En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 21 de marzo de 2024

El código Twyford – Janice Hallett

 


Los cazadores de erratas se pegarán un tiro con este libro o, por el contrario, disfrutarán con él como un gorrino en un barrizal. ¿La razón? De haber errores serían indistinguibles en este maremágnum de «meteduras de pata» intencionadas.

Lo entrecomillo porque la gracia de una parte enorme de este libro es que está constituida por la «transcripción automatizada» de un montón de archivos de voz (¡lo que habrá tenido que sudar Janice Hallett para expresarse tan horrorosamente!) y el programica en cuestión (cuyas «características técnicas» nos ofrece al principio la autora, en un pintoresco ejercicio de manual de instrucciones) es un pelín torpón y de una sosería solo comparable a la simpleza y la gravedad del tono del hablante. Pero, claro, ¿qué puede esperarse de la expresividad de un tío que pone el mismo entusiasmo en contarle al teléfono que ha comido lentejas o que sospecha que alguien desea matarlo?

Los archivos de voz corresponden a un señor, Steve Smith, expresidiario, niño medio abandonado «rescatado» por una familia de mafiosos, cuya relación con las letras y el conocimiento en general es más bien obtusa. Por eso casca tanto, porque se le da mal escribir. Y no solo lo hace usando archivos de voz a modo de diario, sino que, además, cual vulgar Villarejo, tiene la costumbre de grabar en su teléfono todas sus conversaciones, sean cuales sean las circunstancias y los interlocutores.

La unión entre las cortas entendederas del protagonista, las limitaciones del programica que transcribe chapuceramente sus conversaciones y soliloquios y lo fragmentario de la información dan como resultado un diario algo exasperante. De él se deduce que el buen señor, siendo un niño, se topó con un libro de una tal Twyford en un autobús verde. El libro, que contaba la historia de «los seis», encandiló a la profesora que se ocupaba de unos pocos chavales con problemas de aprendizaje; entre ellos, el protagonista. Eso sí, dijo que era un libro peligroso (¡tachán!) Treinta y tantos o cuarenta años después, al buen señor se le cruza el cable preguntándose por qué desapareció la profesora durante una excursión precisamente a la que había sido casa de la tal Twyford. En fin, que el hombre comienza a hacer cosas raras, a escarbar en el pasado, a contactar con sus antiguos compañeros, cuya mollera ha mejorado notablemente en comparación con la suya, y al lector se le traslada la manoseada historia de que la gente, cuando quiere ocultar algo importante, se dedica a desperdigar señales para que alguien, el elegido, el designado por el Destino, deambule por medio mundo dando tumbos bajo los auspicios de la diosa Chiripa hasta que encuentre, en los sitios más insólitos, y en su debido orden, todos y cada uno de los simbolitos-guía y (¡otra vez tachán!) localice el «tesoro». La idea estaría muy bien cuando ese alguien ocultador hubiera designado al elegido para la gloria y al menos le hubiera dado alguna pista para comenzar a buscar, pero en esta historia los tontos son tan pitos que ni eso necesitan y además han sido seleccionados por el azar. Vamos, que tanta pista para que luego el código lo mismo sirva para los buenos que para los malos o los señores que pasaban por allí. Y ya, de paso, el desventurado protagonista, al tiempo que nos cuenta cómo fue su pasado, acaba enterándose de cuanto ignoraba sobre él.

En resumen, que tú vas a la pescadería y al ver una sardina dices, «¡Coño, una sardina!». Lógica sorpresa porque el cadáver del bicho es, sin duda, una señal que tú has detectado por espabilado, porque hace cuarenta años, lo último que te preparó Fulano para merendar antes de desaparecer fue un bocata de sardinas. Alerta gracias a esa evidente señal, comienzas a buscar y a detectar todas las sardinas que se cruzan en tu camino, aunque sea por alusiones, desde las del bar al nombre de la playa del Sardinero o a la raspa que dejó un gato en un lóbrego edificio abandonado. Y así, de sardina en sardina y pinchándote con las espinas, descubres la criptonita, un tesoro de los mayas o la fórmula de la Cocacola.

Que bajo el nombre y el perfil de Twyford se alude a Enid Blyton es tan evidente que no necesita la aclaración que la autora hace al final. Otra cosa es que, si las críticas a Blyton hechas desde el tiempo y los valores presentes (vaya maldición) se intentan compensar con homenajes como éste, la pobre Enid prefiera lanzarse al mar desde el acantilado más alto de la isla de Kirrin.

En resumen, respecto a la trama, típica yincana.

Otro problema es que lo mejor de la novela, el final, lo bastante original e inesperado para que el lector se sienta parcialmente recompensado por haber llegado hasta allí, parece protagonizado por un personaje distinto al conocido hasta entonces. Que el más tonto acabe siendo el más listo no es infrecuente, pero según lo listo que acabe siendo cabe preguntarse si ha sido él el que se ha hecho pasar por tonto o ha sido la autora (es por lo que apuesto) quien ha tomado por tonto al lector.

Por lo demás, la lectura es por momentos desesperante. Lo mejor que se puede decir del lenguaje es que es lo bastante soso y lo bastante bien destruido como para resultar desquiciante. Se dirá que es consecuencia de la fingida transcripción automatizada, pero es que son trescientas y pico páginas de «consecuencia». Quizá, eso sí, la lectura en inglés sea más llevadera, porque traducir un destrozo intencionado a un destrozo en español debe de ser complicado; a fin de cuentas, no sabes si fallar tiene penalización o recompensa.

Y, para terminar, una vez noqueada Enid Blyton con una amplia colección de especulaciones de las que no necesitaba ser rescatada, la cubierta del libro (no la faja, ¿eh?, la cubierta) proclama que, según The Times, Janice Hallett es la «Agatha Christie del siglo XXI». Esta afirmación sí que es un misterio, y no el de El Código Twyford.


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