¿Quién, en algún momento de su vida, no ha imaginado o temido toparse con un fantasma? ¿Cuántos libros no se han escrito en torno a personas que, de pronto, conviven con un antepasado el cual, por seguir ahí pero sin cuerpo presente es más ante que pasado? Un antepresente. En cambio, han sido bastantes menos quienes han escrito sobre lo contrario, sobre el soponcio de los espíritus al toparse con sus descendientes y demás patulea. El más distinguido fue Oscar Wilde con «El fantasma de Canterville», que ya he leído tantas veces que empiezo a sospechar si no tendré algo de fantasma.
Con la idea de la invasión de la intimidad fantasmal juega Laura Borraz es este librito con ilustraciones de Carlos Aquilué que forma parte de la colección Letras del Año Nuevo del Instituto de Estudios Altoaragoneses, de la que, ejem, ejem, hace un año hablé bastante por razones que podéis ver a la derecha de este blog si accedéis a él vía ordenador y no mediante móvil.
En esta breve obra una abuela y su hijo ya madurito viven (es un decir) en el caserón de toda la vida y de toda la muerte. Su existencia para todos inexistente es metódica y rutinaria. No tienen mucho que hacer porque el mundo no está hecho para los espíritus y porque, para colmo, cuando uno se ¿muere? ¿vive? atascado en la edad en que le pilló la ¿muerte? Solo cuando los descendientes se presentan allí a pasar las vacaciones su existencia inexistente para el resto se ve perturbada y deben andar con cuidado para no acabar compartiendo habitación y si se descuidan hasta cama con los vivos, porque no es plan, por muy fantasma que uno sea, de echarse a roncar junto a al primero que se echa a dormir en porreta en su cuarto.
Madre e hijo están tan chapados a la antigua como corresponde a quienes tienen un siglo y pico o vete a saber cuánto. Por eso, cuando un buen día aparece creo recordar que la bisnieta con la sana intención de aprovechar el vacío del casoplón para retozar con el chico que la acompaña… Bueno, pues pasan cosas, porque ¿qué culpa tiene de escandalizar a los ancestros que le rodean quien no puede verlos, tocarlos, olerlos ni oírlos?
Así, entre situaciones reales y potenciales, entre sustos, disgustos y chismorreos, las conversaciones de unos y otros construyen ante el lector la historia de la familia y dan ocasión a los antepresentes contemporizar, qué remedio, con los nuevos tiempos… Si es que para ellos corre el tiempo.
Una lectura breve, original y divertida. Ideal para ocupar media tarde o media mañana en cualquier lugar donde nadie, presente, antepresente, postpasado o prefuturo, nos interrumpa.

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