En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 12 de diciembre de 2013

El beso de Glasgow – Craig Russell



    Segunda novela de detective Lennox, en el Glasgow de los años cincuenta, aunque cierto es que si no fuera por las abundantes referencias a la Segunda Guerra Mundial, a menudo el tiempo en que transcurre la acción resultaría algo indeterminado.
    Tiene suerte, Lennox: el asesinato de un importante corredor de apuestas le sorprende en brazos de la hija del difunto, lo cual aleja de él toda sospecha. A cambio, claro, no deja de sentirse en deuda con la chica, y algo husmea sobre quién ha podido ser el asesino.
    Pero entre tanto recibe dos encargos: el de una atractiva muchacha que ha prosperado en el mundo del espectáculo y quiere saber dónde ha ido a parar su hermano, a quien mantiene, y el de uno de los “tres reyes” ya conocidos de la primera novela de la serie, el cual encarga a Lennox que averigüe quién está tocando las narices a un prometedor boxeador en el que el rey en cuestión ha metido bastante dinero.
     Las dosis de investigación se alternan y mezclan con las de acción, porque Lennox no duda en utilizar procedimientos expeditivos (sí, es un poco bestiajo el hombre, pero se gana el corazoncito del lector achacándolo al trauma del excombatiente) y a que sus métodos se reducen a dos que propician bastantes encuentros, no siempre agradables: preguntar y seguir a la gente.
    A quien haya leído la primera novela Lennox ya le resultará conocido, y no le sorprenderá su tono chulillo y perdonavidas, ni que sea un tipo lo bastante duro como para bromear consigo mismo a las puertas de la muerte; al revés, le resultará mucho más simpático porque ya lo tiene calado, porque siempre se lleva algún porrazo que otro, porque tiene cierto sentido de la justicia, el atractivo de los desarraigados y, para colmo, de alguna manera es una víctima de la historia.
     Lennox, además, no solo debe aclarar las cosas, sino nadar entre tres aguas; por una parte, la de los misteriosos malhechores responsables de las tropelías;  por otro, con una investigación paralela de la policía que va de la mano con un elemento extraño: un americano; y, por último, las aguas siempre procelosas del entorno de los “tres reyes”. Que haya tanto para investigar da un notable dinamismo a la novela. No podrá decir el lector que se aburre. Qué ocurre al final, lo sabrá quien lo lea, aunque sí digo que el final de las tres investigaciones es de alguna manera previsible (otra cosa es la identidad y motivos de los criminales), lo cual no resta emoción.
     Aunque, como ya dicho, hay muchas alusiones al origen canadiense del protagonista y las secuelas de la guerra, las hay mucho menos al entorno, a pesar de lo cual hay continuidad. En especial, sigue habiendo una relación de algo parecido al amor-odio entre Lennox y la atractiva viuda de guerra que se ha visto obligada a alquilarle el apartamento. Hay también alguna referencia a la primera novela, pero irrelevante: de hecho yo no recordaba ya la trama y no me ha afectado en nada.
     Y termino con una referencia inevitable, que enlaza con el título: Glasglow es tan protagonista como Lennox, aunque sea difícil para quienes no hemos puesto los pies allí reconocer una ciudad igual o distinta a como pueda ser el Glasgow actual. Pero ese protagonismo es también una relación de amor-odio entre la ciudad y el protagonista: son las calles mugrientas y cubiertas de hollín las que le dan de comer, es su ambiente tabernario el que permite la proliferación de las mafias domésticas para las que realiza tantos trabajos, es allí, en una fea ciudad industrial y decadente donde Lennox se ha asentado tras salir de Canadá –donde llegó desde Escocia siendo niño. Ha elegido esa ciudad, se gana allí la vida, pero Lennox no pierde ocasión de censurar Glasglow precisamente por su suciedad, por su delincuencia, por su decadencia. Incluso, en el colmo de los colmos, ni siquiera le gusta el whisky escocés. 
    Pero es que Lennox es mucho Lennox. A mi juicio, esta es la mejor novela de las que he leído de Craig Russell (y ya van unas cuantas). El personaje se ha asentado y da más juego. Si tuviera que apostar, diría que Russell, ahora mismo, ve más a Lennox que a Fabel en su futuro. De hecho, acaba de sacar El sueño oscuro y profundo.




lunes, 22 de octubre de 2012

Lennox – Craig Russell






   Me da la sensación de que Craig Russell estaba ya un poco cansado de Jan Fabel, porque los límites del personaje son evidentes (ya en “La venganza de la Valquiria” aparecía como lo que no era al principio: experto en asesinos en serie), y deseaba hacer algo distinto. Y lo ha hecho, sacándose de la manga a un detective, Lennox, que no se sabe muy bien si es detective privado o “husmeador” al servicio del peor postor (y no lo digo en términos económicos). No obstante, es inevitable hacer ciertas comparaciones:

-La importancia del entorno, la ciudad como protagonista: así como Hamburgo tiene un papel relevante en la serie de Fabel, Glasgow lo tiene en esta primera novela de la “serie Lennox”.

-Sin el salvajismo de la violencia de las novelas de Fabel, lo cierto es que en esta primera de Lennox abunda la truculencia. Se sustituye, eso sí, el salvajismo refinado por el brutal, cuyas consecuencias, sin embargo, no afectan menos al estómago.

-Como ocurre con Fabel, el pasado del protagonista condiciona su presente. En este caso, los horrores vividos en la II Guerra Mundial lo han traumatizado e insensibilizado a partes iguales. Se considera a sí mismo un buen chico muerto en la guerra que alumbró la personalidad que en ese momento tiene.

-Y, al igual que Fabel es un medio británico en Alemania, Lennox es un canadiense en Escocia.

Como es la primera novela que leo de “Lennox”, no sé si habrá más elemento comunes, como “malos” que se perpetúan de novela en novela, pero no me extrañaría.
Ahora bien, también hay diferencias notables:

-La primera, obvia, la temporal: la acción transcurre en los años cincuenta, lo que sin duda permite ciertas “licencias criminales” al no estar tan desarrolladas las técnicas policiales. Si la minuciosidad de Fabel y sus chicos es casi un espectáculo, aquí las cosas son mucho más chapuceras: la policía no se entera, o no quiere hacerlo, y lo que no aporta el conocimiento y la investigación, lo aporta la acción.

-Lennox es un caradura, un delincuente, y un tipo con pocos escrúpulos. Exactamente lo contrario que el honestísimo Jab Fabel. Tiene que ser cansadísimo escribir tanto sobre alguien con tan buenas intenciones y con esa honradez a prueba de bomba (atómica).

-Si en las novelas de Fabel el humor apenas está presente, no ocurre lo mismo con Lennox. Es un humor negro, de “tipo duro” capaz de ironizar de su propia muerte cuando están a punto de levantarle la tapa de los sesos. En consecuencia, es un humor poco realista, y que hace al lector permanentemente consciente de estar ante una ficción. Además es un humor poco elaborado, un tanto simple, con algunas comparaciones que, pretendiendo pasar por ingeniosas, se quedan en simples frasecillas de gracioso vocacional. No obstante, este humor tiene la constancia y la intensidad suficiente para dar completamente un giro al tono que Russell emplea en la serie de Jan Fabel.

Dicho esto, ¿cuál es el argumento?

Lennox es un caballero que vive de alquiler en la segunda planta de una casita alquilada por una atractiva y traumatizada viuda que perdió a su marido en la II Guerra Mundial (y tan perdido, porque el cadáver se lo debieron de pimplar los peces). Se dedica hacer averiguaciones varias al servicio, fundamentalmente, de personajes que no se atreven a reclamar a la policía que las haga, porque a menudo persiguen intereses ilícitos, o descubrirían chanchullos previos. Lennox, además, vive razonablemente bien: sin nadar en la abundancia, no le falta dinero, y hasta tiene coche (y deportivo) en una época en que casi nadie lo tenía. Lo cual, por cierto, explica lo fácil que es aparcar durante toda la novela.

Glasgow aparece como una ciudad sometida a las mafias, lo cual creo que es una concesión al romanticismo del autor, que ha querido enlazar con lo más clásico de la novela negra. Y ocurre que el pastel se lo reparten entre tres “reyes” (así llamados, por cierto: “los Tres Reyes”, de forma un tanto pomposa, y que en ocasiones suena algo ridícula): uno católico, otro protestante y el otro judío. Los tres cortan el bacalao, y Lennox, en un ejercicio de malabarismo laboral, trabaja indistintamente para los tres. Pero este escenario no implica que la pequeña delincuencia no tenga sus aspiraciones. Y dentro de ella están unos hermanitos gemelos de muy baja estofa, los pequeñoburgueses de la profesión. Uno de ellos es asesinado, y el otro recurre a Lennox es de suponer que para esclarecer el crimen. Lennox no quiere saber nada del asunto, y acaba teniendo una pelea con el hermanito vivo. Ocurre, sin embargo, que las cosas se complican: empiezan a aparecer fiambres, y Lennox siempre está a un pelo de ser considerado responsable de cada muerte. En paralelo, el último caso que ha llevado (la desaparición y aparición de la esposa de un industrial) también ocupa su tiempo (curioso que es el caballero) y, como es previsible, no será un asunto tan independiente como parece.

La violencia late en cada página, pero no hay una carnicería-festín final especialmente espectacular, porque, de hecho, al modo en que también lo hace con Fabel, el autor lanza un anzuelo en la primera página, describiendo la difícil situación en la que Lennox se encuentra al final de la novela: con el costado hecho trizas, con una chica guapa hecha papilla, un montón de dinero, y un tipo apuntándole.

El final, sin embargo, aun siendo más o menos peliculero, tiene un grado de complejidad y originalidad apreciable.  Y aunque algo se ve venir, pocos lectores tendrán la paciencia de detenerse a imaginarlo, así que no deja de tener cierto componente de sorpresa, que siempre se agradece en las novelas de intriga.

En resumen, una novela que se lee rápido y bien, con mucho del Russell de Fabel, pero con más humor, con un protagonista “malo”, y enlazando con la novela negra clásica: mafias con sus capos y sus matones con apodos, un detective por protagonista… hasta sombreros llevan los personajes. Imposible no pensar en el Chicago de los años 20.