En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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martes, 3 de noviembre de 2026

La muerte tiene olor a pachulí - Hernán Rivera Letelier

 


Durante la demolición de la antigua cárcel de Antofagasta los operarios descubren un túnel que conectaba el recinto penitenciario con el exterior. Lo curioso es que en esa cárcel nunca se registró una fuga, o al menos no a través de ese mecanismo. ¿Qué demonios pintaba, pues, el túnel?

A raíz de ese descubrimiento aparece en la agencia de detectives de Recadero Gutiérrez, alias El Tira Gutiérrez, una altiva señora diciendo que algo debe de tener que ver el túnel con la desaparición de su marido, cuarenta años atrás, en plena dictadura militar. El desaparecido no era, como uno podría pensar en el primer instante, un opositor encarcelado, sino un militarote, teniente por más señas, totalmente identificado con el régimen. La señora no está muy entusiasmada con la contratación del Tira, pero a falta de otro detective en la ciudad no le queda otra que contratarlo para  averiguar qué pasó con su marido, al que no parece echar mucho de menos, pero cuya muerte acreditada le solucionaría alguna papeleta.

La versión oficial de la desaparición (que el señor teniente había caído en manos de elementos subversivos) nunca había convencido a la más que posible viuda, que conocía lo bastante a su marido como para otorgarle más posibilidades de morir de otras maneras.

Y ahí está el Tira, investigando gracias a su título por correspondencia, junto a la hermana Tegualda, la joven y guapetona monja cuya afilada lengua no deja de cortar por lo sano cada concupiscente comentario del Tira, el cual, por desgracia para él, no es de piedra. Este juego es uno de los encantos de la saga.

¿Pero qué diablos va uno a investigar cuarenta años después?

Lo primero que averiguan es que el túnel desembocaba en un prostíbulo ya inexistente.

Bien, bueno, vale. Si por allí no escapó nadie uno puede hacerse una idea de que hubo más escapadas que huidas. Pero, y con eso, ¿qué?

Solo tienen dos posibilidades de averiguar algo más de aquella época: preguntando a dos viejos que eran jóvenes entonces. Uno aún se pudre en la cárcel, lo que da idea de la calaña del buen señor (aunque sobre este tema hay una divertida sorpresa) y la otra era, en aquella época, una joven prostituta de preciosos ojos. La señora ya no vive en Antofagasta, sino en Taltal, una localidad de unos 13.000 habitantes a unos 240 kilómetros al sur de Antofagasta (cuya área metropolitana tiene unos 400.000) y cuyo perfil responde al de muchas ciudades chilenas: construidas de cara al mar, limitadas al este por el océano, se expanden al oeste hasta las estribaciones de la cordillera. Allí, en una callejuela marginal que termina en la montaña, vive la dama, que tiene un vecino un tanto desconfiado y peculiar.

Con este simple planteamiento en términos de personajes y cierto tira y afloja para dar vidilla a la historia consigue Hernán Rivera Letelier firmar una nueva novela breve, agradable y muy entretenida de esta pareja de personajes a la vez extravagantes y entrañables.

«La muerte tiene olor a pachulí» es la segunda novela de la saga, pero la tercera que leo. La cuarta y última (por ahora), «El secuestro de la hermana Tegualda», me gustaría leerla, pero en España solo está disponible en ebook y a un precio excesivo para una literatura que, aunque digna y de calidad, es de consumo.


lunes, 21 de septiembre de 2026

La muerte se desnuda en La Habana - Hernán Rivera Letelier

 


    «La muerte se desnuda en La Habana», dice el título, pero, sinceramente, no es lo único que se desnuda en La Habana en esta obra protagonizada por el Tira Gutiérrez (Recaredo Gutiérrez) y Tegualda, la joven monja que le acompaña. Él es un detective privado chileno que se sacó el título por correspondencia y ella una monja que llegó a él por las razones que sabrá quien lea «La muerte es una vieja historia», también reseñada en este blog.

    La saga está formada, hasta ahora, por cuatro novelas. La que acabo de aludir es la primera; la que ahora reseño, la tercera. Una pena no haber leído antes la segunda («La muerte tiene olor a pachulí»), aunque lo remediaré pronto, porque el final de esta pone de manifiesto una notoria evolución en la relación entre los dos protagonistas.

    Pero vamos al argumento de esta novela.

    El hijo de un rico empresario de Antofagasta ha desaparecido en Cuba. La confianza del padre en la eficacia de la policía cubana es, vamos a decirlo así, limitada. Por eso contrata al Tira, para que vaya a La Habana y localice al churumbel. 

    Huelga decir que al chiquitín o algo le ha pasado o algo ha hecho. Esto es lo primero a dilucidar. Lo segundo es cómo hacer frente al tomate en que se haya visto envuelto o haya montado la criatura. En el primer caso será una víctima y, si aparece, todo será más sencillo; pero en el segundo…

    La acción transcurre con una investigación sin brillantez, al estilo de los investigadores, pero eficaz: preguntando aquí y allá en cualquier sitio donde haya podido estar el mozalbete. Así es como acaban deambulando por los bajos fondos cubanos vinculados a la prostitución, para alegría visual del Tira y perplejidad de la monja Tegualda, cuya principal arma es una ironía y un sarcasmo tan incisivos que son lo mejor de la novela.

    Pero, claro, con tanto sexo en el ambiente a ver quién es el guapo que no piensa a todas horas en él, porque el Tira Gutiérrez nunca ha sido de piedra y menos en un marco así, y aunque Tegualda lo disimula tiene ojos y cerebro.

    Esta relación entre jefe y subordinada, entre rutina e inspiración, entre ver con buenos ojos la tentación y la posibilidad de caer en ella y verla de modo opuesto, a modo de conciencia, genera un conjunto de tensiones entretenidas y divertidas que sostienen la investigación por encima de la calidad del argumento. Y así hasta llegar al desenlace. Un desenlace que, en el punto final, es increíble por lo atrevido.

De esa monumental sorpresa que se adueña por completo de la historia hasta borrar el argumento de la mente del lector no puedo contar nada para no fastidiar nadie, pero me gustaría poder comentarla con otros lectores porque hace falta valor y osadía para que la historia culmine como lo hace. No creo que nadie nunca se haya atrevido a finalizar así una novela. O sí, pero bien poquitos. ¡Qué audacia la de Hernán Rivera Letelier!






viernes, 29 de diciembre de 2017

La muerte es una vieja historia - Hernán Rivera Letelier




                El Tira Gutiérrez es el único detective privado de Antofagasta, profesión a la que accedió tras hacer un curso por correspondencia. Lo suyo es espiar adúlteros, pero la novela se inicia con un encargo singular: descubrir al violador que actúa en el cementerio de la ciudad. Más singular es aún su ayudante, una monja interesada en el asunto porque una amiga suya fue víctima, dice, del violador.

                El detective es, como su ayudante, un mero aficionado. El caso les viene grande y actúan tarde y con ingenuidad, aunque con lógica; la hermana Tegualda es, además, una joven tan consciente de sus votos y creencias como tolerantemente irónica y ácida con las bromas de su jefe, además de voluntariosa y decidida. El Tira Gutiérrez es un hombre ya de cierta edad, comodón, un tanto torpe, sin otra aspiración que llegar a fin de mes y, como tantos, dado a la admiración de las mujeres bellas desde la posición de mero espectador consciente de sus limitaciones como don Juan. A lo sumo, se atreve a hacer alguna que otra observación que la hermana Tegualda contesta con una ironía y contundencia desalentadora, muy divertida.

                El conjunto de timidez, torpeza, buenas intenciones y pocas aspiraciones hace que el lector se encariñe de la pareja, por más que la hermana Tegualda responde tan poco al estereotipo de monja que a veces es demasiado personaje y demasiado poco persona. El tono ligero permite, además, que lo escabroso de ciertos hechos no se adueñe del paisaje. ¿Cómo no va el lector a sonreír cuando el principal sospechoso de violar en un cementerio empieza siendo un «muertito»?

   La novela, breve, divertida, con el humor sutil que rodea siempre el fracaso asumido con desenfado, contiene numerosos localismos que hacen colorido el lenguaje. Está escrita con maestría, con gran equilibrio en los tiempos y en el tono, y con una riqueza de vocabulario y un modo de expresión que demuestran que el chileno Hernán Rivera Letelier es un gran escritor. La muerte es una vieja historia aúna calidad y diversión.