En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 19 de enero de 2026

Comerás flores – Lucía Solla Sobral

 


En algún momento comencé a ver este libro en muchos sitios y siempre con opiniones favorables, entre ellas las de personas en cuyo criterio confío. En consecuencia, tan pronto como me topé con él en una librería caí alegremente en la tentación.

Comienzo por el final: el balance es positivo, «Comerás flores» es un libro que recordaré por su argumento y el modo en que se desarrolla.

Aludo al modo porque durante una parte de la lectura me ha sumido en cierta confusión, lo cual no es una crítica sino, visto el resultado final, un acierto.

Me explico. «Comerás flores» es la narración, en primera persona, de la relación entre una mujer que comienza teniendo 25 años (y termina con 27, edad desde la que narra la historia) con un hombre de cuarenta y tantos, separado, con una hija de la misma edad que la protagonista y una profesión que parece glamurosa (por cómo la vende) que le proporciona pasta en abundancia y contactos adinerados. Por contraste, cuanto rodea a la chica, su familia, su trabajo, su historia… es de un habitual que la sitúa en la mediocridad. Cenicienta de clase media y alguien de su misma condición pero con bastante más pasta e ínfulas de príncipe.

Para bien o para mal, en los inicios de la lectura me venía a la cabeza «Hay algo que no es como me dicen»¸ la obra en la que Juan José Millás analizó el acoso a la concejal de Ponferrada Nevenka Fernández (26 años) por parte del alcalde, Ismael Álvarez. El punto más brillante de ese libro expone el contraste entre la inocencia y la falta de experiencia de una mujer que apenas había salido del cascarón y el colmillo retorcido de un cacique y «empresario de la noche» (vaya eufemismo) ya cincuentón. Esa diferencia era clave para explicar el desequilibrio que facilitó el acoso. Este libro venía a mi mente para bien o para mal, decía al principio del párrafo, porque al leer «Comerás flores» sin darme cuenta comparaba a la pareja protagonista con la del libro de Millás.

Quizá por eso haya experimentado algo de confusión, porque me ha costado más situarme.

La relación entre Marina y Jaime comienza con una especie de flechazo lo bastante bien contado como para hacer natural su deje peliculero. Por evidentes razones de edad Marina no tiene tanta experiencia vital como Jaime, pero tampoco es una recién llegada al mundo adulto: trabaja, ya no vive con sus padres sino con una amiga, no parece haber estado especialmente sobreprotegida y ha pasado por el trance de la muerte de su padre. Sin embargo, así como desde el comienzo queda claro para el lector que Jaime sabe lo que hace y por qué, sobre Marina planea la duda de hasta qué punto será capaz de suplir la falta de experiencia con sentido común e inteligencia. Además, aún está en pleno duelo por la muerte de su padre, tiene vivo el recuerdo de las relaciones afectivas dejadas atrás (con cambio de vida incluido) y tener que vivir con una amiga da muestra de la precariedad de su situación económica.

Todo esto es importante, porque cuando la sinopsis habla de los «espejismos de las relaciones desiguales» quiere decir que alguien, la víctima del espejismo, sale trasquilado. Y si hay víctimas, hay responsabilidad. Lo desconocido es cómo se reparte ésta en el caso concreto. Unos dirán que la responsabilidad de zamparse a la cordera es del lobo que la agrede y, otros, que es de la cordera por no advertir que un bicho con unos colmillos tan grandes no puede ser solo un amoroso borrego adulto. En «Comerás flores», al principio, la falta de reacción de Marina a detalles elocuentes produce cierta exasperación. «No puede no darse cuenta», piensas, y de ahí pasas a temer que el planteamiento esté siendo forzado. Pero según avanza la lectura y con ella los hechos que forman la historia, la responsabilidad se va inclinando de modo natural hacia el lobo. Esto exculpa a Marina porque, además, aunque a veces los muestren, nadie dijo que los lobos no sepan ocultar sus piños. De hecho, esa es la astucia que permite la manipulación. La secuencia de escenas que van desde el conocimiento a la convivencia van dejando las cosas claras al lector, espectador de algo que ve venir como desde una atalaya y que, precisamente por eso, puede analizar a placer. 

Jaime y su cuenta corriente colman de atenciones a Marina, lo cual es común a los borregos enamorados y a los lobos en cacería. Estos últimos siempre usan de modo consciente el exceso de atenciones para excluir al resto del mundo; esto es, para aislar a la víctima y poder disponer de ella. Solo entonces, o si la víctima intenta escapar al ser consciente de la trampa, el lobo enseña los dientes. El borrego enamorado también colma de atenciones que acaban aislando a su amada, pero lo hace de un modo compulsivo y no premeditado, casi por glotonería emocional; por eso, cuando la víctima intenta escapar, unas veces el borrego se bate en retirada con un mayúsculo soponcio y otras… se convierte en lobo.

«Comerás flores» mantiene en vilo al lector jugando con dos ideas que derivan de lo anterior: la primera, cuánto de lobo y cuánto de borrego enamorado tiene Jaime y, la segunda, cuándo se dará cuenta Marina de que no está formando un «nosotros» sino que está cediendo su propia vida a mayor gloria de la de Jaime porque, si algo queda claro desde el inicio, es que la iniciativa la lleva él y para hacer lo que él quiere. Precisamente por eso hablo de lobos y corderitos mejor que del mutuo cortejo entre animalitos en celo.

También es necesario fijarse en la concepción del amor o de la atracción (diferencia a la que luego aludiré). ¿Jaime se fija en Marina por lo que es o por lo que cree que puede hacer de ella? ¿O porque, como mujer joven y atractiva, es la pieza de caza que un triunfador como él merece y con la que eterniza su propia juventud? ¿Y ella? En muchos de sus comentarios hay un punto de cálculo cuando en la balanza siempre aparece el bienestar material que Jaime puede procurarle. ¿Dónde quería ir cada uno cuando ha puesto al otro en su ruta?

    Yendo más allá, también es relevante pensar en el papel del «fechazo» en este tipo de historias. Es decir, en la diferencia entre atracción y amor. Como el amor está vinculado al conocimiento, está claro que los flechazos se basan en el atractivo. ¿Cuál? El que, puesto que no se conoce a la otra persona, se le presupone: lo que se cree que esa persona es, o lo que se espera de ella, o lo que se desea, o lo que representa o parece. A saber. Luego, quizá mucho tiempo después, cuando se avanza en el conocimiento y, sobre todo, cuando se disipan las tinieblas de las presunciones, es cuando surge el amor, el odio o la indiferencia. Esta filípica viene a cuento de los desequilibrios y las posibilidades de manipulación que se abren cuando, ante un «flechazo», una de las personas cree en él y la otra no. Adivinad cuál lo tiene más fácil para manipular a la otra. Adivinad quién se ha enamorado del amor y quién del cálculo.

    Y termino: Marina no está sola frente al destino. Parafraseando sus recurrentes balances de situación, tiene una familia, amistades, una perra y un padre muerto. Tiene su propio mundo. El papel que cada uno de esos componentes juega en su vida acaba influyendo en el devenir de una historia que lo es, también, sobre arraigos y desarraigos afectivos, sobre hasta qué punto puede uno cambiar sin dejar de ser lo que es, sobre las consecuencias de dejar de serlo y sobre qué parte de nosotros son cada uno de los otros.  

    En fin… Vaya testamento. Si has llegado hasta aquí, ojalá te anime a leer las poco más de 240 páginas de esta novela.


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