El genocidio en Gaza, el salvaje intento de borrar del mapa a los palestinos, ha tenido como consecuencia ponerlos en él; es decir, recordarnos su existencia. Esperemos que esto último sirva para impedir o al menos mitigar lo primero, aunque soy pesimista porque veo a mi alrededor muchas personas hasta hace poco normales que ahora miran para otro lado ante el genocidio, o defienden con normalidad la existencia de campos de concentración para emigrantes sin delitos, o consideran lógica y deseable la supresión de derechos fundamentales si beneficia a los suyos.
Probablemente el mundo avanza hacia una catástrofe de la magnitud de las dos guerras mundiales, y la indiferencia ante el genocidio es una muestra del radicalismo que nos ha de conducir a ella.
Mientras para todos nosotros llegan esos tiempos de horror y llanto, de perder o arruinar la vida como víctima o malgastarla como verdugo, como alimaña, voces como la del marroquí afincado en Francia Rachid Benzine nos recuerdan que detrás de todo siempre hay seres humanos, aunque no los veamos o no queramos verlos.
«El librero de Gaza» comienza en 2014. Un reportero francés está cubriendo los bombardeos israelíes en Gaza. En un momento dado ve una librería de viejo intacta en medio del caos, y ante ella al anciano librero (Nabil Al Djabir, que así se llama, tiene 66 años, pero aparenta bastantes más). Pretende fotografiarlo, retratar la voluntad de resistir del pueblo palestino a través de la imagen de librería y el librero solitario en medio de la desolación y el caos. Pero el librero le pone una condición: puesto que la foto va a resumir una historia colectiva, antes él, el librero, debe contarle su historia particular al periodista. Hay que saber lo que se retrata y si lo que se transmite es correcto.
Nabil Al Djabir, hijo de padre cristiano y madre musulmana, nació el 1 de enero de 1948. El autor no ha elegido casualmente la fecha de nacimiento de su personaje. En 1948 echó a andar el estado de Israel, y en ese año se produjo la Nakba, el desplazamiento forzoso del 80% de la población palestina que vivía en los territorios que pasaron a ser israelíes; todas esas personas se dispersaron como apátridas por Gaza, Siria, Cisjordania, Jordania, El Líbano… Perdieron todas sus propiedades, y más de 400 localidades fueron arrasadas, literalmente, para que nadie tuviera un domicilio al que volver. El éxodo fue estimulado con masacres como la de Deir Yassin. En total, hubo entre 10.000 y 15.000 víctimas. Israel dictó leyes de confiscación de las tierras de los ausentes y los condenó a exilio perpetuo, pese a que llevaban en esa tierra desde hacía generaciones y generaciones.
La familia del protagonista, Nabil Al Djabir, había vivido en ese territorio desde hacía todas esas generaciones y a ese pasado que todos recordaban deseaban regresar, aunque pronto comprendieron que era imposible. Pero él, en cambio, carecía de la posibilidad de compartir cualquier recuerdo con sus propios padres y hermanos. 66 años después solo había vivido la huida, la persecución, el hostigamiento… La provisionalidad y la violencia. Una expulsión detrás de otra debido al expansionismo de Israel. No podía sentirse de ningún lugar distinto de aquel en el que estuviera. Sus raíces eran él mismo. Su dignidad como ser humano.
Nabil Al Djabir va contando su historia, los recuerdos de sus familiares, que son también los recuerdos de un pueblo; y cuenta sobre todo el surgimiento de un pueblo sin recuerdos que compartir con sus padres y abuelos, sin siquiera un lugar donde recordarse, un pueblo cuya historia carece de otro aposento que la cultura simbolizada en una librería azarosa. El librero, al contar su vida, muestra la instintiva necesidad de salir adelante aunque sea en medio de la más absoluta adversidad y el desarraigo, y el lector ve también que la librería (y lo que simboliza) no es un negocio sino un centro de esperanza. La que a lo largo de su vida en los campos de refugiados ha encontrado, por ejemplo, en la representación de Hamlet en la que conoció a su esposa. La esperanza necesaria cuando hasta el destino de tus hijos ha sido trágico, cuando ya no van a estar ni para vivir su vida ni para ser herederos de tus recuerdos. Siempre la muerte por todas partes, inevitable en toda persecución. Por eso Nabil Al Djabir lee y, sobre todo, por eso regala tantos libros. Por eso, también, a pesar de la penuria, siempre es capaz de invitar a una taza de té que a saber cuánto esfuerzo le cuesta comprar. En torno a él, la vida fluye y se aferra a la existencia en medio de la muerte y el horror a través de los clientes que llegan con más anhelo de consolarse con la lectura que posibilidades de pagar un libro. El librero representa la resistencia pacífica que solo reivindica la posibilidad de vivir sin miedo y sin hacer daño a nadie, de conservar los recuerdos, la cultura, de ser quien el azar ha decidido que uno es. De tener un sitio donde caerte muerto sin que te maten.
Casi nada.
Eso es lo que ha fotografiado el periodista francés.
La novela termina en la actualidad. El periodista francés vuelve a Gaza para informar sobre el genocidio. Busca la librería. Cualquiera que se haya molestado en ver en qué ha quedado Gaza sabrá lo que encuentra: un montón casi inidentificable de escombros en una gigantesca escombrera.
Una gran denuncia de dónde hemos llegado y de la barbarie que tolera (y de ese modo ampara) todo el que no se posiciona activamente en contra.
