aunque todo sea igual y se haga en todas partes lo mismo, «hay mucho donde elegir». El otro, San Lorenzo del Escorial, presentado como un lugar donde llevar una existencia tranquila, donde uno puede encontrarse y reconocerse a sí mismo, disfrutar de los placeres que en la ciudad, que tanto tiempo exige para todo, solo se pueden consumir, y todo a la sombra del evocador, imponente y silencioso monasterio desde el que se dirigió el «imperio donde no se ponía el sol». Esta imagen idílica de San Lorenzo del Escorial ha exigido a Teresa Cardona omitir lo que cualquiera que vaya allí puede ver: la plaga de segundas residencias y urbanizaciones que ha transformado el ideal en una especie de centro de consumo de descanso.

¿Argumento?

Estamos en 2015. En un camino que conduce a paseantes y conductores a un restaurante situado en un alto aparece muerta una monja ya mayor. La mujer ha caído, su cocorota ha dado contra una piedra y se ha descalabrado. Pobrecilla. Además, da más rabia cuando muere alguien inofensivo, como suelen parecer las monjas, que cuando casca un mal bicho.

Todo apunta a un accidente, ¿verdad? Ningún asesino recurriría a un método que exige fuerza para empujar y, sobre todo, una puntería que ni Robin Hood; a ver quién es el guapo que practica el lanzamiento de monja de modo que la sor dé el calaverazo en la esquinita exacta de un aislado pedrusco en la cuneta. Complicado, ¿verdad? Sin embargo, Karen Blecker y Cano son beneméritamente perspicaces y, como tampoco es del todo normal que las monjas se descrismen de buenas a primeras en andurriales donde nada pintan, comienzan a husmear.

Durante la investigación, que como historia es más bien regularcilla, la pareja no pone los pies en el cuartelillo ni aunque se lo recete el médico, y entre ir y venir se les pasa el tiempo de forma pasmosa. Avanzan a paso de tortuga. La autora pone a procesionar a ambos con varias finalidades: la primera, obvia, hacer progresar la investigación; la segunda, dar a conocer a los personajes (es curioso que, pese a ser la segunda novela de la saga, ninguno parece saber nada del otro; tendré que leer la primera); la tercera, retratar San Lorenzo del Escorial como un oasis que incluye numerosos atractivos gastronómicos, que Madrid está hecho para los consumidores y la masa, no para los sibaritas y la gente selecta. He llamado regularcillo a todo esto. Este es el matiz al que antes me he referido. Pero es que «Un bien relativo» toma su título de una historia que transcurre de modo alterno, allá por 1980, que es «la historia» de esta obra. Y esa historia es buenísima.

A los años ochenta el lector viaja para conocer la vida de quienes nada tienen, ni la más mínima cultura, excepto sus manos para trabajar. Son dos las protagonistas: la primera es una mujer joven, cargada de hijos, que malvive de lo que saca trabajando como sirvienta por horas en casa de personas más que acomodadas; tiene un marido alcohólico y brutal del que solo puede esperar arbitrariedad y violencia. La segunda es su hija mayor, una niña de unos catorce años, trabajadora, brillante en los estudios, pero condenada a no poder demostrar su valía por el trabajo que debe asumir para sacar la familia adelante. Como además una de la cosas que más tristeza me produce en la vida es intentar ponerme en  el pellejo de aquellos que, sabiéndose tan inteligentes y capaces como el mejor, deben resignarse a la incultura y a la falta de oportunidades por carecer de medios económicos, el asunto me ha tocado el corazoncito de un modo que no os podéis imaginar.

Y aún me lo ha tocado más por el dramático tema que aborda: el robo de bebés que proliferó durante toda la dictadura y se mantuvo hasta los primeros años de la democracia. Robos que se amparaban en el  «bien relativo» para la moral dominante que suponía sacar a un niño de las garras de las miserias causadas por la dinámica del sistema para regalarlo a parejas bien asentadas en ese mismo sistema. En ocasiones los robos se hacían sin conocimiento de las madres, haciéndoles creer que sus hijos habían nacido muertos; en otras, se forzaba la entrega del niño con todo tipo de argumentos en favor del recién nacido que en realidad amparaban la ambición de los nuevos padres; a ninguno de quienes intervenían en ese repugnante proceso se le pasaba por la antesala del cerebro la posibilidad de ayudar a las verdaderas madres a hacer frente a la vida en compañía de sus hijos. 

    También uno se pregunta por la anestesia moral que produce estar en paz con el sistema porque en él tienes la vida resuelta, la anestesia moral de clase: ¿cómo esa gente bien, de modales educados, amables y atentos entre sí y con el servicio, que desempeñaban sus profesiones con normalidad, podían promover y beneficiarse del semejantes animaladas? ¿Cómo vivir toda la vida sabiendo que tu hijo lo es porque su verdadera madre era una mujer desamparada y tuviste generosidad para amparar al bebé pero no a la madre, a la que dejaste pudrir porque ni te planteaste ayudar? ¿Puede llamarse a eso generosidad? 

    Y, por último, uno se pasma ante otro tipo de anestesia moral: la de los intermediarios. Algunos se forraron comerciando con bebés, y ya sabemos que el hambre de dinero ha justificado las mayores salvajadas; pero otros, especialmente en el ámbito religioso (¡qué razón tenía el papa Francisco en estar contra el clericalismo, es decir, contra la posición de superioridad moral del clero!), ¿a través de qué clase de perversión argumental y moral podían justificar ponerse al servicio de las clases acomodadas robando niños a las clases bajas para hacer aún más desgraciados a quienes ya lo eran? Creían hacer un bien, sí, pero era «un bien relativo», el que da título a la obra, porque no tenían en cuenta a todos los implicados. Omitían los intereses y sentimientos de los implicados a los que más atención deberían haber dedicado: los pobres de solemnidad, aquellos a los que atendió Jesús de Nazareth.

La historia de los años 80 es magnífica. De las que se recuerdan. El trabajo estajanovista, la precariedad eterna, la total ausencia de expectativas y esperanzas, la angustia por lo que cualquier mínimo contratiempo puede suponer, la explotación por unos señores bien muy amables con las empleadas por las que no cotizaban un céntimo a la Seguridad Social, las mismas que quedaban en la miseria como se les ocurriera romperse un hueso o debían asumir días de penuria y renuncias si pillaban una gripe; qué supone eso para una niña que se ve obligada a renunciar a esperanzas de prosperidad fundadas en su talento y valía para sostener la miseria en los umbrales de la supervivencia. Toda esta historia está contada de un modo exquisito, realista, testimonial, sin sentimentalismos ni soflamas. La historia de personas que asumen un destino en el que no hay día sin decepción, y en el que un día sin un nuevo problema es un triunfo que solo provoca la alegría del alivio. Quien tiene dinero suficiente no es consciente de la inmensa angustia que se puede llegar a sufrir ante, por ejemplo, la necesidad de poner gafas a un hijo. Gafas que siempre serán las más baratas y también las más malas y las más feas porque, te queden como te queden, no podrás elegir. Eres feo porque eres pobre. Eres guapo porque eres rico. Imposible no sacar la conclusión de que no hay guapos y feos, sino ricos y pobres.

Ni que decir tiene que ambas historias, la de la benemérita investigación de 2015 y la que viene de 1980 acaban convergiendo y explicando lo sucedido.

O, bueno… Explicándolo, explicándolo… Teresa Cardona da al lector la posibilidad de elegir qué sucedió, si bien, tal y como ha retratado a sus personajes, creo que la mayoría de lectores coincidiremos en la interpretación del final. Un modo de conclusión brillante. Aunque admito que si tuviera ocasión de hablar con Teresa Cardona le preguntaría qué imaginó ella. Por si las moscas. A fin de cuentas, ¿cómo vas a exigir, a quien la vida le pasa por encima, que controle sus emociones todos y cada uno de los segundos de su existencia? Y basta un segundo para tantas cosas…