Leí y reseñé «La península de las casas vacías» cuando David Uclés era un desconocido sin voz ni cara. La novela había prosperado gracias al «boca a boca». Un éxito tan imprevisto que hasta rompió stocks en plenas navidades, el momento de mayores ventas, dejando a las librerías desabastecidas y, supongo, al autor y a Siruela jurando en arameo. Casi un año después, en otoño del 2025, tras unas declaraciones de contenido político zurrarle a Uclés se convirtió en deporte, especialmente en Twitter. Pero, como casi siempre ocurre en esas ocasiones, los críticos advenedizos hicieron de él una figura mediática más allá de la literatura (y una víctima, a ojos de quienes habíamos leído el libro con agrado como simples lectores); por eso, cuando poco después de ganar el Premio Nadal con la novela que ahora reseño David Uclés se negó a participar unas jornadas en Sevilla para no compartir cartel con dos de los participantes, los tortazos arreciaron, algunos impulsados por el capo de las jornadas, cuyo poder en el mundillo literario se debe, exclusivamente, a lo bien que siempre ha sabido situarse en posiciones de influencia. Algunos, los menos sutiles (de algún modo hay que llamarlos) le dijeron de todo a Uclés, y otros, más «sutiles», le cascaron a sus libros, incluso sin haberlos leído. ¿Resultado? Al menos durante unas semanas (luego supongo que la cosa se calmará) resulta complicado saber, cuando alguien habla de un libro de Uclés, de qué diablos está hablando.
Yo hablo de literatura.
Me costó algo coger el tranquillo a «La península de las casas vacías», pero me gustó bastante. Lo suficiente para considerarlo un magnífico debut (debut ante el gran público, pues Uclés tiene otros dos libros publicados). De ahí que, como vulgar escritorzuelo que soy, las siguientes andanzas de Uclés me despertaran mucha curiosidad. La primera novela tras un gran éxito es muy relevadora tanto de la capacidad de un autor como de su actitud ante la literatura. Si es una birria, proclama que el éxito fue una casualidad, un momentáneo lapso de inspiración, o que se ha rendido al dinero rápido; y, si es muy buena, consolida el prestigio del autor. Eduardo Mendoza sintió tal vértigo tras el éxito de «La verdad sobre el caso Savolta» que huyó a un registro y estilo completamente opuestos con «El misterio de la cripta embrujada». Le salió bien porque, aunque diferentes, cada libro en su ámbito es buenísimo. Para la mayoría intentar algo así equivale a un suicidio. Otros poquitos, como Karina Sainz Borgo, algo más prudentes o con menos miedo, se mantienen fieles a su estilo sin necesidad de imitarse a sí mismos y sin mermar la calidad. A este también selecto club pertenece Uclés. Son raras avis. Sin embargo, lo más habitual es una segunda novela por debajo de la primera porque brillar dos veces es más complicado que hacerlo solo una. Respecto a los que se imitan a sí mismos, suelen hacerlo a la baja, empezando un descenso que, más o menos suave, pocas veces remontan. En resumen, digerir un gran éxito solo está al alcance una ínfima cantidad de escritores.
«La ciudad de las luces muertas» no tiene nada que ver con «La península de las casas vacías», aunque en algunos puntos evidencie un lejano parentesco, como en el peculiar «realismo mágico» (expresión que entrecomillo porque algunos hablan de él como si García Márquez hubiera alumbrado un canon con fuerza jurídica). Esta novela implica un cambio de registro notable pero no rupturista, y, a diferencia del ejemplo de Mendoza, no cambia la literatura seria por «el divertimento» más selecto que pretencioso, sino que demuestra que hay muchas maneras de hacer literatura ambiciosa. Si la osadía ya es digna de aplauso, qué decir si encima consigues lo que te propones.
«La ciudad de las luces muertas» es una genialidad loca que admite muchos niveles de lectura y otros tantos tipos de opiniones. Como ha dicho en La Vanguardia Xavi Ayén, «Si todo libro queda reducido o ampliado a los límites mentales de cada lector, aquí ello resulta más patente que nunca. un adolescente podrá verlo como una novela juvenil, un erudito gozará de los guiños literarios menos evidentes, otros la leerán como una distopía de ciencia ficción, como una novela histórica (de varias épocas), como metaliteratura, acción, aventuras, literatura del absurdo...».
Todo eso tiene esta novela.
El argumento, original y atrevido por lo difícil que es tratarlo, es una excusa para todo lo demás: en la Barcelona en que la Carmen Laforet es una veinteañera algo ocurre (que el lector conoce) que provoca el apagón del sol y de la luz eléctrica. Barcelona queda confinada en una especie de cárcel de oscuridad en la que, además, conviven todos los tiempos. Es decir, todas las personas y hasta todos los edificios. Gente nacida en el siglo XXII se encuentra con gente del siglo XIX, y edificios del año no sé cuál se derrumban cuando «brotan» los que ocupaban ese mismo espacio en el pasado. Cómo solucionar el desaguisado, que vuelva la luz y que cada mochuelo retorne a su olivo guía la acción. Algunos lectores se quedarán aquí. Será la lectura más simple, aunque también entretenida. Pero la gracia está en disfrutar de los personajes, ficticios en el libro pero en su tiempo reales y figuras de la cultura. Una caterva de escritores (principalmente), pintores, escultores, arquitectos, músicos y hasta deportistas que algo, mucho o poco, tuvieron que ver con Barcelona en algún momento de su vida. Estos personajes reales que se interpretan a sí mismos, y más en el contexto de tan extraña catástrofe, están más cercanos al absurdo, la caricatura o la parodia que al realismo, pero siempre son tratados con cariño. Unas veces los guiños culturales son evidentes, y otras se esconden tras una sola frase. De resultas, cuanto mayores sean los conocimientos del lector, más jugo sacará a la novela. Por ejemplo, quien no sepa una palabra de la obra y, sobre todo, de la vida y carácter de Josep Pla, ni se enterará de su presencia; pero, si lo conoce, no podrá evitar sonreír ante la cariñosa mala leche del brevísimo papel que le ha otorgado Uclés.
Hacer de Barcelona, una ciudad tan literaria, el centro de una novela literaria, jugar con toda esta gente de relumbrón y salir airoso es un mérito mayúsculo. E implica asumir un riesgo enorme. Son legión los autores que han fracasado al hacer algo así: el famoso devenido personaje puede ser un gancho pero, precisamente por su fama, las costuras del disfraz son más evidentes. Uclés, en cambio, al mezclar esa suerte de realismo mágico con un mundo que anda con los dos pies en el absurdo y con los salvadores de Barcelona de disparate en disparate ha conseguido mostrar lo que quiere sin que quede a la vista lo que no ha querido y lo que ignora.
La historia tiene un algo quijotesco, porque casi todos intentan, desde sus nulas fuerzas, librar al mundo de la oscuridad; y lo hacen desde actitudes y razonamientos tan estrafalarios que resulta imposible tomárselos en serio, lo que da un barniz de humor a todo a pesar de que se detallen hechos graves. El realismo mágico de Uclés se funde y mezcla de modo magnífico con el absurdo. Combinan bien. A fin de cuentas, ¿hay algo más absurdo que la magia?
El planteamiento de la historia y, sobre todo, el modo de sacarla adelante con un repertorio de personajes tan amplio y variopinto y la brillante forma en que se hace, exige tener una imaginación muy viva. Es algo que valoro más que otros lectores; doy más valor a la creatividad (cuestión de genio) que al testimonio (cuestión de método), aunque Uclés también se ha debido documentar bastante, por lo que combina ambos aspectos.
En las primeras páginas, creo que influenciado por alguna de las críticas malignas que he mencionado en el primer párrafo, me he fijado especialmente en la forma, que me ha ganado porque pronto me he dejado llevar sin prestarle ya atención. Pero en esos primeros capítulos sí he visto algunas expresiones que si responden a la intención de hacer ver al lector con ojos de vulgar testigo asombrado están fenomenal, pero que, si no, podrían haberse trabajado algo más. Una, incluso, dudo de si es una errata o un juego fonético. En cualquier caso, da igual: en cuanto te recuperas de las sorpresas y te zambulles en ese loco mundo el texto te guía y acompaña sin que te des cuenta.
Un mayúsculo novelón. Por el tema, menos atrevido que «La península de las casas vacías», pero mucho más osado en lo puramente literario. Y como no hay osadía sin ambición, es un alivio encontrarla en un mundillo donde tantos autores de éxito no se atreven a dejar de imitarse a sí mismos. Alcanzar la brillantez cambiando de registro pero, a la vez, manteniendo un estilo propio y reconocible está al alcance de muy pocos escritores, he dicho antes. Los pocos a los que se suele considerar grandes. Veremos si, cuando se despeje el panorama, Uclés está en esa senda. Ojalá las prisas editoriales no le fuercen a estropear el rumbo.

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