En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 14 de noviembre de 2022

La llama de Focea – Lorenzo Silva

 



Cuando un personaje alcanza la proyección de Rubén Bevilacqua se abre la oportunidad, que Lorenzo Silva ya aprovechó en la anterior novela de la saga, de dar a conocer el pasado de alguien que (cómo dudarlo con tantas novelas de éxito detrás) interesa a los lectores.

Si en El mal de Corcira supimos de las andanzas de Bevilacqua en el País Vasco en sus inicios en la Benemérita, en La llama de Focea sus recuerdos se remontan a su pasado inmediatamente posterior, con el traslado a Barcelona. La técnica en ambos casos es similar: el delito sobre el que Bevilacqua debe trabajar –un presente que transcurre a comienzos del otoño de 2019, cuando está a punto de conocerse la sentencia del procés– trae a su cabeza –viajes mediante- los recuerdos de aquella otras época, en la Barcelona  de finales del siglo XX, conflictivos en lo personal y en lo laboral; de esto último algo supimos ya en una novela muy anterior, La marca del meridiano, por lo que es lo personal lo más llamativo en esta ocasión. La descripción de los sentimientos que produce la infidelidad en quien traiciona a su pareja me ha parecido especialmente lograda. Y el detalle de un par de epifanizaciones ante un antiguo «amor imposible» tras muchos años de incomunicación también tiene su puntito para reflexionar sobre madurez e inmadurez y sobre las películas que cada cual se monta con su pasado cuando se ve perdido en su futuro.

La llama de Focea comienza con el asesinato, en el Camino de Santiago, de una joven que resulta ser hija de un corrupto barcelonés devenido independentista y con contactos de lo más dudosos, que lo mismo pueden servir –duda todo el mundo, incluido el lector- para llenarle el bolsillo que para alborotar el cotarro político y callejero.

Como es marca de la casa, la investigación tiene un elevado tono realista en la que los tiempos los determinan los procedimientos periciales, y entretanto los días son aprovechados por Bevilacqua, Chamorro y compañía para recabar las pruebas testificales. La investigación suele seguir un camino lógico que conduce a unas conclusiones lógicas (y poco sorprendentes, porque pronto se ha identificado el rumbo), pero Silva ha tenido la capacidad de mantener la sorpresa no jugando con los procedimientos policiales –que mantienen su halo de realismo- sino complicando la realidad que esos procedimientos investigan, lo cual provoca unos giros finales sorprendentes y que se agradecen, a pesar de la no tan realista entrevista final entre el protagonista y cierto señor que conocerá quien lea la novela (sobre esto me pregunto si no volveremos a saber de este caballero en el futuro).

El crimen se comete en el Camino de Santiago, pero la protagonista es Barcelona. Me ha parecido estupendo, porque una ciudad es más evocadora a los propósitos que se persiguen. Uno de ellos, no menor, es abordar un tema que ahora está bastante chuchurrido en comparación con hace un lustro (y más tras ser aplastado por la pandemia) pero entonces provocó una tensión social sin precedentes en la democracia: el procés; esa cosa que nadie sensato creía posible, defendible ni deseable, pero que, ante el silencio de la sensatez, acabó siendo creíble para cientos de miles de personas que con tanta fe como ausencia de razonamiento creyeron también que las reglas democráticas se pueden modificar e improvisar «a instancia y en interés de parte». El caso es que en medio de una conmoción social desconocida al menos por dos generaciones se declaró la independencia, y quien había promovido y liderado el chusco camino que condujo al desaguisado, en lugar de tomar ni una sola disposición al respeto tras la declaración, en lugar de lanzar arengas solemnes y emotivas, en lugar de hacer llamamientos a unos y otros para intentar allanar el camino a la prometida nueva realidad, en lugar de intentar ser uno de esos líderes cuyas futuras estatuas los representan mirando al horizonte donde se vislumbran sueños e ideales, en lugar de todo eso, digo, el hombre se largó a tomar vinos por su ciudad para a continuación, y sin solución de continuidad, poner pies en polvorosa por si las moscas. Trágico y sin épica. Berlanguiano. Quiso el aprendiz de brujo parir una tormenta de truenos y, cuando toda la sociedad se disponía a afrontar el temporal, el héroe se tiró un solemne pedo. Tras el cual, en lugar de llorar de impotencia, se fue de copas con una sonrisa de a oreja a oreja, como si no hubiera esperado otra cosa de sus conjuros. Y adiós. En cualquier caso, sea como sea, aquellos meses fueron un desastre para toda la sociedad española. Sigue habiendo cafres en todos los frentes, pero quiero pensar que unos cuantos han abandonado sus posicionamientos radicales al haber advertido que la democracia no es un sistema para que quien tiene la mitad más uno de los votos haga lo que le dé la gana, sino un mecanismo para garantizar la convivencia entre quienes tienen ideas y pretensiones distintas e incluso incompatibles. La democracia no tiene por principal objeto dar satisfacción a sueños ideológicos, sino permitir la convivencia. Silva deseaba meterse en este jardín, como en la novela anterior lo hizo con el tema de ETA, y lo ha hecho poniendo en boca de su personaje una serie de reflexiones a mi juicio bastante sensatas que apelan al sentido común y, sobre todo, a la necesidad de informarse, de conocer bien el pasado, de conocerse a uno mismo y de conocer al otro. Difícil es la convivencia cuando nadie se molesta en conocer las razones de nadie. Ni siquiera las propias.




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