En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Tabucchi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonio Tabucchi. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de abril de 2023

Antonio Tabucchi - El barquito chiquitito

 


Quienes hayan leído Sostiene Pereira, la novela más famosa de Antonio Tabucchi, recordarán que la expresión «sostiene Pereira» se repetía algo así como mil millones de veces.

Algo similar ocurre en El barquito chiquitito, donde los nombres y circunstancias de cada personaje se reiteran cada vez que se les nombra, creando un efecto curioso: como todos son gente perfectamente olvidable (barquitos chiquititos en el océano de la vida) la «necesidad» de recordar constantemente por qué están en la historia contribuye a reforzar su pequeñez. Otra cosa es que a partir de cierto momento rete a la paciencia del lector.

Entre el lío de nombres y ciertos coqueteos con el «realismo mágico», a veces cuesta un poco saber quién demonios es quién, sobre todo respecto a los hombres que conforman la saga de Sestos. Y es que El barquito chiquitito es la confusa historia de una saga familiar a lo largo de tres generaciones, con origen en un pueblo pedregoso y desorientado final en Florencia. Encontramos personajes deformes, duplicados, obsesionados e incluso alguno un poco baronrampante no porque le dé por andar por los árboles, sino porque tiene la cabezonada de dejar de hablar. Hablo de la historia de una saga más que de la historia de sus miembros, porque de cada uno de ellos llegamos a saber relativamente poco: solo los hechos que los definen, que unas veces son su condición física, otras sus manías, sus obsesiones, y otras actos como enterrar una bocina en la niñez.

Cuesta un poco meterse en el modo de escribir de Tabucchi, pero pasadas las primeras páginas la mente del lector se adapta a la del autor y la obra se lee sin problemas, con lo cual el lector disfruta de un paisaje a un tiempo extraño y maravilloso por lo inaudito y, también, de un humor inteligente y sutil que hace sonreír más de una vez y que sirve de lubricante para digerir una historia cuya conclusión es que todos somos barquitos chiquititos forzados a navegar hasta que nos hundamos o embarranquemos.

Un gran escritor y una buena obra.


domingo, 4 de agosto de 2019

Para Isabel. Un mandala – Antonio Tabucchi






              Magnífica obra, y breve, que se lee con la sensación de haber ido a caer en una mezcla de sueño y misterio en la que un hombre, Tadeus, busca rescatar para el presente el recuerdo de la Isabel que hace muchos años conoció, cuya pista va buscando por todo el mundo al tiempo que reconstruye la vida de la mujer. Cada pista es un paso, y cada paso el círculo de un mandala que se va cerrando con la esperanza de, al final, encontrar a Isabel en el centro.

              ¿Pero qué es la mezcla de recuerdos y expectativas más que una de las formas que adoptan los sueños? O, más bien, la mezcla es el sueño de un sueño. ¿Y en qué se transformará ese último sueño si se consigue alcanzar el momento de soñarlo? Desde un fondo onírico, pero realista por la contundencia de la sensación que produce, llegamos a comprender y a sufrir cómo los sueños son tan reales como inasibles.

              En ese proceso que se va construyendo palabra a palabra, cada una forma, además, las diferentes historias que Isabel, su lucha por la vida, que es también la lucha de cada sociedad. A la vez, la actitud de Tadeus es la lucha por el presente y quién sabe si por el futuro, porque es la lucha contra el olvido, porque Tadeus, buscando a Isabel, trata de deshacer el olvido que los ha separado durante toda una vida: cuando no sabes nada de la vida de una persona a la que te sientes inevitablemente vinculado, tratas de reconstruirla recopilando información que se sostiene con la argamasa de las conjeturas. Quien no tiene la realidad, debe conformarse con imaginarla. O con soñarla. Cuando ya no pueda perfeccionar más su sueño, habrá llegado al centro del mandala y solo le quedará la despedida y el recuerdo del propio sueño.