En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 13 de agosto de 2026

Dos tardes con Benito Pérez Galdós - Ignacio Martínez de Pisón

 



    Considerar a Ignacio Martínez de Pisón un magnífico escritor y ser devoto lector suyo no me impide decir que una cosa es que dominar el lenguaje te permita expresar y transmitir con estilo y eficacia las ideas profundas que todo buen escritor tiene, y otra que toda obra de un buen escritor sea interesante. Es el caso de este prescindible librín. Honra a Martínez de Pisón que él mismo lo reconozca: la suerte de refrito sobre Galdós de estas dos tardes tiene su origen en material reciclado que usó ya no recuerdo para qué cuenta, así que estas páginas, señala, solo merecerán el reconocimiento de quienes se interesen por lo que en aquel momento concreto le interesó a él.

    En definitiva, «Dos tardes con Benito Pérez Galdós» es un ejercicio de reciclaje que no se sabe muy bien qué pretende (o sí, pero de eso hablaré luego), que empieza en ningún sitio y recorre parte de los episodios nacionales para saltar luego, siguiendo un orden cronológico, a los episodios personales de Galdós desde su avanzada madurez hasta hasta su muerte. No soy capaz de decir qué sobra, pero si de saber que faltan muchas cosas. En resumen, un conjunto de ideas más o menos desordenadas y sin un objetivo claro, aunque la maestría de Martínez de Pisón permita leerlas con mayor sensación de continuidad de la que de verdad hay.

    El lector ya se puede oler el mejunje tras la breve introducción de Sergio del Molino, quien parece ser el poco esforzado padrino el invento. Toda una amable y sonriente declaración de intenciones, un acariciar el lomo del cliente con tono de vendedor de enciclopedias (que no pueden faltar en tu casa para evitar que tus niños sean unos zoquetes), que viene a decir que esta colección hay que tomársela muy en serio, mucho, pero no te asustes porque como son cositas para leer en dos tardes tampoco hay que esperar prodigios ni requieren esfuerzos intelectuales fuera de tu alcance. O sea, es profunda y simple, la cuadratura del círculo, una enciclopedia al alcance de los niños (y de los tontos como tú), pero también es rigurosa porque con ella la prole sabrá un porrón (y tú podrás aparentar que no eres un ignorante). Adaptado al presente se deduce que esta colección es ideal si quieres ser un avisadillo, que en este instagramático mundo es de lo que se trata. Pero, claro, una cosa es que en dos tardes uno no vaya a hacerse un experto en nada y se conforme con un endeble barniz, y, otra, que para eso uno esté dispuesto a tragarse cualquier reciclado, como si tampoco a los autores se les hubiera exigido mucho más de las dos tardes que se le prometen al lector.

    En resumen, da la sensación de que este invento está más vinculado al pasar por caja que a la concisión rigurosa. Que de los cuatro libros que he localizado en la colección al menos dos los firmen autores que parecen tener una relación más o menos amistosa con el organizador del asunto tampoco me inspira demasiada confianza. 

    Termino con una reflexión: me siento capaz de escribir (aunque en bastante más de dos tardes) «Dos tardes con Andrea Camilleri». Me lo pasaría en grande y estoy convencido de que el resultado sería bueno. Pero también creo que nadie que lo leyera podría decir que había estado dos tardes hablando con Camilleri, sino conmigo hablando de don Andrea. Esto es que lo pretende esta colección, supongo que por razones comerciales. Quiero decir que hay un doble gancho: el del autor celebérrimo analizado (a quien no lo examina un experto en él) y el de autor contemporáneo y conocido que tiene su propio público. Si no pica el devoto de Galdós, que pique el de Martínez de Pisón. Un autor conocido hablando de un autor célebre. Esa es la fórmula que se repite en esta colección. Una mezcla que se da cada vez más en todo el mundillo cultural porque suele preocupar más lo crematístico que lo artístico. Así que olvidad mis tardes con Camilleri: ni yo soy conocido ni sabemos aún si él pasará a la historia.




lunes, 29 de junio de 2026

El día de mañana - Ignacio Martínez de Pisón

 


Fenomenal novela construida sobre los testimonios en primera persona de un amplio elenco de personajes en cuya vida en algún momento se cruzó la del protagonista, cuya versión de la historia nunca llegamos a conocer: Justo Gil Tello. Se trata de un hombre joven y pobre que comienza teniendo puntos admirables, pero que evoluciona hasta ser un indeseable. Con el correr de su vida se rehabilita solo en la medida en que el lector llega a ser consciente de hasta qué punto Justo ha sido lo que ha sido impelido por circunstancias que escapaban por completo a su control. Una novela, por tanto, sobre hasta qué punto cada uno es dueño de su destino y que permite llegar a una conclusión que todos sabemos: a más penuria, menos dueño es uno de su vida y más está a merced de los acontecimientos. Cuántas personas buenas y hasta grandes no se habrán quedado en trapaceros y delincuentes porque la vida no les ha dado más opción; o porque no les ha dado la opción de educar la cabecica.

Justo es un joven emigrante que llega a la Barcelona de los años sesenta o finales de los cincuenta con una mano delante, otras detrás y una madre en estado vegetativo a la que debe llevar a cuestas porque no tiene ni para una silla de ruedas. Estamos en mitad del franquismo, una época en la que, con dos décadas de retraso respecto a Europa, existe un crecimiento económico que da salida parcial a la emigración rural, pero no total, como lo evidencia que hasta el 10% de la población activa hubiera emigrado al extranjero. Es decir, hay trabajo, pero sin pasarse.

Justo llega a Barcelona con ganas de trabajar y de prosperar. Como las segundas son aún más grandes que las primeras no desea convertirse en asalariado, sino en empresario. El problema, el lector lo irá viendo, es que el trabajo y la voluntad no suplen la falta experiencia ni de guías y consejeros desinteresados, y el mundo empresarial hay muchos pícaros por cada incauto.

Justo es la primera víctima de ese mundo, pero a su vez él va dejando otras que no se transforman en sus enemigos jurados, pero sí en personas afrentadas y escarmentadas. 

    La vida emocional de Justo tampoco es mucho mejor, porque también se ve afectada por esa voluntad que le lleva, buscando lo mejor, de cabeza a los problemas. En lo emocional Justo tiene sus sentimientos, pero vemos que con frecuencia se debate entre ellos y sus ambiciones.

    La necesidad no desaparece porque cada fracaso agrava la dimensión de sus problemas. Aunque ninguno de los testigos afirma que esta sea la razón, la acumulación de desastres le hace usar uno de esos atajos con que a menudo el menesteroso es tentado por quien puede aprovecharse de él. Así es como se convierte en confidente de la policía política del régimen. 

La novela avanza desde el panorama social de la clase emigrante, maravillosamente reflejado por Martínez de Pisón, al panorama político y la forma en que éste condicionó el día a día de millones de españoles de las formas más arbitrarias, violentas y absurdas. Vemos también, al final, como quien detenta una ínfima fracción de poder intenta cubrirse las espaldas cuando el cambio es previsible, e intenta hacer, y lo consigue, que cambien cosas para que nada cambie, siguiendo la máxima de Tancredi en «El Gatopardo»; solo que, como en esa novela, todo cambia para quienes nada pueden cambiar, como es el caso de Justo.

Su figura es apasionante. Justo es víctima de sí mismo porque no sabe hacerlo de otra manera, aunque lo intenta. Sus sueños son siempre de imposible materialización porque es un ignorante y un chapucero. En este sentido, mueve a la pena y a la solidaridad. Ahora bien, como sus chapuzas también se llevan por delante el sosiego y el dinero de mucha gente también es alguien que provoca rechazo, y aún más cuando se convierte en confidente de una policía represora y traidor hacia quienes, siendo lo bastante generosos como para arriesgarse por las libertades, lo creen de confianza, lo cual hace de él un personaje nauseabundo. Pero, a la vez, no es traidor por convicción sino por conveniencia, y esta deriva de su incapacidad para hacer más y para colmo es manipulada y explotada por los policías, con lo cual el traidor también es víctima. Y en cuanto a lo afectivo… Bueno, unas veces parece un caradura, pero también demuestra ser capaz de amar, de proteger, de avergonzarse, incluso de perdonar porque es comprensivo con quien ama y es capaz de sacrificar todo lo que tiene en aras a un amor tan imposible que ni se atreve a plantearlo. En resumen, una vida tan complicada y pobre que según dónde le da la luz vemos una cosa o la contraria. 

Ni que decir tiene que una existencia tan desorientada solo puede encontrar un rumbo correcto por casualidad, y que lo normal es que la maraña de idas y venidas acaben enredando los caminos hasta estrangular el paso en algún momento. Es lo que sucede.

Los numerosos testigos de la vida de Justo, que tienen edades diversas y han coincido con él en momentos y posiciones muy dispares, permiten dar una visión completísima del personaje.

Es una maravilla cómo Ignacio Martínez de Pisón construye sus historias, lo profundas que son y lo bien escritas que están con una sencillez sobria que es a la vez rica en matices y ambiciosa en lo expresivo.

«El día de mañana», publicado en 2011 en Seix Barral, fue Premio de la Crítica.


lunes, 10 de marzo de 2025

Ropa de casa - Ignacio Martínez de Pisón

 



La ropa sucia se lava en casa, aconseja el dicho. Y como la casa de un escritor son sus lectores (y en el caso de Martínez de Pisón se trata de una familia muy numerosa), ha dedicado estas páginas a lavar una ropa que, la verdad, estaba bastante limpia.

Ropa de casa es una obra autobiográfica, un conjunto de recuerdos ordenados cronológicamente que se mezclan con los recuerdos del recuerdo. Desde la infancia a la vida adulta, Ignacio Martínez de Pisón nos cuenta su vida apoyándose en los recuerdos más intensos y vívidos y por ello más significativos. Como además lo cuenta maravillosamente, gustará a cualquier lector, y no digamos ya a quienes pueden reconocer lugares (Logroño, Zaragoza y Barcelona, principalmente) y épocas; y, también, a todos los aspirantes a ganarse la vida con la escritura que se pregunten cómo diablos lo han conseguido otros.

La vida que refleja es normal. No puede decir que le haya ocurrido nada extraordinario, salvo la prematura muerte de su padre. Ha sido un tipo con suerte. Y con talento, claro. Probablemente su gran mérito vital haya sido tener el punto de osadía necesario para elegir el camino apetecido en cada momento, lo cual tiene también mucho que ver con la inteligencia necesaria para evaluar con rigor la propia capacidad.

Nacido en 1960, su peripecia vital, por lo común y por su contexto histórico, será tan reconocible para tanta gente que serán muchos los que disfruten de esta lectura, lo cual también supone un riesgo para el autor: demasiada gente con demasiadas referencias para juzgar. Por fortuna para todos, sale más que airoso.

Si sus novelas son en gran medida novelas de familia, esta obra, que no es una novela, es la más familiar de todas las de no ficción, porque lo que ha marcado a Ignacio Martínez de Pisón ha sido su vida familiar, con las costumbres y sobresaltos que antes o después alcanzan a todo hijo de vecino y que tal y como está narrada explica razonablemente su personalidad. Hacia el final del texto hay, también, un importante hueco para la «familia literaria», fruto de ese misterioso impulso que lleva a encontrarse a quienes comparten inquietudes y que sin duda permite aprender en pescuezo ajeno y hacer utilísimos contactos. Algunas de las anécdotas sobre editores como Barral o Herralde o autores como Vila Matas, Muñoz Molina y otros son para recordar.

Una lectura buena, agradable y enriquecedora, que nos recuerda, en medio del maremágnum de conseguir, la importancia de ser. Quizá por eso, por la importancia de la identidad, Martínez de Pisón habla tanto sobre la familia.



lunes, 31 de julio de 2023

Castillos de fuego - Ignacio Martínez de Pisón

 


        Aunque resulta desolador, al hablar de la Guerra Civil y sus barbaridades los bandos siguen existiendo, casi siempre con memoria y desmemoria selectivas. Sobre la posguerra, en cambio, aparte de la cantinela sobre su dureza (que las más de las veces alude exclusivamente en la escasez de todo lo básico), los legos apreciamos un enorme manto de silencio. Sospecho que quienes quieren romperlo no encuentran cómo, y que el resto prefiere que las cosas sigan en el olvido. No es sencillo hacer luz sobre un periodo de poder opaco y omnímodo en el que ningún suceso destacó de tan generalizadas como fueron penurias y represalias, amén de por la ausencia de prensa y oposición libres e independientes.

        No hace mucho leí la biografía de Franco escrita por Paul Preston, una de las obras canónicas sobre el dictador. Al exterminio sistemático del «rojo» Franco lo llamaba, eufemísticamente, «redimir España». Si, durante la Guerra Civil, incluso la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini se habían quejado de la brutal represión en la retaguardia, la salvaje represión de la posguerra siguió provocando numerosas quejas internacionales. Solo el cambio de rumbo de la Segunda Guerra Mundial atenuó la ferocidad de la represión para dar al régimen una imagen más moderada.

        La posguerra en Madrid, 1939 y los primeros años 40, es el marco temporal de Castillos de fuego, obra que intenta mostrar retazos de aquella época dramática. Se trata de una historia de historias, o novela coral. La obra dedica sus casi setecientas ambiciosas páginas a glosar las peripecias de personas corrientes en situaciones variadas: quienes combaten al régimen desde la clandestinidad, por convicción o para vengar al hermano muerto; quienes desean estar de perfil, pero se ven arrastrados por sospechas infundadas e injustas; los que medran sin rubor ni escrúpulos; los que lo hacen indignamente gracias a la justa o injusta caída en desgracia de otros; los que cambian de chaqueta con la desatinada fe del converso para dejar claro que son lo que ahora dicen ser y no lo que eran; los que animados por un espíritu justiciero contra el régimen se transforman, sin darse cuenta, en alimañas; los que ven, observan y callan… Todo en una sociedad corroída con el odio, el miedo y la corrupción rampante, donde todo hijo de vecino puede ser un chivato o un mentiroso que hunda tu vida a cambio de bien poca cosa; un estado policial en el que la única dinámica del poder es el exterminio del adversario real o potencial, y en el que el verdugo encuentra el consuelo de su crimen de la prebenda. Una época, también, en la que distintas facciones se disputaban el poder y la influencia, provocando cierta lucha de «familias políticas» y un sinfín de conductas estratégicas.

        La mayoría de los personajes son jóvenes, aunque al fin de la novela, tan solo seis años después del momento en que comienza, todos parecen ancianos.

        El ritmo es bueno, sin prisas, sin pausas. El lenguaje, claro, rico, diáfano, eficaz, sin estridencias. No busca impactar con las palabras sino con las situaciones narradas. Hay poquísimas apreciaciones: solo hechos. Uno tras otro. En el mejor estilo de Ignacio Martínez de Pisón, de quien no me canso de repetir que es uno de los mejores autores españoles vivos.

        El lector sigue la obra sin sobresaltos, pero con tristeza y desasosiego: es posible encontrar en ella muchas conductas solidarias, pero ni una sola que permita albergar la esperanza de un futuro más justo; incluso, en el colmo de la amargura, la bondad y la solidaridad a menudo acaban disueltas en el temor. Castillos de fuego es, por tanto, una novela dura, porque enfrenta al lector a realidades de las que solo puede sacar una cosa positiva: el recuerdo, a efectos preventivos, de cómo es capaz de comportarse el ser humano cegado por cualquier ilusoria certeza.

        Una novela para reflexionar sobre los dramas derivados de creerse en posesión de la verdad, y de olvidar que el objetivo de la democracia no es establecer la dictadura de la mitad más uno sobre la mitad menos uno (un sistema, por tanto, en el que para sentirlo legítimo «deben» ganar los míos), sino la convivencia en paz entre diferentes.




jueves, 1 de septiembre de 2022

Carreteras secundarias – Ignacio Martínez de Pisón

 


Con cada libro que leo de Ignacio Martínez de Pisón se refuerza la idea de que es uno de los más grandes escritores de su generación. Y leyendo Carreteras secundarias, una de sus primeras obras, esta idea se refuerza. Publicada, si no me equivoco, en 1996, cuando el autor tenía solo 35 años, es una obra sólida, compacta, muy bien estructurada y muy bien escrita, con un lenguaje rico que no impide que la lectura sea liviana, y en la que demuestra su capacidad de penetración psicológica.

Escrita en primera persona, narra las desventuras, en la España de 1974, de un chaval, un adolescente huérfano de madre, que vive con su padre; el cual es un pobre desgraciado que se da aires de importancia para tratar de engañar a todos, comenzando por sí mismo y por su hijo, y ver si fingiendo ser lo que no es consigue llegar a serlo.

El padre, que es tan protagonista como el hijo, muestra la visión que tiene de sí mismo a través de su posesión más preciada: un Citroen Tiburón, un coche de postín que traslada una idea de lujo y modernidad, aunque el hecho de que sea de segunda mano ya indica que el propietario no es tan boyante como intenta aparentar. 

El modo de vida de la pareja es peculiar: van dando tumbos de acá para allá, viviendo en la costa en invierno porque los alquileres son baratos, y donde pueden en verano; el padre ha tenido algún que otro amorío, y ahora anda con una cantante lírica de tres al cuarto de la que es también representante; pero, como puede suponerse, esos trabajos improvisados que aspiran a ser un maná pronto alcanzan sus raquíticos límites, y padre e hijo se ven abocados a una picaresca que el padre intenta ocultar porque desea mantenerse digno a los ojos de su hijo. Cosa, claro, no muy sencilla.

Ese modo de vida aumenta poco a poco la desesperación del padre a medida que debe ir sacrificando su dignidad, y a medida, sobre todo, en que va siendo incapaz de ocultar a todos su creciente indignidad. En paralelo, su hijo, protagonista y narrador, va creciendo, comprendiendo, y distanciándose del padre.

Esta distancia muestra el fracaso vital del padre: toda la vida tratando de mantener las apariencias, de hacer creer a su hijo que tiene un padre brillante, de cometer ocultas indignidades en aras de mantener esa apariencia de dignidad que es lo único que tiene… Y claro -al final el hijo no es tonto-, cuando el padre de da cuenta de que su hijo se da cuenta de todo las cosas empeoran rápidamente porque ya no hay motivos para disimular.

Y, sin embargo, sí hay un motivo para la esperanza: que el hijo pueda llegar a comprender al padre, lo que, entre otras cosas, exige madurar. Y madurar exige que la vida te madure.

Una historia a un tiempo tierna, divertida, dramática, dura y con un final esperanzador en el que, más allá de lo feliz, el lector puede comprender que a veces la huida es una forma de recuperar la dignidad.


miércoles, 21 de octubre de 2020

Fin de temporada – Ignacio Martínez de Pisón

 



              ¿Cuál es el valor de la verdad? ¿Y sus efectos? ¿Dependen del momento en que la verdad aflora? ¿O del momento en que se calla? ¿Qué verdades son las más importantes? ¿Las familiares?

              1977. Juan y Rosa, extremeños de Plasencia que aún no llegan a los veinte años, cruzan la frontera a Portugal para que ella pueda abortar. Pero sufren un accidente. Juan muere. Posteriormente, Rosa da a luz. La encontramos años más tarde, terminando el siglo XX al frente de un pobre camping en Tarragona, cerca de las centrales nucleares. En él vive con un hijo, Iván, que lo ignora todo sobre su pasado y que, por su edad, ya adolescente, comienza a buscar su propio camino en la vida.

              Iván echa de menos al padre que no conoció, sin saber que si su padre hubiera vivido él no hubiera nacido. Ignora casi todo sobre él y sobre el resto de sus familiares, ignora mucho incluso sobre su propia madre. Rosa, por su parte, se ha refugiado en Iván y en el recuerdo de un corto amor que, en su brevedad, tuvo la perfección de lo que no ha tenido tiempo de estropearse. Junto a ellos comienza a vivir Mabel, una mujer que se ha visto obligada a rehacer su vida. A la vez, Iván se enamora de una muchacha francesa, Céline, que vive en Toulouse. El conjunto de estas relaciones se ve condicionado por la huida del pasado en su día emprendida por Rosa y contagiada a su hijo a través de su carácter posesivo y, también, por la oscuridad que impuso sobre lo acontecido años atrás. Pero es imposible escapar del pasado porque somos fruto de él, y antes o después hay que retornar a él para comprendernos a nosotros mismos y tomar decisiones con criterio.

              Aunque a veces también el criterio o la falta de él está condicionado por cómo nos afectó el pasado.

              Fin de temporada, escrita con la clara y lúcida prosa de Ignacio Martínez de Pisón, bucea en situaciones y sentimientos profundos sin apenas esfuerzo, denotando la claridad de ideas, el dominio sobre lo que se quiere escribir y la maestría para hacerlo.  Martínez de Pisón domina el arte de narrar las relaciones familiares convulsas, que no por ser familiares dejan de irradiar sus efectos al resto de relaciones de sus personajes: amistad, amor, interés… El pasado vuelve siempre, dice Martínez de Pisón en una entrevista; y así es, porque somos su fruto, aunque cierto es que unos lo digieren mejor que otros.

              La historia, que comienza lenta, coge ritmo de modo suave, constante, hasta terminar con una intensidad desgarradora. El realismo es absoluto, tanto por la fidelidad al modo de ser y hablar de las personas como por las descripciones y la carencia de efectismos artificiales. El único efecto buscado por el autor, y alcanzado con éxito, es el poso que deja la novela tras un final, emocionalmente complejo, al que conduce la deriva de unas vidas que han creído poder avanzar sin haber levado anclas.

              Fin de temporada es también un magnífico reflejo de la sociedad y del rápido cambio de las últimas décadas. La misma persona que en 1977, con apenas 18 años, experimenta el drama de ser madre soltera y el fundado temor a una dura condena social que la convierta en una paria, tan solo veinte años después, aún joven con solo treinta y tantos, vive en un mundo que no entiende aquellas vivencias que cambiaron y aún condicionan su vida.

              Ignacio Martínez de Pisón es un maestro del realismo y de las relaciones familiares complicadas, que, al final, marcan como ningunas otras. Uno de los mejores escritores españoles. 



jueves, 10 de mayo de 2018

Filek: el estafador que engañó a Franco - Ignacio Martínez de Pisón



                Hace poco más de diez años todos los partidos políticos y los periódicos de Aragón, e incluso algunos nacionales, dieron credibilidad a una noticia que algunos despachamos al instante (y en mi caso así se lo hice ver a quienes me la dieron) como un evidente intento de estafa: una supuesta multinacional del juego (que ese mismo día podía constarse en Internet que era inexistente) prometía 25 millones anuales de turistas con una inversión de 17.000 millones de euros (alrededor del 1,7% del PIB español) creando un complejo de casinos. De ser ciertas las cifras el asunto suponía ¡el equivalente al 50% del sector turístico de toda España!, que ya de por sí es una de las mayores potencias turísticas mundiales. Aunque la prensa no lo decía, el dato auguraba la epifanización en medio de la nada de una ciudad cuyo tamaño oscilaría entre los de Bilbao y Málaga (el cálculo lo hice suponiendo cuatro pernoctas de media por cada uno de los 25 millones de supuestos turistas repartidos linealmente a lo largo del año, unidos a los 65.000 empleados directos que prometía la noticia, más, a ojo, empleos indirectos). A nadie se le ocurrió preguntar cómo era posible que los más de 50 millones de turistas que cada año visitaban España generaran cientos de miles de puestos de trabajo y en cambio estos 25 millones generaran solo 65.000. Tampoco nadie se preguntó cómo esos 50 millones requerían la existencia de miles de hoteles, algunos de ellos enormes, y en cambio estos 25 se iban a alojar en solo los 70 proyectados. La noticia ocupó portadas enteras tras darse a conocer en la presentación oficial que por todo lo alto se hizo de tan evidente delirio. Seguí el asunto con interés para averiguar en qué consistía el intento de estafa (supuse que en captar inversores institucionales o privados para luego coger la pasta y salir corriendo) y en cómo digerían luego el ridículo quienes se habían creído y apoyado semejante patraña. La locura era tan obvia que no pensé que el asunto tuviera más de unas horas de recorrido, pero que equivoqué. Para mi sorpresa, la farsa duró larguísimo tiempo; primero, reforzando la noticia inicial con otras tales como las relacionadas con las autopistas que se ejecutarían para esa nueva Bilbao-Málaga (que «no se sabía muy bien dónde se iba a ubicar», por lo que, al más puro estilo berlanguiano, varios pueblos de pocos centenares de habitantes aspiraban a «anexionársela»); también se crearían líneas férreas de elevado tránsito para conectar ese Eldorado con el aeropuerto de Huesca, cuya pista, por cierto, tengo entendido que carece de las dimensiones necesarias para acoger los aviones de más tamaño; también se anunció que se reformarían cuantas leyes fueran precisas para acoger esa inversión, e incluso algún oráculo sin identificar cuantificó el impacto en el PIB, en el empleo y hasta en la recaudación fiscal con cifras tan inconexas que se dirían aleatorias, pero todas con la apariencia de chollo que tiene el dinero caído del cielo. También reforzaron la credibilidad del proyecto noticias críticas, como la que señalaba que el volumen de co2 que generaría esa nueva «cosa» -una «cosa» que se contaría entre las siete u ocho ciudades más grandes de España-, equivaldría al que generaba el resto de Aragón, y aquellas otras que consideraban que la explotación de la ludopatía no parece el fin más elevado al que pueda servir el apoyo público a la actividad económica privada. Luego, cuando la patraña comenzó a perder fuelle, el olor a chamusquina se fue extendiendo con sorprendente lentitud hasta alcanzar, por fin, a los más ingenuos. Este proceso transcurrió jalonado de episodios tan chuscos como la aparición de una burda web de la «multinacional» (hecha en español, pese a ser, en teoría, una empresa norteamericana) que, aparte de carecer del contenido más elemental y de haber podido ser hecha en una mañana, recogía los logotipos de supuestas grandes empresas «colaboradoras» de nombre rimbombante que, una vez buscadas en Internet, se comprobaban tan inexistentes como la primera. Los dibujitos que animaban el proyecto en una suerte de cutre powerpoinit daban vergüenza ajena. El colofón, tiempo después, fue la escenificación del inicio «formal» de las inversiones, perpetrado por unos individuos jóvenes que parecían estrenar ese día sus primeros y baratos trajes y corbatas; con más pinta de ejecutados que de ejecutivos, hicieron unas declaraciones a los medios de comunicación en las que no hacía falta muy despabilado para darse cuenta de que aquellos caballeros no habían visto una empresa mediana de verdad ni en el cine; no digamos ya una multinacional, y que estaban recitando una cantinela bien aprendida. Después, nunca más se supo, y si alguien había puesto un céntimo, se cuidó mucho de hacerlo notar. Por tanto, fallé en mi previsión de contemplar cómo algunos digerían el colosal ridículo. No contaba con que como todos lo habían hecho en grado sumo (unos, engañados, y otros, por omisión, para no ser los aguafiestas que Antonio Muñoz Molina denuncia en Todo lo que era sólido), y como además ese todos incluía la prensa, que ni siquiera había contrastado los datos con el sentido común y la matemática más elemental, digo que entre esos «todos» se produjo algo parecido a un tácito pacto de silencio en el que se diluyó todo. Hasta el recuerdo de aquel prometido maná.

Si comienzo esta reseña indicando que hace tan poco tiempo unos piernas podían hacer creer que era posible plantar en los alrededores de cualquier pueblo de trescientos habitantes a la mitad de todos los turistas que atraen nuestros miles de kilómetros de playas -Canarias y Baleares incluidas-, todas nuestras montañas, valles y parques naturales y nuestros millares de monumentos, construcciones históricas y museos, amén del «turismo» de ferias y congresos, si comienzo diciendo que unos pelanas fueron capaces de hacer creer que en mitad de un desierto podía crearse en pocos años como por arte de birlibirloque la séptima u octava ciudad de España, es para demostrar que lo que Ignacio Martínez de Pisón cuenta en Filek es de actualidad permanente y no solo, como podría pensarse al hilo de algunas de las noticias sobre este libro, la narración de una anécdota histórica. De hecho, en los últimos años son innumerables las grandes estafas que se han llevado a la práctica al hilo de interesadas y desorbitadas previsiones de usuarios que nadie firma, que nadie sabe quién ha hecho ni con qué métodos, y que han servido de excusa para gastar grandes cantidades de dinero en proyectos que, una vez terminados, no prestan servicio a nadie pero cuyo coste ha ido a parar a manos de quienes de un modo u otro los ejecutaron.

                Filek cuenta la historia de Albert Filek, un ciudadano nacido a finales del siglo XIX en lo que fuera el imperio austrohúngaro, que dedicó toda su vida al arte de la estafa, esquilmando a cándidos no menos ávidos de ganar dinero fácil que él. El cénit de su actuación «profesional» fue el intento de endilgar, a sucesivos gobiernos españoles, un mejunje denominado «gasolina sintética» que, fabricado a base de agua y potingues varios, pretendía ser utilizado (sí, con abundante agua) en motores de combustión. No fue el único en intentar vender majaderías de ese cariz, pero sí quien llegó más lejos, proeza conseguida con el primer gobierno franquista como víctima y amparado por algo parecido al apadrinamiento del mismísimo dictador, quien, por este hecho, pasó a ser el primer y mayor burlado. Además, el tamaño del ridículo suele ser directamente proporcional a la posición de poder que ostenta el engañado.

                No voy a contar los pormenores de la peripecia vital de Filek porque en ellos está la gracia de buena parte del libro, aunque el sentido de la obra no es tanto analizar esa estafa concreta como la singular vida del estafador y el papel que la mentira juega en ella. La tarea realizada por Ignacio Martínez de Pisón ha sido magnífica; no es sencillo reconstruir la vida de un desconocido, y menos de alguien que ha hecho de la mentira un modo de vida. Martínez de Pisón lo hace de un modo tan ameno y sencillo que es fácil reconocer en cada línea a uno de los mejores escritores españoles.

                Un valor añadido al interés de la obra es el entorno histórico en el que se movió Filek, tanto temporal como espacial: su lugar de nacimiento le permitió afirmar ser austriaco, alemán e incluso húngaro, y las convulsiones políticas de la época lo sumieron en un maremágnum de problemas –al tiempo que también le dieron muchas oportunidades- que pusieron de manifiesto tanto las ironías del destino como, también, la capacidad de Filek para mentir, tan relacionada con la falta de principios y escrúpulos.

                Este es otro de los elementos a destacar de la obra: cómo al hilo de la vida del protagonista Martínez de Pisón nos traslada, sin que nos demos cuenta, abundantes conocimientos de los albores de la Guerra Civil, de su desarrollo y de la posguerra, un periodo del que todo el mundo habla, pero muchos lo hacen oídas, de modo parcial y con lagunas de conocimientos que a menudo parecen océanos. Para muchos lectores, Filek también será una sana lección de historia.

                Cómo nace y crece el estafador, cómo se beneficia de sus trapacerías y, al mismo tiempo, cómo es víctima de ellas porque su propia fama le persigue y porque la mentira pasa a ser su realidad, y, en fin, cómo se afronta la vida y el final de la misma cuando no has hecho nada honrado en ella y ni siquiera tu pasado es verdad, es lo que vemos en esta obra. No tiene un interés menor: habida cuenta de que lo fácil que es toparse con aspirantes a desplumarnos hasta a través del teléfono, todos estamos más o menos familiarizados con este tipo de gente.

                Hay cierta tendencia –el mismo autor lo advierte- a sentir simpatía hacia los estafadores: al fin y al cabo son gente que trata de aprovecharse de quienes intentan prosperar buscando atajos. Un estafador suele ser un avaricioso que se aprovecha de otro. Suele. Porque, y esto es lo que marca la diferencia entre la simpatía y el asco, a menudo también abusan del necesitado. Todo eso lo advierte Martínez de Pisón, si bien, limitado su objetivo a contarnos la vida de Filek, no bucea con tanta intensidad en las razones que llevan a algunos –en especial a quienes detentan el poder- a dejarse engañar por cualquier tipo de prometedora payasada. Está claro por qué se deja engañar el necesitado. Por desesperación. También lo está en el caso de ciertos estafados con más dinero que cabeza y cultura. Por avaricia. No lo está tanto en el caso de gente a la que cabe presumir formación, cabeza y posibilidades de asesoramiento: quizá para algunos la vanidad y el deseo de permanecer en el poder o de pasar a la historia sea tan fuerte y les ciegue tanto como a otros la desesperación o la avaricia.

                Una estupenda obra.


jueves, 25 de mayo de 2017

Derecho natural - Ignacio Martínez de Pisón



      El «derecho natural» son las normas inherentes al ser humano y previas a todo ordenamiento jurídico positivo. Simplificando, está vinculado al instinto y a los requisitos más elementales de la concepción de la vida. Por eso, cuando las normas positivas, escritas o consuetudinarias, van contra él, surge la desazón, el desconcierto e incluso la sensación de fracaso.

      De ahí el título. Porque algunos de los personajes de Derecho natural sufren las contradicciones entre su instinto y la convención y, como una consecuencia, surgen y sufren conflictos de intereses entre ellos. Los estudios y profesión que alcanza el protagonista, además de una excusa para justificar que «el narrador» dé ese título, lo es para expresar ideas complejas con tan pocas y claras palabras que hace que esta novela, dentro de la engañosa sencillez de su prosa, brille a cada línea.

      La historia lo es de pequeños triunfos y grandes zozobras, de búsqueda y escape. Como tantos, los personajes pasan la vida buscando su propia identidad, adaptándose unas veces, conformándose otras y rebelándose algunas, siempre sometidos al azar de las previsiones erróneas, de las reacciones ajenas y de cuanto desconocen; en ocasiones, con autonomía para cometer sus propios errores; en ocasiones, a remolque de decisiones de otros. Derecho natural es una lectura melancólica y a la vez risueña, que no puede hacerse sin sentir una permanente mezcla de ternura, buen humor y tristeza.

Ignacio Martínez de Pisón.
Zaragoza, 1960.
      Ignacio Martínez de Pisón, uno de los mejores escritores españoles, es todavía un poco más grande después de esta novela. Su claridad, concisión y eficacia en el uso del lenguaje, el alto y constante nivel de su prosa y la profundidad de las ideas y sentimientos que traslada sin que el lector deba esforzarse para empaparse de ellos, lo sitúan en el mundo de la alta literatura, pequeño drama mercantil cuando tantos lectores buscan literatura y autores espectáculo; pequeño drama injusto, porque Derecho natural es tan gran novela y está tan bien escrita que pone la miel con igual eficacia al alcance de gourmets y de asnos. Uno de los libros más bonitos y que más huella me ha dejado en los últimos tiempos. Maravillosamente sencillo y complejo. Uno de esos libros que parece no haber contado nada y cuenta tanto y tan bien que resulta difícil de olvidar.

      ¿La historia? El narrador es un niño nacido en los años sesenta del siglo XX, de cuya mano recorremos su infancia, adolescencia y juventud casi hasta el tiempo presente. Hijo de una dependienta del Corte Inglés y de un actor de octava fila con sueños de gloria y más voluntad que talento, ve cómo su padre se deja llevar por sus apetencias, hasta el punto de que los abandona varias veces y reaparece cuándo y cómo quiere. La relación entre sus padres, las presencias y los vacíos y las penurias económicas condicionan el devenir de la familia, que poco a poco va creciendo, y la novela es la historia de todos: la de un padre con mucha presencia hasta cuando no está, pero al que solo conocemos al final porque la diferencia entre su «derecho natural» y el «positivo» lo ha obligado a refugiarse en su propio personaje; la de la madre, que a fuerza de ver zarandeadas y burladas sus aspiraciones y su amor se reivindica a sí misma construyendo un nuevo personaje que no llega a hacer desaparecer el anterior, con las contradicciones consiguientes y la sorpresa y condicionamiento de todos; y el protagonista y sus hermanos, cada cual con una experiencia vital distinta y con una forma de encarar la vida qué más debe llamarse afán de supervivencia, y que los guía no siempre por los caminos deseados, sino por los que encuentran.

          Huyendo de la técnica best seller, Martínez de Pisón evita crear misterios o curiosidades para enganchar al lector. Tiene demasiado talento para para precisar de esos trucos y, también, un hondo respeto al lector, al que no trata como a un cliente o un consumidor de páginas sino como a un compañero de viaje; por eso Martínez de Pisón anticipa casi todos los hechos relevantes, porque la literatura no es un fin, sino un camino, y el lector disfruta no descubriendo, sino contemplando. La curiosidad no se siente por el qué, sino por el cómo.

      Jalonada de situaciones a la vez dramáticas y grotescas y, por tanto, divertidas y tristes, la debilidad del ser humano se alterna con su capacidad de sufrimiento y superación. De la lucha a través de la colaboración a la lucha mediante el enfrentamiento, todo lo acabamos probando. La vida como un constante esfuerzo de avance y a la vez de resignación, de ambición y de rendirse con un «hasta aquí he podido llegar», porque rara vez alguien se conforma sin resignación, e incluso pocos saben exactamente dónde quieren llegar.

      La novela sobre la vida y cómo los padres influyen en los hijos, y de cómo las vivencias propias condicionan las comunes. Una novela sutilmente divertida, a medio camino entre el drama y la comedia, porque, como dice la contraportada, «“¿Cómo se resume una vida?”, se pregunta el narrador en un momento dado. Según dónde se coloque el punto final, ese resumen adoptará la forma de drama o de comedia.»

      Una última nota para un final precioso y que permite comprender que, bajo la forma de egoísmos que van y vienen, a veces solo late la profunda desorientación motivada por las contradicciones  entre el «derecho natural» y el convencional, a su vez provocadas, a menudo, por decisiones impacientes o, simplemente, porque la vida no se detiene, hay que decidir cada día y lo hacemos sin saber qué nos depara el futuro y sin apenas conocernos a nosotros mismos. También, claro, desorientación por las contradicciones de todo derecho, porque nadie es por completo dueño de sí mismo, sino que también pertenece a sus hijos, a sus padres, a su pareja, a tanta gente que ha condicionado su vida para adaptarla a la nuestra y que merecen mucho más que egoísmo e instinto. Un libro para reflexionar sobre cómo la búsqueda a toda costa del «yo» acaba conduciendo, casi invariablemente, a la soledad, porque la vida es un «nosotros» a veces difícil o imposible de determinar.
   

lunes, 9 de junio de 2014

María bonita – Ignacio Martínez de Pisón




Obra breve, intensa, tierna y algo dura a la vez, una novela que si se lee con facilidad es por el dominio que el autor muestra del idioma y, sobre todo, del orden expositivo y de los hechos significativos, porque le basta muy poco para crear un mundo completo.

La historia comienza en los años sesenta. María es la hija de una madre amargada que escamotea cualquier muestra de afecto y que “se tuvo que casar” para tener a su primer hijo, y de un padre obrero. Su mundo es el de la fábrica, porque viven en la colonia que el industrial, de origen catalán, fundó alrededor de la factoría, con sus viviendas, su iglesia, su cantina e incluso su economato. Un entorno que los aísla del mundo y los aleja de la pobreza en la que terminan cayendo cuando la empresa cierra y deben marcharse de allí.

María, cuyo hermano mayor apenas le hace caso y cuyo padre solo se preocupa por ella muy tangencialmente, al estilo de la época, vive enfrentándose poco a poco a su madre, hasta que con el paso de los años el amor se transforma en algo parecido al resentimiento. O, a veces, al odio.

En el deambular de la familia desde la colonia a un pisito en el extrarradio de Madrid interfieren dos cosas: el activismo sindical del padre, hecho con una buena fe y una ingenuidad que hacen de él más un pobre hombre que un luchador; y, por otra parte, está la tía Amalia, la hermanastra de la madre que, además, es todo lo contrario a ella: tiene dinero, es hermosa, tiene buen humor y prodiga su afecto a María.

Amalia ofrece el contraste las penurias del matrimonio, pero también la esperanza de que esa niña que es María, que con el paso de las páginas llega casi a la adolescencia, vea en su vida algo más que miseria y amargura. Maria bonita se convierte así en una novela en la que el contraste y la esperanza son la fuerza motriz, aunque cuando Amalia se lleva a su sobrina de vacaciones a Estoril aparece también la incertidumbre, pues llegamos a saber cómo es que Amalia vive tan bien.

Todos los personajes son profundamente humanos: la madre, que ha visto arruinada su vida viéndose condenada a vivir aislada en una colonia, a fregar suelos, a deshacerse los huesos por un “error de juventud”; el padre, una buena persona con afán de justicia pero cuyas evidentes limitaciones para comprender la complejidad de la vida le hacen ir de ingenuidad en ingenuidad; María, a quien la infancia se le hace cuesta arriba en ese ambiente y trata de salir a flote asiéndose a su tía Amalia, quien siendo un dechado de bondad y cariño, no puede evitar ser víctima de sus errores, de su pasado, y de una ambición con la que satisface su egoísmo y dulcifica la existencia de aquellos a quienes quiere. Seguramente es Amalia el personaje más impactante, el que mejor refleja las contradicciones humanas, aunque para confirmarlo debamos esperar al final, donde vemos que no es más que una víctima de sí misma.

Una buena novela que nadie se arrepentirá de leer: Maria bonita.