En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 23 de febrero de 2026

Pigmalión - George Bernard Shaw

 


    Pigmalión, rey de Chipre, era un pelín exigente en materia de amores. En concreto, buscaba a la mujer perfecta. Y la naturaleza debía de andar escasa de damas con tal característica, porque a todas les encontraba algún defectillo: que si esta no es muy guapa, que si la otra es un poco tiquismiquis, que si tal, que si cual,… Así que, mecachis en la mar, no la encontró. ¡Tenga usted un reino para esto! Sin embargo, el hombre no se desanimó y, a modo de sucedáneo, intentó crear la mujer perfecta a través de la escultura. Ignoramos cuántas esculpió, pero una le salió tan de rechupete que, a pesar de ser un frío piedrolo, se enamoró de ella. La llamó Galatea. Pero claro, mucha Galatea pero un pedrusco al fin y al cabo. ¡Qué complicado debía de ser llevar con ella una conversación trivial, y no digamos ya intentar dar un heredero al trono! ¡Qué traumático puede llegar a ser el amor! Tanto que la diosa Afrodita, tan sensible a estos asuntos, se apiadó del pobre Pigmalión e ideó una de esas triquiñuelas con que los dioses se entretienen: cuando Pigmalión estaba roncando le hizo soñar con una Galatea humana. ¡Cuánto debió de disfrutar del sueño el pobrecillo! ¡Imaginadlo ahí, con la baba colgando y su manaza de escultor sobre la tripa a la vez que disfrutaba de cortejar a tan pimpante dama! Pero la gracia fue que al despertar encontró a su lado a su amado marmolín, que no marmolillo, convertido en chicha turgente y dueña de todas las virtudes imaginables. Y la perfecta Galatea y el imperfecto (pero rey) Pigmalión fueron felices y comieron perdices, aunque ella siempre se quedara en blanco cuando alguien le preguntaba sobre su infancia.

    El Pigmalión de la famosísima obra teatral de George Bernad Shaw que aquí reseño es el profesor Higgins, un apasionado estudioso del lenguaje, de aires selectos pero insociable, capaz de reconocer por el acento hasta la barriada de la que procede cada bicho viviente. Entre estos bichejos figura Eliza Doolitle, una joven florista inculta, zafia, ignorante del idioma y los modales. La asombrosa capacidad de Higgins se pone de manifiesto en público cuando ambos coinciden resguardándose de la lluvia, y de ahí surge el desafío de, con la ayuda de un admirador, militar retirado, que de inmediato deviene en amigo de Higgins, convertir a Eliza en una mujer tan decorosa y respetable que pueda presentarse en palacio pasmando a la aristocracia con su gracia y exquisitez. De Eliza Galatea.

    La obra es tan ágil que puede leerse como una novela. El camino a la culminación del reto es gracioso por el contraste que producen los avances de Eliza con sus espontáneas vueltas a su origen. También llama la atención cómo el progresivo dominio del lenguaje permite razonar mejor porque afina la argumentación y la inteligencia. Sin embargo, según se avanza la obra adquiere otras connotaciones, porque los vínculos afectivos creados en el trío no son tan fuertes como el egoísmo de Higgins, quien, finalizado el desafío, no cree tener ninguna responsabilidad sobre lo que ocurra de ahí en adelante. Sin embargo… Sin embargo, Eliza ya no es ella misma. Se avino ser cambiada no sabía muy bien en qué, pero una vez transformada ya no encaja en sus orígenes y la displicencia de Higgins la dejan en una complicada tesitura, desamparada en lo personal y en lo económico y en situación de desarraigo espiritual.

    Todo esto induce reflexiones interesantes sobre el alcance de la propia responsabilidad en nuestras relaciones con los demás, sobre el egoísmo y sobre la naturaleza y fuerza de los vínculos que crean los favores.

    Tras el final escenificable, Bernard Shaw incluyó un largo epílogo ajeno a la acción elucubrando a veces y explicando otras qué fue o pudo ser de cada uno de los personajes en función de la respuesta dada a las reflexiones anteriores y dado su carácter. Tan prolijo es que ahorra al lector el trabajo de pensar. Se trata de algo original que, desde cierto punto de vista es útil y alimenta la profundidad de la obra y, desde otros, puede parecer un pegote.

    Por último, al leer «Pigmalión» resulta imposible no recrear en la imaginación las escenas de «My fair lady», película de George Cukor interpretada por Rex Harrison (Higgins) y Audrey Hepburn (Eliza), que se inspiró en un musical a su vez inspirado en «Pigmalión». O quizá esto sea solo cosa de mi generación. Cosas de haber visto mucho cine en televisión. Quizá los lectores más jóvenes imaginen la obra de otra manera.

    Una lectura clara, sencilla, que permite asomarse a ciertas profundidades, y que se lee en un pispás. 


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