En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 8 de octubre de 2026

Las deliciosas historias de la taberna Kamogawa - Hisashi Kashiwai

 


Del primer libro de la saga, «Los misterios de la taberna Kamogawa», dije que no era mala obra pero que, jugando con el nombre del autor, estaba más cerca de ser casi guay que guay. Lo justifiqué diciendo algo que ahora puedo repetir: ese libro, como este que ahora reseño, no es una novela sino un conjunto de relatos con los mismos personajes y situaciones reiterativas.

Ahora bien, si en aquel primer libro al menos se explicaba al origen de la taberna y quiénes eran el padre y la hija que la gestionaban, en esta ocasión nada de eso sucede. El autor supone que el comensal ya sabe cuál es el delicioso menú y se lo suelta sin más explicaciones.

Para quien no lo sepa, en la tabernica en cuestión come poca gente porque casi nadie sabe que existe y menos aún que también se dedican a hacer de detectives culinarios. ¿En qué consiste eso? En que, por ejemplo, un día te pones moñas pensando en tu abuela, que lleva cuarenta años criando malvas, y rememoras el día en que, teniendo tú seis años, te pegaste una monumental castaña con la bici y ella te recogió a ti y luego la bici, tu dignidad y el medio diente que te dejaste, y acto seguido te hizo carantoñas y te consoló con unas gachas. Entonces, los intrépidos padre e hija que llevan la taberna van, te preguntan cuatro cosas, investigan otras tantas y, voilà, recuperan la receta para que la saborees plácidamente, con los ojos cerrados, sintiendo, desde el paladar, el amor de tu abuela y hasta el dolor del tozolón.

Todos los relatos tienen idéntica estructura y todos repiten, con toda exactitud, situaciones y frases. Cada nuevo cliente duda de si está ante la taberna, a todos se les ofrece papear antes de explicarse, luego todos pasan por el mismo pasillo, se les explica lo mismo sobre las fotos que hay en él y a todos se les hace rellenar idéntico formulario. Luego todos se ofrecen a pagar lo que han papeado y a todos se les invita a hacerlo al final del encargo, todo junto. Ah, y a todos se les da dos semanas para probar el resultado. Seguro que me olvido cien cosas, como que casi todos ven en la puerta al gato al que el dueño no deja entrar pese a las protestas de su hija. De un relato a otro solo cambia la motivación de los clientes para buscar un plato en el que todos están más interesados por lo que les puede hacer evocar que por la experiencia gastronómica.

El libro tendría, pues, que ser más aburrido que el primero. Y soporífero. A fin de cuentas, casi todo se repite seis o siete veces. Pero, precisamente, una vez sabido de qué va la cosa tras haber leído la primera novela de la saga, esa reiteración unida a la optimista calma del protagonista hacen de estas seis o siete historias una especie de mantra aireado por la variedad en las razones de cada cliente y en el detalle determinante de la investigación. Al final el lector se ha encontrado tantas veces con lo mismo, y siempre de modo agradable, que el sabor del plato acaba siendo si no delicioso, sí aceptable.

Dicho esto, también podría defenderse lo contrario, que el casi guay autor los tiene que se los pisa, porque además de estas dos obras hay ya en el mercado dos entregas más y cada una debe de ser más de lo mismo; debe de escribir estos relatos como quien hace churros, y luego los raciona por medias docenas para no empachar y pasar más veces por caja. Un tipo que tuvo una idea original, la ha reescrito veinticuatro veces y la ha vendido de seis en seis en cuatro cómodos volúmenes.

En fin. 

    Para gustos, la taberna Kamogawa.