Bellísima novela escrita de un modo que aúna complejidad, sencillez y delicadeza. Cuánto cuenta sin contar nada más que unos cuantos años de la vulgar vida de Natalia, una joven huérfana de madre que, en las fiestas de Gracia de algún momento cercano a los años treinta del siglo pasado conoce, en la plaza del Diamante, a Quimet, con quien se casa un año más tarde. Luego llega la República, los hijos, la guerra… Y la guerra se lleva por delante cuanto había. Tras ella, ¿es posible reconstruirse?
Merçè Rodoreda (1908-1983) que no tuvo una vida fácil, especialmente como consecuencia de la Guerra Civil y la posterior dictadura, escribió «La plaça del Diamant» en 1962, en catalán. La obra es, pues, deudora tanto de la época en la que está escrita como de la que sirve de marco a la historia. Deudora por lo que cuenta y por lo que reivindica.
No hacen falta muchas líneas para percibir que Natalia no es dueña de sí misma por ser mujer. Solo es dueña de un tonto azar: el de ir o no a la plaza del Diamante a bailar. Allí Quimet la elige y ella termina por aceptar sus pretensiones tras una evaluación con poco margen porque lo pragmático está muy por encima de lo emocional. Pronto sabemos que Quimet es celoso hasta lindar con el peligro y que Natalia se somete sin apenas vacilar. Además, Quimet anula la personalidad de Natalia hasta hacer de ella «Colometa» («Palomita»), y, para colmo, llevado por sus aficiones e ingenuos sueños de prosperidad convierte el hogar familiar en un repugnante palomar. Sin embargo, ninguno de los dos es individualmente culpable, porque son personas de su tiempo que no pueden ser nada distinto a los hombres y las mujeres de esa época entre otras cosas porque tampoco su escasa formación les ha puesto en disposición conocer y perseguir ningún ideal. Son carne de cañón, aunque, lógicamente, la vida es más satisfactoria para Quimet, que al fin y al cabo hace lo que quiere dentro de la corriente que lo lleva, que para Natalia, siempre sometida a su marido.
El entorno del matrimonio son los amigos de Quimet, personas muy similares a ellos, obreros de baja extracción social, trabajadores, siempre dispuestos a echarse una mano entre sí, aunque en esto Quimet es el más disperso, si puede decirse así.
Natalia y Quimet se ganan más o menos la vida gracias al trabajo de Quimet como ebanista y al de Natalia como criada en la pintoresca casa de unos rentistas, pero tienen ambición de mejora. El problema es que si Natalia ha tenido el realismo de buscar la mejora buscando ese trabajo, las ocurrencias de Quimet se van una y otra vez por el sumidero de los cuentos de la lechera.
Hasta que llega primero la época final de la República, cuando el enfrentamiento social es ya abierto y, posteriormente, la Guerra Civil y un sinfín de angustiosas penurias que son lo mejor de la novela por el modo en que Rodoreda muestra cómo el afán de supervivencia se enreda con el sentimiento de dignidad permitiendo que sea la penuria la que muestre la valía de cada persona.
Este drama tan hermosamente contado continúa en los inicios de la postguerra. Todo ha quedado arrasado. No queda más que hambre, vacío y desesperación. Hay tan poco, en lo material y en lo emocional, que ni siquiera las personas tienen con qué reconstruirse.
Y así está Natalia, con un pie en el abismo y otro en la nada.
¿Qué la salva? El modo en que la miseria ha hecho conscientes a muchas personas de la dignidad de todos. Especialmente de la dignidad de los más desesperados.
Llegados este avanzado punto de la novela se abre una nueva normalidad que para el lector resulta esperanzadora y, sin embargo, no lo es para Natalia. ¿Por qué? Porque cuando hablamos de reconstrucción personal… ¿A quién debe reconstruir ella? ¿A Natalia o a Colometa? ¿A la chica que una noche fue a la plaza del Diamante a bailar o la esposa, madre, y antigua sirvienta caída en la soledad y la miseria?
Que la vida puede desbordarnos con facilidad hasta el punto de destruirnos emocionalmente es algo sabido. Que reconstruirnos es difícil, también. Pero no lo es tanto que muchas veces el problema es no saber qué quiere uno reconstruir, qué quiere uno hacer de sí mismo cuando hasta lo que le limitaba se ha derrumbado. Natalia no era Colometa, pero había llegado un momento en el que Natalia también era Colometa.
La novela se cierra del mismo modo hábil, eficaz, discreto y delicado en que ha transcurrido toda la narración, como si las palabras se retirasen para dejar paso a la primera luz sobre la solución.
Una grandísima novela.

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