En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 17 de julio de 2025

Estás en mis ojos - Angélica Morales


El título, bien bonito, podría ser una declaración de amor de la autora o de uno de los personajes, Isabel, a Hélène Roger-Viollet, fundadora de la Agencia Roger-Viollet (creada en 1938 y aún en funcionamiento), en la que han puesto sus ojos una para dedicarle esta novela y la otra para algo parecido. Pero también podría ser una alusión al mundo entero, que está en los ojos de la protagonista a través del objetivo de su máquina fotográfica. Incluso podría pensarse, por alguna mención, que alude a una vetusta teoría según lo cual en los ojos de cada muerto queda grabado lo último que han visto. Y bien podría ser, porque el libro comienza por el final de Hélène Roger-Viollet.

Con esta novela Angélica Morales continua con la buena idea de inspirarse en mujeres reales, importantes en su ámbito pero desconocidas para la mayoría de los lectores. Una mezcla de reivindicación, historia y ficción que antes, mucho antes, solo había encontrado y por casualidad en Carmen Posadas («La bella Otero»). Con esto no quiero decir que no haya más novelas así, sino que no las conozco quizá porque, en general, no hayan alcanzado la difusión y el reconocimiento que merece el nivel de Angélica. Un nivel elevado, y que quizá podría serlo aún más, porque se nota su debate entre hacer una novela accesible al común de los mortales y dejarse llevar por la lírica contundente y hasta a veces violenta que salta a la vista en otras de sus obras. En cualquier caso, ha conseguido un equilibrio harmonioso inclinado hacia lo primero, con un deje que la distingue para bien de los simples redactores eficientes de historias.

La novela comienza (nada descubro porque ya lo avisa la sinopsis) en 1985 con la muerte de Hélène Roger, ya octogenaria, a manos de su marido y socio, Jean Fisher. En el escenario del crimen aparece Isabel Santolaria, una policía francesa de ascendencia española (originaria de Hecho, en el pirineo oscense) que mantiene una relación un tanto obsesiva con un colega que se cree su propietario. Los hombres, además, la han marcado para mal también a través de la figura del padre, logrando así, que no haya hombre que pueda cruzarse con ella que no le resulte digno de toda duda y sospecha.

La acción primero oscila entre ese presente de 1985 y la juventud de Hélène Roger-Viollet allá por los años 20 del pasado siglo (conocer a Jean, aventurarse en el mundo de la imagen, retratar su temperamento atrevido y determinado…) para, más tarde, dar un salto de 34 años en la vida Isabel, que de ser una joven policía es ya una sesentona dedicada a lo que sabrá quien lea la novela, y que acaba relacionado con una retrospectiva que no sé si está detrás de la inspiración de la autora, que tuvo lugar en 2021. Aquí tenéis un artículo de La Vanguardia sobre ella y otro de agencia.

Ambas vidas, la de Hélène Roger-Viollet y la de Isabel, tienen en común la presencia de hombres violentos e intimidatorios, que no aceptan vivir en pie de igualdad con las mujeres por las que se interesan, y, también, que estas mujeres son capaces de rodearse de otras para salir adelante entre todas. En el caso de Hélène Roger-Viollet, pese a su feroz individualismo se apoya en la mujer que acaba siendo su sucesora y años después reintroduce a Isabel en la historia; y, en el caso de ésta, encuentra apoyo y consuelo en la asendereada vecina, también de origen español, y en las mujeres de su propia familia. Por cierto, cualquiera que siga a Angélica Morales en las redes o haya leído según qué entrevistas suyas, se preguntará si, a través de alguno de esos personajes no homenajea a alguna persona de su propia familia y de su entorno.

La secuencia de saltos temporales y entre historias, los saltos espaciales que permiten la profesión de la protagonista  (París, España, Argel, Cuba, Hecho…) y la dupla protagonista, así como la adecuada dimensión de los capítulos permiten una lectura ágil y el mantenimiento del interés. Esto último es importante destacarlo porque «Estás en mis ojos», aunque utiliza esta técnica tan frecuente, apuesta por la narrativa, por la literatura, por el placer de contar más que por intrigar al lector (exigencia siempre sospechada en las grandes editoriales, que viven de atrapar y enganchar porque están más preocupadas de lograr clientes que lectores). Aquí se adivina, o eso me parece a mí, que Angélica ha jugado con esa exigencia arrimando el ascua a su sardina, que es la sardina literaria: ha escrito una buena historia, no una historia con intriga artificial, aprovechando que las buenas historias se bastan y sobran, porque cualquier vida encierra suficiente inquietud sobre su propio futuro como para interesar a cualquiera si está bien contada. A fin de cuentas, por más normalicos que seamos, ¿hay historia que nos interese e intrigue más que qué va a ser de nosotros?

    A esto juega Angélica Morales: a escribir sobre emociones, que es la parte más importante de la vida. Pero consigue más, claro: nos explica la diferencia entre ser hombre y mujer, diferencia que está detrás del cambio social más grande jamás conocido, y, sobre todo, nos saca un poco de la ignorancia dándonos a conocer la historia real de una mujer que fue singular y que, precisamente por haberlo sido, ahora ya no lo sería tanto. Ese es su logro y el de todas como ella.

    Una novela de las que se recuerdan. Estás en mis ojos, «Estás en mis ojos».

    

lunes, 20 de marzo de 2023

La casa de los hilos rotos – Angélica Morales

 


     Otti Berger (1898-1944), olvidada tejedora y artista textil de origen húngaro que alcanzó el éxito a partir de su experiencia como alumna y luego profesora en la Bauhaus, es una de las dos protagonistas de esta historia. La otra es la peripecia familiar, que transcurre en el tiempo presente, de una mujer joven, Penélope, cuyas relaciones con su madre son entre malas y peores; y quien, a cuenta de la venta de una vieja casona, acaba remontando la memoria de la vida familiar hasta enlazarla con la de Otti.

     La casa de los hilos rotos es así, por una parte, una biografía novelada de Otti Berger, con el atractivo de encontrar como personajes a unos cuantos artistas famosos de la época de la Bauhaus (Gropius, Mies van der Rohe, Kandisnki, Klee…); y, por otra, es una obra donde el lector, además de preguntarse qué va a ser de Otti en sus relaciones con su vocación, con el éxito y, más tarde, con el nazismo, desea saber qué pasó en esa familia catalana, la familia Ribó, donde las relaciones están prácticamente rotas y todos parecen presos de un pasado oscuro que ocultan a los otros. De este modo, la acción transcurre entre la actualidad y sucesos de hace aproximadamente un siglo.

    El planteamiento es ambicioso y bien resuelto. Cubre de sobras el objetivo de rescatar del olvido a Otti Berger, y la historia de Penélope, tanto por su planteamiento como por el modo brillante es que es resuelta hace que ambas historias converjan no solo por razones argumentales muy bien traídas y nada forzadas, sino también materiales: la idea de fondo, visible en cada página, se da tanto en los hechos de principios del siglo XX narrados como en los de principios del XXI, porque hay cuestiones que vienen evolucionando desde hace siglos y en las que cada vida es una pieza de una construcción inacabada pero que no deja de crecer: me refiero al modo en que el papel de la mujer ha ido evolucionando teniendo como guía el objetivo de que ser mujer no impida o dificulte desarrollar y disfrutar su propia identidad.

     En este sentido, en algún sitio he leído que esta es una novela feminista. Si lo es (el término es cualquier cosa, menos pacífico), lo es con inteligencia, porque no reivindica explícitamente nada, no espolvorea entre sus páginas ni eslóganes ni soflamas, no repite ideas mil veces reiteradas en otros mil sitios al hilo de la enorme actualidad del tema: solo muestra situaciones, solo cuenta hechos. Los hechos que conforman la vida de las protagonistas. Y como los hechos hablan con más contundencia que las proclamas, algo tan aparentemente simple como contar así una historia -real, en la parte que toca a Otti Berger- aporta a la construcción secular que antes citaba un granito de arena de más volumen que infinidad de estadísticas y discursos.

     Por último, quien haya leído algún texto de Angélica Morales reconocerá en las letras de La casa de los hilos rotos su claridad y concisión en la exposición de los hechos, siempre carentes de adornos innecesarios. Angélica deja caer las situaciones con la contundencia y naturalidad de lo inevitable, sin otro paracaídas que el lirismo que salpica el texto con metáforas de resonancias poéticas que, además, transmiten al conjunto cierta melancolía. Esa es precisamente la sensación que deja esta novela: Melancolía. Porque ni la vida ni la historia han sido justas con Otti Berger, ni con tantas otras mujeres representadas por el resto de personajes.

     Una muy buena lectura.




martes, 6 de diciembre de 2016

Palillos chinos - Angélica Morales




Me resulta complicado hablar en pocas palabras de Palillos chinos. Una historia de historias contadas desde prismas cambiantes que nos hacen ver a los personajes tanto desde fuera como desde dentro.  Todos comparten, o más bien sufren,cierta insatisfacción vital. Incluso quienes aparentemente han alcanzado el éxito ven orientados sus pasos hacia no saben muy bien dónde en busca de no saben bien qué ni por qué. Encontramos al famoso escritor de best sellers, a agentes artísticos que sobre todo se venden a sí mismos, a un chico chino que nada tiene que ver con China aparte de sus rasgos, a una inmigrante china encerrada en sí misma no solo por ella misma, a una pareja de guardias civiles lesbianas donde la fidelidad es solo cosa de una, a una anciana que ha decidido ser actriz a las órdenes de Alex de la Iglesia, a un poeta cubano, a cubanos que no son poetas aunque a alguna mujer se lo parecen, críticos literarios, escritores de medio pelo y escritoras premiadas, adolecentes que comercian con sexo y sentimientos, mujeres ancianas, mujeres maduras que les cuesta aceptar que lo son y en el proceso huyen a ninguna parte y a todos los brazos... Un cruce de historias centradas en Huesca –sobre todo-, Zaragoza y Madrid, donde conocemos escenarios como un restaurante chino idéntico a tantos otros hasta en el nombre -como para simbolizar que todo intento de destacar está condenado al fracaso-, donde visitamos residencias geriátricas, el paraninfo de la Universidad de Zaragoza, el parque de Huesca con su casita de Blancanieves, hoteles o un piso de estudiantes. Los españoles, lo mismo que los inmigrantes que pueblan esta historia, parecen añorar no se sabe si un destino soñado o un paraíso perdido, y lo hacen con las armas que tienen a mano: las decisiones del día a día, a menudo impulsivas, cuando no alentadas con esa «desesperación durmiente» que late en todo ser humano y que se empeña en susurrarle al oído que, por más que se esfuerce, no va a encontrar solución definitiva a sus dudas, lo que hace  de muchas decisiones meras huidas, muchas de ellas a la compañía en la cama y fuera de ella.

Angélica Morales
                No voy a hacer un esbozo de las principales historias que se entrecruzan. Es mejor que el lector se enfrente directamente ellas y averigüe o intuya él solito qué mueve a cada cual en cada una. Si tuviera que apostar, diría que es la búsqueda del afecto unas veces y otras de algo que se le parece en sus efectos aunque sea distinto: el reconocimiento por parte de otras personas. Y en esa búsqueda, la confusión entre lo emocional, lo afectivo, lo sexual e incluso lo profesional acaba de desorientar, pero no tanto como para que las personas no se sigan buscando entre sí como si no hubiera solución más allá del grupo. Quizá eso es lo más bonito: ver cómo siempre, sean cuales sean nuestras circunstancias, todo el mundo anda igual de desorientado aunque todos, al final, actúen de modo similar, como las hormigas de la portada realizada por José Manuel Ubé.

                Pensad en todo lo anterior antes de que la forma del libro os despiste. Una mezcla entre el diálogo y el verso libre que entraña cierto peligro por la generalizada falta de costumbre de leer poesía; esa falta que hace que tantas personas se detengan al final de cada verso como si hubiera una coma o un punto. Angélica Morales, intencionadamente, no se ha prodigado en los signos de puntuación, dejando margen al lector, como en una versión teatralizada, para que exprese las ideas a su propio ritmo. De ahí que el resultado sea muy distinto según sea lea con un ánimo u otro: para disfrutar de Palillos chinos hace falta leer con la calma del que quiere disfrutar del paisaje, más que con la prisa de quien quiere que le cuenten una historia.

                Os dejo un vídeo de la presentación en la Librerías Anónima de Huesca, a la que tuve la suerte de poder asistir hace más o menos un año. Id al minuto 21 y escuchad el fragmento de un minuto leído por Angélica: resume lo que es Palillos chinos mucho mejor que todas mis palabras.