¿Veis el niño de la portada? No es un superhéroe, pero cree serlo. Y el error le hace feliz.
Vivir felices gracias a la ignorancia nos ha sucedido a todos, pero ocurre especialmente en la infancia y en la primera juventud, cuando nuestra visión del mundo es limitada y aún vivimos protegidos por unos padres que no concebimos más que como padres. Amparados en el desconocimiento de la vida e impulsados por las ilimitadas posibilidades de un futuro sin final, vivimos momentos tan dichosos que se hacen eternos.
Por eso, cuando la edad nos hace conscientes de nuestras limitaciones, cuando el paso del tiempo acaba trayendo días de dolor y desesperanza, cuando la impotencia ante lo indeseado se manifiesta y las posibilidades de mejora se reducen a toda velocidad, es fácil mirar con cariño al pasado, a aquellos días de felicidad, pero sin atrevernos a hurgar para no quitarles la magia; es decir, el misterio. Para no conocer lo que de verdad había. Lo que nuestros padres, hermanos o amigos hicieron o sintieron y nos ocultaron para no hacernos daño o porque en nada nos beneficiaba. Para poder desear que todo aquello siga siendo como nunca fue.
Es lo que le sucede a Joachim Meyerhoff en esta novela autobiográfica en la que relata su infancia y primera juventud para terminar en un momento posterior, cuando, cosas de la enfermedad, la vejez y la muerte, acaba conociendo aspectos de su familia que ignoró de niño y que ahora, ya adulto, vuelven amargo y algo desesperado el recuerdo de propia infancia. Ojalá poder seguir pensando que todo fue como nunca fue. ¿Pero cómo solucionarlo? ¿Ojalá haber seguido ignorando ciertas cosas? Ya no es posible. Quizá de ahí la necesidad de escribir para comprender. Para entender que no es que sus padres fueran de otra manera distinta a como él pensaba, sino que también eran de esa manera. Incluso no es difícil pensar, si se analiza bien, que los esfuerzos de los padres por ocultar lo que solo puede inquietar a los hijos son una enorme muestra de amor. A fin de cuentas uno es lo que es, y ocultar una parte de uno mismo para dar solo lo mejor no es sacrificio fácil ni pequeño. Poco más puede hacerse.
La infancia del protagonista transcurre en los años 70 del siglo XX. En Schleswig, una pequeña localidad del norte de Alemania, cerca de la frontera con Dinamarca. El padre dirige un manicomio, y en él vive la familia entera, formada por el matrimonio y tres hijos, de los cuales el narrador es el pequeño, sometido al fraternal despotismo de los otros dos. Viven en una casa situada en medio del enorme recinto hospitalario, en el que hay un montón de pabellones, instalaciones, viajes, jardines… En realidad, no es solo un hospital psiquiátrico, ya que, como era frecuente en la época, también alberga a graves discapacitados.
Durante cuatro quintas partes la novela es una delicia que transcurre entre sonrisas y alguna carcajada. Es divertida y entrañable. Con un lenguaje fluido y un modo de narrar ágil y eficaz se suceden las travesuras, las anécdotas, los pequeños accidentes, las primeras gamberradas... todo siempre mezclado con el empuje y cordialidad del padre, un hombre casi siempre de buen humor, hogareño, leído, culto, original, totalmente entregado a su familia, a los pacientes y a la organización del hospital. Más que un recinto sanitario es un pequeño pueblo que organiza sus propios festejos, sus competiciones, en el que surgen grupos y afinidades que mezclan a pacientes y a profesionales. La visión del hospital, siempre a los ojos del narrador, entonces un niño, es casi idílica. También su familia lo es. En ella los roles están tan definidos como los caracteres, y los defectos se perdonan, porque no son maliciosos. El padre es un niño grande, siempre lleno de ideas y proyectos, aunque luego, a la hora de la verdad, pone más ideas que trabajo, porque este lo acaba asumiendo voluntariamente la madre (el personaje peor definido) en lo que parece su aportación a que los proyectos familiares no se queden en nada. El protagonismo, no obstante, recae en el narrador, que habla en primera persona, y en el padre.
Pero el tiempo pasa. El niño crece. Se hace un joven. Se va. Vuelve. Se hace adulto. Los padres envejecen y, al desaparecer la argamasa de los hijos, quedan las descubierto las grietas del matrimonio. Se descubren cosas tristes para el narrador, se replantea cómo fue el matrimonio de sus padres, los intereses de cada uno, e incluso surgen dudas sobre la existencia y origen de problemas de salud mental, de ahí que el último cuarto del libro sea amargo.
Llegados al final lector puede tomar partido: compartir amargura con el narrador, sentirse decepcionado con algún personaje o, al contrario, comprenderlo y admirarlo por cómo durante tantos años hizo equilibrios para no alterar la felicidad de sus familia. La evaluación que cada lector haga de la figura del padre será la que determine el sentido que le dé a la novela.
En cualquier caso, se trata de una novela sobre la infancia perdida. Una más. Una más que cuenta lo que ya sabemos: que cuando somos niños la falta malicia en la mirada nos hace felices y que luego, ya adultos, no acabamos de comprender a nuestros padres, nuestros antiguos héroes, hasta que la vida nos enfrenta a nuestros defectos y limitaciones. Entonces, a menudo, los héroes renacen.

No hay comentarios:
Publicar un comentario