En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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lunes, 1 de marzo de 2021

El nadador en el mar secreto – William Kotzwinkle

 


 

                El nadador en el mar secreto es una novela de profundas emociones, pero también de emociones contenidas, porque del joven padre que la protagoniza conocemos lo que le sucede y lo que hace, pero lo que siente lo deduce el lector. Una breve historia de hechos, sin calificaciones, con el halo poético que producen esos personajes que pasan por el mundo como levitando porque no bajan al barro de mostrar sus sentimientos. Lo cual, como digo, no significa que el lector no los conozca, sino que los encuentra en su propio cerebro.

                De esta manera, El nadador en el mar secreto es una obra que provoca una intensa relación entre la historia y lector, una conversación silenciosa del lector consigo mismo que versa sobre la felicidad y la desgracia, y el modo en que cada uno las aborda. La felicidad del nacimiento de un hijo, y la desgracia de su pérdida. La serenidad de los personajes hace que la violencia de los sentimientos –que, insisto, quedan a la interpretación del lector- sea mayor, porque carecen de otra vía de escape que el enfrentamiento silencioso a la realidad hasta, si es posible, su asimilación.

                Una obra breve, que se lee en un par de horas que merecen la pena. Una obra que, por su naturaleza, además, puede convenir releer en más de una ocasión en la vida.



domingo, 18 de enero de 2015

El animal moribundo – Philip Roth




     Devid Kepesh, el personaje ya utilizado por Philip Roth en otras novelas, es un profesor de sesenta y dos años, de relativa fama porque colabora periódicamente en programas televisivos y radiofónicos sobre cultura. Se divorció hace años y desde entonces, durante décadas, ha vivido frecuentes aventuras amorosas con alumnas, en cuanto el curso acaba y dejan de serlo, aprovechándose de su ascendiente sobre ellas y de la admiración que despierta. También ha retomado una relación con una antigua amante ya una mujer madura, a la que ve de forma esporádica, pero periódica. Lleva fama de seductor.

     Sin embargo, pese a tantos amoríos, vive inmerso en la más completa soledad. Los amoríos son una huida de la soledad del progresivo envejecimiento y de la soledad que surge de la necesidad de encontrar un sentido a la vida más allá de esa cultura que aunque todos admiran en realidad no basta para llenarle. Y se trata de una huída abocada al fracaso, porque  cada amorío no hace más que acumular soledad a la soledad.

La parejita de pechos de Consuelo
representan para el protagonista
la belleza que da sentido a la vida,
la vida misma. Y a ella trata de
aferrarse a través del sexo. Hay
escenas crudas, injustamente
calificadas de pornográficas en
algunos lugares, porque no buscan
provocar, sino que tienen un
sentido profundo.
     Hasta que un día conoce a Consuelo. Una alumna de origen cubano que, desde el primer momento, aunque accede a tener sexo con él, le dice que están en mundos distintos y que jamás habrá otra cosa que sexo, y eso solo durante un tiempo. Pero en ella, y sobre todo en su belleza y en especial en los pechos que lo vuelven loco (una sin par parejita descomunalmente voluptuosa) Kepesh parece encontrar, de forma desesperada, el sentido de la vida. Porque Consuelo, que con la distancia emocional que establece es inaccesible aunque se la lleve a la cama, representa la vida que pasa y lo deja atrás, y él quiere aferrarse a la vida. Pero es que además Consuelo, con su belleza, con esa parejita de pechos que a él lo enferma de belleza, representa todo lo bello que hace que uno desee seguir en este mundo. Representa aquello por lo que él quiere vivir: la belleza y la propia vida, por encima de la cultura a la que todos lo creen entregado y que en realidad poco le aporta más que un analgésico espiritual.

     Consuelo, como he dicho, representa la belleza y la vida. Y ninguna de ellas quedan a disposición que Kepesh, porque Consuelo, como la vida y la belleza que admiramos, está fuera de su alcance aunque él trate de hacerla suya simbólicamente a través del sexo (de ahí algunas escenas que escandalizarán a los más puritanos, pero que se entienden perfectamente). Consuelo, la vida, se le escapa con la distancia que ella pone, y que en él anima el sufrimiento y la duda, y con la duda, los celos.

     Finalmente, Consuelo lo deja (algo que ya se sabe desde el comienzo, por lo que no descubro nada) y él se ve abocado a una depresión de años porque todo lo que en realidad ha buscado a lo largo de toda la edad adulta lo ha encontrado representado en ella, y lo ha perdido, no ha sabido retenerlo. No se sabe si la necesita más que la ama, o si la ama porque la necesita, pero lo cierto es que en ella, y solo en ella, ha encontrado el sentido de lo que busca en la vida. Quizá, incluso, lo ha descubierto por primera vez.

     Además su divorcio, hace ya años, afectó a las relaciones con su hijo. Un hijo que, como él, trata de encontrar el sentido de la vida y, desorientado, tanto lo ha buscado en la familia como en una amante. Ni a una ni a otra es capaz de renunciar, porque en la necesidad de sentirse vivo queriendo y siendo querido se aferra a todo como un náufrago. No pierde de vista a su padre, al que ama y odia, y buscando en el fondo lo mismo que él, por despecho actúa de forma completamente diferente: si Kepesh no es capaz de comprometerse a nada con nadie, si vive amoríos poco comprometidos (incluyendo el de Consuelo), su hijo no renuncia a un solo compromiso aunque el efecto final es el mismo, porque atender a todos a la vez lo deja emocionalmente exhausto y, en el fondo, tan perdido como está su padre.

     Kepesh es el animal moribundo que ve pasar la vida sin ser capaz de aferrarse a ella. Pero al final, en el último momento, Consuelo, tras años de ausencia, reaparece momentáneamente: tiene cáncer y le van a quitar un pecho. Uno de sus magníficos pechos. La maravillosa parejita dejará de serlo. La belleza efímera, la vida que sigue pasando. La belleza que también puede estar moribunda. Pero aún así Kepesh, aunque Consuelo ya no volverá a ser lo que era y le anuncia que vuelve a desaparecer, le entrega por completo la vida, y ya septuagenario renuncia para siempre a la paz espiritual dedicándose a esperar a Consuelo aunque sabe que ella nunca volverá a él, de no ser por una casualidad inimaginable. Pero, mientras ella se enfrenta a su propia soledad, él siempre la esperará. Porque vida solo hay una, con su belleza y su dolor, y él la ha encontrado en Consuelo. Jamás dejará de sufrir por su ausencia, porque encontró en ella la vida, y la vida, Consuelo, ya no está.

     Y es así como el animal moribundo se dispone a esperar la muerte quizá durante años: suspirando por Consuelo, por la vida que se fue, anhelando un segundo de su presencia para durante ese segundo volver sentir la vida en plenitud.