¡Pobrecico Sender, que publicó esta obra en 1964, cuando no estaba de moda (supongo) la novela histórica! Si no, se hubiera comido a casi todos con patatas. Aunque, quizá, un excesivo éxito de esta novela (que vio la luz en una editorial neoyorquina) hubiera sido contraproducente en España para su autor, porque, pretendiéndolo o no, desmitifica uno de los mitos fundacionales del nacionalismo español: el «Descubrimiento» (épico término no usado en ningún otro proceso de colonización de territorios «ignotos», es decir, hasta ese momento incomunicados con el colonizador), la creación de un «imperio donde no se ponía el sol». Esta «gloria» es el «lógico» corolario de atribuir forzadamente a los Reyes Católicos los valores del nacionalismo español: unidad, pureza étnica y pureza religiosa y cultural.
Con esta filípica queda claro que la historia de Lope de Aguirre, un personaje real a quien no conocía y que inspira la novela, no es precisamente ejemplar.
El título responde al contenido: el protagonista es Lope de Aguirre, inicialmente un piernas nacido en 1510 en Oñate al que el lector conoce años más tarde, ya en Perú, cuando, como dicen las biografías, es «explorador» y «descubridor»; o sea, «aventurero». Y su aventura discurre por el ecuador, por la «línea equinoccial», franja donde las noches duran lo mismo que los días durante todo el año, lo cual, unido al calor y la humedad sofocantes y a algunas otras cosillas como las siempre oscuras noches llenas de insoportables ruidos selváticos, permite justificar, a ojos de los personajes, que todos anden un pelín tarumbas.
Sobre las fuentes de Sender no voy a decir nada porque la introducción es clara, porque carezco de capacidad para juzgarlas y porque lo que a mí me interesa y me ha fascinado es el enfoque de la evolución humana que Sender da al personaje.
Pero para exponerla he de contextualizar. La «aventura equinoccial» es un viaje, río abajo, desde el río Marañón, en Perú (que, a partir de su confluencia con el Ucayali, aún en Perú, se transforma en el Amazonas) en busca de El Dorado. La expedición, formada por varios centenares de soldados españoles, otros varios cientos de indios llevados como mano de obra y carne de cañón y un notable grupo de esclavos negros con funciones muy específicas, está al mando de un joven oficial, Pedro de Ursúa, que se hace acompañar de su bella amante. En algunos sitios se habla de esta expedición como si realmente buscara El Dorado y en algún otro se dice que fue la excusa para enviar al diablo a lo mejorcico de cada casa, incluido Lope de Aguirre, interpretación que choca con el elevado coste del viaje (¿Quién iba a gastarse tanto en despachar a la morralla? ¿O alguien fue engañado?). El caso es que cuando comienza la aventura Lope de Aguirre es ya un hombre mayor, sobre los cincuenta años, casi un anciano para la época, que viaja acompañado de su hija de doce o trece años y un ama; tiene fama de conflictivo o «loco», y también cierto rango que resulta ofendido por el primer empleo que recibe en la misión. Mala cosa, porque es también y sobre todo un tipo resentido con la vida: pequeñajo y enclenque, se fue de Oñate buscando fortuna y, mientras otros la han hecho, él solo ha sacado quedar lisiado y malviviendo, así que su amor por el poder establecido es más bien escaso, lo cual incluye al Rey de España y al Virrey de Perú. Es por eso por lo que llega un momento en el que acaba haciéndose con el poder de la expedición y cambia su destino por el que el hombre llevaba rumiando desde el principio: ganar el Atlántico para remontar la costa hasta Panamá y, desde allí, pasar a pie a Perú, derrocar al virrey e independizarse del Rey. Sin embargo, lo que ha caracterizado a Lope de Aguirre ante la historia no ha sido esta ambición sino su crueldad (sin perjuicio de que algunos iluminados lo consideren un precursor de los procesos de independencia). Acompañar a esta gente en el viaje a través de Google maps me ha permitido, más que conocer el Amazonas, cosa complicada, «visitar» el actual territorio venezolano, del que tanto se habló desde el día siguiente al que terminé la novela, debido al secuestro, pactado o no, a saber, de Nicolás Maduro por parte de los Estados Unidos de Trump y a la lamentable ruidera que las interesadas prisas diarréicas de algunos sectores montaron.
A grandes rasgos esta es la historia conocida, sobre la que se pueden construir tantas novelas como interpretaciones del personaje y de sus motivos se den. La construcción del Lope de Aguirre de Sender es tan interesante que no me extraña que Werner Herzog y Carlos Saura la adaptaran al cine en 1972 y 1988 respectivamente.
Para el lector la expedición tiene el atractivo del viaje, quizá sin retorno, hacia lo desconocido. El lenguaje de Sender es una maravilla. Escribe diáfano, rico y claro, como sin esfuerzo, cuando lo que narra es complicadillo. Volviendo al viaje, es un viaje de todo o nada movido por el ideal y la codicia, donde la lucha por la supervivencia solo es un acierto si el viaje culmina con el «todo». La movilización de alrededor de un millar de personas en embarcaciones precarias, con caballos, perros, ganado y más bienes de los que cualquiera pudiera imaginar es ya de por sí un espectáculo, una epopeya bajo un clima infernal y un ambiente hostil: un río inmenso y peligroso, con corrientes, cocodrilos y pirañas, una selva impenetrable plagada de fieras y animales venenosos, y tribus nativas que, en el mejor de los casos, los recibían con la alegría, ejem, con que se recibe al saqueador. Más allá de los personajes, la descripción del viaje es fantástica y, para quienes no estamos familiarizados con la época y lugar, permite hacerse una idea cabal de mínimos (espectaculares) y del alcance de nuestra ignorancia.
Desde el apresurado retrato que de él he apuntado, la evolución de Lope de Aguirre tiene dos fases. La primera es la del tipo acomplejado, resentido y tan mediocre que no acierta más que a culpar a otros de su propio fracaso. Esos otros son el Rey y, por extensión, cuantos están por debajo de él y por encima de Lope. El viaje es, lógicamente, tan accidentado que las ocasiones para encontrar problemas y alimentar el resentimiento se suceden. Pero, así como el buen señor no ha tenido la habilidad suficiente para satisfacer sus ambiciones, en cambio sí es un maestro cizañero, y la cizaña crece bien en la selva debido, qué fácil es la broma, a la ley que rige en ella. Llamar a la observancia de las normas a más de un millar de personas en condiciones cada día más complicadas, que no saben si avanzan hacia un destino o hacia la muerte y sometidas al dictado de un líder carente de experiencia y cuya legitimidad proviene de un Rey que ni está ni se le espera en esos andurriales, no es fácil. El señuelo de salvar el pellejo es fabuloso para alimentar cualquier rebelión. Lope de Aguirre lo sabe, y sabe también que las penurias de los expedicionarios contrastan con la dulce molicie de los capitostes establecidos en Perú y, no digamos ya, en la corte del Rey en la España de la que han salido todos, tan confortable en comparación con la locura selvática. Como experto intrigante, usa estas ideas sin dudar, si bien, aunque habilísimo para socavar la autoridad ajena, es un desastre para mantener la fuerza e integridad del grupo. Lope de Aguirre es un gran destructor que no sabe construir nada. Pero es también, aunque loco, un tipo calculador: en ningún momento da la impresión de creer en El Dorado (en realidad, ni él ni muchos otros), pero desde el primer instante es consciente de la oportunidad para la rebelión que para él supone el viaje.
Cual termita, acaba corroyendo todo hasta que llega el momento en que, tras un notable catálogo de intrigas, arbitrariedades y crueldades, queda al frente de la expedición. Ahora el tipo mediocre y resentido ya no tiene a nadie por encima quién echarle la culpa. Ahora su suerte está en sus propias manos. Sus proyectos ya los he anunciado, pero no que en ese destino que cree merecer guarda un lugar especial para su hija, la única persona por la que bebe los vientos hasta el punto de que la confianza de la chica en el miembro de la misión que la atiende transforma a este (que además es un tipo lo bastante inteligente como para leer el carácter de Lope y saber manejarlo) en la persona de la máxima confianza del nuevo líder. La hija, digo, está llamada a representar y alcanzar la posición que Lope de Aguirre, por razones de edad, no podrá disfrutar mucho tiempo. Aunque, bueno… Hay en él algo más fuerte que el amor a su hija: su insensato orgullo.
Así comienza la segunda fase en la evolución del personaje. ¿Cómo le afecta al ejercicio de poder? Pues como una botella de ginebra a una ardilla. Los argumentos de antaño se convierten en dogmas, y, como buen mediocre, para cada problema no encuentra una solución sino un culpable (que ahora, qué remedio, siempre está por debajo de él). Y, lo que es peor, también encuentra culpables para los problemas que solo pasan por su imaginación cuando es presa del miedo a perder su posición. Lope de Aguirre se convierte no en un cruel tirano, sino en un tirano cruel y enloquecido, tan arbitrario y despiadado que labra su propia ruina porque ni el más fiel y leal puede confiar en unas neuronas tan destartaladas como la suyas.
Como entre enfermedades, accidentes e intrigas la expedición no había cesado de dejar cadáveres a su paso, el elenco de personajes se había ido reduciendo cada vez más, hasta que al final de la novela solo quedan los necesarios para que provocar las situaciones límite, cuando ya no se puede poner a nadie en medio, en las que todos terminan por retratarse definitiva e irrevocablemente. Especial y horriblemente, Aguirre.
«La aventura equinoccial de Lope de Aguirre» es la aventura del mediocre envidioso y acomplejado, incapaz de sobresalir siendo mejor que nadie, por lo que recurre a la «poda». Como es lógico, una vez en la cúspide el mediocre no encuentra la gloria sino, solo, la ocasión de demostrar a todos su infinita mediocridad. Incapaz de asimilarlo busca culpables a diestro y siniestro, generando un desastre mayúsculo del que, lógicamente, acaba siendo víctima.
¿Qué queréis que os diga? A mí, en estos tiempos, esta novela me parece una alegoría de lo que está ocurriendo en muchas partes y, singularmente, en Estados Unidos: el proceso por el que un incapaz accede al poder suele pasar por la manipulación y el engaño; y una vez en él intenta ocultar las pésimas consecuencias de su incapacidad echando la culpa de cualquier problema hasta al arcoíris, y montando un cisco mayúsculo contra los supuestos culpables del que nadie sale bien parado.
Una novela buenísima en la que el marco es tan brillante como el argumento.

No hay comentarios:
Publicar un comentario