En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

Mostrando entradas con la etiqueta Leonardo Padura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Leonardo Padura. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de agosto de 2026

Morir en la arena - Leonardo Padura



El título, «Morir en la arena», hace alusión a los emigrantes cubanos que pueden ser rechazados en Estados Unidos mientras no pongan un pie en el país. No sé si esa normativa sigue vigente, pero hace unos años todos pudimos ver imágenes de policías fronterizos tratando de impedir a balseros que pisaran la arena en las playas a las que llegaban. Pisar la arena se convertía así en sinónimo de libertad. Y morir en ella, en sinónimo de palmarla justo al alcanzar la tierra prometida. Un doble drama: el que te ha conducido hasta allí y que vencer en la lucha sin conocer el éxito la haga absurda.

    Sea como sea, esta es la cuarta novela que leo de Leonardo Padura y, la verdad, me ha producido la sensación de que siempre cuenta la misma historia. La que rodea a un argumento que sirve de excusa para contar una y otra vez las mismas cosas sobre Cuba.

    En cuanto al argumento en sí, no es repetitivo: una pareja de sesentones, él recién jubilado, viven frente a frente, separados por un patio en lo que fue una única propiedad. Fueron novios de adolescentes, pero una tontada los separó de facto más que de corazón: él tuvo una hija con otra y ella se casó con el hermano de él, con quien tuvo otra hija. Ambas muchachas emigraron porque Cuba era una ruina sin futuro. Ahora hace treinta años el hermano de él y esposo de ella cometió un ligero, ejem, desliz: mató a su propio padre. Todos lo repudiaron. 

    La novela cuenta, yendo y viniendo en el tiempo, la historia de la familia, aunque siempre con un misterio de fondo: las razones de aquel crimen. Pero hay más cosillas, porque cada cual arrastra su pasado. Así es como el texto permite reflexionar sobre la reconciliación con uno mismo o las huidas hacia delante, sobre el modo de enfocar la vida, de atreverse o no a hacer lo que uno desea, sobre hacer balance a la vejez, sobre las posibilidades de rectificar, sobre hasta qué punto somos capaces de ponernos en el pellejo de los demás o, lo que es lo mismo, lo justo e injusto de nuestras decisiones hacia el resto… Mil cosas.

    Todas ellas son interesantísimas, pero acaban eclipsadas por el permanente sonsonete de la miseria en que viven la mayoría de los cubanos. La novela es un muestrario constante de escasez y penurias y, de resultas, una crítica al régimen cubano, al que se achaca la culpa de todo con solo alguna leve mención a los setenta años de bloqueo norteamericano. Y, sin embargo, es una crítica que no acaba de serlo, porque aunque todos los personajes reconocen que el régimen es inviable y es también una fuente de injusticias porque los mejor relacionados viven bien a costa de una masa paupérrima, no hay ningún llamamiento al cambio (y no digamos ya a la rebelión). Se habla del régimen como de una fatalidad contra la que solo es posible hacer una cosa: emigrar. A nadie se le pasa por la cabeza mover un dedo para cambiar nada, con lo que aquello parece una especie de limbo, una dictadura sin oposición ni siquiera cobarde y por completo clandestina, sin nadie que la cuestione. Esta exposición de miserias embadurna hasta tal punto todas y cada una de las páginas que se impone al argumento, dejándolo en segundo plano y causando, como ya he dicho al principio, la sensación de que todas sus novelas son la misma, porque todo argumento lo sostiene en el cemento de la lamentable situación económica. Es una pena, porque Leonardo Padura escribe fenomenal.

    Las reflexiones a las que he aludido serán cosa del lector. Padura da los mimbres, muestra las situaciones y las acciones de los personajes, pero sin emitir otros juicios que los de los implicados. Algo parecido sucede con el misterio en torno al crimen: la luz que sobre él se hace se desprende de acciones, no de confesiones. Es al lector al que le toca juzgar, aunque yo diría que lo ocurrido, que nunca se cuenta, queda claro y obliga a revisar las ideas de todos, lo cual, por cierto, puede hacer que sus vidas se hayan desarrollado sobre premisas falsas. O no. ¿O acaso lo falso era la vida que tomaron?





 

jueves, 4 de septiembre de 2025

Personas decentes – Leonardo Padura

 


Al ver el título cada lector evocará cómo es para él una persona decente. Sin embargo, creo que al terminar esta novela sus ideas al respecto habrán variado bastante.

Y es que algunas de las personas decentes que transitan por sus páginas lo son a pesar de sus delitos, e incluso gracias a ellos. También, lógicamente, el lector se plantea el frecuente dilema entre la decencia legal (actuar dentro de la ley y el orden, que son normas generales, comunes a todos y, por tanto, necesariamente limitadas e incapaces de recoger toda la realidad) y la decencia moral (actuar de acuerdo con la ética, que es una norma individual, propia de cada cual y presente en cada una de las realidades que cada persona afronta).

Y tras esta parrafada voy al grano.

De la serie  de Mario Conde había leído solo la primera novela, «Pasado perfecto», perfectamente pasada, porque no me entusiasmó. Desde ella, leída en 2019 y cuya acción transcurría en los años 80, he saltado a la última, «Personas decentes», que se desarrolla en 2016. Casi treinta años después. Entre una y otra el protagonista se ha transformado en un hombre 62 o 63 años que hace décadas dejó de ser policía para poner una librería de lance. El proceso de cambio me lo he perdido, aunque he podido constatar que el señor Conde tiene como pareja juntos-pero-no-revueltos a Tamara, amor platónico en aquella primera novela. La razón de no haber leído ninguna de las ocho que median entre ambas hay que buscarla en lo que acabo de decir de la primera y en lo bien que he oído hablar de esta última.

Y la fama es merecida. «Personas decentes» es un buen libro. Muy superior a casi toda la novela policial a la venta.

Padura utiliza en esta obra dos recursos bastante frecuentes. El primero consiste en contar dos historias paralelas, en apariencia independientes, que se desarrollan en capítulos alternos. Esto da agilidad a la lectura y permite al lector oxigenarse cada veinte o treinta páginas. En esta ocasión, la trama principal es la provocada por la muerte de un antiguo censor cultural del régimen cubano, un tipo cruel a quien nadie tiene motivos para recordar con cariño y sí con asco e inquina. De aclarar qué ocurrió se encarga el señor Conde, ya señor librero, cuando un antiguo colega reclama su ayuda porque los policías están hasta la gorra de trabajo a causa de la inminente llegada de Barack Obama a La Habana y, poco después, de la actuación de los Rolling Stones. La segunda historia transcurre un siglo antes, y se inspira (este es el segundo recurso muy común en la literatura actual) en una historia real. A ser posible, como es el caso, en historias de ilustres desconocidos. Gente relevante en su momento, pero no de primera fila. A veces ni de segunda ni de tercera. En esta ocasión se trata de la historia de Alberto Yarini (1882-1910), un lúcido joven de éxito, de buena familia, gran carisma, notorio proxeneta, que, cual flautista de Hamelin, encandilaba a todos con su sonrisa y su amable trato en pro de sus negocios y de sus aspiraciones políticas. Un adorable manipulador al que resultaba imposible no rendirse. ¿Qué tiene que ver una historia con otra? Nada. Solo que Conde, que protagoniza la primera, está escribiendo la segunda. El intento final de Padura de que ambas converjan es más voluntarista que efectivo, ya que la causa es un señor que pasaba por allí hace no sé cuántos años, forzada casualidad que le permite a Padura justificar el parto de mellizos. Pero ambas historias son interesantes.

La trama policial, la trama Conde, permite al autor dar su visión de la Cuba de 2016. Fidel Castro murió a finales de ese año. Había renunciado al poder en 2008, en favor de su hermano Raúl. La visita de Obama y la de los Rolling Stones prometía una apertura soñada por todos menos por los más engordados por el régimen. La novela se mueve entre esa esperanza y el desengañado escepticismo de Conde, que cuenta con la ventaja de ser la voz del Padura de 2022, que es cuando se publicó «Personas decentes». Además, Conde tiene repetidas ocasiones para pasmarse con la inexplicable aparición de nuevos ricos cubanos que gastan a manos llenas en establecimientos de hostelería donde la mayor parte de la población necesitaría el sueldo de una semana para tomarse un café.

La historia de Alberto Yarini nos conduce a la Cuba de un siglo atrás, casi recién lograda una independencia que no era tal por la influencia de Estados Unidos. Pero, así como en la trama Conde Padura es muy consciente de la diferencia de vida entre las élites y el pueblo, la de Yarini es una historia de élites en las que solo el policía que la cuenta representa, más mal que bien, al pueblo llano. Eso sí, la disoluta vida de Yarini transcurre entre prostitutas (simples instrumentos que no alcanzan a representar a casi nadie en la novela), hasta el punto de tener en su casa algo parecido a un harén. Es decir, el panorama de élites solo es matizado por el lumpen en que se mueven y al que explotan.

Ambas historias transcurren en Cuba, pero en tiempos y mundos diferentes. La de Yarini en una economía de mercado, capitalista, profundamente caciquil y fundamentada en atroces desigualdades (que apenas se mencionan) en el marco de una Habana en alegre y próspero crecimiento al servicio del dinero. La de Conde, en la Cuba de 2016, con La Habana ahora como decadente protagonista que intenta respirar gracias a una inexplicable oleada de progreso que solo beneficia a unos pocos, todo visto con la mirada nostálgica de quien conoció sus restos de brillantez; una Cuba con una dictadura aún contundente aunque suavizada en lo represor comparada con su propio pasado, pero incapaz de ofrecer a la población otra cosa que miseria. La prosperidad solo puede buscarse en la emigración o en engordar como parásito del régimen. La Habana, su esplendor a costa de la desigualdad, del abuso político; su decadencia, debida a la dictadura sustitutoria; y su ansiada y nunca llegada resurrección como metáfora de todo.

A este último respecto, llama la atención cómo todos los personajes hablan con el protagonista como si no formara parte, al menos por encargo, del aparato policial; como si todos dieran por hecha y compartieran su opinión crítica, aunque no virulenta, sobre el régimen. Nadie parece tener miedo de expresarse ante él. La visión que nos traslada Conde/Padura es crítica con el régimen cubano, aunque no se mencionan nombres, ni responsables, ni causas, como si se hablara de una fatalidad de la que, pase lo que pase, resulta imposible escapar y, por tanto, contra la que no merece la pena luchar. Como si Cuba fuera un país metido en un callejón sin salida y sin posibilidad de marcha atrás.

Cuento todo esto porque lo mejor de este libro son esos marcos en los que transcurre la acción. En algún sitio he leído la afirmación de Padura de que esta es su novela más policial. No puedo juzgarlo por haber leído solo otra de la serie. Cierto es que la trama Conde tiene su aquel como rompecabezas, como novela de salón, aunque las corazonadas del viejo exteniente permiten unos saltos mortales en la investigación que lo mismo depositan al lector ante una poeta fallecida cuatro décadas atrás que ante el mismísimo Napoleón. Como truquillo, el asunto de las corazonadas es demasiado facilón.

        No obstante, lo trabajado o no de estos truquillos es lo de menos. La trama pretende entretener, y el fondo social e histórico de los personajes es lo principal. O, al menos, lo que más que ha gustado

Volviendo al principio, casi todos lo que circulan en torno al malo malísimo finado pueden ser buenos o malos, pero unos y otros lo son influidos por achuchadas vivencias debidas a la situación política, económica y social cubana en cada una de las dos historias, lo cual causa que nunca sepamos hasta qué punto cada cual es, o no, una persona decente. 


jueves, 10 de noviembre de 2022

Como polvo en el viento – Leonardo Padura

 


Hasta ahora solo había leído una novela de Leonardo Padura, Pasado perfecto, que no me había chiflado. Como polvo en el viento, en cambio, me ha parecido muy, muy buena.

Quiero destacar varias cosas sobre ella:

La primera, la trama. Yendo y viniendo en el tiempo se logra aclarar, por supuesto solo al final, los dos misterios que dinamitaron el clan que unos jóvenes cubanos habían formado en La Habana con centro en la peculiar casa de una de las mujeres que lo formaban. Gente normal, corriente y moliente que un buen día, el día que puso fin al clan tal, se enfrentaron a dos misterios: a la muerte de uno y a la desaparición de otra.

El lector, eso sí, siempre sabe más que los personajes. Desde el principio sabe, por ejemplo, que la desaparecida no se disolvió en el aire. Sabe qué ha sido de ella. Pero no sabe por qué desapareció. Los motivos de este personaje y si las verdaderas causas de la muerte coinciden o no con las oficiales son el leitmotiv de la novela. Además es original el planteamiento: nadie investiga nada, pero todos tienen sus recuerdos y secretos; recuerdos incompletos y fragmentados que componen un puzzle que solo puede completarse poniendo esos recuerdos en común y desvelando lo que siempre ha estadocallado. Y así avanza la novela: recomponiendo la memoria colectiva con los recuerdos y los secretos de cada cual.

La segunda, que el esclarecimiento de los hechos y la vida cotidiana se ven dificultados hasta el extremo como consecuencia de la dictadura cubana y, en particular, por la penuria de finales de los 90 motivada por la caída del muro y el cese del apoyo material de la Unión Soviética. Leonardo Padura relata las miserias del régimen, desde los años sesenta del siglo XX hasta la actualidad, de modo puramente descriptivo, pero sin realizar valoraciones porque éstas se realizan solas: el control de la vida diaria, las limitaciones a una libertad tan elemental como la de viajar, que convierten a los ciudadanos en prisioneros en su país o el comportamiento de la policía con varios de los personajes no necesitan juicios ni calificativos para dejar en mal lugar al régimen castrista. También influye en ello la crítica por comparación, cuando vemos cómo los personajes de desenvuelven en La Habana y cómo en Estados Unidos -en Miami, Nueva York o las cercanías de Seattle-, Madrid o Estados Unidos.

Y en tercer y último lugar, no menos interesante que todo lo anterior es la peripecia vital de unos personajes abocados a diferentes formas de soledad: la del exilio para muchos (un exilio económico, aunque también en busca de la sensación de libertad) y la de quienes permanecen mientras otros se van. En torno a estas situaciones las relaciones afectivas y emocionales (de pareja y paternofilianes) son el colofón de una historia muy completa porque no descuida ni la trama, ni su marco social e histórico, ni el desarrollo emocional de los personajes (condicionado por las dos cuestiones anteriores).

Un libro interesantísimo, ameno, que se lee con avidez y cierto poso de tristeza porque es una historia sin ganadores y con multitud de perdedores que siempre han sabido que lo son y no han sido capaces de evitarlo. Una novela, también, que al hilo de las situaciones singulares de cada personaje induce reflexiones profundas sobre los motivos de las personas y sobre la posibilidad o no de escapar de uno mismo y de las frustraciones que impone la vida.




sábado, 13 de abril de 2019

Pasado perfecto – Leonardo Padura





                Por fin he leído algo de Padura y, original que es uno, he comenzado por el principio. Pasado perfecto es la primera novela protagonizada por el teniente cubano Mario Conde.

                Publicada en 1991 Pasado perfecto transcurre en la Cuba de los años 80, en un ambiente que se desenvuelve entre la clase obrera a la que más o menos pertenece el teniente y la clase privilegiada del entorno del poder, lo cual no quiere decir que haya un tono de denuncia más allá de dar cuenta de un tipo de prácticas estatales que sorprenderá a los habituados al libre mercado. Habitualmente, las novelas sobre Cuba que se han abierto camino fuera de allí son bastante críticas no solo con la organización económica, sino también con la desigualdad que genera y con la falta de libertades propia de cualquier régimen dictatorial. No es el caso de Pasado perfecto, obra en la que vemos desigualdades y el control de las autoridades, pero de un modo «suave».

                El teniente Conde recibe un aviso: el reciente día de Año Nuevo ha desaparecido Rafael Morín, un alto responsable de la empresa nacional de exportaciones e importaciones; uno de los pocos cubanos, por tanto, que puede entrar y salir de modo habitual de Cuba, lo que implica que su adhesión al régimen se supone inquebrantable.

                Ocurre que el teniente Conde sabe mucho sobre Morín, puesto que fueron compañeros de colegio, y no puede evitar que su opinión sobre él condicione su actitud ante la investigación. Morín, de adulto, ha confirmado cuanto prometía siendo un chaval. El tipo brillante, buen orador, rápido de reflejos, ambicioso y sociable como pocos ha conseguido llegar donde apuntaba: lejos. Todo lo contrario que Conde, que carecía de tales habilidades y ambiciones y su destino ha llegado en oscura consecuencia. Pero es que además Rafael Morín se acabó casando con Tamara, de la que Conde estaba enamorado.

                La investigación vuelve a ponerlo en contacto con ella, y además obliga a escarbar en la vida Morín para tratar de averiguar qué ha sido de él, por lo que existe la oportunidad de que, muchos años después, Conde pueda desenmascarar ante Tamara al trepa oculto tras el cúmulo de virtudes –impostadas, en opinión de Conde- que Morín siempre había derrochado. Las cosas, sin embargo, no son tan sencillas. A lo mejor el tipo era, verdaderamente, un encanto. Lo sabrá quien lea hasta el final la novela.

                En estas transcurre la investigación, y las reflexiones del protagonista permiten que el lector lo vaya conociendo tanto en su pasado como en su presente y, sobre todo, en sus dudas e inquietudes.

                Una obra correcta, bien escrita, con dominio de los tiempos y de las situaciones, donde la acción transcurre sin prisas, que se lee con facilidad y resulta agradable, aunque no se lee con voracidad.