El arte de destripar una novela alcanza cotas notables cuando desde la portada te observa un gorrino maligno y tardas pocas páginas en saber de la existencia de un inquietante verraco que responde al nombre que da título a la obra. Porque, a ver. ¿son los gorrinos más proclives a mordisquear al personal o a disertar sobre teorías socráticas? De la respuesta se deduce cuál ha de ser, antes o después, el menú del animalico.
La faja también se las trae. El «terror más negro y existencialista», en palabras de La Repubblica. Por si usted no tenía bastantes géneros donde perderse, fíjese ahora en la intensidad del negro y en si el oscuro es existencialista o esencialista. Por otra parte, es posible que esta novela haya ganado el «prestigioso Premio Scerbanenco», pero no que el Premio Scerbanenco siga siendo prestigioso. Por último, llamar «renovador de la novela negra» a un tipo capaz de almacenar en cuatrocientas livianas páginas la ingente cantidad de estereotipo y recursos facilones que hacen de «Lissy» un catálogo de situaciones y personajes comunes no sé si es una muestra de humor, un «sujétame el cubata» o si es que la faja la ha redactado la madre del señor D´Andrea.
Y para terminal con el envoltorio, de los elogios de la solapa solo caben dos conclusiones una vez leída la novela: o Luca D´Andrea tiene muy buenos amigos o en el mundo editorial hay demasiada gente pasando hambre.
Pues vaya ojo he tenido al elegir lectura, estaréis pensando. A la excusa de que fue un regalo debo añadir que Gorrinolandia tiene una ventaja: te entretiene sin necesidad de que debas utilizar el cerebro. Si lees en posición cómoda, relax completo.
La acción está situada a comienzos de los años 70 del siglo XX, siguiendo las últimas modas de volver a tiempos sin teléfonos móviles, lo que simplifica las cosas para los autores menos imaginativos: es más difícil que los personajes atribulados pidan socorro, es más complejo encontrar al personal perdido o perseguido… Esas cosillas. Aunque el único esfuerzo del autor por ambientar la novela consiste en citar tres o cuatro modelos de coche. El resto, igualico a si sucediera mañana.
Estamos en el Tirol, zona fronteriza. Un pie en Italia, otro en Suiza, otro en Alemania y otro más en Austria. Muchos pies, diréis, pero pensad que quien da título a la novela tiene cuatro. Zona de contrabandistas. Y zona, como todas en la que convergen tantas fronteras, propicia para ser criadero de malhechores, pues de un brinco cambias de jurisdicción y te ríes de todos.
La novela comienza dando cuenta de la existencia de uno de estos malvados individuos. Alguien podrido de dinero y que controla con soltura la producción del mal en los contornos. Herr Wegener es el primer estereotipo. Un malo malísimo de los de «he tenido que hacer asesinar a la cocinera porque me había puesto un macarrón de más. Probablemente la muy zorra pretendía acabar conmigo poco a poco subiéndome el colesterol». Como todo buen malo malísimo Herr Wegener es de una eficacia tan superlativa que de sus crímenes no hay rastro. En el ejemplo puesto la cocinera pasaría de cocinera a menú. De los peces. Hecha antes diminuto picadillo. En los alrededores de la mansión de Herr Wegener se debían de criar unas truchas como cachalotes.
Herr Wegener tiene una esposa joven y guapa (¿una chica joven y guapa? ¡Claro! ¡D´Andrea está renovando la novela negra!), la cual, debido a cierto asuntillo que como no soy la portada no voy a destripar, decide darse el piro.
No es lo único que se da Marlene, que así se llama la dama. También se da una monumental castaña contra un árbol en una carreterucha dejada de la mano de Dios. ¡Pobrecilla! ¡Justo a punto de cruzar la frontera! ¡Y ahí se ha quedado, todavía en los dominios de su malvadísimo marido! ¡Y con lo que está nevando! ¡Y con el frío que hace! ¡Menuda la que has liado, pollito! Pero, afortunadamente, es rescatada por alguien parecido al abuelo de Heidi: un tal Simon Keller que no se sabe muy bien qué hace por allí, al lado de un camino sin tránsito. ¿Qué hace allí él, en medio de la civilización, cuando vive como un ermitaño en una casita en la montaña más allá del quinto pino y hasta del noveno? En un lugar escarpado donde casi no llegan ni las cabras. El caso es que rescata a Marlene y, todo amabilidad, la conduce en una especie de expedición al K2 hasta el mismísimo culo del mundo, donde él vive tan ricamente al «estilo tradicional tirolés», dice la sinopsis para dar un poquito de glamour, pero sin especificar que la cosa consiste en habitar una cabaña apestosa, vivir del aire o de recolectar piñones como una ardilla, tener un huerto congelado y cubierto de nieve varios meses al año y disponer de un sótano en plena montaña para que vivan allí unos cuantos gorrinos que como no salen a pastar alguna manduca habrá que llevarles a los pobrecicos, aunque no se sabe cómo, porque allí solo es posible llegar a pie. O a pata. No se sabe qué provecho saca el hombre de tales criaturas, porque los cerdos, que yo sepa, ni ponen huevos ni se ordeñan. Para que te den de comer tienes que papeártelos. Y Simon Keller no es muy dado a hincarles el diente. Además, que al buen señor no se le llegue a ocurrir limpiar nunca el sótano da idea de que el «estilo tradicional tirolés» suena mejor que huele.
Si he de apostar, lo hago a que Luca D´Andrea no ha visto un cerdo en su vida. O a que el realismo le importa tan poco que lo mismo podría haber puesto en esas cumbres una granja de cocodrilos.
Como ya habréis supuesto, el malvadísimo Herr Wegener no se queda en casa gimoteando por la fuga de su amada Marlene, sino que decide localizarla y someterla a un tratamiento tras el cual, Herr Wegener, que también tiene su corazoncito, no volverá a probar una trucha del lugar. Pero ocurre, también, que el hombre igual no era tan dueño y señor de su feudo como parecía, porque para prosperar había decidido entrar en negocios con «El Consorcio», nebulosa agrupación de malos mucho más malos, poderosos y eficaces que él. Así que, como una esposa dada a la fuga lo deja en mal lugar, como un malvado demasiado incompetente, el buen hombre, de puro miedo, algo está a punto de añadir a los purines de la novela. Y en ese momento aparece en escena un «colaborador» enviado por El Consorcio para solucionar el desaguisado. Un tipo guapetón, amable y eficacísimo pero, por encima de todo, un autónomo. Y más cuadriculado… Que solo se le llegue a conocer como «el hombre de confianza» da idea del nivelazo y de lo que piensa el autor de la mente del lector.
D´Andrea ni siquiera aprovecha los espectaculares paisajes alpinos para recrearse en ellos o dar algo de información al lector. Que están muy altos, hay mucha nieve y no salgas que te pierdes. Hale. Eso es todo lo que tiene que contar.
Total, que la renovación de la novela negra se queda en que alguien persigue a alguien y al recurso constante al «nada es lo que parece». Es decir, el burdo truco de racionar la información.
Como podéis suponer, con tanto malo suelto alguno sobra pronto sin mengua de la tensión y, por supuesto, el abuelo de Heidi alguna rareza ha de tener para que la pobre chica protagonista y víctima de la persecución no se pase las páginas roncando frente al fuego.
Y rarezas, Simón Keller tiene unas cuantas. Yo diría que incluso en la genética. Quedan ignotos los dos mayores misterios que lo rodean: cómo sus antepasados lograron encontrar en aquellos andurriales por los que nunca pasa nadie personas con las que aparearse y reproducirse y cómo es que en el sótano de Gorrinolandia permanece intacto, sin pudrir por la humedad ni comido por las bacterias de los gorrinos, el legado en papel de la familia regadera.
Lo que la imaginación del autor no alcanza a remediar queda apañado recurriendo a hacer posible lo imposible sin mediar explicación. «Si te duele el pie, échate la pierna al hombro», me decían de pequeño cuando me quejaba sin motivo. Aquí esto ocurre casi literalmente. Y en la alta montaña. Es solo un ejemplo. En fin…
Lo último que podéis suponer es que Marlene acaba pasándolo de todos los colores y que, ¡toma renovación de la novela negra!, cuando todo parece ir mal acaba yendo peor y cuando ya no quedan más páginas para empeorar con otros «más difícil todavía» algo encuentra la chica por casualidad, da igual si un martillo pilón el badajo de un cencerro, y, ¡chispúm!, todo queda arreglado como de un varitazo mágico.
¡Pobrecica! ¡Qué alivio! ¡Por fin!
¿Por fin? Cuando ya unos comen perdices y el gorrino maligno ya ha hecho la digestión de otras cosas, el autor, el gran renovador de la novela más negra y existencialista nos reserva una última página (de la que la casi es mejor prescindir) que pretende causar sensación con algo tan inesperado que… Que entra de lleno, saltando con ambos pies juntos, en el terreno de la majadería. Si D´Andrea pretendió dar un golpe de efecto final, golpe hubo, pero a la propia novela. Menudo mal zambombazo por si algo faltaba para dejarla K.O. Una chapuza. Una cagadilla indigna de cualquiera que aprecie en algo su imaginación porque reproduce infinitos finales de las más lamentables películas de ínfimo presupuesto. Para colmo, ese refinal no aporta nada en absoluto a la historia y, de puro estrafalario, primero mueve a la incredulidad (¿cómo el autor se ha atrevido a parir algo así?) y luego a la risa (algo histérica), pero nunca a la impresión o a la fascinación.
Fast food literario. No de ternera tierna, sino de gorrino correoso. Mal fast food, hecho a base de sobras, de retazos de las películas y novelas más vulgares que recuerda haber visto el autor. Lo mejor que puede decirse ya lo he mencionado antes: entretiene sin necesidad de pensar.
