En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 1 de octubre de 2026

El extraño caso del dr. Jekyll y Mr. Hyde - Robert Louis Stevenson

 


Quién no tiene con frecuencia el egoísmo de poner sus pequeñas cosas por encima de los intereses ajenos. Quién es el guapo, probo y honesto, que no oculta entre sus recuerdos alguna acción bochornosa o reprobable. Quién no siente deseos, de vez en cuando, de estrangular a alguien (o de dispensarle tratamientos más, ejem, imaginativos). Quién no se ha dicho alguna vez que cierta gentuza estaría mejor muerta pero que está muy feo pensar esas cosas y no digamos ya planificarlas. Ni la persona más buenaza puede evitar que, en ocasiones, su mente se pierda en esos caminos; y, por supuesto, quien más y quien menos se ha perdonado a sí mismo infinidad de acciones y omisiones egoístas.

Somos conscientes de todo esto y de que por más manga ancha que nos regalemos nadie puede enorgullecerse de algo así. Dicho de otro modo, distinguimos entre el bien y el mal. Creo que la idea del mal tiene que ver con nuestro interés individual, con el egoísmo, y que la del bien está relacionada con nuestro interés colectivo: con la conveniencia de convivir pacíficamente y sin sobresaltos. Cuando uno debe pronunciarse en público siempre lo hace a favor del bien, es decir, de la especie. No solo porque los demás lo agradecen y así no recelan de nosotros e incluso nos dan su confianza, sino por el convencimiento de que antes o después dejaremos de ser el más fuerte. Solo un imbécil tan pagado de sí mismo como para no ver más allá de su nariz defendería lo contrario. Por eso todos los caminos llevan a la Roma del bien, menos el del egoísmo ciego. Y la de problemas que causan los infinitos necios que se dejan llevar por él.

Lo que acabo de decir podría ser el origen instintivo del papel del bien en la ética. Pero, sea cual sea el origen de la valoración ética del bien como superior al mal, lo cierto es que esa valoración es un hecho. También lo es que vemos con mejores ojos el mal cuando nos beneficia que cuando nos perjudica, y cuando lo cometemos nosotros que cuando lo protagonizan otros.

    Robert Louis Stevenson jugó con estas ideas en esta celebérrima novela que, de tan corta, no hay excusa para no leer. En mi caso, esta ha sido la segunda vez. Una tarde de disfrute. La primera debió de ser en el paleolítico, porque comencé a apuntar mis lecturas más o menos por esas fechas y no aparece en la relación.

    La historia es conocida. Las varias voces narrativas de la novela nos dan la visión de un tal Mr. Hyde (un tipo que causa repulsión unánime solo por su aspecto y que llega a verse envuelto en un asunto de lo más escabroso) y del afable y virtuoso dr. Jekyll, quien, vaya por Dios, parece confiar plenamente en Mr. Hyde, hasta el punto de que le ha cedido la llave de un acceso trasero a su vivienda. Tan famosa es la novela que no descubro nada diciendo que la clave de ese entendimiento es que, en realidad, ambos son la misma persona. El dr. Jekyll ha conseguido desarrollar una fórmula para aislar los malos sentimientos y las malas intenciones y, según se pimpla la poción o no, es uno u otro.

    A partir de aquí, queda claro que por muy afable y virtuoso que fuera el dr. Jekyll la tentación de no serlo fue insuperable, sobre todo mientras no provocaba consecuencias para nadie. Y esto abre un primer interrogante: ¿es éticamente admisible ser voluntariamente un mal bicho si no hay víctimas? Sea cual sea la respuesta, luego, obviamente, pasa lo que pasa: que si eres un mal bicho acabas perjudicando a alguien, aunque en teoría no quisieras. Y entonces, ¿qué? Entonces entran en juego los equilibrios: ponderar mis intereses en relación a los de los demás, asunto que en general ya sabemos cómo acaba. Al menos hasta que uno se pasa tanto de la raya que entonces todo son lloros.

    Y este es el punto clave. En ese momento, ¿hay posibilidad de vuelta atrás? ¿Puede uno volver a la ética que voluntariamente abandonó? Solo hay un modo de hacerlo: el arrepentimiento absoluto y la renuncia total a juguetear de nuevo con la tentación. 

    Pero, ¡ay, la tentación! Llamamos así a lo malo atractivo. En cambio, cuando lo atractivo es bueno o al menos admisible usamos términos como «ambición», «aspiración» u «objetivo». Entre el primer término y el resto solo hay una diferencia de catalogación moral. Qué curioso, ¿eh? Claro que hay más diferencias: satisfacer una ambición exige un esfuerzo, mientras en materia de tentaciones el esfuerzo hay que hacerlo para no caer, porque caer es tan sencillo como dejarse llevar. Además los objetos de ambición (por buenos) son conocidos, mientras que lo tentador (por malo) suele quedar oculto y tiene, por tanto, el atractivo del misterio.

    Todas estas reflexiones explican por qué al jodido doctor Jekyll, puesto a experimentar, no le dio por inventar una fórmula para dar alas al angelito que también llevaba dentro, sino al demonio. Es decir, dio por hecho que él, siendo como era, era bueno. También da que pensar.

    Como todos nos consideramos angelitos, pensamos que no hay mucho recorrido para mejorarnos, o que exige demasiado esfuerzo. Pero sea como sea, el caso es que caer en la tentación es más sencillo que salir de ella. Y, además, tras la caída uno ha cambiado: ya no puede creerse el angelito de antes. Volver a serlo exige un esfuerzo notable que, para colmo, es baldío mientras no es lo bastante intenso como para recuperar la confianza de los demás.

    Todo esto que acabo de exponer es lo que cuenta Stevenson a su manera, metafóricamente. Mientras Mr. Hyde solo es un tipo desagradable y malencarado, el dr. Jekyll no tiene ningún problema con él; comienza a tenerlos cuando Mr. Hyde la pifia. La posibilidad o no de volver éticamente atrás se expresa a través de los problemas del doctor para reproducir el preparado que opera el desaguisado. Y cómo reconducir las cosas una vez que se han pasado los límites, se simboliza en el final que Stevenson decide: solo la decisión de matar a Mr. Hyde (la renuncia absoluta a la tentación) puede hacer que volvamos a ver al dr. Jekyll y a confiar en él. Pero no al doctor Jekyll de siempre, claro, sino a uno asendereado por su propio pasado. Tan asendereado que, en este caso…

    Una obra magistral en la que siempre queda la certeza de que, sea uno bueno o malo, algún gramo de maldad o bondad conserva. Al fin y al cabo, algo de lo bueno de Jekyll debía tener Hyde para terminar como termina. La conclusión es que es imposible separar totalmente bondad y maldad, y, por tanto, ni los santos ni los condenados lo son tanto. Quién sabe. Lo único seguro es, volviendo al principio, que todos debemos elegir hacia dónde queremos ir, y que quien no renuncia a ningún destino no acaba en ninguno bueno.


jueves, 25 de abril de 2024

El museo de cera – Jorge Edwards

 


El marqués de Villa Rica es un hombre mayor, adinerado, que el pasado dirigió los destinos del país a través del partido tradicionalista que presidió y que representaba a la oligarquía dominante que nunca había dejado el poder; pero ahora vive  sin otra preocupación que ir al club a charlar con otras viejas glorias y a jugar al bacará. Eso sí, parece un poco excéntrico, porque en pleno siglo XX de teléfonos y coches sigue viviendo como un marqués del siglo XIX, con su coche de caballos siempre en la puerta con su cochero para ir donde se tercie, con su bastón de empuñadura de plata, con sus polainas… Esta mezcla de estilos de vida, con sus constantes anacronismos, dota a la historia de una especie de aura atemporal que merece la pena disfrutar.

El innominado país en el que transcurre la acción, en el que soplan vientos revolucionarios o cuando menos democráticos, puede ser cualquiera que elija el lector, porque aunque el entorno suena a latinoamericano, el paso de un poder oligárquico a uno democrático ha sido un proceso que, mal que bien, ha vivido todo el mundo occidental.

El marqués, que, como he dicho, en el momento en que comienza la historia es ya un caballero mayor poco dado a las emociones fuertes, se ha dado a la emoción más intensa que podía esperar a estas alturas de su vida: casarse con una mujer más joven y de gran belleza. Otra cosa es el sexo, actividad que al marqués le produce el suficiente repelús como para que sus instintos se conformen con observar a su esposa cuando la hace pasear por la casa más o menos desnuda.

Pero la esposa, claro está, también tiene sus instintos, y para satisfacerlos no le basta acceder al exhibicionismo. De ahí que un buen día, gracias a la cocinera (un personaje al que no hay que quitar ojo) el marqués vuelva por sorpresa a su mansioncilla y se encuentre a su media naranja a punto de ser exprimida sobre el piano, con el corpiño abierto, las faldas levantadas y los muslos al aire, y al profesor de piano ante ella, con los pantalones y todo lo demás (menos una cosa) bajado.

El soponcio provoca dos cosas: la separación de facto del matrimonio y que al marqués le da por inmortalizar aquel trágico momento haciendo reproducir en estatuas de cera la escena que acabo de describir. Tres estatuas: la esposa, el amante y el marido sorprendiéndolos. Completa el capricho dejando las estatuas en su mansión y mudándose a otra que construye intentado replicar la primera. ¿Cabe mayor alegoría del intento de perpetuar una situación en el instante inmediatamente anterior a su ruptura? Es decir, cuando aún no se ha roto, cuando es el último instante de una época.

Digo alegoría porque el trasfondo de la novela no es la vida del marqués, sino la del país donde vive, en el que unas viejas élites se aferran al poder intentado que nada cambie, que todo permanezca como estaba en los felices momentos que precedieron al punto de inflexión hacia la democracia o la revolución.

Pero los tiempos no se detienen, sino que van a trompicones, dos pasos adelante y uno hacia atrás. Y lo mismo ocurre con la vida del marques y los suyos, que sigue un ritmo parecido: el punto de inflexión que supone el adulterio le hace conocer nuevas personas, nuevas clases sociales, compadrear con gente llana y cambiar de ambientes y costumbres; sin embargo, todo lo desplazado (y más si es desplazado del poder) intenta retornar, volver por sus fueros, y es así como vemos que el matrimonio del marqués quizá no esté tan roto, del mismo que la oligarquía intenta volver por sus fueros. Que luego la vida sigue adelante también es obvio, como lo es, y aquí vuelvo a la cocinera, que, en el río revuelto de la política y la historia, como en las vidas de cada cual, siempre hay alguien dispuesto a pescar y a acabar ocupando el lugar por el que todos peleaban y que nadie había querido dejar. También podemos sacar otra lección que, conforme pasan los años, es cada vez más evidente: las personas pasan, los regímenes pasan, pero la riqueza, en cambio, en unas manos u otras, permanece. Y con ella es como se gana y se pierde el poder.


lunes, 28 de agosto de 2023

El Pasmo de Palermo – Vincenzo Consolo

 


El pasmo alude al desmayo (spasmo) de la Virgen al ver a Jesucristo camino del Calvario, y, por ende, a la pintura de Rafael encargada para el Monasterio de Santa Maria dello Spasimo en Palermo, titulada «Caída en el camino del Calvario» o «El Pasmo de Sicilia», expuesta en el Museo del Prado.

Cosa distinta es que para llegar desde las páginas de la novela a las razones del título haya que currárselo, porque El Pasmo de Palermo es una novela, aunque muy breve, compleja y de complicada lectura. Y, para colmo, yo la leí en el peor momento posible. Que nadie espere milagros de esta reseña.

La calidad de la obra se ve en cada línea, por lo cuidado del lenguaje y la estructura, por el modo de contar mucho diciendo poco, y por lo profundo de lo que cuenta. El Pasmo de Palermo es una denuncia sobre la violencia congénita en Sicilia.

El protagonista, Gioacchino, que tiene puntos en común con el autor, de niño se enfrenta a la muerte de sus padres bajo la ocupación alemana, muerte de la que tiene motivos para sentirse culpable, aunque también para lo contrario. Más tarde, ve como la salud mental del amor de su vida sucumbe a la presión de la mafia para arrebatarle los terrenos donde se asienta la casa familiar; años después su hijo Mauro es acusado de terrorismo y se ve obligado a huir a Francia, donde se encuentra con su padre. Finalmente, ya anciano, Gioacchino vuelve a Sicilia y, a su pesar, comprueba del modo más traumático posible que nada ha cambiado hasta el punto de que todo se ha vuelto aún más sórdido y terrible.

Una novela sobre la impotencia y la incomunicación, que suelen viajar juntas y provocar el miedo y, tras él, los efectos deseados por quienes lo promueven.


lunes, 11 de julio de 2022

El gran golpe – Dashiell Hammett

 


Lo reconozco: no había leído nada de Dashiell Hammett (1894-1961), autor de El halcón maltés y uno de los más celebrados y reconocidos padres de la novela negra. Precisamente el término «negra» no aludía, en aquellos orígenes, a la comisión de crímenes sino al mundo del hampa. La novela negra era aquella que contaba ese entorno y la vida de los criminales; investigar el delito (que en realidad no paraban de sucederse) era lo de menos, y lo importante era el delincuente; por eso la policía pintaba entre poco y nada –además, en aquella época tenía demasiado poco prestigio para elevar a ningún policía a la condición de héroe literario- y los protagonistas cuando no eran los delincuentes eran los detectives privados que se codeaban con ellos con un pie en cada lado de la frontera entre legalidad e ilegalidad.

Dicho lo cual, tampoco ahora puedo presumir de conocer mucho al señor Hammett, porque El gran golpe es una novelita que no llega a las cien páginas y que se lee en una tarde.

A qué alude el título es evidente: a un monumental atraco. Tanto que su ejecución precisa de tal ejército de delincuentes que la desaparición de unos cuantos incrementará sustancialmente el botín del resto. 

El protagonista, un detective obeso que se comporta como si fuera inmune a los balazos, se ve en situación de husmear en el asunto y, un seguimiento por allá, una conversación pillada al vuelo por acá, acaba atando algún cabo que otro y provocando que la novela se transforme, en su segunda mitad, en una novela de acción con un final inteligente y que deja un sabor agridulce y una sonrisa torcida en la boca.

La escritura, ágil y concisa, está plagada de nombres que a estas alturas y por sí solos resultan evocadores.

Para pasar una tarde o una mañana entretenidos con uno de los grandes de la novela negra. 




lunes, 31 de enero de 2022

El túnel – Ernesto Sábato

 



«Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.»

Así comienza El Túnel, el clásico que Ernesto Sábato publicó en 1948 y que constituye la primera de tres novelas que publicó el Premio Cervantes de 1984. Es la tercera vez que la leo.

La obra, breve, concisa, de la claridad escalofriante, relata, en primera persona, la conducta obsesiva del protagonista, un pintor famoso que se siente repentinamente atraído por la única persona que se ha fijado en un detalle de uno de sus cuadros que, para él, es la esencia del mismo.

El túnel, término con el que Sábato alude al efecto que toda obsesión crea, lo constituye la mente del enfermo; una mente de la que no puede escapar. El túnel es uno mismo. La obra relata el tortuoso camino mental a través del cual el protagonista focaliza caprichosamente la razón de su vida en una persona para luego emprender su propia autodestrucción y la destrucción de esa otra persona a través de un proceso patológico de apropiación de esa persona, el cual, al fallar o simplemente cojear, deviene en tragedia. Las «razones» de Juan Pablo Castel las expone él mismo. De las de María Iribarne, en cambio, el lector no sabe más que a través de las suposiciones del protagonista; a través de él intuimos que María tampoco es un angelito, lo cual utiliza Castel como excusa a sus desatinos: al fin y al cabo, María era infiel a su marido ciego con el propio Castel, lo cual es una evidencia; al fin y al cabo, quizá era infiel también a Castel; al fin y al cabo se presentó diciéndole «Pero no sé qué ganará con verme. Hago mal a todos los que se me acercan». Una frase, esta última, con la que Sábato siembra pronto la duda en el lector: ¿es Castel el loco que parece ser y María su víctima, o María sabe de antemano que su fortaleza psicológica le va a permitir pasar por encima de ese famoso pintor, evidentemente en situación de debilidad mental y aquejado de una patológica soledad, con el que decide concederse el capricho de un romance? No es sencillo opinar sobre la figura de María porque hasta su propia muerte, anunciada en la primera página del libro, de produce de un modo extraño por cómo la afronta. En cualquier caso, repito, todo llega al lector a través de la turbia y parcial mirada del narrador.

Publicada en 1948 El túnel sigue siendo tan actual entonces como ahora. Quizá ahora incluso más, que es lo que sucede con las novelas adelantadas a su tiempo: no deja de ser significativo que el primer tema elegido por Sábato para novelar (¡el primero!) sea tema de constante actualidad 74 años después.

Capítulos cortos, lenguaje lleno y certero, situaciones siempre significativas y un punto apenas perceptible de sutilísimo humor –involuntario- que surge de enfrentar la sensatez a los disparates que discurre Castel; un humor que de no estar diluido en la certeza del drama anunciado en la primera frase hubiera sido más evidente, y que Martín Casariego, que prologa la edición que he leído, circunscribe a capítulos concretos.

Un breve novelón.