En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Cuando el mundo duerme - Francesca Albanese

 


No hace mucho, en una cuenta de Twitter que no recuerdo y que ya no he sido capaz de localizar para citarla ahora, leí, refiriéndose al genocidio de Gaza, algo así: «hay tanta información que nunca podrás decir que no sabías, sino que elegiste no mirar».

Desde el 1 de mayo de 2022 Francesca Albanese, jurista italiana que por razones profesionales ha vivido en Jerusalén y otros países de la zona y conoce razonablemente bien el territorio, es Relatora Especial de la Organización de Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados. Es decir, su trabajo consiste en informar a la ONU sobre cuanto sucede en ese ámbito, para lo cual lo mismo cabe recabar testimonios de testigos y expertos de todo el mundo que inspeccionar personalmente o realizar cualquiera otra actuación que le permita obtener información. Es reseñable que ha contado con expertos judíos de gran peso y su preocupación por dar voz a todos los puntos de vista, consciente de que en los masacrados encuentra más facilidades para obtener información que desde el lado dominado por los agresores, que se cuidan de acallar las numerosas voces discrepantes  en Israel y en todo el mundo judío.

Francesca Albanese es, por tanto, una persona que ha elegido mirar. Esa es su misión. Y si ves un genocidio no te puedes callar. De ahí su constante actividad internacional señalando lo que está ocurriendo; y de ahí, también, este libro. Cada uno de sus capítulos está dedicado a una persona que ha hecho ver a la autora un aspecto del genocidio o de sus orígenes.

Que lo que está en marcha es un genocidio no puede ser puesto en duda. Lo ha dicho la ONU, la Corte Internacional de Justicia, gobiernos de todo el mundo y, fuera del ámbito institucional, infinidad de organizaciones, incluida la Asociación Internacional de Académicos del Genocidio. Pero no hace falta confiar en ellos para dar el genocidio por sentado: cualquiera puede verlo en las redes a diario (no así en la mayoría de medios de comunicación, autocensurados). Las salvajadas y atrocidades que he llegado a ver y por desgracia sigo viendo no las olvidaré nunca.

Para quienes crecimos con la convicción de que el Holocausto había sido una brutalidad tan gigantesca que había hecho reaccionar al ser humano (o al menos a los países implicados) hasta el punto de poder confiar en un «nunca más», ver un nuevo genodicio con tantos gobiernos occidentales consintiéndolo tácitamente o apoyándolo de modo indirecto a través de la venta de armas y otros medios de colaboración, es desolador. 

«Cuando el mundo duerme» documenta el genocidio con numerosos ejemplos, pero también analiza las razones históricas que han conducido a él, denuncia los numerosos genocidios silenciosos distribuidos a lo largo del tiempo por todo el planeta a los que nadie ha hecho nunca caso y, volviendo a Oriente Medio, hace especial hincapié en las prácticas meticulosamente orquestadas coordinadas con los ataques y orientadas a aniquilar al pueblo palestino. También da una enorme importancia a «la batalla por el relato» emprendida por el gobierno israelí con la intención de equiparar sionismo y judaísmo para poder acusar de antisemita a quien, sin serlo, está en contra de la barbarie que se está produciendo. El poder del gobierno israelí en este ámbito es enorme gracias a su poderosa influencia en países como Estados Unidos o Alemania: cualquiera que se les oponga puede ser «cancelado» de mil formas. Hay sobrados ejemplos. Hasta los jueces y fiscales de la Corte Internacional de Justicia están personalmente afectados.

Albanese explica, con las definiciones que la ONU aprobó en 1948, inmediatamente después del Holocausto, que las prácticas genocidas van más allá del exterminio físico, e incluyen los desplazamientos forzosos o la aniquilación de la cultura de un pueblo, entre otras prácticas abominables. Se esfuerza también en dejar claro, y por idénticos motivos, lo inaceptable del antisemitismo, así como la diferencia que he apuntado antes entre sionismo y judaísmo. Condenando la violencia de todos, insiste en lo palmario: sin analizar el origen de cada violencia mal se van a poder evitar.

¿Qué puede hacerse?

Albanese, vista la dinámica de los gobiernos mediatizados por la influencia antedicha, resalta la importancia de los pequeños gestos, y recuerda la colosal bola de nieve que desencadenó en 1984 el pequeño gesto de una cajera de los supermercados Dunnes en Irlanda al negarse a facturar unos pomelos sudafricanos en tiempos del apartheid. El nombre de aquella cajera, que entonces tenía 21 años, Mary Manning, aún se recuerda. Nelson Mandela en 1990 y el arzobispo Desmond Tutu en 1984 cuando iba camino de recoger el Premio Nobel de la Paz, homenajearon en Irlanda a Mary Manning y a los 11 huelguistas que la apoyaron durante tres años hasta desencadenar el primer boicot comercial de un país al régimen sudafricano del apartheid. Por cierto, Albanese explica muy bien cómo lo que están sufriendo los palestinos es también un régimen de apartheid. Tiene razón al defender los pequeños gestos que están al alcance de todos nosotros. Pensemos que posturas aparentemente banales como no participar en el festival de Eurovisión, desligarse de mesas redondas o reclamar la dignidad humana en conciertos tienen un potencial comunicativo que ha contrarrestado, por primera vez, una política de imagen tan potente que había permitido ocultar prácticas genocidas. Si durante décadas se ha considerado imprescindible para preservar la dignidad humana y las democracias marginar a los negacionistas del Holocausto, ¿qué motivo puede haber para no hacer lo mismo con los defensores de cualquier otro genocidio? La opinión pública puede y debe presionar a sus propios gobiernos en pro de la paz para contrarrestar las influencias en pro del genocidio. No es cuestión de tendencias políticas, sino de dignidad humana, porque además, en una democracia que no camine hacia la dictadura a ningún partido, da igual su ideología, puede salirle gratis apoyar por acción u omisión la aniquilación de todo un pueblo. Todo lo que permita sostener un clima de opinión favorable a la paz y al entendimiento e intensamente opuesto al genocidio tiene una importancia descomunal. Todos tenemos algo que aportar.

No le ha salido gratis a Francesca Albanese clamar por una paz justa. Las campañas de desprestigio que ha soportado y soporta con inmenso sacrificio personal y familiar solo son equiparables a los boicots que sufre por influencia del gobierno israelí incluso en lugares donde hasta hace poco era recibida y tratada como lo que es: una experta en la materia que daba conferencias y entrevistas y participaba en encuentros por todo el mundo.

Leer «Cuando el mundo duerme» es una forma de mirar. Y si miras, no te puedes callar. Espero que escribir y leer esta reseña también sea una forma de mirar y hablar. No debería costar nada exigir que no se asesine, ni torture, ni se margine a inocentes. Y si te cuesta o ni se te pasa por la cabeza hacerlo, piensa en qué te has convertido y qué acabarás provocando con tu pasividad. Si la opinión pública puede presionar a nuestros gobiernos, como así es, todos somos responsables.


jueves, 24 de septiembre de 2026

Nazarena - Karina Sainz Borgo

 


Qué bien escribe Karina Sainz Borgo y cuánto agradezco encontrar entre las novedades del año obras con ambición literaria. Y más aún, lógicamente, que esa ambición dé lugar a un magnífico resultado. Y es que la mayor crítica que se puede hacer de esta obra es en realidad un elogio: las fuentes literarias de las que bebe la autora son tan evidentes que casi lo parecen demasiado. Hablo de lo mejor de la literatura en español del siglo XX, sobre todo latinoamericana, pero en especial, salta a la vista, del García Lorca de La casa de Bernarda Alba. Habitual en Karina Sainz Borgo es el protagonismo femenino y cómo el autoritarismo, siempre de fondo, aplasta al individuo.

«Nazarena» es una obra para leer con máxima atención, porque muestra sin explicar, de modo que el lector va quedando a expensas de su propia opinión y debe completarla y rectificarla según la información le va llegando. 

Nazarena es la séptima de ocho hermanas que viven en una decadente casona familiar en La Araira. Son conocidas como las Vicentas. Si lo que se nos cuenta es realidad, sueño, fantasía, delirio o una mezcla de todo es una de las valoraciones que debe realizar el lector. También debe situarse ante los distintos enfoques temporales, relacionados a veces con la percepción de cada personaje, los cuales, a su vez, están tan plagados de rarezas y simbolismos que no me siento capaz de hacer un resumen. De toda esta confusión surge un riquísimo ambiente cruce de caminos de toda esa gran literatura que he mencionado al principio.  

De «Nazarena» no se puede destacar nada en concreto porque lo que brilla es el conjunto: la decadencia de la familia (más bien desmembramiento por putrefacción) y del mundo que la rodea se plasma, y a veces se explica, en las diferentes actitudes y traumas de las protagonistas, cada una de las cuales ha afrontado vivencias particulares aunque todas con una raíz común en torno al origen familiar. Aunque hay más mujeres aparte de las ocho hermanas. 

    Algunas de las ocho forman un grupo en torno al liderazgo autoritario impuesto por Porcia, la mayor. La  dictadora. Apoyándola sin cuestionarla hay varias hermanas cuyas historias ofrecen diferentes justificaciones y explicaciones para el papel de quienes en cualquier orden de la vida apoyan el autoritarismo. Desde la connivencia a la conveniencia pasando por el miedo y la comodidad.

    El resto de hermanas forman una especie de oposición dividida, y juegan otros papeles. Hay quien cuestiona abiertamente a Porcia, aunque sus críticas se queden en palabrería; quienes han conseguido huir arribando a tierras no muy prósperas y, también, quienes han conseguido navegar entre dos aguas. Cada cual representa un papel desde ese extrarradio entre voluntariamente ajeno y traidor que no molesta a Porcia porque ninguna de sus hermanas tiene capacidad real para alterar sus planes.

    Pero, además, hay otros personajes también femeninos con influencia clara en la historia ((los escasos masculinos son comodines). La primera es Brígida, también narradora, una mujer deforme a causa de un confuso incendio. Su simple existencia proclama la capacidad de resistir ante la adversidad. Pero Brígida tiene visiones que juegan a prolongar el trauma: ocho muerticas colgando de un árbol que, obviamente, cualquiera puede identificar con las hermanas. Víctima de un incendio, se niega a heredar las culpas ajenas. Ella y Mendito ponen un contrapunto algo alegre, pícaro y hasta sensual a una novela sombría, como para recordar que el mundo sigue existiendo más allá de las tragedias individuales que lo eclipsan para quienes las sufren. Brígida, de algún modo opone el mundo exterior (por más complicada que haya sido su vida) al opresivo y fantasmagórico mundo de las hermanas (que, en teoría, deberían haber tenido una vida más sencilla que ella). En cuanto al esclarecimiento del incendio (solo transcurrida buena parte de la novela sabemos dónde fue, y nos sorprende), juega un papel importante en la percepción temporal y, por tanto, en la valoración de todo lo dicho hasta entonces.

    Como Nazarena tiene sus problemillas y Brígida sus visiones, pronto el lector comprende que no se tiene más que a sí mismo para navegar entre palabras, realidades, ensoñaciones y disparates y evaluar todo el pastel, del que la guinda es la fantasmal (y matriarcal) presencia de la madre, Inocenta Núñez, una viva-muerta o muerta-viva que Nazarena, que casi se la lleva por delante en el parto, dice haberse zampado. Ahí es nada. Las consecuencias para madre e hija de ese matricidio mal consumado están en el origen de la novela. Que Inocenta se llame así bien podría ser intencionado (y sujeto a interpretaciones varias). En auxilio del lector suele venir Aparecida (también buen nombre, dado su papel), a veces llamada la Negra, sirvienta de la casa y enlace entre el pasado y el pragmatismo preciso para sobrevivir en el presente, esté cuando esté situado ese presente.

    Incendios, muertes, abandonos, imposiciones, ocho cadáveres de mujeres colgando de un árbol, patios infinitamente barridos en busca de limpiar una culpa ancestral... Toda esta fabulosa jaula de grillos, que solo algunas referencias permiten situar temporalmente en la Venezuela rural que se va desintegrando a lo largo de las primeras cuatro o seis décadas del siglo XX, puede ser trasunto de mil cosas. De personas, de familias, de regiones, de enjambres de sentimientos, de países enteros. Solo Karina Sainz Borgo sabrá exactamente qué ha querido decir; o quizá no. Quizá necesite, como tantos autores, que el paso del tiempo le aclare por qué ha escrito lo que ha escrito. Mientras tanto el lector puede disfrutar viendo cómo se entrelazan los mimbres de las Vicentas en torno a él para formar una urdimbre que será una u otra según su perspectiva, y será capaz de escapar para verla desde fuera o no, y entonces deberá contemplarla desde dentro. No es sencillo, pero merece la pena intentar ver esta historia desde todos los ángulos. 

    En fin... No me hagáis mucho caso. Seguro que varias de las entrevistas concedidas por Karina Sainz Borgo para promocionar esta obra harán más luz sobre sus páginas que cualquier reseña. Buscadlas. Esta reseña, además, es deudora de mi mala memoria y de las semanas que han pasado desde la lectura. «Nazarena» es una de esas novelas lo bastante rica y compleja como para disfrutarla mejor con el aperitivo de una buena investigación previa. Y, por supuesto, para leerla más de una vez. Es lo que tiene el arte, que no te cansas de disfrutar de una buena obra porque siempre descubres algo nuevo.



lunes, 21 de septiembre de 2026

La muerte se desnuda en La Habana - Hernán Rivera Letelier

 


    «La muerte se desnuda en La Habana», dice el título, pero, sinceramente, no es lo único que se desnuda en La Habana en esta obra protagonizada por el Tira Gutiérrez (Recaredo Gutiérrez) y Tegualda, la joven monja que le acompaña. Él es un detective privado chileno que se sacó el título por correspondencia y ella una monja que llegó a él por las razones que sabrá quien lea «La muerte es una vieja historia», también reseñada en este blog.

    La saga está formada, hasta ahora, por cuatro novelas. La que acabo de aludir es la primera; la que ahora reseño, la tercera. Una pena no haber leído antes la segunda («La muerte tiene olor a pachulí»), aunque lo remediaré pronto, porque el final de esta pone de manifiesto una notoria evolución en la relación entre los dos protagonistas.

    Pero vamos al argumento de esta novela.

    El hijo de un rico empresario de Antofagasta ha desaparecido en Cuba. La confianza del padre en la eficacia de la policía cubana es, vamos a decirlo así, limitada. Por eso contrata al Tira, para que vaya a La Habana y localice al churumbel. 

    Huelga decir que al chiquitín o algo le ha pasado o algo ha hecho. Esto es lo primero a dilucidar. Lo segundo es cómo hacer frente al tomate en que se haya visto envuelto o haya montado la criatura. En el primer caso será una víctima y, si aparece, todo será más sencillo; pero en el segundo…

    La acción transcurre con una investigación sin brillantez, al estilo de los investigadores, pero eficaz: preguntando aquí y allá en cualquier sitio donde haya podido estar el mozalbete. Así es como acaban deambulando por los bajos fondos cubanos vinculados a la prostitución, para alegría visual del Tira y perplejidad de la monja Tegualda, cuya principal arma es una ironía y un sarcasmo tan incisivos que son lo mejor de la novela.

    Pero, claro, con tanto sexo en el ambiente a ver quién es el guapo que no piensa a todas horas en él, porque el Tira Gutiérrez nunca ha sido de piedra y menos en un marco así, y aunque Tegualda lo disimula tiene ojos y cerebro.

    Esta relación entre jefe y subordinada, entre rutina e inspiración, entre ver con buenos ojos la tentación y la posibilidad de caer en ella y verla de modo opuesto, a modo de conciencia, genera un conjunto de tensiones entretenidas y divertidas que sostienen la investigación por encima de la calidad del argumento. Y así hasta llegar al desenlace. Un desenlace que, en el punto final, es increíble por lo atrevido.

De esa monumental sorpresa que se adueña por completo de la historia hasta borrar el argumento de la mente del lector no puedo contar nada para no fastidiar nadie, pero me gustaría poder comentarla con otros lectores porque hace falta valor y osadía para que la historia culmine como lo hace. No creo que nadie nunca se haya atrevido a finalizar así una novela. O sí, pero bien poquitos. ¡Qué audacia la de Hernán Rivera Letelier!






jueves, 17 de septiembre de 2026

El librero de Gaza - Rachid Benzine

 


El genocidio en Gaza, el salvaje intento de borrar del mapa a los palestinos, ha tenido como consecuencia ponerlos en él; es decir, recordarnos su existencia. Esperemos que esto último sirva para impedir o al menos mitigar lo primero, aunque soy pesimista porque veo a mi alrededor muchas personas hasta hace poco normales que ahora miran para otro lado ante el genocidio, o defienden con normalidad la existencia de campos de concentración para emigrantes sin delitos, o consideran lógica y deseable la supresión de derechos fundamentales si beneficia a los suyos.

Probablemente el mundo avanza hacia una catástrofe de la magnitud de las dos guerras mundiales, y la indiferencia ante el genocidio es una muestra del radicalismo que nos ha de conducir a ella. 

Mientras para todos nosotros llegan esos tiempos de horror y llanto, de perder o arruinar la vida como víctima o malgastarla como verdugo, como alimaña, voces como la del marroquí afincado en Francia Rachid Benzine nos recuerdan que detrás de todo siempre hay seres humanos, aunque no los veamos o no queramos verlos.

«El librero de Gaza» comienza en 2014. Un reportero francés está cubriendo los bombardeos israelíes en Gaza. En un momento dado ve una librería de viejo intacta en medio del caos, y ante ella al anciano librero (Nabil Al Djabir, que así se llama, tiene 66 años, pero aparenta bastantes más). Pretende fotografiarlo, retratar la voluntad de resistir del pueblo palestino a través de la imagen de librería y el librero solitario en medio de la desolación y el caos. Pero el librero le pone una condición: puesto que la foto va a resumir una historia colectiva, antes él, el librero, debe contarle su historia particular al periodista. Hay que saber lo que se retrata y si lo que se transmite es correcto.

Nabil Al Djabir, hijo de padre cristiano y madre musulmana, nació el 1 de enero de 1948. El autor no ha elegido casualmente la fecha de nacimiento de su personaje. En 1948 echó a andar el estado de Israel, y en ese año se produjo la Nakba, el desplazamiento forzoso del 80% de la población palestina que vivía en los territorios que pasaron a ser israelíes; todas esas personas se dispersaron como apátridas por Gaza, Siria, Cisjordania, Jordania, El Líbano… Perdieron todas sus propiedades, y más de 400 localidades fueron arrasadas, literalmente, para que nadie tuviera un domicilio al que volver. El éxodo fue estimulado con masacres como la de Deir Yassin. En total, hubo entre 10.000 y 15.000 víctimas. Israel dictó leyes de confiscación de las tierras de los ausentes y los condenó a exilio perpetuo, pese a que llevaban en esa tierra desde hacía generaciones y generaciones.

La familia del protagonista, Nabil Al Djabir, había vivido en ese territorio desde hacía todas esas generaciones y a ese pasado que todos recordaban deseaban regresar, aunque pronto comprendieron que era imposible. Pero él, en cambio, carecía de la posibilidad de compartir cualquier recuerdo con sus propios padres y hermanos. 66 años después solo había vivido la huida, la persecución, el hostigamiento… La provisionalidad y la violencia. Una expulsión detrás de otra debido al expansionismo de Israel. No podía sentirse de ningún lugar distinto de aquel en el que estuviera. Sus raíces eran él mismo. Su dignidad como ser humano.

Nabil Al Djabir va contando su historia, los recuerdos de sus familiares, que son también los recuerdos de un pueblo; y cuenta sobre todo el surgimiento de un pueblo sin recuerdos que compartir con sus padres y abuelos, sin siquiera un lugar donde recordarse, un pueblo cuya historia carece de otro aposento que la cultura simbolizada en una librería azarosa. El librero, al contar su vida, muestra la instintiva necesidad de salir adelante aunque sea en medio de la más absoluta adversidad y el desarraigo, y el lector ve también que la librería (y lo que simboliza) no es un negocio sino un centro de esperanza. La que a lo largo de su vida en los campos de refugiados ha encontrado, por ejemplo, en la representación de Hamlet en la que conoció a su esposa. La esperanza necesaria cuando hasta el destino de tus hijos ha sido trágico, cuando ya no van a estar ni para vivir su vida ni para ser herederos de tus recuerdos. Siempre la muerte por todas partes, inevitable en toda persecución. Por eso Nabil Al Djabir lee y, sobre todo, por eso regala tantos libros. Por eso, también, a pesar de la penuria, siempre es capaz de invitar a una taza de té que a saber cuánto esfuerzo le cuesta comprar. En torno a él, la vida fluye y se aferra a la existencia en medio de la muerte y el horror a través de los clientes que llegan con más anhelo de consolarse con la lectura que posibilidades de pagar un libro. El librero representa la resistencia pacífica que solo reivindica la posibilidad de vivir sin miedo y sin hacer daño a nadie, de conservar los recuerdos, la cultura, de ser quien el azar ha decidido que uno es. De tener un sitio donde caerte muerto sin que te maten.

Casi nada.

Eso es lo que ha fotografiado el periodista francés.

La novela termina en la actualidad. El periodista francés vuelve a Gaza para informar sobre el genocidio. Busca la librería. Cualquiera que se haya molestado en ver en qué ha quedado Gaza sabrá lo que encuentra: un montón casi inidentificable de escombros en una gigantesca escombrera.

Una gran denuncia de dónde hemos llegado y de la barbarie que tolera (y de ese modo ampara) todo el que no se posiciona activamente en contra.


lunes, 14 de septiembre de 2026

El este del Edén - John Steinbeck

 


Comienzo reiterando una confidencia: casi todos los veranos aprovecho las vacaciones para leer con tranquilidad un clásico largo. La novela prevista para 2023 fue «Al este del Edén». Pero por una triste razón que no viene al caso, ni la empecé. Luego, en 2024 y 2025 no me sentí con ganas ni de tocarla. Sin embargo, ahora, en 2026, este libro ha venido a mí como caído directamente del cielo. Y me alegro, porque en los meses inmediatamente anteriores a su lectura he tenido ocasión de ser espectador de comportamientos como alguno a los que luego aludiré.

    Y ahora, la reseña.

A Adan y Eva se les regaló el Edén, pero en lugar de aprovechar tamaña donación para vivir pacífica y agradecidamente, la liaron y fueron expulsados de él. O, simplemente, su ambición hizo que el Edén dejara de serlo. Más tarde uno de sus hijos, Caín, mató a su hermano Abel. Dios no se lo tomó precisamente bien y, permitidme la broma, debió decir algo así como «a este que le den», que bien pudo traducirse piadosamente como que lo envió «Al este del Edén», pues Caín fue largado aún más lejos del paraíso de lo que ya estaba, a la tierra de Nod, al este del Edén. Y, si no, el mensaje fue «a este que le den al este del Edén».

Hasta aquí la broma para explicar un título que responde al contenido de la novela con exactitud y dura poesía al menos por dos motivos:

Primero: tan repugnante es traicionar a los hermanos que el nombre de Caín ha sido maldito desde hace siglos. Aún así, de los casi 50 millones de personas censadas en España aún hay 112 que lo llevan. Se concentran en las provincias de Sevilla, Málaga y, vaya por Dios, Zaragoza. Tierras de Caínes, parece ser, aunque seguro que todos conocemos algún Caín con otro nombre en el DNI.

Dicho esto y explicado el título, ya podéis intuir que en «Al este del Edén» pululan varios personajes capaces de traicionar, con acciones esporádicas pero determinantes, todas sus buenas intenciones y todo amor filial y fraterno.

    Segundo: en toda la novela el territorio juega también un papel relevante. Cada personaje tiene su Edén, o lo que cree serlo, o lo que quiere que lo sea, pero apenas ninguno es capaz de construirlo o, si lo alcanza, de conservarlo. Casi todos se las apañan para que su vida no sea el remanso que desean, para acabar a disgusto donde podían haber estado a gusto. Para transformar el Edén en Nod por los motivos por los que la gente acaba allí: la traición a los suyos.

Dicho esto, «Al este del Edén» es la historia de varias generaciones de las familias Hamilton y Trask. Escribe en primera persona Steinbeck (1902 - 1968), que nació en Salinas, hijo de John Ernest Steinbeck y Olive Hamilton, la cual es hija de uno de los personajes más importantes de esta historia, Samuel Hamilton. Pero esta novela es, sobre todo, la historia de la familia Trask, y transcurre entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, periodo en el que culmina la colonización, en California, del valle de Salinas, que desemboca en la bahía de Monterrey. Casi todo transcurre en las proximidades de la localidad de King City, si bien la primera parte de la novela, la más vinculada al origen de la familia Trask, transcurre en el otro extremo del país, en Connecticut, donde el patriarca de la familia, un tipo obsesionado con el ejército, pero pésimo y fugaz soldado, lleva una existencia sorprendente, capaz de transformar la obsesión en ocasión, dejando demasiado de lado a sus dos hijos, Adam (¿será casualidad el nombre, o evoca intencionadamente a Adán, dado que más tarde sus dos hijos representarán el mito de Caín y Abel?) y Charles. Ambos tienen distintas madres. También uno es más Caín y el otro es más Abel. Adam es el mayor, por poco, y el Abel de la pareja, y es más pusilánime que Charles. Nótese que las iniciales de los dos hermanos son las mismas que las de Caín y Abel, porque en esta novela, que bucea en la influencia de la herencia espiritual, hay más cainismo que el de los hijos de Adam. Las relaciones entre Adam y Charles son a un tiempo cordiales y tensas; y a medida que pasa el tiempo la ruptura es más lógica e inevitable aunque, paradójicamente, los motivos se reducen y, sobre todo, se aclaran. ¿Cuáles son? Tienen que ver con los sentimientos de cada cual, aunque quien provoca la ruptura, en esta relación, en casi todas las de la novela y en casi todas en la vida es quien se reivindica por lo que cree merecer, lo que implica que siempre está comparándose. Los «yo soy más»¸ «yo merezco más», «yo he hecho más» conducen inevitablemente a la ruptura, porque ninguna vida puede tasarse al peso y compararse con otras: hay demasiadas diferencias entre las personas: de edad, de circunstancias, de carácter, de valores, de vivencias…

Más en concreto, «Al este del Edén» es la historia de Adam Trask, más que de su familia, de por qué Adam fue como fue (ahí está su padre para que averigüemos sus primeros traumas), cómo su vida se moduló (ahí está Samuel Hamilton para ejercer de apoyo y conciencia) y qué consecuencias tuvo más allá de él a través de sus dos hijos, Cal (nombre que tanto recuerda a Caín) y Aaron (que suena a Abel). ¿Otra vez casualidad el juego de las inciales?

Los capítulos son relativamente cortos y divididos en tres, cuatro o cinco apartados. La riqueza expresiva es enorme, como también el vocabulario, y la capacidad de descripción del entorno es fantástica. El dominio del lenguaje es tal que hasta lo más duro y sórdido se lee con conciencia de que lo es, pero sin repugnancia.

La historia es famosa: tras conocer la infancia y juventud de Adam, marcadas por los traumas y una azarosa huida hacia adelante, Adam sienta cabeza, emigra a California con el riñón bien cubierto y casado con cierta dama que, vamos a decirlo así, también tiene sus traumas -o sus carencias- y la cosa, con ocasión del parto de sus dos hijos, mellizos, acaba entre mal y horrible, lo cual abre para Adam una larga etapa desastrosa en la que el apoyo de su criado chino, Lee, es crucial. Este personaje es esencial, pues lo mismo sirve de contrapunto a Adam y sus hijos como de pivote en torno al que convergen las familias Trask y Hamilton. También sirve para dar una visión social más amplia de la que permite el resto de personajes: la del inmigrante de etnia distinta a la dominante, siempre despreciado y relegado. Cal y Aaron, los hijos de Adam, crecen en la ignorancia total sobre su madre. Y más les vale. O no. 

O no. Esta intencionada duda da idea del gran valor que a lo largo de la novela se da a la verdad. Lo explico. Ni por asomo Adam concede valor alguno a la mentira, que siempre es considerada despreciable, en especial cuando consiste en omitir datos clave. La cuestión se plantea en relación a la oposición entre verdad y silencio, o entre verdad y mentira piadosa. Dado que hay situaciones límite, las reflexiones son muy interesantes. Los personajes que sirven de referencia ética siempre se pronuncian favor de la verdad, pero al final comprendemos que en realidad no es así, sino que se pronuncian a favor de una verdad éticamente expuesta y con motivos éticos para exponerla, como queda claro en contraposición a la cruel verdad que cuenta Cal, y que nadie puede defender por más que sea verdad. Es decir, la verdad no tiene un valor ético por sí misma; es cómo se usa lo que la transforma en un instrumento de paz, de reequilibrio o de crueldad, incluso de venganza. Lo que legitima a quien usa la verdad no es el hecho de usarla, sino cómo lo hace y, especialmente, sus intenciones al usarla.

Y es que no solo hay verdades molestas. También las hay peligrosas. Ahora mismo soy especialmente consciente porque, por ejemplo, servidor de ustedes entró en conocimiento de una vieja verdad con capacidad para destruir a un pequeño mediocre que está acosando injusta y abusivamente a personas honestas a las que admiro y aprecio. El individuo hizo, hace años, algo que repugnará hasta a sus hijas. Durante años le ha protegido el temeroso y pragmático silencio de su víctima. ¿Pero ahora debe salir la verdad a la luz como acción de defensa? ¿O para restaurar los equilibrios produciendo un daño que evite o castigue los que él está provocando? Cada cuál tendrá una respuesta. No hay ninguna mejor que otra porque, como he dicho, lo importante es el ánimo de justicia con que se usa la verdad. 

El descubrimiento de diversas verdades complicadas de digerir para quien las ignora es uno de los motores de la novela debido al interés emocional que suscitan. ¿Cómo reaccionará Fulano cuando se entere de que Mengana…? En estas casi setecientas páginas hay una verdad peligrosa detrás de otra.


El otro motor de la obra opera a más largo plazo: cómo acabará una familia en la que el padre y la madre han tomado rumbos distintos e incompatibles, cómo conciliar ambos en la figura de unos hijos que inevitablemente son el resultado de esas dos fuerzas dispares. Qué ha de salir de la unión de todo eso. ¿Una conciliación o una bomba?

A lo largo de las generaciones Trask se reproduce cierto patrón: quien dentro de una generación cree merecer más acaba amargando la vida al resto, al que intenta provocar un sentimiento de culpa (injusto, pero que acaba existiendo). El gran pecado de cada padre es no saber trasladar a sus hijos la convicción de que son iguales en derechos y afectos aunque no hagan lo mismo (entre otras cosas porque es imposible, ya que cada uno tiene una edad y se enfrenta a unas circunstancias vitales distintas) ni se comporten igual, aunque sean el día y la noche. No luchar por darles esa convicción produce en los hijos una errónea percepción de favoritismo o discriminación, y esto, a la larga, origina reivindicaciones del yo, del, como he apuntado antes, «yo soy más»¸ «merezco más» o «he hecho más». Y de ahí al enfrentamiento en la edad adulta. Los errores de cada generación se perpetúan así en las siguientes, que, salvo la gente brillante, no saben hacer sino aquello que han hecho con ellas.

Aunque luego, cuando se aproxima el final de vida y los caminos son ya por completo individuales, todo el mundo acaba haciendo balance. El que sintió de forma injusta un sentimiento de culpa debe aprender a vencerlo para liberarse y sentirse en paz; y, quien lo causó, a menudo acaba sufriéndolo con el agravante de que este sentimiento, este sí, está justificado. Que se joda, claro. Así es como en las postrimerías de la vida los injustamente tratados a veces se liberan y los que han provocado la opresión a menudo acaban sufriendo las consecuencias de su propia conducta, buscando, a la vejez, excusas para justificarse. Todo lo que en esta obra se muestra, para bien y para mal, también es espectacular, emocionalmente hablando. También todo esto muestra «Al este del Edén», la novela que este año, por algún motivo, me ha caído del cielo.

Por todo esto posiblemente esta sea una de las mejores novelas de la historia sobre el sentimiento de culpa, y de ahí que su final, inesperado y grandioso sin salir de algo tan pequeño como un ser humano concreto, tenga una fuerza enorme: después de todo lo que ha mostrado, John Steinbeck nos recuerda que nadie tiene por qué ser prisionero de nada ni de nadie, ni de su familia ni de su pasado, ni siquiera de su futuro previsible. Todos tenemos libertad de elección. Timshel.


jueves, 10 de septiembre de 2026

Dos amigos - Iván Turguénev

 



Borís Andréich Viazovnín es un hombre joven, culto, guapetón y refinado, tan bien dotado para el dolce far niente como negado para la gestión de su patrimonio. Por eso, tras fundirse la mayor parte de su dinero en una vida no se dice si disoluta pero sí muy lejana al sacrificio, retorna al mundo rural, a su propiedad en el campo, para vivir allí como buenamente pueda, que tampoco es del todo mal.

Lo primero que sorprende es que el caballero no lleva nada mal la situación. De hecho, la lleva tan bien que ni siquiera llega a decir «que me quiten lo bailao». A ello ayuda la amistad que pronto hace con Piotr Vasílich Krupitsyn, un vecino con unos pocos años más y también con más kilos y gustos más vulgares, aunque no zafios. Además, es una persona noble.

Ambos están solteros.

Un buen día Piotr Vasílich, convertido en celestino, le dice a Borís Andréich que un tipo tan joven y cosmopolita debería conocer alguna mujer para casarse y no aburrirse. Dicho y hecho, emprenden una serie de visitas por los contornos, siempre bajo la guía del primero, que es quien conoce al vecindario. Así es como aparecen en la novela una viuda joven y desenvuelta y el par de hijas de un terrateniente local, en lo que es el peor momento de este magnífico relato, pues por momentos amenaza con convertirse en un recorrido por una especie de museo de mujeres casaderas. Finalmente, llega la tercera, Vera Barsukova, Vérochka, que es también la que parece tener menos mundo, la más sumisa, alguien en quien no parece lógico que repare un joven con la experiencia de Borís Andréich, pero…

Pero, zas.

    Dicen que el amor es ciego porque impulsa decisiones irracionales, como las de los tontos.

Y el amor, o lo que quiera que surgiera entre ambos, desemboca en lo que verá quien lea este breve relato, tras lo cual llega la cruda realidad y cada cual la afronta como puede, y quien más puede es Borís Andréich. Luego sucede lo que sucede, y Piotr Vasílich acaba en disposición de… Bueno, leedla.

Son varios los temas para la reflexión.

El fundamental, que sugiere el título, es la amistad. Piotr Vasílich acoge al recién llegado, comparte con él sus días y, creyendo que su amigo merece otra vida mejor de la que su compañía le procura, se empeña en casarlo aun a sabiendas de que cualquier enlace irá en menoscabo de las ocasiones en que la amistad pueda manifestarse. La amistad (que tiene mucho que ver con el respeto) vuelve a mostrarse con fuerza al final de la novela, cuando vemos el comportamiento de Piotr Vasílich ante la ausencia de su amigo. Posteriormente adivinamos lo meritorio de ese punto, porque Piotr Vasílich también tenía su corazoncito.

Otros temas para la reflexión lo sugiere el carácter de los diversos personajes. Comenzamos por la aparente indolencia de Borís Andréich, causa de todos sus problemas, pues dejarse llevar es más sencillo que pensar y, aunque la verdad es que el tipo cae bien, es un vago. Seguiremos con Piotr Vasílich, un hombre mucho más realista, sensato y, por lo tanto, cercano a saber lo que de verdad quiere. Y terminamos por las diferentes mujeres, desde la resuelta viuda que con la afirmación de su independencia pone un contrapunto a las convenciones sociales que para muchos, entre ellos Borís Andréich, puede resultar desagradable o agresivo, a las cándidas hermanitas, una que no respira por no molestar y la otra, vacía pero satisfecha de sí misma, que vive de cara a la galería encantadísima de haberse conocido. Por último, la esforzada Vérochka, cuyas virtudes ocultan sus limitaciones, su falta de ambición y una vergüenza paralizante fruto de una idea acomplejada de sí misma.

En resumen, bien está tener buenos amigos. Para disfrutar, como aquí ocurre. Para que te echen una mano, como también vemos y, por encima de todo, cosa que no siempre ocurre, para que alguien te cante las cuarenta cuando lo necesitas.




domingo, 6 de septiembre de 2026

Historias de Vigàta, 4 - Andrea Camilleri

 



Buen día, el 6 de septiembre, aniversario del nacimiento de Andrea Camilleri en 1925, en Porto Empedocle, Sicilia, para publicar una reseña sobre un libro suyo

    Se ha hecho esperar este cuarto y último volumen de «Historias de Vigàta» publicado por Altamarea. Sobre la colección entera debo reconocer mi error en la valoración inicial. La edición es mejor que la impresión que me habían causado los opúsculos de Camilleri, y «las extrañas conjugaciones verbales» a que me referí en la reseña de la primera de las entregas de estas historias, más que ser un defecto de traducción puede que sean un mérito que le atiza en la cabeza a la traducción del resto de obras de Camilleri que he leído, pues se diría que, con un acierto que no tengo capacidad para precisar, tratan de llevar al español el efecto del dialecto y el modo de hablar siciliano.

Dicho lo cual, estas historias son más de lo mismo (lo cual es un elogio). Repartirlas en cuatro volúmenes supongo que tiene que ver con la comodidad para el lector y, sobre todo, con la aceptación en el mercado, que no digiere nada bien los volúmenes de mil páginas de relatos independientes. Cuatro libros, en cambio, es otra cosa.

En esta ocasión, en los ocho relatos del volumen el sexo no está tan presente como por ejemplo en el tercero, aunque lo está casi siempre y en algún relato en concreto llega a ser más escandaloso que nunca con pintoresca historia de una especie de incesto al por mayor (La rectitud hecha persona). Más liviano es en los relatos titulados La capilla familiar y Teresina. Pero Camilleri también demuestra una portentosa habilidad para tejer historias verosímiles sobre las ocurrencias más extravagantes, como la de caballero que dispone de un paladar infalible (El paladar absoluto), la no muy original historia del muerto que va y viene por todas partes (El muerto viajero), la del niño con una suerte loca (El oro en Vigáta) o la de cierta roñosa reliquia (La bota de Garibaldi), amén de la que abre el volumen (El duelo es contagioso), una mezcla de tragicomedia y aventura de los payasos de la tele. La variedad dota a este último volumen de una agilidad y un interés incluso mayor que el de los precedentes, y demuestra que para un escritor con osadía e imaginación hay argumentos a millares. 

Pasen y lean.